REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 05 | 2019
   

Confabulario

Juan Manuel


Juan Alfonso Milán López

Es difícil para mí escribir una nota periodística, no porque carezca de la habilidad o gusto, sino porque en Luvianos nunca pasa nada. Tal vez por eso casi nadie compra el periódico; todos se enteran de lo que pasa porque corre el chisme de boca en boca. Me han dicho que mis notas son ridículas e inverosímiles, que no le importan a nadie, entonces que no las lean, que vayan directamente a la página de política o deportes. Ahora me encuentro en una dificultad, pues no hay nada que reportar y la fecha de entrega es mañana. Es horrible estar sentado frente a la máquina y escribir un renglón cada hora y borrarlo después de dos. ¿Ya conté sobre el perro que tenía rabia y mordió a un adulto mayor? Eso fue hace dos semanas. ¿Qué hay del niño que se comió las heces de ese mismo perro y fue a parar al sanatorio? Lo publiqué el número anterior. ¿Qué no habrá más sucesos dignos de contar?
¿Por qué hay tanto ruido allá afuera? ¿Qué hace el panadero correteando a esos chicos? Bajaré a averiguar qué pasa, con suerte allí hay una noticia.
—¡Hey, señor! ¿Qué pasa?
—¡Cállese y sígame!
—¿Pero qué es lo que pasa?
—¡Esos mocosos que me han robado el pan!
“Me encuentro en la avenida 16 de septiembre en persecución del panadero de la comunidad. Éste a su vez persigue como a seis muchachos que de cuando en cuando, se dan la vuelta y le sacan la lengua. Uno de ellos le ha lanzado lo que parece un migajón de telera, un pedazo me ha alcanzado pegándome en el ojo derecho.
“Después de una carrera infructuosa persiguiendo a media docena de adolescentes, estoy con el dueño de la panadería Santa Rosa. Parece que nuestro amigo quiere hacer una denuncia pública a través de nuestro diario”—. Puse la grabadora en Off, di un respiro y volví a colocar el interruptor en On.
—Don Venancio, cuénteme con calma qué fue lo que pasó.
—Pues hombre ya le he contado a usted, que esos muchachos han entrado a la panadería y me han dejado sin una pieza de pan.
—¿Cómo sucedieron los hechos?
—Ayer, como a las cinco menos diez, llegaron estos chicos pidiendo unos costales. En el mostrador estaba mi mozo, un chaval de su edad, en cuanto fue por los costales estos insolutos aprovecharon para esconderse entre las ropas todos mis bizcochos y un buen número de pan de muerto.
—¿Cómo se dio usted cuenta que faltaban piezas de pan?
—Que no me he dado cuenta sino hasta la noche que volví al mostrador y vi las charolas casi vacías. Todavía felicité al chico por haber vendido casi todo, pero cuando hacíamos las cuentas del día, no había ni medio duro. Pensé que el chaval me había robado y le dije: “oye Soria, que tú me has dado calabazas con los centavos del pan o qué ha pasado desvergonzado”. El niño muerto de miedo casi se caga en los pantalones, juró no haber tomado un peso y yo le creo porque lleva mucho tiempo trabajando conmigo y ha sido ejemplar. Más tarde me vinieron a decir que unos muchachitos estaban en el kiosco dándose santo atracón de pan, que hasta a las palomas les estaban convidando migajas.
—¿Qué hizo usted después?
—Pues nada, que hoy al pasar por el kiosco allí seguían los desgraciados metiéndose mi pan con todo el descaro del mundo y sin pagar por él. No les importó si ya estaba duro, hasta los vi con sus vasitos llenos de atole. Esas piezas no las hace ni su madre, ése era mi pan y me lancé contra ellos, pues esto es un robo ¿qué quiere que le diga?
—¿Qué piensa hacer ahora? ¿Va a acudir con las autoridades?
—Claro, alguien tiene que pagar por lo que se sambutieron. Voy a poner una denuncia de robo con el señor prefecto. Averiguaré quiénes fueron esos granujas y hablaré con sus padres. Seguro compran mi pan, ya veré la manera de irme cobrando lo que se robaron.
—¿Cree que pueda hablar con su mozo para conocer su versión de los hechos?
—Hable con él todo lo que quiera.
“Me dirijo ahora al lugar de los hechos, la panadería está en la calle Rosa Reina, muy cerca de la secundaria, escucharé lo que tiene que declarar el joven burlado.
“Estoy dentro de la panadería Santa Rosa. Es un local reducido de aproximadamente dos por dos. En las paredes laterales cuelgan viejas repisas que sostienen charolas con pan. El olor inconfundible incita al apetito. Las donas azucaradas riñen con las chilindrinas doradas. Más allá se encuentra la caja con los bolillos y teleras. La diferencia entre estos mangares, es que los primeros son más alargados y tienen una sola línea que se abre. El bolillo es usado para la elaboración de tortas. La telera es más redonda, menos grande y tiene tres líneas que no se abren, ésta es la opción ideal para la preparación de pambazos. Cerca del mostrador los panaderos han hecho un espacio para el tradicional pan de muerto. La destreza con la que preparan esta exquisitez es digna de llamar la atención, pequeños huesos azucarados endulzan el paladar hasta de los que han dejado este plano existencial.
“Al fondo del mostrador se encuentra el joven que fue timado por los delincuentes debutantes. Su aspecto confundido y contrariado parece escudriñar una explicación sobre lo que pasó. Este adusto trabajador que busca obtener honestamente los recursos pecuniarios para mantener a su familia, mira seriamente a este reportero, sus ojos claros y su rostro invadido de pecas claras, parecen no dar crédito a lo que ha pasado”.
—¿Cómo te llamas?
—Juan Manuel, pero todos me llaman por mi apellido, Soria.
—Cuéntanos Soria, qué pasó ayer.
—Vinieron unos compañeros a verme, son de mi grupo. Lo que pasa es que nos pidieron aserrín para adornar la ofrenda de día muertos en la secundaria. Teníamos que trabajar en equipo, me advirtieron que si no cooperaba me iban a reprobar, pero no podía ayudarles, tenía que trabajar.
—Es decir que te fueron a buscar para recordarte que debían hacer un encargo escolar.
—Sí, pero yo les dije que no podía.
—¿Qué sucedió cuando aclaraste eso?
—Me dijeron que ya habían conseguido el aserrín, pero que no tenían cómo transportarlo y como sabían que yo trabajaba en una panadería, pensaron que les podía regalar unos costales. Me dijeron: “tú no vas a cargar y tampoco nos ayudarás a pintar el aserrín. Si no quieres que te reprueben por no hacer nada, mejor danos unos costales”.
—Les diste lo que pedían.
—Primero les dije que les vendía cada uno a cincuenta centavos, pero no quisieron comprarlos, volvieron con la cantaleta de que yo debía colaborar, así que fui a buscar los costales.
—En ese momento dejaste el mostrador solo.
—Sí.
—¿Cuándo te diste cuenta que faltaba pan?
El joven Soria se negaba a contestar, noté que se le humedecían los ojos, pero no terminaba por llorar. Volví a preguntar y respondió histérico: —Enseguida que se fueron me di cuenta que me habían chingado con el pan. Con razón me arrebataron los costales y se fueron corriendo, ni me dijeron gracias.
Su voz grave y sus ademanes de adulto hicieron muy dramática la situación, de inmediato me conmoví por el relato del joven víctima.
—¿Qué hiciste después Soria?
—Pues me hice el occiso toda la tarde, nomás estaba temiendo la hora que don Venancio preguntara por su pan o que hiciera las cuentas del día.
—¿Qué pasó cuando don Venancio se enteró?
—Pensó que me había comido toda la mercancía, me reclamó: “cojones qué te has tragado mi pan”. Luego me acusó de ladrón. Le dije lo que había pasado y con trabajos me creyó. Lo que no sabe es que esos cabrones son mis compañeros, no le vaya a decir por favor, porque va a creer que me arreglé con ellos.
—No te preocupes, no le diré nada. ¿Crees que pueda hablar con alguno?
Me encuentro con uno de los adolecentes que presuntamente robó el pasado 30 de octubre la panadería Santa Rosa. El joven locuaz ha pedido hablar desde el anonimato, acepto sin antes mostrarle mi desacuerdo. Como un reportero debe de seguir la nota a todo trance he respetado esa petición. Lo llamaré ‘Germán’ en esta charla.
Este engendro me mira con malicia, su olor es indescriptible, es obvio que no se baña. Su sonrisa maléfica hace suponer que ha estado involucrado en otros delitos puberales. Sus bíceps y tríceps parecen trabajados, no por el gimnasio, quizá por el esfuerzo por cargar pertenencias ajenas. Sus piernas también parecen hábiles, pero no por correr en los deportivos detrás de un balón, sino por las maniobras de escape que ha emprendido para no ser detenido y consignado a una correccional de menores.
El púbero es insolente, desafiante, confiesa sus crímenes con saña y sin vergüenza. Se sienta desparramando el cuerpo. Mastica un chicle y hace con éste un sonido al hablar.
—Díganos Germán. ¿Por qué el pasado 30 de octubre usted y varios de sus compañeros estaban siendo perseguidos por el señor Venancio, el dueño de la panadería?
—Nos robamos su pan.
—Lo confiesa como si fuera una gracia.
—Pues se apendejan.
—¿Puede contarnos su versión de lo sucedido?
—Nos reunimos después de clases para conseguir el aserrín que nos habían encargado. Fuimos a la carpintería que está a un lado de la fábrica de ligas, pero allí tenían pura viruta. Entonces fuimos a la otra, la que está al final de la avenida Quetzal, en ésa sí encontramos, pero como no teníamos en qué llevarla, se nos ocurrió meterla en costales. El único lugar donde puede haber costales es la panadería. Epifanio dijo que fuéramos a la de don Venancio, donde trabaja Soria, así matábamos dos pájaros de una pedrada. El Guayabo no estaba colaborando con nada, así que tenía que poner algo. Cuando llegamos se nos quedó viendo como espantado. Se veía ridículo con su gorro y su mandil blanco, además de su cara pecosa toda llena de harina.
—Órale pinche Guayabo no te hagas pendejo, tú no has ayudado con nada de la ofrenda.
—Ya saben que tengo que chambear, estoy ocupado.
—Pues si no cooperas le vamos a decir a los profesores que no hiciste ni madres y te van a reprobar. Si no quieres que te chinguen, mejor danos unos costales para llevar el aserrín, es lo más justo —eso se lo dijo Epi—. Yo ahí ni intervine.
—¿Cuál fue la respuesta de Juan Manuel?
—Pinche ojete, no quería dar nada, según los vendía a cincuenta centavos. Es un agarrado, por eso le pasa lo que le pasa.
—No mames, ¿te cuesta poner cuatro miserables pesos? La neta si te vamos a reportar —eso lo dijo Oscar—. Luego de pensarlo un rato fue a buscar los costales.
—Espérenme, voy por ellos, no tardo.
—Aprovecharon esa ausencia para robar el pan.
—Pues sí, pero la verdad ¿a quién se le ocurre dejar el mostrador solo?
—¿De quién fue la idea?
—Mía, para qué le voy a mentir.
—Ora, ya se fue el pinche Guayabo, yo me chingo este capirucho. ¿Tú qué te llevas Epi?
—Pásame la chilindrina de vainilla. Óscar, ¿qué vas a querer?
—Yo me empino una concha. Ándale Poncho, no seas puto, atórate esa dona de chocolate.
—No mames, miren el pan de muerto —dijo Omar—. Yo me clavo estos pinches panes—. Salió de la panadería con diez panes de muerto a cuestas—. Los veo afuera — alcanzó a decir.
Los testigos que los vieron comiendo el pan en el kiosco aseguran que se estaban dando un festín de varias piezas de pan.
—La gente que le gusta inventar cosas… honestamente todos nos escondimos varios panes entre las ropas, hasta bolillos y teleras.
—¡Aguas que allí viene el Guayabo!
—Aquí están sus costales…
—Ni lo dejamos terminar de hablar, salimos hechos la chingada. Todavía al día siguiente en la escuela lo saludamos diciendo: —Que pasó Soria, ¿te salieron bien las cuentas del pan?
No pude con tanto cinismo, cómo es posible que estos jóvenes cacos hayan sido descuidados de los ojos de sus padres. Quise hacer constar a través de mi rostro malhumorado, mi reprobación ante tal suceso. Germán no se dio por aludido. Siguió la charla.
—¿A dónde se dirigieron cuando sustrajeron el pan?
—Lo primero que hicimos fue guardar el pan en un costal. Luego volvimos a la carpintería para llevar el aserrín. Después fuimos a casa de Enrique para pintarlo. Más tarde nos dirigimos al kiosco, nos quedamos hasta tarde comiendo pan.
—Al otro día volvieron al mismo lugar.
—Así es, señor reportero.
—Fue cuando se encontraron con don Venancio.
—No sabíamos que pasaba por ahí, de haber sabido nos quedábamos en casa de Enrique.
—Este pan ya está bien pinche duro —habló Óscar.
—Éntrale que todavía está bueno —arguyó Epifanio—. No mamen, ¿ya vieron quien viene para acá? Es don Venancio, háganse los disimulados.
—¡Mocosos, me pagan el pan, la madre que los parió!
—¡Córranle! — gritó Omar.
—¡Den la cara cabrones!”
—Que nos empieza a corretear el pinche viejito, quien sabe de dónde sacó un palo que sostenía en alto. Seguro alguien fue a advertirle que estábamos en el kiosco, a lo mejor el mismo Soria.
—Ustedes no respetan la edad, le contestaron aventándole pedazos de pan.
—Él empezó, además de repente la gente se nos vino encima, creo que hasta usted andaba corriendo detrás del panadero.
—Échame un bolillo duro Epi.
—Toma éste que ya está mordido, parece piedra.
—¡Ahí le va su pan!
—Si no es pendejo, bien que supo esquivar los panes con el palo.
Creo que ése fue el que me golpeó en el ojo. —¿Cómo terminó la persecución?
—Pues en la corredera cada quien jaló para su casa. A todo mundo se le olvidó el asunto, bueno, parece que menos a usted.
—¿Sabes que don Venancio planea levantar una denuncia y hablar con sus padres para cobrarles el pan?
—Le voy a ir a vomitar el pan a la puerta de su changarro, ni que lo horneara tan bien; se pasa de huevos.
Tarde pero terminé la nota. Aunque no pude consignar todos los hechos, por el reducido espacio que se me asigna, creo que lo más importante quedó ilustrado. Pongo mi redacción a su consideración:
El pasado 30 de octubre del año en curso la panadería Santa Rosa del centro de Luvianos fue atracada por un grupo de jóvenes de secundaria, según informó el dependiente del establecimiento a este diario.
Los hechos ocurrieron alrededor de las cinco de la tarde cuando los chicos ingresaron a la panadería so pretexto de comprar unos cuantos costales para un trabajo escolar. En cuanto el joven encargado, de nombre Juan Manuel, dejó el mostrador para buscar los costales, los incipientes “amigos de lo ajeno” aprovecharon el momento para sustraer con toda saña, cuanto bizcocho, bolillos y tradicional pan de muerto, les fue posible ocultar entre sus ropas.
El panadero alega que cuando regresó con los costales, los muchachos estaban como si nada y salieron de la accesoria “tan frescos como la mañana”. Éste no se dio cuenta del robo, sino hasta la noche, cuando a la hora de hacer las cuentas del día se percató que la ganancia era reducida conforme a los panes que había preparado.
No faltaron los testigos que vieron a los delincuentes dándose un banquete con inusitado número de pan en pleno kiosco del centro.
Ahora nuestro amigo panadero se verá forzado a trabajar de noche para completar la demanda del tradicional pan de muerto que se degusta con entusiasmo en los próximos días. Declaró que presentará una queja al director de la secundaria de donde provienen estos jóvenes cacos, y que de hoy en adelante prohibirá la entrada a su panadería a cualquier adolescente sin la compañía de sus padres.