REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 11 | 2019
   

Confabulario

Bitácora de una navegación efímera


Ulises Paniagua

A puerto seguro
La nostalgia me invade. El alejarme del intenso y voluble azul del mar, de su drama infinito, me produce depresión.
Sin embargo, he comprendido que es momento de retornar, de abandonar este rosario de episodios para dar paso a la cotidianeidad de la vida en tierra. Como si hubiera llegado a intuir que la vida no es otra cosa sino una marea perpetua; donde debo aprender cuándo es el momento de seguir la ola; y cuándo es tiempo de remar a contracorriente.

Ecos de una mar lejana
Puerto de Lisboa, 17 de octubre del año de Nuestro Señor
El tocar tierra no representó, de ningún modo, el término del viaje. Una vez llegados desde la victoriosa fortaleza de los mares, nos vimos condenados a un movimiento que se antoja fatigoso.
El funámbulo que habitaba el camarote al final del pasillo, en plena celebración de nuestro feliz arribo a una vieja taberna del Puerto de Lisboa, dio la señal de alarma una vez que hubo conversado con el dueño del lugar, un pariente lejano suyo. Por boca del funámbulo, hemos tenido conocimiento de la espantosa cacería que se prepara a nuestra costa, pues sus Majestades, una vez concluida nuestra empresa, nos han declarado desertores de la Real Corona; y han puesto precio a nuestra captura. Como se podrá imaginar, consternación es una palabra diminuta para describir el sentimiento que despertó la noticia.
En cambio, para los arcángeles de mentes preclaras, la situación es en evidencia política. Me hicieron notar, en un tono delicado y musical que comunica paz, que los Reyes consideran mi presencia en el continente una amenaza; pues una vez que reclame, en las actas del reino, las tierras que descubrí; transitaré, casi de manera natural, de Almirante a Virrey del Nuevo Mundo (un territorio más rico y abundante que las tierras que pisamos). Por tal motivo, acusarnos de desacato para eliminar las posibilidades sociales que la empresa implica, resulta una manera sencilla de intimidación.

La fiesta terminó para nosotros de manera abrupta. Con tristeza, marginales, mis hombres se despidieron unos de otros en clandestinidad, condenados al olvido. Me percaté, en medio de los adioses en una encrucijada sucia y ambigua, de que la navegación no habría de consignar nuestros nombres en los libros de Historia, como ha ocurrido a algunos contemporáneos genoveses, españoles y portugueses que, finalmente, también sufrieron el cruel desconocimiento de los reyes que los promovieron.
No hay más camino que conservar la travesía en esta bitácora enrarecida por el polvo de los años y alguna que otra inexactitud de fechas. Nuestro embeleso, la pasión de nuestro desplazamiento quedará consignada en este mamotreto que no podrá ser publicado bajo ningún motivo. Pero sobre todo, el viaje permanecerá inalterable y majestuoso en la profundidad de nuestra memoria; en la fantasiosa reproducción de nuestra mente. Pocos conocerán en adelante de nuestra travesía; y seguro el rumor oficial sobre el naufragio de la fragata agotará toda posibilidad de réplica.
Muy triste, caminé las calles de Lisboa. En movimiento, siempre en movimiento, después de pasar la noche en un hostal de la melancólica Mouraria, decidí recomponer mi vida encaminándome hacia la ruta de Santiago de Compostela.
Cada noche hasta llegar aquí fue tormentosa: la remota posibilidad de que el ser que me estuviera soñando pudiera despertar, me causaba insomnio.

La culminación de la partida
Una aldea, lejos de Santiago de Compostela; una mañana radiante
El camino que conduce a Santiago, -custodiado por las luces intermitentes de la Vía Láctea- resultó más riguroso de lo que pensé. Al amparo de las prendas de un monje franciscano y desdeñado por la Corona, mis pasos se tornaron pesados; la ambigua convicción en mi caminata, por su parte, me alejaba de la amorosa presencia del mar.
Una vez en la villa, instalado en la Posada de la Mortificación, decidí redactar una carta a las Majestades. Les hice saber, en un tono cuidadoso y dócil, mis deseos sinceros de desprenderme de cualquier título o usufructo que el descubrimiento de las nuevas tierras trajera consigo. En añadidura, juré lealtad incondicional, utilizando las palabras más lisonjeras y asquerosas que un Almirante pueda encontrar. Después de eso, sólo me quedó esperar la respuesta; implorando consideración.
A medianoche, hace más de un mes, me devolvió la calma el pergamino lacado que entregó en mis manos un jinete misterioso, portador de un gran compás que agitaba por los aires, con furia. En la carta, con una caligrafía refinada y de seguro artificiosa, la Corona pretendía haber entrado en razón. Decidía poner fin a la cacería, a cambio de mi aislamiento, de un absoluto silencio con respecto a las maravillas descubiertas en el viaje, y la promesa de no regresar al océano jamás.
Esa misma noche, siguiendo el protocolo y ataviado con una banda masónica, entregué al mensajero una misiva donde aceptaba gustoso la oportunidad que se me brindaba. Después de jurar tres veces colocando la palma de mi mano izquierda sobre una Biblia deshojada, hice la reverencia pertinente. Finalizada la ceremonia, contemplé aliviado cómo de entre un remolino de polvareda desaparecían las patas vertiginosas del caballo galopante, montado por el misterioso jinete, con rumbo al castillo real.
La promesa de alejarme de la tentación del poder la llevé a cabo de manera puntual. Mi juramento acerca de no publicar ni una línea sobre nuestra empresa, lo respetaré hasta la muerte. La tercera de las cláusulas, sin embargo, nunca podré cumplirla. La belleza del mar es superior a mi voluntad: con un puñado de doblones que obtuve tras la venta de la fragata, compré una módica choza, junto a la playa de una aldea de pescadores.
A partir de esa fecha, me he dedicado a escribir viñetas acerca de la condición humana, recurriendo a juegos de una alquimia literaria incipiente. Por las tardes, me embarco en una lancha modesta que me conduce a altamar, sólo para contemplar el ocaso. Así, gozando de una profunda e íntima paz; lejos de aventuras y sobresaltos; me dedico a gozar el lento acontecer de la vida.
Sin prisa, aguardo también la visita de un galeón gigantesco, cercano, abriéndose paso entre las nubes cualquier día. Sé que llegará, en un peri vuelo suave y casi diría onírico. Sé que podré distinguir, valiéndome de un catalejo, la figura sensual de una corsaria intrépida, encaramada en la proa del barco; surcando mares atmosféricos. Estoy convencido que podré admirar, nítida, la belleza infinita de su rostro; la sonrisa dulce y prometedora de sus labios rosados; el daguerrotipo terrible de la Muerte que se oculta, paciente y traicionero tras esos hermosos ojos color miel que me contemplarán con ternura.