REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
24 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Fragmentos diarios 10


Hugo Enrique Sáez A.

Cortezas de árbol (amates), códices, libros, y ahora la empresa (bestsellers)
Con amabilidad me han invitado a seleccionar diez libros que hayan sido los más significativos para mí. Me pareció un ejercicio interesante para intercambio de lectores, no compulsivos pero sí de hábitos regulares en esta adicción por la letra. Intenté cumplir con el cometido del reto y como para mí los libros son amigos queridos no pude confeccionar una lista de diez sin dejar ofendidos a otros diez, que serían envidiados por otros diez excluidos. Por favor, no lo tomen como presunción. Yo vivo leyendo desde que siendo niño me regalaron un ejemplar de Tom Sawyer y siento que la escritura me ha acompañado toda la vida. Confeccioné una extensa lista con la ilusión de que recortaría a los menos importantes. Era una ilusión. Sentía que eliminar a uno equivalía al crimen de cortar un árbol. Apretujado en esas páginas habita un espíritu secreto. Entonces reflexioné. No presentaría el top ten requerido por el ejercicio sino que respondería con estos párrafos en los que evalúo el lado luminoso y el lado no convincente de la propuesta. En principio, es positivo hacer una compulsa con amigos para rastrear cómo se ha ido formando nuestra imaginación y sensibilidad; en cambio, seleccionar los diez más importantes puede reproducir las prácticas de la sociedad del espectáculo cuando se otorgan premios a la producción cinematográfica o se habla de bestsellers. Es decir, se estaría adoptando pautas de una cultura que desdeña el valor de uso de los libros porque los somete a su valor de cambio. No es exactamente el caso, ya que se trata de dar una opinión sobre las cualidades de una lectura y no del número de ejemplares vendidos. Me decidí a pensar las lecturas en función de la trascendencia en mi vida, y ahí me di cuenta de que las historietas también ayudaron a desarrollar mis fantasías, mis alegrías y mis tristezas, por mencionar algunas emociones. Hora cero y Frontera fueron para el Hugo púber dos referencias formidables. Tomé conciencia de que, salvo algunas malas experiencias (que también ocurren en el amor), la mayoría de los libros dejaron huellas en mi conducta después de sumergirme en ellos. Como en los agradecimientos de las tesis, quedarán algunos sin mencionar. No voy a empezar por el supremo creador, como lo hacía el agradecimiento perpetrado por alguien de cuyo nombre no quiero acordarme. Tampoco seguiré un orden cronológico. Por otra parte, no cuentan los libros que eran obligatorio deglutir por voluntad de alguna profesora o profesor autoritario. En algunos casos, la obligatoriedad había sido precedida por la voluntad mía de sumergirme en sus páginas. El Martín Fierro de José Hernández, Una excursión a los indios ranqueles de Lucio V. Mansilla o Juvenilia de Miguel Cané integran, entre otros, estaciones ineludibles para un joven argentino de mi generación. ¡Y cómo valió la pena abrevar en ellos! Ahora bien, para muchos la lectura de El Capital de Marx puede haber sido una tarea académica, mientras que para mí fue una necesidad vital y militante. En otro orden de prioridades, tal era mi pasión por Borges que en una ciudad de provincia yo hacía que todos los domingos me trajeran el suplemento del diario La Nación (de ultraderecha) porque cada semana venía un poema de Borges y alguna reseña de Victoria Ocampo. En el mismo nivel aprecié La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares. Menciono a estos que son muy conocidos porque estoy seguro de que una gran mayoría los ha leído. Casi en la clandestinidad alimentábamos el erotismo leyendo a Henry Miller y sus trópicos. Me reservo a todos los demás, muy queridos, que han significado cambios en mi vida. Por Heidegger aprendí alemán y me fui a la universidad donde él enseñaba. Ahí radica la fuerza de la lectura, que mueve a los humanos. Cuando tuve que refugiarme en México traje en mi maleta 12 libros que yo consideraba imprescindibles en ese momento. Yo vivo lo que leo y eliminar grandes y poco conocidos autores es como arrancarme una raíz. Siguen circulando por su órbita Goethe, Quevedo, Cervantes (¿quién no ha quedado preso de su seducción?), Rilke, Baudelaire, Neruda, Víctor Hugo, Benedetti, el mendocino Antonio Di Benedetto (torturado por la dictadura cívico militar argentina), Baldomero Fernández Moreno, Oliverio Girondo, Hermann Hesse, Giovanni Papini, el inconmensurable Juan Rulfo, el querido René Avilés desnudando al solitario de palacio. Aquí le paro porque siguen llegando nombres a mi mente y me disculpo por no mencionarlos. Sólo puedo decirles que proyecto leer Mis mejores canciones de Arjona, Tú todo lo puedes, de Coelho y Los mejores chismes de la farándula, de Paty Chapoy. Por supuesto, después de que termine con la interesante autobiografía Yo, robot presidente de un tal EPN.


La guerra de los cowboys y los indios se prolonga fuera de la pantalla
De algo me ha servido ver películas de cowboys cuando era adolescente y el cine de los martes costaba dos pesos con cincuenta centavos. Ahora me entero de que algunas empresas en Grecia están pagando a sus trabajadores con tarjetas para comprar comida, o bien directamente les proporcionan comida en lugar de salarios. Y no es un caso aislado propio de la profunda crisis que aqueja a aquel país. En México es el gobierno quien se encarga de suministrar alimentos a cambio de subordinación política. La pobreza afecta a 53% de la población, según alguna de las cifras publicadas al respecto. Años atrás me asombró que surgiera en Roma un movimiento de los 'indios urbanos'. Me asombró porque yo reflexioné: un habitante del primer mundo no se imagina lo que es el sometimiento a condiciones limítrofes con la esclavitud. Más tarde lo reflexioné y comprendí que la pobreza es pobreza sin necesidad de medirla por rangos. El sufrimiento afecta por igual a un negro en Estados Unidos que a un habitante de Mali en África. Y aquí vienen los cowboys, a los que siempre se imaginaron en contraposición con el indio. El mundo se está dividiendo entre colonizadores y etnias indígenas. Se está reproduciendo el esquema de las reservas territoriales, como los palestinos en territorios conquistados por Israel o los guetos de las grandes urbes en que se hacinan los 'condenados de la Tierra'. Peor aún las condiciones de los indios campesinos, con una naturaleza en vías de desertificación total. Son sabios los indios del Amazonas que permanecen aislados de esta 'brillante civilización' en la que medio vivimos.

¿Se podrán extirpar las neuronas que alojan el racismo hasta en los dominados?
Algunos años atrás Rigoberta Menchú fue invitada a un congreso que se realizaría en Cancún. Ella llegó al hotel del encuentro ataviada con la ropa tradicional de su etnia guatemalteca. El empleado que cuidaba la puerta de entrada la detuvo con modales muy autoritarios y le dijo: ¡Váyase, aquí no permitimos que se vendan artesanías! Los organizadores del evento tuvieron que intervenir para solucionar tan desagradable episodio. Para mí esta anécdota tan hiriente muestra una sola cosa: la ideología dominante de rebajar al humilde no la practican sólo los dominadores. Suele estar presente en los propios subalternos.
Pobres contra pobres, negros contra negros, indios contra indios. Las batallas de la época que reproducen el poder de los ya poderosos.
Henri Lefebvre, el amor y los demonios
Viajamos a Morelia en mi automóvil junto con Henri Lefebvre (entonces 73 años) y su pareja Christine (una bella estudiante de 23). En los medios universitarios mexicanos había causado revuelo tan singular relación y se la imaginaba, con sonrisas nerviosas, como el amor platónico de la discípula hipnotizada por la figura ideal del maestro. Me consta que en el momento de descender e interrumpirse la plática, yo miré distraído porque no descendían del carro y lo que vi derrumbó los rumores malintencionados del platonismo: en un arrebato ella besaba la oreja de Lefebvre con pasión.
La conferencia tendría lugar en el aula magna de la Universidad Nicolaita. Al llegar nos encontramos con que las primeras filas del auditorio estaban ocupadas por unas señoras muy bien vestidas, con mantilla que les cubría la cabeza y rosarios en las manos. Lefebvre me preguntó qué significaba ese tipo de público. Yo dije ignorarlo. Comenzó la charla con traducción simultánea. “Nosotros, los marxistas, entendemos que la lucha de clases es el motor de la historia…” “La burguesía es una clase que no se suicida y no tiene límites en su voracidad…” Frases similares del autor de la lógica dialéctica, al parecer, impactaron a las extrañas y maduras damas que se levantaron de sus asientos y buscaron la salida con la prisa de quien es perseguido por el demonio encarnado. Ahí entendí el enigma, habían concurrido emocionadas a escuchar al derechista obispo homónimo y a último momento se dieron cuenta de su error.

GRAFITIS
¡Zurdos del mundo, uníos! No permitáis que la derecha siga escribiendo la historia.