REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 10 | 2019
   

De nuestra portada

¡Berlín! ¡Berlín! ¿Y dónde quedó el muro?


Julio César Ocaña

     “No existe una historia, un oficio de historiador;
     que sí oficios, historias, una suma de curiosidades,
     de puntos de vista”.
     (Fernand Braudel)


En el andar de los últimos cuatro siglos esta fantástica ciudad fungió como capital de sucesivos regímenes: El reino de Prusia, el Imperio alemán, la República de Weimar, el Tercer Reich y la República Democrática Alemana. Después de todas las peripecias posibles, ¡Sangre y fuego!, guerra fría incluida, la urbe germana resurge al nuevo milenio como la capital de Alemania reunificada.
Aclamada a últimas fechas como la capital creativa de Europa o como la capital de la cultura contemporánea europea, Berlín es un condimentado brebaje de historia y vanguardia que puede hechizar a cualquiera.
Hablar de Berlín seduce a sumergirse en un océano de acontecimientos, personajes y visiones, inmenso mar que por esta vez no habré de surcar, pero andar por sus playas puede ser un buen comienzo.
El nueve de noviembre de 1989 cayó el polémico “muro de la ignominia”, y para quienes tuvimos la fortuna de vivir de primera mano acontecimiento histórico de tamaña envergadura, referirse a Berlín en este contexto es materia obligada de conciencia.
Aquella tarde otoñal parecía todavía lejana la caída del Muro de Berlín. Los alemanes orientales habían iniciado su revolución pacífica con las tumultuosas manifestaciones de otoño en Leipzig, alentados por los vientos frescos que había desatado Gorbachov con su Glasnost y la Perestroika. La socialista Hungría había abierto sus fronteras desde el 2 de Mayo de ese año, y por allí se daban ya emigraciones masivas de alemanes orientales hacia el Occidente. Ante el nuevo escenario, el gobierno socialista de la República Democrática Alemana, con premura estudiaba ya la emisión de nuevas reglamentaciones que dotaran a los alemanes en el Este de mayores libertades, sobre todo en cuanto se refería al tránsito hacia los países occidentales. Todo el mundo esperaba con ansiedad los términos de la nueva ley.
A las siete de la tarde del 9 de noviembre de 1989 estaba programada la anunciada sesión del consejo de Ministros para discutir y aprobar los términos definitivos de tan esperada decisión. Egon Krenz, en ese momento Secretario General del PSUA (Partido Socialista Unificado de Alemania), y Jefe de Estado de la RDA, puso en manos de Günter Schabowski, miembro del buró político del Comité Central, el texto de la nueva reglamentación que había leído para conocimiento del Comité Central ese mismo día por la mañana, sin que se hubieran dado mayores discusiones en el seno del partido. Tal vez a ello se debió que el camarada Krenz dio por un hecho consumado su aprobación en el Consejo de Ministros y autorizara a Schabowski para informar de ello en la conferencia de prensa que tenía lugar por la tarde en la sede del comité central del PSUA, casi a la misma hora que el Consejo de Ministros entraría en sesión para la discusión y aprobación definitiva de la nueva ley. Según la revista Der Spiegel, se trató de la conferencia de prensa más famosa del siglo, y también de la más aburrida, hasta que el sexagenario periodista italiano Riccardo Ehrman planteara a Schabowski la pregunta de las preguntas, “la pregunta que cambiaría al mundo…”, ésa que orillaba al funcionario a dejarse de vaguedades y a expresarse de manera concreta y contundente sobre los términos de la nueva reglamentación.
Habría que situarse en el ambiente que privaba aquella tarde en Berlín oriental, al calor de los acontecimientos de las últimas semanas, y ante la expectativa de muchos alemanes en el sentido de una apertura de mayores dimensiones hacia el occidente. Sin embargo, nadie a esas alturas se imaginaba que el muro podría abrirse antes de que terminara el día. Cuando Günter Schabowski leía aquel papel que alguien le alcanzó, recadito sobre cuyo origen se ha desatado un caudal de especulaciones, y donde se decía que se concedía “libertad de viajar y transitar, desde cualquier parte de la RDA y de Berlín hacia el exterior, sin ninguna restricción y de manera inmediata”, los berlineses no parpadeaban frente al televisor, ante la posibilidad de que aquello que oían y veían fuese verdad y no un sueño, ése que siempre habían soñado. Y es que Günter Schabowski había dicho que también se incluían los puntos fronterizos entre los dos Berlines, cosa que no podía ser decisión sólo del Consejo de Ministros de la RDA, pues estaba de por medio el Tratado de las Cuatro Fuerzas de Ocupación: La URSS, USA, Francia y Gran Bretaña, y éstas, en conjunto, tendrían que haber tenido injerencia ante una medida semejante.
Más tarde, Günter Schabowski confesaría que aquello de que también se concedía libertad de tránsito en el área de Berlín, y de manera inmediata, había sido de su cosecha, resultado de su ofuscación ante la presión del momento y la expectación de la gente. Como era de esperarse, a partir de ese instante prácticamente todo mundo en Berlín Oriental tomó la vía más rápida al punto fronterizo más cercano, llámese la Bornholmerstrasse, el Checkpoint Charlie o la céntrica Friedrichstrasse. Schabowski dio por concluida la conferencia de prensa en el entendido de que los guardianes de las fronteras en Berlín habían sido ya debidamente instruidos para tomar las medidas necesarias: permitir el libre acceso a quienes así lo desearan y coadyuvar a que el tránsito en ambos sentidos se diera de manera fluida y ordenada. Todo aquello podría interpretarse como un signo más de la apertura del gobierno, y de su tolerancia y buena voluntad, lo cual sin duda contribuiría a distender la situación y daría a la RDA un respiro en el camino hacia las nuevas reformas que finalmente habrían de confluir en el fortalecimiento del socialismo. La verdad es que cuando ya los ríos de gente se dirigían a todos los puntos de acceso a Berlín occidental, los guardias fronterizos todavía no sabían nada de nada.
En una entrevista concedida al conocido periodista berlinés Peter Brinkmann, que fue publicada en el Berliner Kurier, comenta Schabowski que él se fue a descansar aquella tarde en el entendido que la gente con toda tranquilidad iba a cruzar las fronteras y regresaría a sus hogares sin mayores complicaciones. “Iba ya camino a mi casa en Wandlitz cuando me alcanzó la primera llamada telefónica informándome que había grandes aglomeraciones en las fronteras, y que los guardias fronterizos no sabían qué hacer y se sentían hostigados, pues la gente reclamaba que dieran el paso libre, cuando ellos no habían recibido todavía ninguna orden en ese sentido. La situación se ponía tensa y el riesgo de enfrentamientos o de que algún guardia hiciera uso de las armas contra la población era bastante probable”. Continúa Schabowski: “Me sulfuré y pregunté a mi interlocutor que qué era lo que pasaba, que las instrucciones habían sido precisas y suficientemente claras, que la decisión del gobierno había sido tomada, que yo así lo había dado a conocer a la prensa, que las fronteras estaban abiertas sin restricción alguna”.
El pesado miembro del buró político, protagonista central ese día, regresó a cerciorarse y se dirigió al cruce fronterizo más cercano a su trayecto, la Bornholmerstrasse. Allí pudo percatarse que la gente ya pasaba libremente, y enfiló nuevamente a su residencia pensando que seguramente los guardias fronterizos habían recibido las instrucciones correspondientes. Lo que Schabowski no sabía es que en ese sitio la decisión de abrir las fronteras no se debió a una orden de arriba, sino a la determinación del comandante del lugar, quien haciendo uso del sentido común, y para evitar una tragedia, tomó la decisión de dejar pasar a la gente sin mayores averiguaciones. Para entonces ya se dejaba venir también de la parte occidental una avalancha humana hacia los accesos al oriente de la ciudad. Más tarde reconocería el señor Schabowski que todo pasaba por su mente, menos la “improbable” posibilidad de que la burocracia alemana no pudiese funcionar. Y así fue que aquella noche todos los altos funcionarios, y dirigentes del PSUA y del gobierno de la RDA, se fueron a dormir sin saber a ciencia cierta qué era lo que realmente estaba sucediendo, lo que habían hecho ese día o lo que habían dejado de hacer. Al parecer, nadie de ellos sabía con certeza lo que se había decidido, ni quién lo había decidido. La confusión y la incomunicación momentánea entre las diversas instancias rectoras de la vida pública, y en buena medida hasta de la vida privada en la RDA (el partido y el gobierno), tanto como hacia el interior de cada una de ellas, había generado una rara situación; pero, finalmente acostumbrados a que los acontecimientos siempre tomaban los derroteros previstos, nadie de ellos podía imaginarse que su mundo feliz estaba por derrumbarse. “Llegué a Wandlitz ―concluye Schabowski (Wandlitz era el lugar de residencia de la dirigencia socialista en Berlín. Allí vivían Erich Honecker, Willy Stoph, Günter Mittag, Erick Mielke… a las orillas del tranquilo y hermoso lago de Wandlitz)― y allí reinaba la oscuridad. La dirigencia socialista dormía en profundo sueño”.
Al día siguiente el periódico oficial del PSUA, el Neues Deutschland, cabeceaba ingenuo: “Manifestaciones de camaradas berlineses ante el Comité Central…”, “Comenzó la décima sesión del Comité Central en Berlín…”, “Nueva dirigencia, posiciones del PSUA y Programa de Acción del Partido…” y así por el estilo… Nada de la verdadera noticia del día, el día en que el Muro de Berlín cedió y comenzó a ser derruido.
Pero más allá de lo sucedido, y de todos los significados y reflexiones que podamos derivar de la histórica fecha, a 25 años de aquella noche mágica bien puede resultar interesante preguntarse: ¿Y a dónde fue a dar el tantas veces mentado y multicitado Muro de Berlín? Los turistas que hoy día visitan la Puerta de Brandenburgo, y la supermoderna y bulliciosa Plaza Potsdam, no pueden creer que apenas hace dos décadas un muro de concreto partía por el corazón a esta gran ciudad, y la dividía en dos partes ajenas, distintas, irreconciliables. Vestigios físicos de la famosa barda quedan ya muy pocos a la vista. La más conocida sección de muro aún en pie se encuentra en la parte oriental de la ciudad, es una tira de 1.3 kilómetros de largo conocida como la East Side Gallery. En 1990, artistas de todo el mundo se dieron cita para pintar sobre ella gigantescos murales. El motivo más llamativo de tan peculiar galería es seguramente la obra de Dimitri Wrubels, Beso de hermanos, que recuerda los impetuosos ósculos con que se saludaban Honecker y Breschnew para hacer patente el indestructible lazo que les unía y que debía simbolizar la inquebrantable hermandad de ambos pueblos: El socialista alemán y el socialista soviético. Otra parte de muro, de 200 metros de longitud, se encuentra en la Bernauer Strasse, allí se realizó una inversión millonaria para construir el Memorial del muro, cuya finalidad sería la de mantener vivo el recuerdo de aquellas personas que intentaron escapar, muchas de las cuales, en esta misma calle, saltaban de las ventanas de los pisos altos para huir hacia el Oeste, encontrando algunas de ellas su libertad en la muerte. El tercer tramo “viviente” del muro, también de 200 metros, puede verse al pie del edificio de exposiciones Martin Gropius. Pero, ¿Y el resto? ¿A dónde fue a dar tanta piedra?
Eberhard Schade y Stefanie Friedhoff, de la afamada revista alemana Stern, se dieron a la tarea de investigar dónde quedaron las 45 mil piezas de cemento armado que dieron forma y consistencia a la única construcción en la tierra, junto a la Muralla China, que podía distinguirse desde el espacio.
Retomo algunos datos por ellos proporcionados, y los agrego al conocimiento propio y a mis vivencias. Primero fueron los “pájaros carpinteros” que aquel 9 de Noviembre del 89 taladraron, y a golpe de martillo y cincel, quisieron arrancarle un pedazo de historia al muro y guardarlo, en algunos casos como un trofeo de guerra, en otros como un triste recuerdo, y en algunos más simplemente en un arrebato de euforia, por inercia, tal vez también para agregar una pieza de colección al museo familiar, augurando quizá el pretexto para un cuento de abuelo en un futuro más o menos cercano o más o menos lejano. Poco después aparecieron los vendedores ambulantes que a los pies de la Puerta de Brandenburgo, entre Matrioskas, cachuchas y boinas del ejército soviético, la hoz y el martillo plasmados en broches y un sinfín de chucherías de todos los materiales; entre botas, cantimploras, capas, chalecos, banderas, y hasta uniformes militares completos, también ofrecían pedacitos de muro a los turistas y paseantes, obviamente con su correspondiente “certificado de autenticidad”.
En la primavera de 1990, en vísperas de la unión monetaria, a pocos días de que los diminutos billetes azules de 100 marcos orientales que mostraban la imagen de un imponente Carlos Marx dejaran de tener valor monetario, recogí tres trocitos de muro cerca del edificio Martin Gropius, mismos que ese día por la tarde volví a tirar desde un tranvía en movimiento sobre la Leninalle (Avenida Lenin) porque de pronto me parecieron tan simples, tan iguales, tan idénticos a cualquier pedazo de cemento de cualquier lugar del mundo, que me sentí el más ridículo fetichista al cargarlos en la bolsa izquierda de mi pantalón. Finalmente, siempre he creído que la historia no la hacen las piedras, por mucho certificado de autenticidad que puedan presentar. La memoria histórica no precisa de ruinas para activarse.
El Muro de Berlín puede estar hoy en todas partes, aunque ya no se vea desde el espacio sideral. Ronald Reagan se llevó una esquina de muro de 3.6 metros de alto por 1.20 de ancho, con un peso de dos mil 600 kilogramos, como un peculiar recuerdo de la guerra fría; también el ministro del interior de Bavaria y el Papa Juan Pablo II se llevaron un pedazo similar. Otras piezas semejantes fueron subastadas. De entre algunas de esas compras tan singulares llama la atención, por su excentricidad, el caso de la esposa de un millonario de Mónaco que compró un tramo de muro para ubicarlo en los jardines de su palacio, pues alguien la convenció de que mirar piezas de cemento suele ser buena cura para las depresiones. Un caso parecido fue el de un dentista alemán de origen polaco que cercó completamente un terreno de su propiedad en Breslau con 50 segmentos de la famosa barda, pues le fascinaba la idea de “vivir enmurado”.
Aparte de estos y algunos otros ejemplos documentados, la verdad es que nadie puede asegurar con certeza a dónde fue a parar la totalidad de las tan tristemente célebres como codiciadas 45 mil piezas de cemento. Una cifra sí es segura: 500 mil toneladas fueron desmontadas, trituradas y utilizadas como escombro y material para nivelación de terrenos en diversas obras en construcción a lo largo y ancho de ambas partes de la ciudad.
Podemos hablar de un muro bajo el suelo de Berlín, pulverizado hasta en partes de 0.2 milímetros del más fino cemento tipo B 400, y es quizá también la opinión de muchos la de aquel berlinés que dijo que “así, bien sepultado bajo nuestros pies, está el muro en el lugar correcto”.
A dos décadas del acontecimiento que para algunos historiadores y analistas marcó el verdadero fin del siglo XX, los festejos de los alemanes “reunificados” dejaron mucho qué desear, sobre todo por el postizo carácter festivo de los eventos realizados para tal fin. Diez años antes la gente vibraba todavía un poco más sincera entonando las notas de Wind of Changes, de Scorpions y el Himno a Berlín, de Udo Lindenber, con la presencia de Gorbachov, de Busch padre y de Helmut Kohl, el canciller de la reunificación.
En el aniversario número 20 no faltaron prominentes, y las celebraciones fueron escandalosas hasta donde se los permitió la crisis que todavía hacía olas en Deutschland, aunque en mi opinión la mejor celebración para el pueblo alemán en esos días debió ser la intención del gobierno de Angela Merkel en el sentido de no sólo no incrementar las cargas fiscales a los contribuyentes, sino más allá de ello, reducir dichas cargas a la par de incrementar los apoyos a las familias y a las pequeñas empresas, con el fin de hacer un frente verdaderamente inteligente a la peor crisis económica mundial de los últimos 80 años.
Nadie puede negar la relevancia y la trascendencia de los hechos y de las personalidades que jugaron un papel en el proceso que simbolizan, tanto el levantamiento como la desaparición del llamado Muro de Berlín. Son muchas las reflexiones que motivan tales eventos; por ejemplo, las preguntas acerca de las consecuencias prácticas y la interpretación que los directamente afectados o beneficiados tienen de ellos. Interesantísimos son los resultados de algunas encuestas levantadas por algunos medios y agencias alemanas a diez años de la caída del muro, pero más interesante me parece lo que piensan los alemanes transcurridas dos décadas del singular acontecimiento.
En 1999 el 36.7% de los encuestados opinaba que, en efecto, la caída del Muro de Berlín fue un triunfo para la libertad y la democracia; 10% de ellos decía, por el contrario, que eso no fue así, que más bien lo destacable era que Alemania Oriental había pasado a convertirse en una presa más del capitalismo. Sólo un 6% expresaba que la unidad de las dos Alemanias era ya un hecho consumado; en cambio, un 24% de los encuestados representaba la postura de que Oriente y Occidente seguían siéndose ajenos, extraños. A diez años de su ya no existencia material en Alemania, prevalecían aún los muros mentales entre “Ossis” (los de Oriente) y “Wessis” (los de Occidente) y estos seguían siendo un motivo de preocupación para muchos, a tal grado que el entonces presidente alemán Johannes Rau, recordando en su discurso festivo la alegría de aquellas fechas, apelaba a sus conciudadanos a intentar juntos la solución de los problemas de la nación, y, sobre todo, a “reencontrarnos verdaderamente”. Pasados diez años más, su homólogo, Horst Köhler, decía el 2 de Octubre de 2009: “Estoy completamente seguro, el país y los alemanes queremos la unidad, ésta es una gran suerte para todos, pero tal vez las personas en el occidente no hemos mostrado el respeto suficiente por los alemanes orientales”. Y es que, pasado casi un cuarto de siglo, los alemanes siguen sin entender por qué pareciera que Alemania no es una todavía, por qué siguen viéndose todavía como “Ossis” y como “Wessis”.
La recientemente fracasada iniciativa de volver a introducir las clases de religión en las escuelas de Berlín es una muestra de que los relojes de los “Ossis” siguen marcando tiempos diferentes a los de los “Wessis”. Mientras que en Charlotenburg (Berlín occidental) votaron 60.5% a favor de las clases de religión, en Marzahn (Berlín oriental) votaron 77% en contra. Aún hoy el Oriente sigue siendo mayoritariamente ateo (64%), en tanto que el Occidente sigue siendo religioso (78%). En asuntos de lo familiar las diferencias siguen siendo abismales. De los matrimonios celebrados en Alemania, solamente 15% se dan en la parte oriental, a pesar de que allí vive más del 20% de la población. Aún así, en Occidente la cuota de divorcios es de 40%, mientras que en Oriente es de sólo 33%. Y en materia política, ni se diga: Apenas 12 por ciento de los alemanes orientales piensan que el sistema político del Oeste es bueno. Nueve de cada diez, incluso, desearía que las cosas siguieran siendo como en la vieja RDA. El historiador Arnulf Baring, constata incluso que “en Oriente existe una aterradora envidia y resentimiento contra el Oeste”. Una consecuencia de esto es que el partido “Die Linke” (“La izquierda”), el partido sucesor del PSUA, sigue creciendo a pasos agigantados en el territorio de la antigua RDA. Hubertus Knabe, experto en la STASI (la agencia de seguridad estatal de la RDA) y autor del libro La herencia de Honecker: La verdad sobre la Izquierda, afirma desconcertado que 41% de los alemanes orientales niegan que la RDA haya sido un estado represor, a pesar de los más de cien muertos del Muro y de la orden de disparar contra todo aquel que intentara cruzar ilegalmente hacia el lado occidental de Berlín.
Durante los días que precedieron al 20 aniversario de “la caída”, hubo en Alemania derroche de retórica en torno al tema de la reunificación. El mismo Gregor Gysi, ex militante del PSUA y jefe de la fracción parlamentaria de La Izquierda en el Bundestag declaraba al periódico berlinés Bild am Sonntag, el 28 de Octubre de 2009, que “la caída del muro fue un acto de liberación”.
Con todo, el aniversario 20 fue celebrado por muchos con sentimientos encontrados. Sin lugar a dudas, la libertad de tránsito y de expresión, y las libertades políticas de los ciudadanos, se vieron favorecidas; pero también es cierto que, una vez pasada la euforia y las alucinaciones del triunfo de un sistema sobre el otro, para los alemanes de occidente los “Ossis” resultaron una carga económica que se reflejó inmediatamente en el incremento de sus impuestos, pues de alguna manera había que financiar la modernización de la rezagada parte oriental. Por otro lado, los alemanes orientales, acostumbrados a un sistema de seguridad social que les ofrecía certidumbre en aspectos primordiales como educación, salud y empleo, llevan ya dos décadas sometidos a las crueldades e injusticias del sistema capitalista; ese sistema tan conocido por nosotros donde gozamos irrestrictamente la libertad de aspirar a la prosperidad, aunque las posibilidades reales de lograrla aplican restricciones. Ese sistema donde las pérdidas económicas de la nación, ocasionadas por la voracidad y la avaricia de unos pocos mega ricos, en países como México deben ser absorbidas y subsanadas en mayor medida por los asalariados y por las pequeñas empresas.
El derrumbe del socialismo por “malo”, no significa que el capitalismo triunfó por “bueno”, aunque así nos lo quieran vender los poderosos y los políticos reaccionarios que representan sus intereses, amén de que esta historia no termina aún. Tal vez apenas comienza…
Las contradicciones antagónicas de esta formación social son cada vez más drásticas y contundentes (no es cierto que “el capitalismo es el fin de la historia”, como arguye Fukuyama). Los verdaderos dueños de los dineros del mundo, los parasitarios capitalistas financieros son los responsable directos de la gran crisis mundial, cuyos efectos más devastadores aún están por venir, a pesar de que sus voceros nos digan que “lo peor ya pasó”. Ellos son culpables y se ostentan como redentores, pues tienen los medios y el poder de la publicidad y el marketing a su favor; ese puñado de patrones multimillonarios y sus empleados: políticos y comunicadores “responsables”, “centrados”, “mesurados”…, son los apologistas de un sistema a cuya esencia y mecanismos hay que atribuir, en última instancia, las grandes miserias a que nos arrastra la impetuosa corriente de “las frías aguas del cálculo egoísta” (Marx).
El mismo sistema que sin los disparos de muerte desde las torres de vigilancia de las bardas fronterizas del Berlín Oriental y sin guerras frías o calientes, nos mata más, nos enferma más, nos empobrece más, nos castiga injustamente más, nos impide más y nos frustra más, y lo que es peor: nos divide más.
A veinte años, y contando, de su ya no existencia material en Alemania, prevalecen los muros mentales entre “Ossis” y “Wessis”.
Antes, el muro les impedía mirarse y comunicarse, abrazarse… Hoy, sin el muro de por medio, todavía se andan buscando para reencontrarse. Aún pasan y se pasean unos al lado de los otros por el occidental Kurfürstendamm y por el oriental Unter den Linden, igualmente sin poderse o quererse mirar a los ojos, sin abrazarse, sin festejarse como aquella noche feliz del 9 de Noviembre de 1989.
¿Dónde están y cuáles son los muros que hay que derribar todavía? ¿Las barreras que impiden lograr un reencuentro y una reunificación plena de los seres que aquí en México, en Berlín o en Timbuktu, lo que anhelamos es realmente muy poca cosa: Libertad, justicia, seguridad, paz y bienestar?
Tal vez habrá que ir más allá de la confrontación de modelos económicos y de políticas y poner en tela de juicio el mismísimo concepto occidental (¿moderno?) de progreso. ¿Volver a cimentar nuestra vida en los valores del espíritu, como sugiere Václav Havel? Pero, ¿de cuál espíritu? ¿El de Jesús? ¿El de Marx? ¿De ambos tal vez?
¿Volver a los orígenes?
Volvamos, pues, a los orígenes y reescribamos la historia: una historia de puentes…


* Este texto está incluido en el libro Cartas desde Berlín. Testimonio epistolar de un debate ideológico entre un seminarista, aprendiz de cura y un ex seminarista, aprendiz de comunista, de Julio César Ocaña, Primera edición, El Aleph, Argentina 2010.