REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 05 | 2019
   

Apantallados

¿Acaso… Robin Williams fue tan buen actor y Lauren Bacall tan olvidable?


Salvador Quiauhtlazollin

Dos estrellas de Hollywood mueren con un día de diferencia. Una en circunstancias trágicas, otra en avanzada vejez. De una se habla y hay homenajes inmediatos en redes sociales y medios audiovisuales, la otra sirve para el olvido y la trivia. Las dos fueron poderosas en taquilla, pero: ¿Por qué una causó desgarramientos plañideros y la otra un fúnebre silencio por parte de medios y comentaristas?
Del primero, podemos decir que, desafortunadamente, él se creía el comediante indispensable. Y por ello lo sufrimos en Papá por siempre, Una noche en el museo, y la peor de todas, Hook. Tampoco brilló mucho en sus papeles serios de Buenos días Vietnam o la tramposa Mente Indomable. Fue odioso como ese profesor que deja colgados a sus alumnos en La sociedad de los poetas muertos (nadie puede creer en un maestro irresponsable que alienta y luego se hace tonto). Fue el punto más bajo de la carrera de Coppola con Jack. PERO... Fue el asesino de Insomnio. Fue Chris en Más allá de los sueños. Fue Armand en La jaula de los pájaros. Fue el doctor en Despertares. Y sobre todo, fue Parry en Pescador de Ilusiones, tal vez su mejor papel (y su mejor cinta). Por los testimonios de directores y productores, supimos que en el set era muy profesional... y que le echaba todas las ganas del mundo para desquitar sus suculentos sueldos. No tenemos que aclarar que se trata de Robin Williams.
La otra fue una súper actriz, la dama indiscutible del cine noir. En su vida privada, una leona: la única ganadora del Oscar casada con otros dos premiados: nada menos que Humphrey Bogart y Jason Robards. Le hizo sombra a Marilyn Monroe. Los amantes del ánime la escucharon en la versión en inglés de El increíble castillo vagabundo. Toda una señora de la actuación. Dijimos adiós a la voz más sensual del policiaco, la soberbia Lauren Bacall.
Como acotamos, el primero fue llorado hasta las convulsiones, la otra no pasó de ser una nota de relleno. La explicación para esta disparidad es muy sencilla: la televisión. Los horarios sabatinos y domingueros eran el feudo del señor Williams: no hay semana en que no tenga programada una o dos cintas, repetidas hasta la náusea, como las de Pedro Infante. Por supuesto, las que más dan la vuelta en la programación no son sus mejores, sino esos bodrios infumables que lo muestran con las mismas muecas de siempre, mientras suelta farragosas y nada chispeantes líneas. Esto le creó una imagen de tío bueno, de familiar amable, para los desencantados miembros de las dos últimas generaciones. Para ellos fue una especie de Tío Gamboín, que en lugar de Salchichita, tenía para lucirse películas de dos horas de duración que crecían a cuatro gracias a los comerciales.
Lauren Bacall no tuvo tanta suerte: su tiempo había pasado, y su exposición quedó reducida al video, las salas de arte o los canales no comerciales. Y así, la estrella que tiene incluso una enfermedad bautizada con su nombre, fue pasada por alto. Una vez más, la televisión demostró que su penetración no sólo fabrica ídolos falsos, sino también memorias inexistentes. Por ello, muchos sintieron que se había ido el hombre con el que compartieron una estampida. La diva de la voz ronca no pudo participar de ese luto: sus cintas en blanco y negro quedaron diluidas en el marasmo del color, donde solo triunfan los elegidos por el patrocinador.