REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 05 | 2019
   

Letras, libros y revistas

El amor en Fuga en mí menor


Rocío Saro Ávalos

     Anche tu sei l'amore. Sei di sangue e di terra come gli altri.
     Cammini come chi non si stacca dalla porta di casa.

           Cesare Pavese

Es difícil hablar de amor en una obra que habla de dolor, sin embargo, es una obra que habla de silencio, y para hablar de silencio fue indispensable hablar de sonido, no de cualquier sonido de música y desde una perspectiva artística de la mejor música del mundo.
La vida de Leo es una canción que se reconoce a través de muchos silencios, provocados por la incertidumbre por la eterna pregunta que nos distingue del resto de los seres vivientes ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, al final la vida es como una larga carta en un violonchelo. Son muchas las situaciones planteadas en la novela Fuga en mí menor de Sandra Lorenzano * que podrían hacer pensar al lector que el suicidio es una consecuencia desesperada al no encontrarle el sabor y el saber de la vida.
La desesperanza independiente de ser un gran artista o un escritor como Pavese, el estar plantado en una tierra de dolorosos tangos, exiliado de conocer siquiera la tierra del dolce far niente. La desgracia es que Leo, protagonista de la novela, tuvo una vida llena de amor, amor que no supo reconocer y disfrutar en la eterna búsqueda de un sacrificado fantasma, producto a decir de la autora de la maledetta guerra.
Una clasificación del amor (o las formas en que se manifiesta), son fraternal, materno, erótico, religioso y propio, quizá a Leo le faltó mucho amor propio, ese amor que te hace capaz de ser consciente de los otros tipos de amor y de vivirlos.
Muchos especialistas en el tema del amor señalan la importancia del amor proveniente de una madre, entre ellos, Erich Fromm, y a Leo le tocó una madre valiente, que lo recibió desde antes de su nacimiento con mucho afecto y con la responsabilidad de cuidar de él, aún en las situaciones más adversas; una madre que le intentó inculcar el amor por la vida y por todo lo que en ella había, incluso lo bastante bella y valiosa como para fotografiarle. Pero Leo no heredó ni quiso aprender el amor por la vida, la desgracia del libre albedrío, tener una madre que además de dar leche sea capaz de dar miel y no quererla probar. El sinsabor de la vida de Leo es distinto del cariño que tenía por Nina: “[…] pensaba Leo; ‘como el perfume ese que me volvía loco’. ‘Sándalo malesio’. Ella tiene casi ochenta años y sigue manteniendo el buen porte y una mirada deslumbrante. ‘Más de medio siglo de enamorado voy a cumplir yo’”.
Qué clase de enamorado era Leo, sentía amor por su madre pero ese amor no bastaba para tener una mirada deslumbrante como la de ella. Acaso es que las dulces canciones de cuna no forjaron su corazón, no le dieron la fuerza para cantar él otras y repetir: Ninna nanna, ninna oh, questo bimbo a chi lo dò? Se lo dó a la Befana.
Hay niños a quienes les toca vivir un ambiente de abandono, de criminalidad, de violencia, de ausencia, de soledad física y emocional y un día toman con fuerza sus alas y se lanzan a volar; a Leo le tocó una buena infancia, una infancia saludable, tenía un padre ausente, pero digno de recordar, por quién preguntar, su padre no era un personaje inexistente era un personaje dibujado por Nina con amor, para que él tuviera un gran futuro como “el del roble que habían plantado juntos cuando él tenía doce años y que finalmente se había vuelto el árbol de hojas en otoño que Nina había deseado siempre”.
Cuánta gente jamás plantó un árbol y no vivió en esa eterna soledad, ¿de dónde venía la soledad de Leo? ¿Por qué esa sensación no se manifiesta en toda clase de personas? ¿Por qué ese mutismo? El padre ha sido siempre un actor impalpable, impreciso, una figura obscura que cuando aparece en el escenario del hogar lo suele hacer entre bastidores, en un segundo plano, en la más sutil letra menuda de la saga familiar, sin una conexión biológica tan directa como la madre que debe elegir el papel en su ámbito doméstico, generalmente es el eslabón que une a la familia, pero también es el integrante que pasa menos tiempo con ella; la figura del padre también puede ser inquisitiva o dura como en el caso de Kafka, entonces para los niños resulta vital la aprobación del padre, la simple presencia genera seguridad, autoestima e identificación sexual.
La obra de Lorenzano redignifica la importancia de la figura paterna pero desde una perspectiva negativa, pues muchos niños que crecen sin un padre, adoptan la figura de alguien más y subsanan el vacío de un tío, un abuelo, un vecino, pero Leo lleva consigo esta ausencia, arrastrando y afectando a todos los que le rodean y hasta un desenlace fatal. Como si para Leo fuese el personaje antagónico de Nina, una mujer de lo más alegre y que pese a la pérdida de su tierra y de su esposo, sus recuerdos eran de lo más felices, como cuando dice refiriéndose a ese amor que se quedó en el Oriuolo. “Llevábamos algunos meses saliendo, y cada encuentro era una fiesta”. ¿Qué hace que para alguien un acontecimiento sea una fiesta y para alguien como Leo ninguno ni siquiera aquél que lo sacó de su silencio, fuera capaz de hacerle ver un instante como una fiesta, era un hombre que vivía a la deriva, como una hoja al viento?
Leo era un hijo único. Los hijos únicos a menudo están altamente motivados. Esperan mucho de sí mismos y se fijan metas altas que están decididos a cumplir. También son responsables y organizados. Leo no presenta siquiera las características comunes de los hijos únicos; es tímido y más bien inseguro, exitoso en su trabajo, mas no parece disfrutar esos logros. (Al parecer a Leo le hizo mucha falta un hermano, ya que se imaginaba con uno a quien decirle: “A ti no puedo prestarte mis lápices porque tienes solamente cuatro años”.)
Según Erikson, el amor fraternal va más allá de tener lazos consanguíneos con alguien, la ventaja de los amigos contrario a la idea de hermanos es que uno los elige, pero el problema de aislamiento que se ve en Leo plantea la dificultad que tiene para relacionarse con otros y de fortalecer esas amistades que nos presenta apenas difuminadas la autora. Leo es un Garrick, nada ni nadie le logró sembrar en su corazón una razón para que creyera que su estancia por este mundo era valiosa e importante.
Los amigos son los hermanos de corazón, personas con quien jugar, discutir, compartir gustos, pero el amor fraternal es más grande porque es un amor que no espera nada a cambio, es ayudar al otro, dedicarle tipo y atención cuidados y esto es gratuito y por demás satisfactorio.
El amor fraternal se origina de un sentimiento profundo de gratitud y reconocimiento a la familia, y se manifiesta por emociones que apuntan a la convivencia, la colaboración la amistad es lo más cercano al amor fraternal, es un sentimiento que nace de la necesidad de los seres humanos de socializar la búsqueda de la empatía, la tolerancia, la solidaridad. Sin embargo, eso no se logra si no se cubren necesidades primordiales, donde, según Maslow, “Es imposible la salud psicológica, a no ser que lo esencial de la persona sea fundamentalmente aceptado, amado y respetado por otros y por ella misma”.
La necesidad afectiva de un padre para Leo no fue cubierta por nada ni por nadie y eso quizá fue lo que detonó en él que aún teniendo cubiertas otras necesidades, nunca sintió plenitud como para convivir, de igual forma para no aislarse y vivir entero el amor avasallador que lo rondaba en todas sus manifestaciones. Lo más extraño es que al provenir de una familia judía, el amor de Dios no fuera algo que él buscara; al parecer la religiosidad no era parte fundamental de su vida, cuando todo defrauda, lo único seguro, lo único que no hacía sentirse sólo ni perdidos a muchos judíos en campos de concentración era esa certeza de que alguien más grande controlaba todo y que era justo.
En varias ocasiones, Sandra Lorenzano cita los sefirot, sin embargo, Leo no se siente jamás seguro, pues no ve en Dios a un padre bueno y amoroso, no sigue ese camino de conocimiento para entenderse él mismo, ni para entender su entorno. ('Si combinas los diez sefirot con las veintidós letras del alfabeto hebreo empiezas el camino cabalístico… le contaba Nina a Mercedes una de las primeras veces que se habían visto”. Las líneas anteriores muestran que a través de Mercedes, Nina quería obsequiarle a su hijo el regalo de la fe, sin fe no se puede vivir, como molestan los ateos que siempre están hablando de Dios. 1
La fe es un don divino, es una necesidad de los hombres y un regalo que nadie te puede obsequiar, ni Nina, ni Mercedes, pero un poco de fe y un verdadero descubrimiento de sus raíces al provenir de una familia judía, hubieran evitado el trágico fin de Leo; la vida es un don preciado para el judío, el suicidio es imperdonable, el cuerpo del difunto es condenado al destierro, por ese difunto no se reza kadish alguno y no se lleva a cabo ningún ritual, podríamos decir con sorna que al ser un judío-argentino, bastaría un tango.

A Mercedes la había conocido en el café de la esquina del conservatorio. Ese día llevaba una blusa azul y una falda gris. ¿Cómo te acuerdas de eso? ¿Puedo?, dijo tímidamente Leo con la taza en una mano y un plato con una media Luna en el otro.
En el tren no pensó en Mercedes. Pensaba en la tibieza del vientre de esa mujer… charlaron casi toda la noche. Hicieron el amor con la urgencia de los veinte años.

La conversación también es un arte y sólo podrá ser recuperada por los hombres cuando en nuestra cultura se supere el modo de vida orientado al logro de fines, la actitud que necesitamos es que la única finalidad sea expresarnos de tal manera que predomine la orientación de ser y no de tener. La envidia, los celos y la ambición son pasiones, el amor es una acción.
La persona ha sido creada para necesitar al otro, para superarse a sí misma. Necesita el complemento. No ha sido creada para estar sola, lo bueno para ella no es la soledad, sino la comunidad. Tiene que buscarse y encontrarse en el otro. La atracción romántica es una gran obsesión, una fijación que absorbe y consume toda la atención y energía psíquica de la persona. El amor implica entre otras cosas, imaginación e idealización, enamorase es como estar drogado, en ese momento se producen extrañas sustancias 2, lo que hace producir un éxtasis y encantamiento. El enamoramiento va acompañado de fuertes sensaciones físicas, como pérdida de apetito, la dificultad para respirar, la tensión corporal, el insomnio, el amor es como un delirio, una fiebre, pero también es un estado de aprensión y temor, es arriesgarse al temor y al rechazo y Leo se arriesga y al parecer sale airoso, es un hombre correspondido. (La autora no nos da detalles de si Leo sólo fue feliz en esa etapa de enamoramiento.) Leo era lo primero para Marcela, pero para Leo era primero el fantasma de su padre, pesó más la ausencia que el amor, es admirable el amor de Marcela hacia él, sin ser posesivo, sin embargo, es de imaginarse la tristeza de vivir a su lado, de tener una pareja y no tenerla, porque al final las parejas son espejos y ella no se veía reflejada en él.
La unión de amor entre dos personas está siempre en proceso dinámico de cambio y a través del tiempo adopta formas diferentes, dependiendo de los motivos que les haya llevado a unirse, sabemos que las humanidades unieron a Marcela y Leo pero las circunstancias y momentos fueron modificando la relación, la rutina mató al amor, pero sobre todo la necesidad de Leo de no necesitar a nadie, mucho menos a Marcela y a Leo. 3
La relación de Leo con Marcela fue desvaneciéndose como fotos viejas bajo el sol, sin grandes peleas ni amargos rencores, se casaron por un impulso de juventud o por lo menos él lo hizo y un día la relación perdió el aliento y se convirtió en algo blando, aburrido y anémico. (Pobre Marcela, sobrevivir al dolor de la ausencia voluntaria del ser amado y después saberlo muerto, o quizá qué bien por Marcela, a partir de esto pudo verse libre, vivir sin ninguna culpa, aceptar que él estaba perdido en la ausencia del padre, sabiendo que en Argentina no se pueden divorciar, y aprovechar esta muerte para rehacer su vida y encontrar un amor correspondido.)
Leo solía escribir largas cartas a su hijo Julio, y éste le enviaba, a cambio, alguna de sus fotos. Así había sido desde que el hijo decidió irse. Qué bueno que Julio no arrastró su tristeza, lo natural es que los hijos vuelen, que vivan atados a la casa paterna, que hagan su vida, y no porque la relación con sus padres no sea significativa, sino porque ellos lo amaron tanto como para dejarlo ser él mismo, libre en toda la extensión, con responsabilidades, autónomo, productivo… (Qué bueno que Julio tuvo unos padres que le dieron la fortaleza para volar, aún para vivir lejos.) Queda bien descrito lo anterior en un poema de Khalil Gibrán.

Tus hijos no son tus hijos
son hijos e hijas de la vida
deseosa de sí misma.
No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo
no te pertenecen.

Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos, pues,
ellos tienen sus propios pensamientos.
Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas, porque ellas,
viven en la casa del mañana,
que no puedes visitar
ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,
pero no procures hacerlos semejantes a ti
porque la vida no retrocede,
ni se detiene en el ayer.

* Sandra Lorenzano, Fuga en mí menor, México, Tusquets editores, 2012 (Andanzas).
La Kav que se extiende […] en una línea recta desde arriba hacia abajo […] está constituida por diez sefirot, en la forma de un hombre que se encuentra de pie, con 248 miembros distribuidos en tres líneas o columnas, derecha izquierda y centro. Cada una de estas diez sefirot está compuesta por otras diez, estas diez por otras diez, ad infinitum. Esto es lo que el Zohar llama Tzaqlem Elohim (“la imagen divina”), como en el versículo del Génesis 1:27, “Èlohim creo al hombre en Su imagen; en la imagen de Elohim. Él lo creó, masculino y femenino. Él los creó”. Anatomía, 25
2 Dopamina, feniletinamina, norepinefrina, oxitocina, serotonina, testosterona, vasopresina.
3 “Les gustaba compartir las mismas cosas. Una buena película, preparar juntos la cena, algún viaje cada tanto. Y dormir abrazados, claro. Pero el resto del tiempo necesitaban soledad. O por lo menos él la necesitaba” (p. 100).