REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
10 | 12 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Una amistad que devino en cuento (o al revés)


Jorge Sánchez de N.

No es un sacerdote, pero –paseando por los señoriales puentes del río Tomebamba– lo parecería: pantalón de tela clásico, un par de zapatos elegantes, aunque no muy vistosos, un suéter o una camiseta de cuello alto, tipo “beatle”, y un gabán o una chaqueta sencilla, acorde a su tesitura de hombre modesto. Su andar, constante y pausado, lo consagra terriblemente a la condición de párroco o curita de pueblo.
Pero no, lo suyo no es un sacrilegio.
Jorge Dávila Vázquez es escritor y tiene en su haber un incontable número de obras publicadas y reeditadas en distintos idiomas. Es polígrafo: en su escritorio, junto a la “Mac”, danzan poemas, cuentos, novelas, ensayos, piezas teatrales, “microrrelatos” y un largo etcétera de textos que ni él recuerda. Fue profesor universitario durante casi tres décadas, y fuera de cualquier atisbo de fraile mendicante, es Doctor en Filología y, en estricto rigor, un maestro. Entonces puedo decir, sin miedo a equivocarme, que quizá no sea uno de los 12 discípulos del Nuevo Testamento, pero sí un santo custodio de las letras.
A propósito de santidades y onomásticos, Dávila Vázquez cumple años el día en que el mundo occidental conmemora a San Valentín. La diferencia es que el cuencano nació en 1947, mismo año en que murieron Joaquín Gallegos Lara y Pablo Palacio, dos de las grandes plumas del credo narrativo ecuatoriano. 67 inviernos después, la celebración se adelanta una semana porque Jorge, alías el “Flaco”, debe viajar a la XXIII Feria Internacional del Libro de Cuba, invitado junto a una delegación de embajadores.
Dicho y hecho, el viernes 7 de febrero nos reunimos en la casa de Cristina Corral, una de las mujeres que integran su grupo más íntimo. Rubén Villavicencio, un septuagenario de mejillas sonrosadas, barba y cabellera blancas, destacado artista plástico y uno de sus mejores amigos, nos recibe con unos cortos de ron Santa Teresa (claro, en este relato no podían faltar las santas con denominación de origen). Nos acompañan Eulalia, su esposa, y una sinfónica de viejos camaradas que no tardan en aflojar sus lenguas. En un acento cantado, casi tanto como dos sílabas que suenan como un Do y un La contrapuestos, y en una prosodia que tiende a reemplazar las erres por las yes, afloran anécdotas, chismes y recuerdos. Mientras pienso en la idiosincrasia cuencana y en la inmortalidad del maestro, por fin vuelvo a enchufarme en la conversación: Jorge “concluye” que su bisabuela fue puta.
El conventillo estalla en carcajadas y las luces del comedor se apagan para dar luz al pastel. Ahora, frente a las velas y a su sempiterno vaso de Coca-Cola light, Dávila Vázquez luce serio. El “Flaco”, de nuevo, luce serio. Hay lapsos en los que el hombre alegre y bromista se recoge melancólicamente en su frágil humanidad, como si su alma sufriera una pena o una aflicción desbordante.
Canturrea el búho de medianoche y nos despedimos sin despedirnos. Han sido dos días en Cuenca, al ritmo de quien, citando a Rubén Darío, ritma sus acciones.

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“¿Cómo estás? Te encontré en Linkedin y me interesó tu perfil, por su claridad, desenvoltura e intereses en común. Te mando un par de enlaces, puede ser que te interesen. En todo caso, aquí está mi amistad. Un abrazo. Tu tocayo, Jorge Dávila”. Con este correo, que apareció en mi bandeja de entrada en octubre del 2012, se aniquilaron las distancias geográficas y sociales que había (y hay) entre él, un señor del realismo y la fantasía ecuatorianas, y yo, un periodista chileno buscando suerte en Quito y, en suma, un perfecto desconocido. Los enlaces me llevaron a un par de videos en YouTube que repasan su trayectoria a través de sus propios versos.
Una semana después, aprovecharíamos su visita a la capital para conocernos en persona e ir a tomar un “cafecito”, precisamente, al Cafecito que queda en La Mariscal, a pasos de la zona rosa. Antes, sin embargo, ya habíamos tenido tiempo de intercambiar lecturas y comentarios. Él me envió un par de libros suyos en versión digital, Sinfonía de la ciudad amada y Árbol aéreo, y yo le envié un poemario mío, inédito y recién sacado del horno (o al menos eso creía). Entonces conocí, por adelantado y en carne propia, su dimensión de crítico:
“Querido George: leí de un tirón tu pequeño libro. Tú no quieres que te hablen de métrica, pero pienso que no necesitas construir con rimas perfectas ni imperfectas. Deja que fluyan la poesía y la ‘antipoesía’, las tienes hermanadas en tu interior. Me agrada tu ironía. No así la soltura excesiva para decir cosas como las que dices en ‘Soy un hombre común y corriente’. Es bueno sentir la frescura de lo coloquial, pero no te excedas. Sigue trabajando, sigue, y sigue poniendo en práctica algo que yo pienso que está en la esencia misma de la poesía de hoy: todo puede constituir un motivo lírico o ‘antilírico’. Y, por último: nunca doy recetas, solo sugiero. En tus manos, el futuro de tu obra”.
Nuestra cita en El Cafecito fue extraña. Él llegó dos cervezas tarde, cuestión que quizás contribuyó a que yo no pudiera escucharlo ni entender sus humoradas una vez sentados en la mesa, envueltos en la sombra que producían unas exiguas lámparas. Si bien es cierto Jorge Dávila Vázquez habla bajo y tiene un sentido de la ironía finamente desarrollado, sospecho que exageré mi sordera.
Al cabo de una hora salimos en busca de un centro cultural donde se presentaría un libro de foto-poemas de los hermanos Sharvelt y David Kattán: Delusiones. Pero, diluyendo nuestra ilusión al compás de nuestro despiste y de un impertinente aguacero, finalizamos rindiéndole honores al título. Un taxi y “good bye”, George.

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Durante la mañana de ese viernes habíamos estado en la cafetería de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Cuenca, la misma donde Dávila Vázquez, alias “El Dávila”, impartió clases. Nunca supe muy bien porqué fuimos allá, pero –fiel a su hábito– Jorge llevaba varios libros en un sobre y, al son de un repentino “espérame”, desapareció.
Entonces me quedé con tres de sus ex colegas: María Eugenia Moscoso, Jorge Villavicencio y Felipe Aguilar.
Confirmo que la idiosincrasia cuencana es un tanto deslenguada y jocosa, o que al menos lo es en el círculo más cercano al poeta, y me apresto a escuchar. Villavicencio dice que María Eugenia se ve guapa, a pesar de llevar una venda en su mano derecha, a lo que ella responde que su accidente fue haberle dado un puñete a su marido. Luego de unas cuantas historias, Villavicencio afirma que su tocayo “siempre supo contar con el afecto de sus alumnos”, a lo que Aguilar replica que “eso no quiere decir que sus colegas lo hayan estimado”. Pero María Eugenia, quien también fue su alumna, confirma que “Jorge tenía unas fans que lo amaban”. Otro abrupto giro conversacional los lleva a preguntarse dónde está Jorge y convienen en que éste posee el don de la ubicuidad.
Aguilar, quien escribió un completo estudio introductorio para La noche maravillosa, una antología de cuentos “davilianos” editada en el 2006, menciona que no hay evento literario o artístico que no cuente con la participación de “El Dávila”. Está en su ADN. Igualmente, fuera de las fronteras del Ecuador y de la capital del Azuay, su ser “ubicuo” se repite: “Él ha viajado y salido mucho, a diferencia de nuestros otros escritores cuencanos que se han quedado muy reducidos a nuestra comarca. Él es un hombre de mucha creatividad, de mucha producción y demanda, solicitado en todos los cenáculos literarios, y, claro, a veces uno queda pospuesto porque él tiene que estar en Quito, en Cuba, en Madrid, en… ¿Dónde estudiaste vos, Jorge? Y en Marsella”, reseña la profesora Moscoso. Jorge, que regresó hace cinco minutos de hacer quién sabe qué diligencia, ahora se toma un jugo de frutas con esa cara piadosa y atenta que lo caracteriza.
Los chistes y remembranzas se atropellan. Alzo la voz porque necesito reconstruir su bibliografía y solo ellos pueden ayudarme. Por un instante lo consigo.
—El profesor Dávila me dijo que su primer libro fue Los tiempos del olvido (cuentos, 1977), pero anoche estuve leyendo el prólogo que hizo Felipe y en él usted señala que fueron la Nueva canción de Eurídice y Orfeo (poesía, 1975) y María Joaquina en la vida y en la muerte (novela, 1976).
(Dávila Vázquez me mira de reojo, se lleva una mano a la boca y nos brinda su inconfundible risa: un ‘ji-ji-ji’ tenue y agudo que, de sopetón, se convierte en un sonoro “ja-ja-ja”).
—Sí, la Nueva canción… trata acerca del mito del amor perdido —señala Jorge, como recobrando, de sopetón, la memoria.
—Ése fue su primer libro y ahí abandonó prontamente la poesía para dedicarse a la narrativa —testifica Villavicencio.
—Es un buen libro, pero por ahí incluso me permito decir que “El Dávila” no vuela muy alto en poesía, por lo cual se resintió, pero bueno —lanza Aguilar—. Como él es muy imaginativo y maledicente, es muy buen cuentista sobre todo.
Vuelvo a perder el control. Me apuro en preguntarles cuál es el texto que…
Acerca de los ángeles es música, un libro para ser leído en voz alta —se apura Villavicencio, y Aguilar coincide.
—El escenario culto del Ecuador toma muy en cuenta, además de su producción creativa, su dimensión crítica, que es muy consistente, muy bien traída y documentada. Ha sido muy importante para todos nosotros —matiza María Eugenia, poco antes de partir.
Abordamos un taxi. Jorge me cuenta que hace 20 años, o talvez más, iba conduciendo un antiguo Chevrolet Cóndor y chocó contra un muro. Confundió los pedales. “Yo era directamente torpe y en ese momento nació en mí una admiración por los choferes”.
Nunca más volvió a manejar.

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Nuestro segundo encuentro fue en marzo del 2013, también en Quito. Ahora era mi turno de “criticar” a la que era su más reciente publicación en ese momento: La diminuta voz. Por ese tiempo yo era el encargado de la sección literaria de revista Gatopardo-Ecuador y no dudé en dedicarle una página.
Nos juntamos en el tradicional Parque El Ejido, nuevamente a pasos de la zona rosa, pero de cara a las nubes. Puesto que su libro correspondía al remozado género de la poesía para niños, en el cual ya había incursionado con su Diccionario inocente (2009), decidimos que las fotografías se tomaran en los juegos del parque. Consigné: “El dos veces Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit no tiene ningún reparo en treparse a los toboganes de El Ejido, posar ante nuestra lente, sonreír y seguir bromeando hasta el cansancio. Su espíritu es el de un niño; el de un niño grande que quiere dialogar con sus nietos y los demás peques del mundo. Ese mismo afán lo llevó a iniciarse en la lírica infantil hace unos cuatro o cinco años atrás, mucho tiempo después de haber alcanzado un sitial de honor en las letras ecuatorianas”.
Su afecto por los niños sería inexplicable al margen de su vocación pedagógica. Entre 1977 y 1987, J.D.V impartió clases en dos colegios, y entre el ‘83 y el 2009 no solamente fue catedrático de la U. de Cuenca, sino profesor invitado de varias maestrías, seminarios y talleres en el país y el extranjero. Ya jubilado continúa ejerciendo la docencia informalmente, prestándole un sacramental cuidado al trabajo de las nuevas generaciones. En Facebook, por ejemplo, tiene más de 2 200 contactos, en su gran mayoría gente joven que lo considera su referente.
De El Ejido nos cruzamos a un KFC a realizar la entrevista. Mientras saboreábamos una interminable comida rápida, Jorge iba respondiendo a mis preguntas como si estuviera en el sofá de su casa o en las verde-azuladas orillas del Tomebamba. A fin de cuentas, son casi lo mismo.

***

El mediodía del jueves 6 de febrero del 2014 es la fecha acordada para nuestra tercera cita en poco más de dos años, ahora en la intersección de las calles Sucre y Tarqui, en el Centro Histórico de Cuenca. Él viene de hacer unas compras, acompañado por Mercedes Eulalia de Jesús Moreno, su esposa, quien abre las puertas del Toyota Prado que ella misma maneja. El automóvil es azul, pero Jorge insiste con que es verde-azulado: “Desde muy joven he tenido una gran limitación visual. Sin lentes soy bastante ciego y, desde que sufrí un desprendimiento parcial de la retina, tengo serios problemas con la perspectiva: lo veo todo plano, no percibo la diferencia de niveles. Me molesta el exceso de luz o la falta de ella, y, a veces, no distingo bien los matices de color”.
Su departamento, al que me invitó como si fuera un miembro más de su familia, reposa en un cálido tercer piso que mira hacia el cauce del Tomebamba (el emblemático río que atraviesa a la ciudad). En el comedor y salón principal abundan diversos tejidos y bordados artesanales, biombos, vitrales y cuadros. La mayoría, incluidos algunos retratos de Jorge, son obsequios de sus amistades: connotados representantes del circuito plástico y pictórico nacional. Avanzamos por el pasillo y, en la parte trasera de la casa, descubro el auténtico hábitat del poeta: una biblioteca aérea –con repisas muy próximas al techo– que recorre su dormitorio, la sala de estar y su “estudio”, esta última una pequeña oficina donde un huracán parece haber tapizado todo con libros. “Soy un poco desordenado en cuanto a papelería”, exclama Jorge, al borde de su “sanctum”: la risa.
Luego me entero que es su mujer quien lo ayuda a llevar un registro imposible de su obra, y que también es ella con quien comparte su afición por las orquídeas, las flores que ambos cultivan en las estrechas terrazas que abrochan la fachada del departamento: “Se parecen a los seres humanos, aunque no se nota permanecen en formación continua”. En “La flor del viento”, uno de sus microcuentos, también las retrata: “Mírala. Inútil. Desapareció”.
En su estudio, Jorge comienza a relatarme las mil y una actividades que le quitan el sueño; que en La Habana presentará su último tomo de cuentos, Ángel sin misión, y que antes, la próxima semana, hará lo mismo con su último libro de poesía, Personal e intransferible. Lee la introducción, musicalmente, en voz declamatoria: “¿Qué es este libro? Un largo canto sobre la palabra y sus revelaciones. En torno a su presencia y su tormentosa ausencia. (…) Un tributo a la poesía, parte esencial de la vida y de mi vida; la poesía, que para mí nunca ha sido discurso hermético, expresión indescifrable, sino forma de comunicación, declaración de amor, modo de estar en el mundo, solo o acompañado; canto y lamentación, exultación de alegría y tiniebla de dolor, que se hizo siempre, milagrosamente, y por sobre todas las cosas, PALABRA”.
El almuerzo con Eulalia, sus hijos, Juan Carlos y María Angélica, y dos de sus nietos, es apenas un paréntesis de locro, pescado y tortillas de plátano, cuyo cierre magistral corre por cortesía de Jorge cuando, de la nada, me regala un cepillo de dientes para que sigamos hablando de fulano, zutano y mengana.
Entrada la tarde, caminamos a los pies del río. De nuevo nos llovió sobre mojado e hicimos parar un taxi. Nos dirigimos al Café Pedro Páramo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana (CCE). Nunca supe muy bien porqué fuimos allá; solo sé que Jorge llevaba un lote de… bajo su brazo y que allí nos topamos, de pura casualidad, con uno de sus ex alumnos, David Guillén, quien me comentó que el profesor les daba lecciones de ballet en un curso de cine y teatro; y con Roy Sigüenza, un escritor y activista cultural de Portovelo, con quien conversó acerca de su entrañable Jorge Enrique Adoum. Nos topamos con ellos, por mencionar solo algunos, porque, en Cuenca, ocho de cada diez personas que lo saludan son sus “queridos”.

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La lluvia cesa y el día se escabulle tras las arquetípicas iglesias y plazas de la ciudad, en la arrebolada estela que dibujan las palomas en el aire. Ahora estamos en el sofá del poeta, quien se ve mucho más cansado y serio que de costumbre. Sus decibeles ya son casi inaudibles.
J.D.V me habla de su madre y de sus tías, que le inculcaron el gusto por la lectura a muy temprana edad; de su padre, quien iba y venía de la Costa conduciendo un camión que se llamaba Besito; de su tío, autor de Boletín y elegía de las mitas –uno de los hitos de la nueva lírica latinoamericana de mediados del siglo XX–, a quien, pese a no compartir su “hermetismo”, le dedicó su ensayo “César Dávila Andrade, combate poético y suicidio” (1998); de Marcel Proust, Borges y Carpentier, tres de sus referentes; de Las mil y una noches y La Odisea, obras que lo marcaron en su niñez; y de sus impresiones respecto al concepto de originalidad: “La literatura tiene una fuente para nosotros en Occidente: la literatura clásica grecolatina. Luego la hemos venido repitiendo de distintas maneras, entregándola al público en un lenguaje contemporáneo y bajo una forma de ver que es la nuestra. Esquilo, el padre de la tragedia, decía que vivía de las migajas de Homero”.
Con la misma capacidad de síntesis que plasma en su incansable fabulación de microcuentos, J.D.V me resume su biografía: que empezó a escribir poemas para su mamá cuando tenía diez años; que su profesor le decía que eran copiados y que él se hizo escritor para demostrarle que eran suyos (“ji-ji-ji, ja-ja-ja”); que en la escuela comercial nocturna de la que se graduó formó la Asociación de Teatro Experimental de Cuenca; que trabajó de anotador de cheques y depósitos en un banco, y que las vueltas de la vida lo llevaron a trabajar en el Banco Central como administrador cultural; que se adjudicó una beca para estudiar teatro en Francia, y que se retiró de las tablas cuando volvió a Ecuador y no encontró apoyo económico ni institucional; que mientras estudiaba Filosofía y Literatura fue ayudante en la secretaría de su Facultad; que bordeando los 30 se metió de lleno en la escritura y la docencia; que siempre ha estado muy ligado a las actividades de la CCE, Núcleo Azuay; que durante 20 años fue colaborador de Diners, y que tiene columnas dominicales en los diarios Hoy (Quito) y El Mercurio de Cuenca; que es inconforme por naturaleza y que constantemente vuelve a revisar, corregir o modificar sus textos.
Nuevamente noto que el hombre alegre y bromista se recoge…
—Un artista, de tiempo en tiempo, se recoge en sí mismo, entra de lleno en el silencio, aunque sea momentáneamente, para no dejar escapar esos fantasmas, esas ideas, esas melodías que lo asaltan de pronto y que pueden transformarse en obras… O pasar, dejando una leve huella de tristeza. Son ramalazos de aquello que los románticos llamaban la inspiración, y que yo denomino, simplemente, la motivación callada.
Eulalia, ex directora del Museo de las Conceptas, nos llama a la mesa. Jorge come con fruición un pastoso y delirante queso fresco, y bebe su imponderable Coca-Cola light (porque, según la patrona, “él cree que tomando estas bebidas se protege de la herencia materna de diabetes”). Acabamos las onces y le digo a Jorge que ya me retiro, que muchas gracias, que ya es hora, que anoche viajé en bus y me duele la cervical por esos imponderables asientos de a luca. Esta vez, Dávila Vázquez no me pasa un cepillo de dientes, sino una cómoda silla, y me hace un masaje con una pomada a la que él denomina, simplemente, “voltarén”.