REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 09 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Gutierre Tibón: La historia, la antropología y Pinotepa Nacional


Miguel Ángel Muñoz

Cuando deseamos analizar un autor y desentrañar los elementos propios para su correcta investigación, no podemos soslayar la necesidad de ubicarlo en un contexto histórico. Eso se debe a que la explicación interna de las categorías centrales que animan el discurso de un autor no se basta a sí misma, so pena de trocarse en una presentación de ideas mutiladas. Han de tratarse pues en primer plano, aquellos hechos o fenómenos que aclaren el desarrollo, la relación o el génesis de las ideas del autor.
Se puede afirmar que la historia está sujeta a un perpetuo ir y venir de los acontecimientos para que sea certera su voluntad de representación, o incluso, para acuñar formas imaginarias. Las variantes de la ciencia histórica tienen un juego fundamental entre lo renovable y lo caduco, entre lo antiguo y lo moderno; como decía el historiador Marc Bloch: hay que hacer un ejercicio para ubicar el registro de las cosas eternas. Mientras en los años cincuenta eso se discutía en los círculos académicos, Gutierre Tibón abría y encaminaba su manera de entender y practicar la historia, la antropología, la lingüística y la literatura hacia los mejores de los mundos posibles que él veía: lo irreal de lo real, la exploración del mundo de los dientes, los mitos de los pueblos del México antiguo y las invenciones del nombre de nuestro continente. Tibón fue un investigador que siempre trabajó lejos de las academias, así como de sus temas de investigación más frecuentados o aceptados, pues su curiosidad intelectual lo guió por los más diversos campos de estudio. Se mantuvo hasta cierto punto al margen de los postulados políticos y estéticos del siglo XX. Supo poner en orden su paso por el mundo; rara vez quiso intervenir en la historia colectiva, o corregir el contexto que lo rodeó por décadas; dejó que se ocuparan de eso otros historiadores, los preocupados por la intervención directa en los acontecimientos, los movidos por el demonio de la acción. En cierto sentido, la historia tiene que tomar una distancia prudente frente al pasado, el presente y el futuro, aunque ello no deja de tener ambigüedades.
De forma circunstancial conocí y me familiaricé con la obra de Gutierre Tibón (Milán, Italia, 1905 - Cuernavaca, Morelos, 1999). A principios de los años noventa me interesé por el estudio y la investigación del pasado mexicano y comencé por estudiar las diversas corrientes historiográficas en México. De Miguel León-Portilla a Ángel María Garibay, de Serge Gruzinski a Edmundo O’Gorman, de Luis González y González a Alfredo López Austin, de Josefina Zoraida Vázquez a Álvaro Matute, de Francois Furet a Helio Jaguaribe, de Francois Chevalier a Daniel Arasse. En el camino me encontré con la Historia del nombre y de la fundación de México (FCE, 1975) , el libro definitivo y quizás el más importante de Gutierre Tibón. Brillante en la argumentación, es además, no sólo su libro más erudito: rastrea los orígenes lingüístico e histórico del nombre de México, y las raíces de las ideas que han configurado su significado.
El genio de Tibón era especial, el que se “instaura en el otro”, como en alguna ocasión me comentó Ricardo Garibay. Tuvo pocos discípulos, pero todo mundo lo admiraba. Era un espíritu fascinante, nunca ocultó su amor por México: observarlo era deslumbrarse, oírlo era impregnarse de su sabiduría y de su memoria. Ya lo decía el escritor Rafael Solana: “Entre los estudiosos que más saben de México acerca del origen y el significado de los nombres propios, ya sean los de personas ya los de lugares, alcanza la preeminencia, sin duda, el sabio antropólogo don Gutierre Tibón…”. 1
Era un habitante de los lingüistas medievales -sobre todo su admirado Antonio de Nedrija-, de las crónicas del siglo XVI. Con la mirada de un profeta bíblico analizaba el pasado e imaginaba el futuro. No me tocó oír su impaciencia ante la vida y la muerte. Vivía sumergido en sus investigaciones: nuevas interpretaciones sobre nuestro continente, vocablos de la lengua, el misterio de los antiguos mexicanos, y desde luego, de su pasión por cada rincón de México, “ no olvidemos que México está a la cabeza del mundo hispanohablante, y que tiene una gran misión. Ayúdennos a llevarla a cabo” 2, decía constantemente Tibón.
Analizar las más de treinta mil páginas escritas por Tibón no es tarea sencilla, ya que todas tienen, además de ritmo y movimiento, rica sustancia temática. Ahí están, por ejemplo, México,1950, Vuelo con 8000 pegasos, Pinotepa Nacional, Versos decaglotos 1919-1940, El mundo secreto de los dientes,México en Europa y África, El jade en México, La ciudad de los hongos alucinantes, Nuevo diálogo de la lengua. Ahí está también América, setenta siglos de la historia de un nombre, libro erudito, escrito en forma de novela para adentrar al lector en el viaje de entender el nombre de nuestro continente, a través de la fisiología de la raíz del nombre América. O bien, El ombligo como centro erótico, donde descubre las cosmogonías y rituales del ombligo; él mismo apunta en el inicio de la aventura intelectual: “Cuando, ya hace muchos años, supe que ‘México’ significaba en náhuatl en el ombligo de la luna, quise descubrir la raíz de tan peregrina denominación”.
La obra de Tibón es de una laboriosa tenacidad que podemos seguir en su espiral interna, desglosando su escritura, comprobado tanto en sus estudios filológicos como en sus escritos sobre tradición mexicana. La creatividad innovadora del lenguaje que asombra en cualquier momento: ya que asombrar es empezar la fábula. Su vida y sus escritos definen un curioso territorio de sobreposiciones culturales.
Gutierre Tibón realizó sus primeros estudios -y los únicos formales, de hecho- en Suiza, y a los quince años publicó en Basilea su primera monografía, Il Monte Bre (1920). De 1922 a 1939 viajó por Europa, el sur de Asia y el norte de América. En Ginebra, el entonces representante de México en la Liga de las Naciones, Isidro Fabela, le ofreció establecerse en nuestro país. Así fue que desembarcó en el puerto de Veracruz a principios de 1940 para iniciar en la que sería su patria electiva una labor intensa, consignada en sus más de 40 libros traducidos a varios idiomas.
El siglo XX revolucionó nuestra manera de pensar y trabajar la historia. Aquí resultaría complicado analizar las escuelas producidas, las vertientes de investigación y, desde luego, las corrientes históricas que se han producido en Occidente y América. Las polémicas han desembocado en callejones sin salida, y en algunos momentos en prácticas sin un buen sustento o bien sin objetivos claros. Paul Valéry decía en su libro Miradas al mundo actual que la historia es un fruto bello del arte histórico de nuestro pasado:
“El carácter real de la historia consiste en intervenir en la historia misma. La idea del pasado no adquiere un sentido y no constituye un valor a no ser para el hombre que encuentra en sí mismo una pasión por el porvenir. El porvenir, por definición, no tiene ninguna imagen. La historia le brinda los medios para ser pasado” 3.
Ésta es la cualidad de la obra de Gutierre Tibón, hombre comprometido con su tiempo, su espacio y, muy pronto, con la historia. Esa convicción de renovar y cambiar las miradas de la historia la encontramos en toda su obra. Quizá esta sensibilidad poliédrica haya hecho de Tibón un personaje de definición huidiza, mal avenido con los modos que califican la profesión intelectual en proceso de homologación planetaria. No es casual su obsesivo retorno a la antropología y la lengüística como tema cardinal de sus trabajos, paráfrasis de la obra entera, tan cercano en esto a la tarea titánica de “historiar” de Ángel María Garibay. Poco dado a la especulación, sin embargo, y dispuesto siempre a someter la erudición a su portentosa intuición narrativa, fue además un polemista “terrible”, conversador ocurrente que vivió con pasión contagiosa los mundos del arte, la ciencia, la ética, la historia de México que con tanta sutileza colaboró a fabular.
Por otra parte, es importante aclarar que Tibón no desarrolla un pensamiento sistemático en torno a los problemas de la historia; no lo hace propiamente hablando, sino que a la par practica el nuevo estilo de la ciencia, hace reflexiones aisladas sobre sus características y métodos. Por esto, en buena parte nuestra labor consiste, a través de una larga conversación con Tibón, en hacer aflorar las ideas fundamentales que subyacen, en algunos de sus escritos científicos, históricos, literarios, e integrarlos para entender su pensamiento a la luz de la historia del discurso histórico en México.
Tibón buscó afanosamente, la integración del mundo indígena, no sólo como historia pasada en la cual se apoya el presente de México, sino como cultura digna, cuya raíz espiritual, étnica y moral debe ser avalada por el resto de Occidente, cuando declara a las comunidades de América como culturas deslumbrantes para el mundo. Su mundo histórico es más bien caleidoscópico y caben en él tantas propuestas como opciones de juego. Con ello Tibón se ha propiciado la reticencia del cercado académico mexicano que ha visto en él un ejemplo de francotirador cosmopolita: un generalista que no se arredra ante las derivaciones incómodas de sus argumentaciones. Un impresionista, en suma. Se asemeja al viajero exiliado en la nave del tiempo, agazapado entre grandes ideas cuyo registro no acierta a pulsar. Por fortuna, y siempre lo supo, “mis libros nunca tuvieron prisa”.
Con relación a la aceptación discriminada de la cultura occidental, Tibón fue consciente de un doble prejuicio: el de suponer que no puede haber ciencia, cultura y arte en América, cuyo correlato es que sólo en Europa se puedan dar dichas tareas. Al desenmascarar la doble falacia, Tibón presta un servicio a su patria adoptiva, pues eso le permite proyectar a la cultura mexicana como valiosa en sus diversos aspectos, y abre la puerta al intercambio cultural en pie de igualdad, y no sólo a la aceptación indiscriminada de conocimientos, valores y normas de conducta. Quizás el mejor ejemplo son sus libros, Pinotepa Nacional y Olinalá, que son el registro exacto de culturas que dieron su grandeza al mundo.
Ciencia, arte, religión, procedimientos políticos y sociales que se proyectan desde México y sus rincones, son en su conjunto para Gutierre Tibón, diferentes, nuevos, en una palabra, propios del ser mexicano y de sus habitantes, los “americanos criollos”, como le gustaba llamarlos.
El afán “nacionalista” de Tibón no es la resultante de un capricho individual, sino la consecuencia histórica de un proceso de integración que se dio al poner en contacto dos culturas diferentes, y con los vencedores, no obstante que Tibón luchó contra las formas anquilosadas de la concepción del mundo, de la historia, de la ciencia.

*Prólogo al libro Pinotepa Nacional de Gutierre Tibón, editado por la Universidad Autónoma Metropolitana, 2014.
Rafael Solana “Gutierre Tibón”, Publicado en la Revista Siempre!, 18 de agosto dde 1976.
2 Gutierre Tibón Nuevo diálogo de la lengua Editorial Espasa- Calpe, México, 1992.
3 Paul Valery Miradas al mundo actual Editorial Lozada, Buenos Aires, Argentina, 1958.