REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
25 | 05 | 2019
   

Confabulario

Es una noche de viernes


Edgar Aguilar Farías

Es una noche de viernes, la noche ritualmente registrada para el licor, los cigarros, las mujeres fáciles, las mujeres públicas y el desvelo. Pero hoy nada de eso es visible.
La noche es turbia y su espesura se corta con cuchillo como la manteca, la luna invita como una camarera con apretada minifalda a pasar a esos sórdidos lugares donde el humo de los tabacos forma neblinas londinenses, llenas de su misterio y decadencia. Las risas maliciosas retumban en los muros y los chasquidos de los vasos de tequila o ron chocan y se derraman en gotas en el piso o esas mesas de manteles blancos gastados, quemados por colillas y amarillentas manchas de cerveza derramada. Todo invita a pecar e incluso Jesucristo pecaría fallándose a María Magdalena como la puta que es, y a Martha también.
Los ruidos nocturnos son deliciosos como las piernas de una secretaria cruzadas y fingiendo compostura mientras la manoseas por debajo de la mesa solo esperando que acabe ese desgraciado día de labor para ir al maldito hotel de medio pelo de la esquina que prospera por ser refugio del pecado, del bendito pecado, que dios salve al pecado.
Pero hoy los malditos liberales hay conspirado con belcebú, han prohibido fumar en los bares, han cerrado esos bares, han hecho redadas en los hoteles y los puteros para que no haya mujeres públicas, en ningún lugar, han subido los precios del alcohol, han restringido a los borrachines al volante e incluso no conformes con su barbarie los persiguen en la vía publica. Ya nadie en esta ciudad gris y desesperante puede andar con una botella porque lo detienen lo interrogan y lo hacen sentir a uno culpable por beber.
Es que no les basta todas esas horas malgastadas en un escritorio, un estante, una repisa, un mostrador, una máquina, un volante, en medio de una anónima calle o donde sea que nos chupe la vida el enorme paracito que es el capitalismo como para todavía cuando tenemos algo de esa libertad, ese albedrío, esa voluntad, y gastarla en cantinas, bares, discotecas, antros, stripper, burdeles, hoteles, parques, cervecerías, casinos, licorerías, cines y demás lugares licenciosos, nos restringen las noches, cerrando cantinas, clausurando bares, terminar con discotecas, finalizar antros, acabar con stripper, confiscar burdeles, demoliendo hoteles, vigilar parques, quebrar cervecerías, suspender casinos, boicotear licorerías y abolir cines.
Por qué nos tienes que recordar nuestra calidad de esclavos modernos a todas horas, por qué ese paternalismo inútil, por qué castrarnos si ya nos comportamos como los eunucos burgueses como querían, por qué meterse con esa parte sórdida y negra de la vida, de esa parte de la dualidad del macho, por qué no nos dejan en paz.
El tren urbano cruza por debajo de la tierra, el ruido de sus llantas resuena a través de las rejillas del respirador que está a nivel del asfalto, un aire cálido sube y no está Marilyn Monroe para enseñar esas largas y bellas piernas. Solo el estúpido mendigo que como mono cilíndrelo ronda, mostrando sus dulcecitos y su cara de idiota con su voz torpe que me rechoca y me llena de odio hacia él, maldigo a su reputísima madre por haberlo parido, malparido bastardo, cómo me gustaría que lo atropellaran, lo acuchillaran le dispararan, en fin, que lo sacrificaran en nombre de la estética urbana, la imagen corporativa, de la paz. No ver su rostro torpe y hambriento ni oír su chillona voz pidiendo caridad, invitando a comprar, diciéndole al que pasa “tengo hammbre, tú ya comisteds, anda dame ango”; Muérete de una vez pobre infeliz, hazle ese favor a la humanidad.
Llego a la esquina de Ave María y Padre Nuestro y miro por un lado y por el otro, no para cruzar, sino buscando esos bares de mala muerte que abundaban por aquí y esas golfas harapientas y abandonadas que podías chantajear con un billete de baja denominación para que te lo mamaran en plena vía pública.
Al final de la calle de Padre Nuestro siempre encontrabas a una vulgar mujerzuela sin pudor que vestía esos trajes de red que venden como suvenir erótico en los sex shops. Podías verle los senos a través de su impúdico ropaje y sus vellos púbicos peinados mientras se contoneaba por aquí y por acá y te invitaba a una mamada, una buena mamada.
Pero ella ya no está, ni las otras meretrices y los muros y puertas y rejas y todo lugar, incluso la tiendita que te vendía dulces y abarrotes y cigarros y condones, está tapizado con saña con esos letreros del municipio que dicen clausurado, todo clausurado, solo faltaba cerrar ambas calles, demoler todo hasta los cimientos… Al diablo con todo, me regreso y el imbécil muerto de hambre me vuelve a insistir que le compre, que le ayude. Que le ayude el gobierno o que se lo lleve como se quiere llevar el pecado de esta ciudad.
Camino por Padre Pro y viro para entrar a Mártires de la Conquista, por aquí nunca hay nada. Avanzo, llego a la glorieta de España y me adentro por Dr. Houston y espero entrar en alguna añeja ostionería que existe desde que los abuelos sacaban a las abuelas a bailar, danzón, cha - cha - cha o los más cultos a oír Jazz. La ostionería de Luis Hernández, el pescadito feliz, la oficina, la magistral, todas ostionerías centenarias y todas cerradas, ya ninguna abre hasta después de las nueve, todas por ley deben cerrar, ya de nada sirven sus pistas de baile y su música en vivo, de nada, todos a disfrutar un domingo con familia después de ir a Misa y escuchar que te vas a ir al infierno por pecador. Cómo me gustaría estar allí en esta noche lúbrica, entre las rameras y los drogadictos y todos esos pecadores y los demonios que te invitan a pecar, a sus delicias, en vez de sufrir en la tierra el suplicio de no disfrutar de la vida.
Camino perdido por Dr. Houston, y me adentro por el callejón del Ahorcado esperando ver al espectral ahorcado que dicen se aparece en las noches. Es un callejón largo y estrecho con un alto muro de piedra a mi izquierda y uno de adobe a mi derecha y en medio el mítico lugar donde colgaron al duque de Comonfort y me quedo viendo ese lugar, una alta columna agrietada, que fuese una horca del Palacio de Justicia, un juzgado del pueblo, en ese tiempo, en lo que fue esta colonia. Oigo el viento soplar, la luna en el Cenit y el fantasma ausente, con mi suerte tal vez lo confiscaron por asustar sin licencia o paros al corazón con alevosía y ventaja. Camino y llego a la calle Ayuntamiento y me adentro en la Colonial y antigua colonia del Coyote, miro el puente de la Virgen y la iglesia, la pequeña iglesia dedicada a la virgen, entonces entre las sombras una pequeña forma se me acerca sin advertir su presencia y me toma del pantalón. Doy un brinco de sorpresa, todo ese añejo lugar invita a creer en fantasmas y muertos que se levantan de sus tumbas, pero lo único que veo es a una malnutrida, una malnacida chiquilla de ocho años, con sus cachetes fríos, sus pies descalzos y su cabello hecho una cola con una liga de hule, levanta la mano y me pide una limosna, yo la ignoro y sigo mi camino. Llego a la plaza, con sus altos y viejos árboles y espero encontrar esos antros entre las construcciones viejas y donde la cerveza es tres veces más cara, pero el ambiente es alegre y etílico, y te mezclas con las tribus urbanas, los jóvenes inconformes gastando el dinero que sus padres les dan para sus escuelas, y esos niños riquillos que beben sin cesar pasando una y otra y otra vez la tarjeta de crédito y se caen de borrachos y lo mejor son esas niñas consentidas esas principiantes de mujerzuelas, fáciles, ebrias, de suave piel y senos pequeños pero deliciosos, que bailan y se besan con cualquiera, con sus amigas, con una desconocida y que acaban desmayadas en los asientos traseros de BMW o Volvos, pero nada de eso se ve. Los antros cerrados, clausurados y la plaza en reconstrucción, ni siquiera el hippie que vende tachas y otras drogas a los jóvenes se ha puesto, tal vez ya está en algún separo esperando juicio.
Me siento en la única banca que han dejado en pie y miro las palmas distantes del otro lado de la iglesia de Santa Clara, allí disimuladamente se estacionan las prostitutas de placeres extravagantes como la Chata, que decían se la mamaba a los perros por unas monedas, pero de oro, y yo la vi una vez con otras dos, como si fuera una americana desorientada en un traje negro brilloso.
Pero no está, ni los turistas extranjeros que también frecuentaban esta plaza y se la vivían en el mercado o en esos antros y cervecerías, nada, todo muerto, un cadáver abierto por unas aves de rapiña, que han dejado los huesos y las pútridas tripas regadas y recordando lo muerto de este lugar, lo viejo, lo antiguo, el vitage latinoamericano de épocas que se juntaban, se mezclaban y se perdían al andar por los años y por la gente que no dejaba que dejara de andar.
El antiguo salón de Baile Sozano, al otro lado de los antros, en la calle de los ilustres virreyes, allí nació la tradición, allí andaban los pachucos, los chulos, los bailarines de danzón, rondaban por aquí y por acá y se mezclaban con la clase media de esa época, ésa que decía haber vivido una guerra que no era suya, que jamás fue a pelear que vio en los cines en blanco y negro y leyó a detalle en los viejos diarios, pero se la vivía aquí en las noches cuando los hombres querían beber y divertirse, dejar a la mujer en guardia con todos los hijos, con nuestros abuelos y abuelas y tíos abuelos y tías abuelas y ese alto templo solo era un recuerdo de lo que no debían estar haciendo y lo hacían, lo gozaban y lo multiplicaban como una infección, en fin, era cuando esta ciudad vivía de noche como no vivía de día, hoy muere, muere por la pureza, por la pulcritud y por los liberales que se comportan como conservadores, hoy el silencio y la calma.
La patrulla distante que recorre la calle, se pierde en una esquina y yo melancólico y con ganas de beber, con el pene erecto, duro como las piedras de la iglesia de Santa Clara, imponente debajo de mi pantalón como el campanario de seis metros de alto, juguetón como una nutria bailarina, en un circo, donde el pequeño la señala y le dice a su fogosa madre, “mira, ¡mira! madre como se mueve esa nutria, como se contornea” así mi miembro insatisfecho, mi virilidad aplastada.
Y me levanto derrotado por esos que gustan aplastarnos, que nos recuerdan nuestra falta de derechos, que nos castran lentamente, nos matan de aburrimiento, los odio y mi cruz como mártir del pecado es andar diez cuadras hasta mi carro en un estacionamiento que no se les ha ocurrido cerrar a los del gobierno de esta ciudad, malditos.
Me veo andando cabizbajo con las manos dentro del pantalón jugueteando con mi amiguito engañado y abandonado, estoy cerca del puente de la Virgen y abajo una línea de agua, apenas un arroyo hediondo que solo es un triste recuerdo del limpio rio que corría y rodeaba aquel pueblo colonial. Es oscuro el canal a un lado de la calle, como toda la noche y de esa noche nuevamente la figurita de aquella niña con rostro desesperado, buscando gente y al verme, se olvida de mi desprecio de que la ignore y camina cansada hacia mí extiende su mano y me pide una ayuda, la ignoro pero me toma del pantalón e insiste, yo le doy un rotundo no, un duro no, un merecido no, ¡NO! Lárgate, piérdete, desaparece de la vida posmoderna y neoliberal, pero no entiende y pide ayuda, pide comida, alega tener hambre, mucha y ruega por pan, por leche. Leche.
Quiere leche la nena, yo tengo mucha leche, caliente y fresca, deliciosa. Me acerco y le digo a la harapienta, “quieres leche” ella mueve la cabeza inocentemente para afirmar, “pues te daré leche, pero vamos bajo el puente allí tomarás toda la leche que te dé y te daré dinero” ella sonríe cree la tonta en la caridad cristiana, el buen corazón humano, la bondad, la piedad, en dios, pero dios ha muerto, de aburrimiento.
Me toma de la mano y bajamos por una orilla del canal que ella conoce, como si viviera allí y nos adentramos en las sombra del puente, solo una lámpara de alumbrado público evita que la sombra y la noche nos devore como una bestia, cuando la bestia soy yo.
Ella una niña de ocho años, con un sucio camisón de princesita, me lleva a su refugio y espera de pie y con las manos extendidas para recibir su leche, yo me agacho y la atrapo con mis brazos, la tumbo a un colchón sucio y aplastado que no había notado, allí meto mi mano lasciva en su falda, por su calzón y toco su tierno coño, ya no me importa nada, quiero pecar, quiero cometer adulterio, la violaré y derramaré mi bilis, la ira que tengo, esa furia que me obliga a guardarme y convierto en cachetadas y golpes a su abdomen para que se calle y se quede quieta.
La desnudo pero no puedo ver su cuerpo sin ropa, mi obra, pero sé que está desnuda cuando arranco una delgada trusa de niña y la manoseo y mi mano se adentra en su entrepierna, abriendo su virginal abertura, ésa que algún día le ayudará a subsistir cuando sea una golfa barata, sucia, alcohólica y triste, mamando vergas a diestra y siniestra, probando los dolores del presidio y de parir a malnacidos que nacerán mal por lo drogada que estará y ellos serán los drogadictos del mañana y festejo todo eso violándola. Bien pude descargarme con una joven y ebria adolecente, una raquítica prostituta, una contorneada stripper, una adúltera burócrata o abandonada cuarentona, pero todo se me ha negado, en nombre de quién sabe qué y el precio de la pulcritud, de la decencia y de las buenas costumbres es el estupro, el abuso, la desfloración, la deshonra, la violencia, la profanación y transgredo su tonta e inútil inocencia de la pequeña y su necesidad y saco aquella arma de mi pantalón y la tallo contra su rostro y le ordeno lo lama, lo mame, lo chupe, se lo coma, me haga el oral que quiero, la estrangulo a ratos para sentirme bien, conforme, a gusto, no me detengo por sus llantos, sus lágrimas, su dolor.
Quiero penetrarla pero todavía es muy pequeño su cochino agujero, y regreso a su boca, de la hambrienta, que quería comer y ahora tiene más de lo que puede tragar la puta infantil.
No sé cuánto tiempo me toma pero me corro en su rostro llenando sus ojos de mi esperma, su nariz de mi eyaculación, sus orejas se mi semen y su boca de mi semilla, y toda ella de la maldad de la cual está hecha la urbe, la gran babilonia moderna. Y luego la calma, yo me calmo, ella se calma toda la noche en calma, respiro de alivio, me siento bien conmigo mismo, me reconcilio con el mundo, con la civilización, con dios por lo dado y doy gracias al padre celeste.
Me busco en la bolsa del pantalón un billete de a cien falso y se lo arrojo mientras ella se retuerce de dolor, tocándose los moretones y secándose las lágrimas con semen de su rostro y se trata de peinar con los dedos su alborotado y desgreñado cabello negro y cuando piensa que ya nada va a pasar, la meo, me viene la gana de mearla, de bañar la suciedad con más suciedad y al acabar la escupo y es cuando ella se enrosca de terror y el miedo la ahoga al creer que continuaré, pero ya no, ya he vaciado todo mi mal, mis vilezas y vicios y ahora soy puro y bueno y me retiro satisfecho, y ando por el canal, ando por la empedrada calle y silbo porque ha sido una excelente noche, un buen viernes.