REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 08 | 2019
   

Confabulario

El despertar del no dormir


Yurazzy

La madrugada revestía de polvo negro el resplandor. La lámpara que alumbraba en mi ventana, ésa que sola se encendía y se apagaba: la luna, luna que cada noche hasta a mí llegaba.
Yo parecía tranquilo, los ojos puestos en los vidrios de la ventana pese a que dentro de mis propias verdades se manifestaban las más viles mentiras descendidas de mí.
Un sinfín de lágrimas recorrieron a otras lágrimas intranquilas, iluminándose poco a poco sobre mis rostros.
Los vientos de la calle, vientos vagantes que parecían hablar y hablar mal de mí, parecían decir que sí, que sí me querían y que al mismo tiempo lo único que deseaban era que yo desapareciera.
Acostado en la cama, estaba soñando -párpados abiertos-, cantando con mi sirena, la sirena que amaba y que aún no sabía si existía. La madrugada me cubría de frío con nuevas sensaciones que sus voces me causaban. Era así, la luna siempre me cubría.
Los despertares cortaban con navajas la luz nocturna, con tan solo trescientos rayos el sol penetraría mis ojos, las cortinas, los vidrios de la ventana. Comenzaría un funesto homicidio; sucedían cosas que llevaban a alejarme de los demás, a hablar sin hablar y perderme en las camillas de sus cráteres, en sus viajes que te conducen hasta el mar Volta, sujetado de sus pieles en todas las vaganzas sumergidas en agua y en música profana.
Cuatro paredes formaban mi hotel, mi espacio, -“el cuarto”- era un real tesoro, mansión perfecta, nunca tendría algo mejor para llegar a tantos viajes, nunca más tendría esa cama para acostarme junto a ella, para acariciar sus transparentes pestañas plateadas… tan rizadas.
No habría de existir alguna otra ventana que tuviera un cristal así, con esa vista a la infinidad de las luces, ese color a humedad pese a que el mar no se acercase a mí ni un centímetro, más que solo en pensamiento. Ese olor a oscuridad, alumbrado con pedazos de tranquilidad y un cigarrillo a la mitad que yo cada madrugar ocultaba en una esquina hecha con saliva y verdad.
Afuera. Allá. Los demás, una realidad que no era bienvenida; se escuchaba el rugir de los dientes afilados y enojados, el crujir de unas papas fritas, el gemir de una hermana con dolores menstruales, casi cual dolores de parto… era como una extraña locución desde una cabina de radio que no paraba de fallar, venida desde una grabadora mía en la que no se alejaba la interferencia.
Pero ya habría de escuchar eso cada vez que el sol salía a morder a mi pequeña locura y la magia entre ella y este hombre que aún no sabe quién es.
Eso era morir y volver de nuevo a morir. Sin miedo, enterrándome las noches en la piel, envolviéndome de albores y sus voces cayendo en mis lenguas. Era eso igual al acto de mecerse y mecerse de mi padre en la balanza, como un freír de chícharos en lata; sonaba la sartén bruscamente, humeaba la chimenea, se humedecía de olor lúcido mi olfato… los chícharos flotando, nadando una y otra y otra vez dentro de un espacio redondo ya hirviente.