REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

Confabulario

Vida Perra


Jesús Yáñez Orozco

Como una caprichosa hoja que mueve el viento, así fue su vida, desde su más tierna edad. Fue como si lo devorara una de las cabezas de la Hidra urbana.
La mayoría presagió su final, pero nadie imaginó cómo sería ni dónde terminaría.
Cuando nació, por un instinto animal, su madre intentó matarlo, dejándolo sin comer, destetándolo. Afloró en ella un irremediable instinto asesino.
No lo logró.
Quedó agonizante, al frente del misérrimo dintel de una de las casas del barrio, construidas en su totalidad con láminas de cartón, remachadas con corcholatas de Coca Cola, un oxidado clavo en medio y la puerta hecha con trozos de madera. Era similar a la del resto de la vecindad.
Se quejaba quedito, los ojos entrecerrados, como si esperara la muerte.
No faltó quien lo arrancara de los brazos de la desgracia. Pero lo marcaron sus primeros años de vida. Pero como era una boca más para la familia que se hizo cargo de él, comenzó a vivir de las migajas del resto de los vecinos.
Nunca se lamentaba.
Cuando se quedaba con hambre disputaba el alimento de otro que, como él, vivía de la caridad popular y solidaridad del barrio. Así aprendió un elemental principio de supervivencia del barrio: pelear por la comida.
Pero lo que más llamaba la atención fue que desarrolló una mirada de fuego, de muerte, que incendiaba sus ojos color miel. Cuando se veía impotente ante sus adversarios, peleaba en círculo, como experimentado boxeador. Estas características habrían de darle un giro de 180 grados a su vida.
Una banda de asaltantes acabó por hacerse cargo de él, tras observar uno de sus innumerables combates. Al fin tuvo techo, sustento, y hasta recibió un nombre: El Johnny.
Luego de entrenarlo, lograron explotar su instinto salvaje, feroz.
Era así: una vez delante de la víctima, hombre o mujer, en la soledad de la calle, se paraba frente a ella acechante, con sus ojos de lumbre, mientras que un extraño sonido amenazador emergía de su garganta.
No emitía palabra alguna.
Estos segundos de parálisis física y desconcierto, ante un ser aparentemente indefenso, eran aprovechados por el resto de la banda. Sin arma de por medio, y con la advertencia de que si gritaban o llamaban la atención, El Johnny se convertiría en una máquina de muerte, mientras que eran despojados de todas sus pertenencias.
Durante algún tiempo funcionó este peculiar método de robar. Incluso, El Johnny hizo tanta fama que comenzó a ser objeto del deseo de las hembras del barrio. No era su musculatura ni su agresividad lo que más llamaban la atención, sino sus ojos de muerte.
Hipnotizaban, pues.
Pero él se daba a desear. No a cualquiera aceptaba sus coqueteos. Su naturaleza le indicaba con quién sí y con quién no. Su lugar de encuentro eran los oscuros lavaderos comunes de la vecindad, cobijados bajo la celeste sábana estrellada.
Olía a jabón barato y cloro.
Pero su infortunio llegó puntual.
Tras uno de los atracos, toda la banda, incluso él, fue apresada. Y lo separaron del resto.
A los pocos días, tras la rejilla de prácticas, ante el juez, todos y cada uno de sus compinches escucharon sus nombres, y por qué se les acusaba.
Todos negaron ser asaltantes.
El juez, al percatarse que faltaba uno de los miembros de la banda, según el acta que tenía en sus manos, gritó el nombre de El Johnny, pensando que se había rezagado en uno de los pasillos.
Pero sólo escuchó un ladrido, desde una pequeña jaula, que atravesó sin cadenas, libre, las rejas de la penitenciaría.

*Ganador del premio de cuento convocado en 2000 por el semanario tabloide Ciudad Capital.