REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

De nuestra portada

La chinga


Herminio Martínez

“Nepomuceno y Macedonio Ponce eran hermanos. ¡Claro que los conocí! ¿Por qué? Me imagino que alguien le aconsejó que me lo preguntara. Conozco algunos ‘álguienes’ que me mandan personas para que les cuente la historia de este pueblo. Pero no son mentiras; y si lo fueran, la mentira, si no deja remordimiento, vale tanto como la verdad… Ya que se molestó en ayudarme con el costal, siéntese un momento, al fin que ya llegamos; todo este caserío es Antolma; de aquí hasta el sauzalito. Mire cómo se ve de verde el panorama, todo el valle. Es la nacencia que ya brotó, gracias al cielo, que comenzó a quebrar sus cántaros desde hace un mes y una semana. Los ojos son las manos del alma, joven; uno los estira allá, acá, acullá, con el deseo de acariciarlo todo: esos verdes tiernitos y los más oscuros de los fresnos o los erguidos y olorosos de los ócalos. Aquellos amarillos son de los capirotes del mezquite. Así florean”.
Un viento sosegado, como las alas de un murciélago, se metió también entre las ramas de aquel árbol, haciéndolas temblar y estremecerse como manojos de hilos sueltos, en tanto, allí nada más, e igualmente a la distancia, resplandecía el verano como la luna de un espejo pintada de retoños por la lluvia.
“Algún día nos encerraremos en la loche a conversar con el descanso eterno. La vida es esta reventazón por la que definitivamente se nos irán las penas. Siéntese en estas piedras, gracias: usted aquí, yo allá. No pesa, son sólo hierbitas para hacerme un té. A esta edad sólo las plantas lo consuelan a uno: sanguinaria para orinar, gordolobo para la tos, hojasén para dormir un poco, mirto blanco para que no nos hagan ruido las articulaciones ni los sueños. ¿De dónde y a qué dice que viene?... ¿Merinda? Me imagino que eso estará muy lejos, más allá de muchos días y muchas noches, con todo y que los autobuses de ahora hacen chiquito el tiempo. Lo vi bajarse del camión de Pancho Murias y pensé: ‘Este joven no es de por acá; tiene parados de otras tierras’. Conozco a algunos de la familia Prieto. ¡Claro, también a Camerino León! ¿De modo que es su tío? Dele un jalón de orejas de mi parte. De muchachos, alguna vez jugamos cartas en un corral que le decíamos de tía Tula. ¿Es la primera vez que lo visita? Se ve que no, por lo que ya sabe de mí. El muy gandaya le habrá recomendado conversar conmigo ¿no? Supongo que le dijo que me preguntara por esos dos hermanos que hubo en esta tierra… Y qué mejor que sea en este hermoso árbol donde la luz sabe a cerezo, a lima palestina, a limón real. A las hojas del aire el sol las vuelve plumas y a las plumas la lluvia las convierte en aves. Entreverado entre las flores que cuida su mujer, donde los jazmines son luz para su casa, Camerino le habrá contado cierta historia… Y tiene toda la razón, porque mientras anduvo lejos, supo de muchos que murieron aquí y allá, borrados por el tallón del hambre, en una patria sin esperanza y sin abrigo, nada más ese candil de la calle que es el gobierno federal”.
Alguna queja, grito o perro garroteado se dejó venir. El huizache yóndiro tenía agarrado al aire con las uñas. Y a los cazahuates de la loma, humildes como los sembradores y los hombres que son de temporal, se les notaba alegres, sintiendo que engordaban en cada uno de sus tallos, para esperar el tiempo cuando llega la sequía y ellos prestan su corazón, que es suavecito, para que el pueblo ase la pena. Hebras de manos verdes les acariciaban la cabeza. Se habían sentado a conversar.
“Retomando el hilo, me preguntaba usted sobre Nepomuceno y Macedonio Ponce. ¿Verdad? Bueno, permítame respirar; la sombra de este sauce es la que unas dos o tres veces al mes abraza mi cansancio; acaba con él como una cubeta de agua fría sobre los leños de un fogón… Siempre que arrastro mi costal, aquí me siento a descansar. A mis años, aunque sea una oreja de lechuga se siente que pesa más que el mundo. ¿Qué es lo que quiere usted saber de Nepomuceno y Macedonio? De bien a bien, le habrán contado alguna historia de ese par. Tal vez el lenguaraz de Camerino. Somos de confianza, no se apure; y, además, para eso vive uno: para entretener a los demás. A los jóvenes les gustan las leyendas Así son los rumores: se desperdigan como reguero de piedras pisadas por las cabras. Se ve que usted es uno de los que estudian o estudiaron, porque la mayoría aquí se van al Norte y ya no vuelven. ¿A qué?, seguramente pensarán, ¿a qué nos vamos a ese pueblo, a ese país, a aguantarnos las ganas de morirnos? Por supuesto que también tuve mujer, hermanos, padres, hijos. Los hijos fallecieron. A ella se la llevó un Trujillo de Agua Clara y a mí el olvido hace sentirme muerto”.
El viento remecía las varas largas del saúz, casi oro, casi ámbar, casi luz, dirían los trovadores, mientras el viejo respiraba, sintiéndolas moverse como cuerdas flojas sobre los hombros de ambos. El joven lo veía con la curiosidad con que se mira una laguna a la que han ido a parar todos los sueños, arroyos, hojas secas, tierra remolida, ramas desgajadas. Algo le dijo, que de inmediato el viejo retomó su tema:
“De acuerdo; me está cayendo bien y voy a referirme a eso que le habrán comentado por ahí, una o dos veces, probablemente el lenguaraz de Camerino, insisto, o Militina su mujer, que para esto de comprometer a uno con rumores, tampoco es manca o coja, menos muda. Me los saluda ¿eh?… No olvide darle su jalón a él; porque ella, como quiera, es una dama y sabe hacer muy buenas quesadillas, joqueque, quesos y unas enchiladas, que, usted no me dejará mentir si es que ya las ha probado, saben a aire limpio, a trago de agua clara, a sema, a abrazo de algo o alguien que vive más allá del cielo. Acontecimiento venturoso son para mí las enchiladas... Son lo único que a algunos nos sirve de remedio. De paso, me les da las gracias por las que me mandaron el domingo… Así es la cosa, joven… Sucedió en aquel año en que, también, por una cueva del cerro de las Cruces salieron en busca de agua unas reses de pezuñas y cuernos transparentes. ¡Es verdad! No pele así los ojos. Chaparritas, completamente blancas y las pestañas relucientes. Mi abuelo Juventino, a quien, años después a cuchilladas asesinaron unos Galavices de Machigua, contaba que venían de una ciénaga que se halla en el corazón de la montaña, porque la sequía las obligó a bajar al pueblo, donde la gente amarró a más de un ejemplar y se lo comieron apenas salió el sol. Don Juventino me dijo que no tenían sabor; que era una carne tierna, que se desbarataba en la tortilla como si hubiera estado hecha de nata. Y que algunas personas siguieron al resto del ganado hasta un socavón por el que entraron a una especie de llanura blanca en la que habían tres pueblos y rebaños de reses comiendo pasto a la orilla de una laguna seca”.
La sombra escondida entre las piedras, en pedacitos se ocultaba de aquel sol, mientras un viento azul, pintado por los cielos, sacudía los árboles, entre ellos el mezquital con su respiración de espinas y los juncos coronados de flores amarillas, porque era ese tiempo cuando las acequias recorren la llanura distribuyendo el agua para los sembradíos en los que, en su momento, el mar de los trigales levantará sus olas, antes de que el polvo de la tarde caiga sobre los pueblos y los hombres, les irrite los ojos y los haga llorar.
“Cuando mi mujer se fue, yo no hice nada por buscarla; ¿para qué? Dejé que se fuera como todo lo que ya se me había ido. El corazón me golpeaba el pecho con sus dos puños de sangre, tambores llenos de rencor, pero la dejé ir. Sin hijos, sin padres, casi sin hermanos, más el desprecio de ella. Discúlpeme que le hable así de una mujer; a lo mejor usted tiene su novia y la respeta y la ama. Yo hablo de la mía o de la que alguna vez fue mía: Me humillaba, me maldecía, culpándome de todas sus desgracias y desdichas, entre ellas el fallecimiento de los dos niños, que nacieron mal: el primero con la cabecita aguada, llorándole entre sus cabellillos una goma muy parecida a la del jijiote o el copal; el segundo, con una respiración muy rápida, que sólo le duró dos días y luego descansó”.
Las lianas del saúz llorón golpeaban el silencio, en tanto aquel muchacho veía arder la evocación en el perfil del viejo. De pronto, se oyó un escopetazo, palabras, voces, risas. Venía la luz con su pasta de brillo a media frente. El trueno retumbó, derramando un ejército de bocas haciendo ahhh…, aaahhhh…, aaaahhhh.
“Niños, váyanse a tirar a otra ladera; aquí pueden darle a un perro, un toro, un gato, una marrana. Se nota que ya les ha ido bien. Las familias González, Palo Blanco, Ruiz y Tierrablanca tendrán para comer hoy y mañana. Váyanse por los coamiles del tío Milo, allí abunda la torcacita y la alas blancas; o a los ocuaros negros donde también verán parvadas. Allá se darán gusto como si fueran a un combate. Pero si no quieren ir tan lejos, allí nada más en el Martirio, junto a las yacatitas de la Guáguara, hay aves de estas hasta para aventar pa’ arriba. La otra semana, el Rabo Cenizo mató cincuenta y tres”.
Los seis chiquillos recularon, cada uno con un collar de palomas sobre el pecho. Y volvió a escucharse el trueno avasallador, derramando un ejército de bocas, que hacían aaahhhh… ahhh…, aaahhhh…, aaaahhhh.
“Se fueron hacia donde vive una vieja muy viejita que se echa la chiche al hombro y le arrastra la bolita… No se ría, porque esa señora también es tía de Camerino León. ¿En qué íbamos? Aquí está la ánfora; bébase un trago, siquiera para que sepa a qué sabe esta tierra. Yo sí, aunque el aire es fresco, la caminata hasta aquel bordo, que le decimos del Mapache, me acarreó la sed. Con permiso. Yo aquí enraicé; me alimentan el viento y el agua de este suelo; mucha gente la compra, prefieren la del camión; yo no, me gusta más ésta que brota del manantial de las Peñitas. ¿Ya vio esa nube? Fíjese cómo anda dando de chicotazos sin ton ni son contra los filos de aquel cerro. Más tarde va a llover. Mucho más tarde, sí; quizá a la noche; apenas son las… dos. ¿O en su reloj, qué dice? ¿La una y media? Casi le atiné. Le iba a contar… ¿Pero qué tal si usted es uno de esos jóvenes que se aburren de estas cosas? Ya lo entretuve y a lo mejor lo estaban esperando. ¿Seguro? Yo, como quiera, vivo solo. Ni siquiera un perro. El último me lo mató el tractor de Prisciliano Alcántara, ese hombrezote prieto que vive a tres casas de la de Camerino León. Quizá lo ha visto; a veces está sentado muy pata cruzada afuera de la iglesia, charlando con el párroco. Las más se le ve debajo de los fresnos, allí en las pilas, a la hora en que lavan las mujeres, cayéndose en halagos, sin nadie que le preste un espejo para que se mire lo malhecho”.
El viento seguía escuchándose y a lo lejos venía avanzando el día cargado de silencio. El vapor de la soledad también era notable; notable y de un color verdoso como esa llama que algunos ven donde se dice que hay dinero y arde como el alcohol, como un espíritu. Estaban delante de las colinas de aquel monte del que alguna vez habían bajado reses blancas con los cuernos y las pezuñas transparentes, según palabras de aquel hombre labrado por la edad, a quien su abuelo Juventino se lo contara en otras épocas, soltando sus parvadas de recuerdos.
“¡Ya hasta me enredé! A ver… Hace medio siglo o tal vez más, aquí vivieron esos dos hermanos de los cuales se cuentan muchas cosas; algunas falsas, otras verdaderas. Uno se llamaba Macedonio y el otro Nepomuceno Ponce. Palabras más, palabras menos, Macedonio era muy rico, mientras que Nepomuceno apenas si llegaba a peón de cuadra, hombre de temporal siempre quejándose de su mala suerte. Los dos todavía algo jóvenes; no tanto como usted; a lo mejor cinco o seis años más. Habían crecido juntos, sembrando en una barranca que le decían del Güilo. Pero a la muerte de su padre, don Zeferino Ponce, se separaron, y uno se hizo rico y el otro continuó igual o peor...
“-¡Caramba! -solía expresar Nepomuceno, tomándose su cerveza en la cantina de Juan Lara-. ¿Pos qué hará este carancho para estar tan rico? Yo no veo que se ocupe en nada, más que en vender y vender toros, llevar a las ciudades sus marranos, llenar sus trojes de cebada, trigo, frijol, garbanzo; mientras que los demás, apenas si comemos. Y para acabarla de amolar, en otras partes no hay trabajo.
“-A las tierras más remotas manda Dios un aguacero -le respondía don Juan, mirándolo quejarse-. Este muchacho es muy trabajador. Por eso se hizo rico. Compró ranchos, casas, llanuras, muchos montes y tú, no veo que vayas a buscar; de aquí no sales.
“-¡Cómo no! La otra semana me fui en la peregrinación de Caracheo a pedirle trabajo a ese Señor.
“-¿Y? -le respondió Juan Lara.
“-Nada: me habló en el pensamiento ‘Nepomuceno, hijo mío, por ahora se me acabaron los milagros, pero vuelve mañana, a ver qué puedo hacer por ti’.
“¡Hablador! -gritó Juan Lara-. Ya mero el Santo Cristo te iba a hablar. Aprende de tu hermano, él sí que sabe trabajar.
“-¿No será que anda en malos pasos, Juan? -Se defendió el infame-. O la mujer que tuvo le heredó una herencia.
“-Como haya sido, el hombre es respetado. Tiene dinero en cantidades y tú ni para pagar lo que te bebes.
“-¡Qué delicado!… ¡Bah! -tosió Nepomuceno.
“-Es tu sangre.
“-Sólo que yo siento otra cosa. Algo que no podría explicarse con discursos.”
Quienes lo escucharon, sabían que Nepomuceno hablaba sólo por rencor, pues conocían muy bien a ambos hijos de don Zeferino y doña Blanca Malo, ya difuntos. Así sonaba el hombre en todo el ámbito. Y el coraje suena como si fuera una sonaja.
“-El que nació pa’ tarugo nunca llegará a vaqueta -más de alguno le llegó a advertir. Pero Nepomuceno se hacía el que no escuchaba.
“-Algún día, el gobierno volteará hacia nosotros… -comentaban otros, haciendo referencia a esta juventud sin esperanzas de una escuela, un centro de salud y tantas cosas más que alguna vez nos prometieron diputados, senadores, alcaldes, cuando pasaron por aquí pidiendo votos. ¡Cuál gobierno! En tiempos de remolinos la basura se levanta… Perdóname, muchacho, voy a hablarte de tú… ¿Otro traguito de agua? Yo sí, para acabar de desempolvarme los recuerdos. El joven rico habitaba la mejor casa del pueblo y, naturalmente, la mayoría eran sus empleados. Un día, y sólo por darle una lección, llamó a su hermano:
“-Nepomuceno, mira cómo andas: pareces burro de año; te habías de ir a pelar; así, mechudo, ni en el gallinero te conocen. Antes sólo iba a verte cuando me daban ganas de sufrir, pero hasta de eso me curé. ¿Por qué no te has ido al Norte, como Damián Galina? Aquí nada más te la pasas de facilito y alegón entre las priscapochas y los que juegan dominó en el portal de Balta, como quien dice: dándole vuelo a la hilacha con cualquiera, mientras que en tu casa, ya sólo verdolagas y a veces ni aire comen. ¿Por qué? Comentan que te pasas la vida debajo del sabino, mirándote en tu espejo. ¿Qué no te duele tu mujer, la pobreza, la vida que le das?… No sé cómo no se te han enconado todavía las mordeduras que habrá dejado ya en ti el sueño.
“-El Tos de Gringo, ese Damián, se fue porque aquí no tenía ya con quién hablar -todavía le contestó, medio enojado-. A mí me gustan la rosas y el mezcal.
“-Por eso no caminas; el arado de tu futuro hace los surcos chuecos; ¡enderézate, hermano!
“-Y tú, ¿cómo es que te has hecho tan rico? -le preguntó, como si con esto lo ofendiera. Pero su hermano puso delante de él otra respuesta:
“-En los campos de guerra del descanso tú eres general. ¡Mi general Nepomuceno! Tienes la calma hinchada de tanto estar sentado; en cambio, vuelvo con Damián: cogió la luna y se salió al camino. Te voy a pagar mil pesos para que esta misma noche vayas al cerro Grande y allí, junto al Silenciero, le grites a mi suerte.
“-¿A tu suerte? -se sorprendió.
“-Sí, a mi buena suerte… -continuó el hermano-. Te vas antes de la media noche. Le gritas y le dices que digo yo que hasta cuándo va a dejarme, que ya he juntado más de lo que se necesita para vivir cien o doscientos años.
“-Subir hasta allá no es fácil, y ¿sólo por mil? ¡No! ¡Definitivamente no! Manda a otro.
“-Bueno, pues si te animas, ya no te voy a dar mil, ahora van a ser nada más doscientos.
“-Manda a otro -murmuró Nepomuceno… Y regresó a dormir debajo del sabino.
“Sin embargo, dos días después, volvió a la hacienda para comentarle a Macedonio que estaba de acuerdo en subir al monte y hacer lo que le había pedido.
“-De acuerdo, irás esta noche, hermano; sólo que en lugar de doscientos pesos te voy a pagar nada más cien.
“-¿Cien?
“-Sí, cien pesos. ¡Y ya no alegues, porque puedo bajarme hasta cincuenta o veinte, nada más!
“De esta manera, Nepomuceno Ponce subió hacia el roquerío que le decían del Silenciero y allí esperó la media noche. En cuanto calculó que ya tenía que hacerlo, comenzó a gritar: ‘¡Suerte de mi hermano Macedonio Ponce, suerte de mi hermano Macedonio Ponce!’. Y no bien había terminado estas palabras, vio venir por el aire una hermosísima carroza tirada por dos caballos blancos, de la cual descendió una extraña mujer, llena de joyas e iluminada como si de su interior brotaran los diamantes. ‘Perdone, señora -le habló él- ¿Es usted la suerte de mi hermano?’… ‘Sí -le respondió ella-: soy la buena suerte de tu hermano’… ‘Pues me manda a que le pregunte que hasta cuándo va a dejar de darle oro, plata, todo ese dineral… Que ya no tiene dónde echarlo’. La dama se sonrió: ‘Dile que hasta que deje de trabajar y duerma y se dedique al ocio me iré de aquí, no antes’, murmuró, desvaneciéndose en la oscuridad con todo y caballos blancos, fulgor de perlas, elegancia y lujo.
“¡Caramba! –exclamó Nepomuceno-. Ahora mismo llamaré a la mía, para reclamarle por qué no me ha hecho rico a mí.
“Y se puso a gritar: ¡Suerte mía! ¡Suerte mía! ¡Suerte mía!... E inmediatamente, de entre unos matorrales espinosos, vio salir a una mujer chancluda, vieja, mugrosa, despeinada y fea, que iba arrastrando sus cadenas, calzada con unos botines descosidos. Tampoco tenía dientes y le faltaba un ojo.
“¿Tú eres mi suerte?, le preguntó, asustado. ‘Sí. Soy tu suerte’, respondió ella, moviéndose como una sombra a ras del viento. ‘¿Y por qué no me das dinero como lo hace la de mi hermano Macedonio?’, le reclamó al instante. ‘¡Ay, Nepomuceno! -le respondió ella-. ¿Cómo quieres que te lo dé si tú no haces nada tú por mí? ¡Mira cómo me tienes!’… ‘¿Yo?’, se admiró aquél. ‘Sí, tú’... ‘No entiendo’... ‘Sí entiendes, no te hagas. ¿Por cuánto ibas a venir?’… ‘Por mil pesos’. ‘¿Te das cuenta?.. ¿Y por cuánto viniste?’. ‘Nada más por cien. Pero así es mi hermano’... ‘¡Pues entonces, lo que te voy a dar es una chinga con estas cadenas, por huevón!’. Y le dio de cadenazos, dejándolo tan mal, que a la mañana siguiente tuvieron que bajarlo en una parihuela de pochote, a quéjese y quéjese por el mal trato que le había dado su suerte.
“¿Verdad que es increíble? Parece una leyenda, pero sucedió en verdad. Usted va a ver a Camerino León, pues antes de que me haga más preguntas, vea estas cicatrices”.
El viejo se quitó la camisa para que el joven viera cómo entre las arrugas de su piel se le veían aún varias señales de que algo o alguien -en el pasado- lo había azotado allí violentamente.