REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 01 | 2018
   
31-07-2017 
Mi niñez digital: Ni tan Equis, ni Millennial
Autor: Jéssica de la Portilla Montaño de Juárez.
Nací poco antes de que terminaran los años setenta. Por apenas siete meses no soy Millennial, esos que según ya traen “el chip digital integrado”. Durante toda mi vida creí ser parte de la Generación Equis, a la que supuestamente el mundo le tiene sin cuidado.

Ahora algún académico se inventó el híbrido Xennial: dice que ni fui Equis, pero que tampoco soy Millennial. Incluso se atreve a afirmar que tuve una niñez analógica con juventud pseudo digital…

¿Niñez analógica? Tal vez, pero ni tanto. Veía Chespirito en un enorme televisor de antena de conejo, y para sintonizar otro canal había que levantarse del sofá y golpear el armatoste hasta que la imagen agarrara color. Tuve la infaltable videocasetera formato Beta, y los fines de semana íbamos a alquilar películas a un VideoCentro de Robles Domínguez y Calzada de los Misterios. De un día a otro nos actualizamos a VHS, pero había menos opciones y la renta era más cara. Poco importaba el tamaño del videocasete: había que utilizar una rebobinadora que enredaba las cintas de vez en vez.

Niñez analógica... Sí, cómo no. Hacer tareas escolares nunca fue lo mío, así que como hija única solo tenía tres opciones: ver televisión, agarrar cualquier libro a mi alcance (así leí joyitas como Nacida inocente y No quiero ser virgen), o seguir jugando sola al Turista Mundial. Lo peor no era que jugara sola, sino que siempre me hacía trampa para que Peter Venkman o Egon Spengler ganaran la partida y mi amor.

Entonces llegaron los videojuegos.

Mis primos ricos tuvieron su Atari con Pacman, y la primera vez que usé un mouse fue porque me sentaron frente a una Macintosh para que “dibujara” –léase: para que no interrumpiera la plática de los mayores–. Mis primos hermanos experimentaron con una cosa llamada Intellivision cuyos controles parecían teléfonos celulares, y por el resto de sus vidas mi tío Miguel Ángel –lo más parecido que tuve a un papá– les compró cuanto Nintendo apareció en el mercado.

Habrá sido en un centro comercial que me enamoré de la consola Sega Genesis, y con lágrimas conmovedoras le rogué a mi madre que me comprara el cartucho de Wonder Boy. Ahora que lo veo en YouTube, muero de risa por los rudimentarios gráficos y la simpleza de la historia; pero por un tiempo muy corto tener un Sega Genesis fue mi gran trauma... Gracias a Dios, mis obsesiones son tan intensas que casi todas se autodestruyen a las pocas semanas.

Recuerdo bien una ocasión en que mamá, orgullosa jefa de familia que mantenía sin ayuda a su hija y a su madre y hasta a un par de tíos abuelos, me entregó una cajita con una nota: “Sé que lo que quieres es un Nintendo, pero te compré este regalo”. Si la memoria no me engaña, se trataba de algunos cuadros de payasos para colorear por números.

Habría que preguntarle a mi mami qué porcentaje ahorró de su efímera quincena para poder regalarme en mi cumpleaños, probablemente en el número ocho, un Nintendo Entertainment System, el famosísimo y clásico NES. Porque además me compró la versión de lujo: traía el cartucho con Super Mario Bros., Duck Hunt y su respectiva pistola, y el juego de “Las Olimpiadas” (World Track Class Meet), ese que funcionaba con un Power Pad o “Tapete”.

Mi cerebro pretende hacerme creer que pasé una niñez solitaria y triste... Pero, sin contar el bullying desde el kínder del Colegio Las Rosas hasta la preparatoria del Colegio Simón Bolívar, en realidad crecí rodeada de mi familia materna y de familia adoptada. Muchos amigos de mi mamá me pasearon por todas partes, y por temporadas conviví con ciertas personas que en su momento fueron las más importantes, las únicas.

Cuando pienso en las tardes de He-Man y Nintendo, es imposible no recordar a Omar Abdalá, mi primo hermano y compinche, quien conseguía y terminaba un título tras otro tras otro: Bubble Bobble, Indiana Jones y el Templo de la Perdición, Megaman, Contra. Y cuando pienso en los Thundercats y Los Simpsons viene a mi mente Pepito el de los cuentos, un vecino con quien iba a nadar a Teotihuacán y que algún sábado tocó a mi puerta a las ocho de la madrugada porque el niño quería jugar Mario Bros.

Pasé una inolvidable fiesta de cumpleaños riendo porque mis tres compañeras del colegio perdían vidas con el Goomba que sale a los pocos segundos en el Super Mario, o porque brincaban mal y se les iba el primer hongo rojo que te hace crecer. En esa misma fiesta casi todos los niños se sentaron del lado derecho del Tapete para según “evitar” que el enemigo virtual nos ganara en Las Olimpiadas, mientras tres chicos corríamos desenfrenados sobre los números del lado azul. Jamás logramos vencer a Cheetah, el último competidor.

Más o menos así fue mi niñez digital. El académico que acuñó el término “Xennial” se equivoca, porque para quienes nacimos entre 1977 y 1983 nada era más maravilloso que Mario y Luigi brincando según ordenaran tus dedos. Pisar tortugas, nadar entre peces que parecían abejas y que luego volaban, esquivar una nube con cara de diente, quedarte sin tiempo intentando encontrar el nivel menos uno... Bowser nunca me causó miedo, pero juro que entre sueños quería escapar de los Hammer Bros. del tercer mundo.

Ahora que si hablamos de mi juventud entre procesadores 486 y monitores a color, el Windows 3.11 al que ingresaba con comandos de MS-DOS, mis chismógrafos de secundaria en GW-Basic y el primer blog que programé en html, aquella vez que esperé a que Netscape mostrara eso llamado internet, mi primer empleo con inventarios y fórmulas de Excel, los correos en Excite y Yahoo!, el ICQ, cuando fui soporte técnico de directivos de Servicio Postal Mexicano, la viborita de Nokia, los Spaces de cientos de contactos del MSN Messenger, la videoconferencia diaria entre mi hija y mi madre…

Ni cómo negarlo: gracias a los videojuegos soy autodidacta en asuntos de computación. Y espero seguir siéndolo hasta que inventen algo más interesante.