REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
14 | 08 | 2018
   
06-07-2016 
Flashbacks
Autor: Elsa Herrera Bautista
Llevaba puesto en las yemas de los dedos el olor desagradable del tabaco. Era de noche, su esposo y su hijo dormían en la planta de arriba. Entró en la casa y caminó en la oscuridad. Había un silencio extraño, sin voces y sin la tele prendida le parecía estar muy lejos. Sentía una especie de tranquilidad vivificante. No subió las escaleras, le daba miedo romper la atmósfera, por eso se movía lentamente, intentaba dar pasos perfectos, sentir a plenitud la frescura y la dureza del suelo. Atravesó la sala hasta llegar al sillón que durante el día era rojo y que ahora se hallaba envuelto por las sombras. Se recostó despacio, estaba demasiado liviana, demasiado sola. De pronto recordó los temores que la asaltaban cuando niña. Enseguida se forzó a pensar en algo distinto.
Oyó voces en la acera, dos hombres discutían, probablemente ebrios. Tras unos minutos uno azotó al otro contra la puerta, ella permaneció quieta: de arriba llegaban los rítmicos ronquidos de su marido, de afuera, los quejidos de un extraño. Uno de los hombres quedó tirado frente a su casa, la pelea había terminado. Con frío trepándole por las piernas, se preguntó cómo sería ¿gordo? ¿joven? ¿drogadicto? Afuera, él tenía una herida en la cara, golpes en el tronco y una cortada leve en el muslo, dentro de la casa ella se mordía las uñas y escuchaba. Pasaron unos minutos y el hombre se incorporó trabajosamente con intención de llegar a su coche. No había dado ni tres pasos cuando se abrió la puerta. Ella no había podido contener la curiosidad, quería verlo.
Se dio cuenta de que era un tipo alto y más bien delgado. Aunque estaba muy dolorido y medio borracho, notó que ella estaba en calzones, que llevaba una playera sin mangas y que tenía el pelo corto y las piernas largas. En ese silencio oscuro e incierto de la madrugada, ella se movió y le indicó que entrara, él se acercó y caminaron hasta el sillón rojo. Se recostaron trabajosamente. Ella le pasó la mano con suavidad por las heridas del rostro, luego se tocó la nariz y se chupó los dedos.
Permanecieron quietos y tensos, habían de por medio una erección muy potente que ella percibía y una humedad que él adivinaba. La sangre de él se repartía discretamente entre ambos. Los rostros muy juntos, los pechos de ella muy cerca de sus manos. Se quedaron ahí los dos, extraños de carne y hueso, en una situación tan irreal que en cualquier momento podía romperse como un cristal.
Hasta el amanecer se sumieron en un sueño indefenso. Ella abrió los ojos sobresaltada y lo obligó a despertar, sin decir una palabra lo ayudó a levantarse y lo llevó a la puerta. Después de cerrar, volvió al traspatio y encendió otro cigarro. En el sillón rojo se disimulaba una manchita de sangre.
Farhad despertó de un humor sombrío, como de costumbre. No se dio cuenta de que su mujer tenía en la camiseta unas gotas de sangre ni le dio las gracias por el desayuno. Hace meses que hablan poco, se miran menos y no tienen sexo. Llevan casi siete años de matrimonio y desde hace un par saben que todo se ha venido abajo, pero son incapaces de mirar las ruinas. No pueden creerlo. Se amaron mucho, con enfermedad y con delirio, en el fondo los dos tienen la esperanza de que quede algo de ese amor de alguna forma, oculto en algún lado.
Ella se enamoró de Farhad Guodarzi cuando comenzó a trabajar en la cafetería de la mina de mercurio. Los dos eran personas solitarias y ella era, además, muy joven. Había escapado de casa de su madre sólo tres años antes, cuando todavía estudiaba la preparatoria. Su huida fue repentina, decisión únicamente de sus pies. Así se explica que, sin haberlo planeado, esa mañana de abril se levantara en mitad de la clase de biología para salir corriendo de todas partes: de la casa en la que vivía, del salón, de la escuela, del pueblo, sin escuchar a nadie, sin un centavo, únicamente con la ropa de hombre que su madre la obligaba a utilizar diariamente.
Desde ese día dejó se sentirse como un animal de carga, corrió tanto que se desmayó a casi cinco kilómetros del pueblo. Afortunadamente, esto ocurrió frente a una gasolinería en la que hacía parada un autobús lleno de ancianos que iban de excursión. Ellos le prestaron auxilio y la llevaron hasta Villa Libertad, un hotel spa enclavado en la montaña. Luana, que esa tarde se cambió el nombre a Roxanna, les contó su historia a Max y a Pepe, los dueños de Villa Libertad, y ellos la invitaron a quedarse a trabajar un tiempo. Vivió en el hotel un poco más de dos años, conoció personas de varios países, aprendió a bailar, a reír y a sentirse bonita e inteligente de vez en cuando.
Nunca volvió a visitar a su madre, no tenía ni un sólo recuerdo amable de ella, tan sólo palabras amargas, pellizcos y castigos en los que prefería no pensar. Había recuerdos que le provocaban un llanto lodoso, así que se tenía prohibido recorrerlos. De todos modos a veces se soñaba pequeña y encerrada durante horas en el baño con un plato de comida fría, o sonaban en su cabeza los gritos de su madre llamándola desgraciada, diabla o fea. Por mucho tiempo su única misión fue olvidar. Liberar su espíritu de aquello que su cuerpo había dejado atrás.
Farhad desayunaba pensando en Abadán, su ciudad natal. Tenía ganas de volver. Roxanna pensaba en el extraño con el que había dormido la noche anterior y el recuerdo la excitaba, sentía en el cuerpo inmensidad y exuberancia que le resultaban poco familiares. Sentía como si sus piernas midieran kilómetros, como si en su sexo fluyera un manantial de aguas termales y en su cabeza se hubiera instalado un parque de diversiones. Dejó a Farhad desayunando con el niño y subió a bañarse. Obtuvo tres orgasmos en la ducha y se arregló con entusiasmo. Su marido no se dio cuenta de nada.
Cuando se conocieron, Farhad era un fotógrafo reconocido, había llegado a México por una serie de extraordinarias coincidencias y tenía una buena amistad con el director de la mina de mercurio, así que frecuentaba la cafetería y allí conoció a Roxanna. Con almas solitarias y de carencias semejantes, salieron tres o cuatro veces y pronto se enredaron en un amor laberintico y un poco enfermo. Al principio una gran fiebre lo deformaba todo entre ellos, cuando ésta fue cediendo, Roxanna estaba embarazada y llevaban un poco más de tres años viviendo juntos.
En cuanto Farhad se fue al trabajo, Roxanna alistó al niño y lo llevó a la escuela, después pasó por el supermercado para comprar los ingredientes del pay de plátano que debía entregar por la tarde. Todo el día pensó en el extraño, se preguntaba si a la luz del día hubieran sentido el deseo de abrazarse y acostarse. Ella esperaba que él se apareciera, su mirada estaba sedienta de volver a verlo.
Salió a fumar cuando se durmieron su esposo y su hijo. El silencio, la oscuridad, la inquietud, todo se repitió, sólo que el extraño no se apareció. Ella estuvo mirando por la ventana un rato largo y se entristeció esperándolo. La verdad es que el hombre pensó en ella, pero el recuerdo era demasiado confuso y entre la resaca, los reclamos de su esposa, el trabajo y el dolor de los golpes, ella se esfumó de su mente alrededor de las cinco de la tarde. Por supuesto no hubo ni una sola lágrima en ese olvido, era un hombre burdo que pensaba que las mujeres existían para servir a los hombres y en esa idea estaba basado su matrimonio: él trabajaba mientras su esposa gastaba su vida asegurándose de que todo lo doméstico estuviera en orden. Roxanna nunca lo hubiera soportado en realidad, pero en su fantasía se encontraba con el extraño y hacían el amor quinientas veces.
Farhad experimenta una suerte de repulsión hacia el mundo musulmán. A miles de kilómetros de Irán se siente liberado, no practica el islam y no está interesado en el poder, sino en la libertad. No le gusta recordar los años que vivió bajo ese régimen autoritario y sus deseos de volver, sabe en el fondo, son producto de un espejismo. Extraña el abrazo de su madre, los juegos con los amigos del barrio, el olor a perfume violetas de su primera novia y el aire tibio del verano en el jardín central. Extraña cosas que ya no existen, pues.
A veces a ella le da sueño muy temprano y se queda dormida junto a su hijo, entre juguetes de peluche y sábanas de Scooby Doo. A veces se queda dormido Farhad leyéndole un cuento al niño. Nunca coinciden, como si habitaran en distintos continentes. Cuando ella ronca, él trabaja en guiones para películas que no van a producirse nunca. Cuando él se queda dormido como un tronco, ella sale a fumar, se inquieta y deja entrar –o piensa que la visitan— hombres desconocidos, borrachos y heridos.
Mira a Farhad de soslayo.
-Es un hombre guapo, sólo ha engordado un poco— piensa mientras aspira el aroma del té que bebe a diario para relajarse. Son las seis de la tarde, ella lo ha olvidado pero esta era su hora favorita del día, cuando incontables aves cruzan el cielo de la ciudad de vuelta a sus nidos. De pequeña, en el pueblo al que nunca sentirá deseos de volver, miraba nubes veloces integradas por diminutos cuerpos negros. Pensaba que eran pájaros que iban de regreso a sus nidos a dormir juntos y felices y se sentía miserable porque ella iría a dormir sola en un catre abajo de la escalera. Nunca lo supo, pero aquellos no eran pájaros, sino murciélagos, cientos de ellos, dejando sus cuevas para ir a hacer un trabajo que frecuentemente sólo se les reconoce a las abejas y a las mariposas. Roxanna envidiaba a los murciélagos, pequeñitos y desagradables, tenían una vida más amena que la suya.
Farhad no fue el primer hombre con el que tuvo sexo, pero sí el primero del que se enamoró. Después de todo, para ella se trataba de un gran fotógrafo iraní. Cuando vio la exposición que se montó en la galería del Ayuntamiento de la ciudad quedó muy impresionada, siempre la describió como la representación de una tristeza muy sólida. La exposición se llamaba Mercurio en la memoria y estaba basada en una serie de ideas que Farhad había escrito respecto al planeta a partir de un sueño.
En ese sueño, él era un mensajero buscando a Dios para contarle un secreto que lo asesinaría. Dios no quería hablarle y lo citaba en diferentes planetas –todos una variante de Mercurio— que estaban vacíos cuando Farhad llegaba. Mientras más Mercurios recorría, Farhad sentía menos fuerza, más dolor y más desesperanza. En el último planeta por fin se encontraba con Dios y le contaba el secreto. Dios moría y Farhad estaba tan cansado que no podía volver a la Tierra. Se quedaba dormido y había una tormenta de arena en la que a fin de cuentas él moría también. La fotografía que representaba esta última escena hizo que Roxanna llorara a lágrima viva durante tres noches y, por supuesto, que se enamorara profundamente de Farhad Guodarzi.
Con raíces que los dos querían olvidar a toda costa, al principio no se exigieron demasiado, tal vez porque lo tuvieron todo: mucho sexo, el departamento de Farhad en el octavo piso del edificio Blue Cove, un auto compacto para cada quien y el pago mensual del Instituto parisino que becó a Farhad para producir Noche incandescente, con base en el talento que anunciaba Mercurio en la memoria. Roxanna siguió trabajando un poco más de un año en la cafetería de la mina y luego se puso a estudiar repostería y se dedicó a vender panes y pastelitos que ella misma horneaba, más por diversión que por necesidad.
Los meses comenzaron a perder velocidad cuando Farhad se sintió atraído por Claudia Pol, una mujer que llegó a vivir al departamento me enfrente. Nunca sostuvieron una conversación que fuera más allá del buenos días, pero Claudia Pol sólo utilizaba minifaldas y tenía unas piernas muy largas y bronceadas, además sus pies eran perfectos y casi siempre llevaba sandalias. Farhad comenzó a masturbarse todas las noches pensando en los pies de Claudia Pol. Antes de que pudiera plantearle a Roxanna una separación, ella le contó que estaba embarazada.
En ese momento el curso del tiempo se detuvo para él. Para ella el tiempo se había detenido tras semanas atrás, cuando se le retrasó la regla. En ese momento la saliva se le amargó y su corazón pareció quedarse sólo en un salón inmenso, en un vacío angustioso: iba a tener un bebé, estaba embarazada. Hubiera o no querido convertirse en mamá, ya iba a serlo. Tenía una vida que no era suya guardada dentro ¿la quería o no? ¿Sería capaz de acompañarla no sólo por nueve meses sino para siempre? Un ser humano. La idea era demasiado para ella, no estaba segura de ser capaz de guiar a un ser humano. Ni siquiera estaba segura de poder guiarse a si misma. Vivía con Farhad y lo quería, pero no sabía si quería una relación de por vida. Roxanna sintió el peso del futuro y sintió un dolor profundo. El salón vacío en el que se hallaba su pequeño corazón amoratado se llenó del miedo que provenía de su vientre y del amor que le corría por las venas.
Farhad se había encerrado en el baño como cada noche de diez a once. Ella miraba la televisión, tensa como cuerda de violín, tenía amarga la boca y le costaba tragar saliva. Hasta le dolía un poco la garganta, como si le hubieran introducido una piedra lisa y redonda de río y se la hubieran atorado justo atrás de la manzana de Adán. Le costaba trabajo respirar.
Farhad se lavó el sexo después de masturbarse pensando en que le chupaba los pies a Claudia Pol. En cuanto llegó a la recámara, Roxanna comenzó a hablar. Él recibió la noticia sin expresar sobresalto. Farhad, al contrario de Roxanna, no era muy expresivo. Cuando supo que Roxanna estaba embarazada sintió que tenía un deber que cumplir. Si ella decidía tener al bebé, él estaría obligado a vivir en familia. Esa idea se le presentó como un abismo. Sin embargo, vio a Roxanna tan llena de miedo y de amor, llorando tanto y hablando tanto, que se sintió reflejado en su llanto y en sus palabras. Le pareció que todo lo que ella decía era verdad y la quiso. Redescubrió la belleza de su rostro y lo inteligente que le parecía. La abrazó y ella recordó el dulce alivio que sentía al lado de ese hombre. Hicieron el amor como si se practicaran un exorcismo y al día siguiente el embarazo de Roxanna apareció como un acontecimiento profundamente deseado.
Los primeros años con el bebé estuvieron llenos de tranquilidad. Farhad se olvidó de Claudia Pol, Roxanna se olvidó de Farhad y este a su vez se olvidó de Roxanna. Ambos se dedicaron a su pequeño Javier y todo funcionó bien hasta que el dinero dejó de llegar constantemente. Comenzaron a escasear los apoyos económicos para el estímulo artístico y también, la verdad sea dicha, la imaginación de Farhad se estancó y no concluyó varios proyectos. Para mantenerse a flote aceptó impartir cursos en una universidad, no le gusta tratar con la gente ni enseñar, pero le pagan bien y así cubre las necesidades de su familia, con ese razonamiento se explica su situación. Llevan juntos mucho tiempo. Ella fuma en el patio noche a noche, escucha cómo ronca su marido y busca, sin saber cómo ni en dónde, un sonido diferente.