REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 06 | 2018
   
06-07-2016 
El nombre de la rosa, de Umberto Eco
Autor: José Luis Domínguez
“EL NOMBRE DE LA ROSA”, DE UMBERTO ECO .
Por José Luis Domínguez.
Siendo el pastiche una palabra de origen francés para definir muy bien a toda obra artística o literaria que imita el estilo de otro autor o artista, este ensayo lo dedicaré a El nombre de la rosa, novela de Umberto Eco.
Publicada en 1980, (dentro de unos cuantos días cumplirá 30 años de su aparición) la novela de Eco se elevó muy pronto hasta la cima de las listas de los libros más vendidos en Francia y en varios países, elevando a su autor a una fama inusitada. Dicha novela, ganadora en 1981 de los prestigiados premios Strega y Médicis, sería llevada posteriormente a la pantalla, bajo la dirección de Jean Jacques Amaud.
Umberto Eco nació en Alessandría, Piamonte en 1932. Ha sido profesor en varias universidades, entre ellas, la de Turín, Florencia, Milán y Bolonia. Experto en semiótica, como ensayista ha llevado a la prensa La estructura ausente y Tratado de semiótica, además de Obra abierta, y Apocalípticos e integrados. Su segunda novela, publicada en 1988 sería El péndulo de Foucault. Hasta la fecha lleva otras novelas y libros de ensayos publicados.
En El nombre de la rosa se nos plantea, básicamente, un interesante fresco de la Alta Edad Media. De tal manera que se complementa perfectamente con el tratamiento conceptual e histórico que le da Arnold Hauser al mismo tema que se ha estudiado dentro de la materia Introducción al arte. El mismo Umberto Eco explica el proceso en sus Apostillas a El nombre de la rosa
Según la trama de la novela, en un convento benedictino están ocurriendo crímenes que aparentemente tienen conexión más con la ignorancia, con las creencias en las mitologías diabólicas que en el razonamiento. Llegan al convento, para intentar dilucidar el gran enigma, los franciscanos William o Guillermo de Baskerville y su aprendiz adolescente Adso.
William o Guillermo de Baskerville es una mezcla rara de monje asceta e investigador a la Sherlock Holmes, el cual, incluso se atreve claramente a parodiarlo en una de sus más famosas frases:
-¡Elemental, mi querido Adso!
Y cuya alusión al famoso detective inglés, además del apellido del franciscano que nos recuerda ese maravilloso relato titulado El sabueso de los Baskerville, también de la autoría de sir Arthur Conan Doyle, resulta mucho más que evidente. Incluso William utiliza un sistema deductivo, y es dialéctico, como Platón, puesto que cuando él hace una pregunta, seguramente ya tiene en su mente la respuesta. Según la trama, su libro sobre la pobreza lo ha condenado antes los ojos del alto clero, a autoexiliarse. Pero no es esto lo que le preocupa a William de Baskerville como veremos líneas más adelante.
Existe, aparte, pero ligado a la trama, un personaje que entra en escena, y que no deja de ser interesante por sus mismas características: George, el bibliotecario ciego, que según se rumora, Umberto Eco parodia de manera sarcástica al gran Jorge Luis Borges, quien también veía, como lo hace dicho personaje, la biblioteca como una mezcla de laberinto y paraíso. El oxímoron es evidente. Todo o casi todo lo nuevo, lo efectivo y extraordinario, dentro de la creación, y que ha hecho posible el avance del progreso a través de la humanidad se fundamenta en el oxímoron, esa maravillosa ley de los contrarios que también se aplica en matemáticas y que dice que dos fuerzas opuestas terminan por atraerse. El oxímoron viene del griego, oxys, agudo, filoso; y moron, llano, plano, obtuso, romo. Uno piensa en el oxímoron cuando recuerda las flechas utilizadas por Cupido, dentro de la mitología griega. Las flechas del rechazo, del desprecio, son los que tienen la punta roma, chata y son de plomo; mientras que las que despiertan pasión, locura, atracción en sumo grado, son puntiagudas y de oro. Los contrarios conviviendo en el mismo carcaj de Cupido. Las pasiones opuestas disparadas por un mismo brazo y una misma mano. La imagen poética, según el poeta cubano José Lezama Lima, se sustenta en esa hermosa conciliación de los opuestos, dando lugar a toda una historiografía literaria de la imagen. Los principios básicos del oxímoron son los mismo del ying y del yang chinos: lo blando y lo duro, lo negro y lo blanco, lo masculino y lo femenino. Tiene dos lados para poder funcionar, lo suave, lo blando, lo invisible, lo ligero; y lo opuesto, lo duro, lo concreto, lo marcadamente visible, lo pesado.
El lugar de la sabiduría hecho no para conocer, sino para perderse. El laberinto del cual Adso y William escapan a una muerte segura, gracias a que el primero de ambos, utiliza la estratagema del hilo de Ariadna. Alusión que, obviamente nos liga a la tradición homérica y a los directos antecesores del arte del medioevo como lo fueron los griegos.
Dentro de la misma trama de la novela y/o filme, ante la muerte del negro que es el más avanzado en la lectura y traducción del griego y era el que estudiaba la Poética, de Aristóteles, cuando ocurre la tragedia, culpan al jorobado, representado por un enflaquecido Ron Pearlman, y que seguramente Umberto Eco extrajo de su admiración por Víctor Hugo y Los miserables.
-La diferencia entre el frenesí pecador y el éxtasis religioso es muy pequeña.
Le dice William de Baskerville a su fiel aprendiz. Estableciendo, por enésima vez, al oxímoron como el modelo escritural que Umberto Eco sabe explotar muy bien. Ha sido un inquisidor y lleva sobre sí el peso de un hondo sentimiento de culpa. Él mismo ha padecido seguramente este frenesí pecador y al la vez el éxtasis religioso. Sabe que los extremos se tocan, que la serpiente se muerde la cola, que todo lo que es arriba es abajo, pero también que todo juez termina condenando a un inocente. Las personas humildes, simples, son las que pagan por todo. Recordemos que Arnold Hauser nos describe muy bien la postura rígida de la Iglesia y su concepto de lo que es la fe y cuáles son los límites de la cultura: Del primado de la fe sobre la ciencia derivaba la Iglesia su derecho a establecer de manera autoritaria e inapelable las orientaciones y límites de la cultura. Sólo con esta “cultura autoritaria y coercitiva”, sólo bajo la presión de sanciones tales como las que podía imponer la Iglesia, dueña de todos los instrumentos de salvación, se pudo desarrollar y mantener una visión del mundo tan homogénea y cerrada como la de la Alta Edad Media.
Éste es el verdadero cisma de la Santa Inquisición. Todo sistema que es juez, termina por hundirse en sus propios errores, en su propia carga que habrá de llevar a través de la historia. La Santa Inquisición representa la gravedad en dos o más contextos: gravedad porque es un sistema que condena y castiga la ligereza, la antiformalidad, la antisolemnidad; y gravedad porque sus juicios pecan, en su mayoría de ligereza.
Surge entonces otro símbolo que va a condenar lo antisolemne: el bibliotecario ciego: George, una especie de Homero del medioevo que desea preservar el conocimiento, alejarlo del hombre. He aquí de nuevo la figura retórica del oxímoron: el hombre que representa el conocimiento, el bibliotecario, es quien obstruye el paso hacia el conocimiento, representado por el libro, especialmente, por la Poética, de Aristóteles. Por lo tanto, y en una interpretación de nivel subconsciente, el conocimiento representa, significa, muerte.
George, al que su sabiduría lo ha enceguecido, condena el símbolo contrario de lo que representa el gesto adusto, el gesto de solemnidad, de seriedad: un hombre que ríe. Nada más grotesco puede existir para el bibliotecario ciego, que un hombre que está siendo invadido por el amable furor de la risa. El rostro cobra entonces la visión grotesca de una máscara, de una farsa en donde el rostro ha perdido toda serenidad, toda compostura y por eso, no podrá ser reconocido por lo divino.
Por eso el negro que traduce a Aristóteles tiene que morir. Por eso todos los que buscan traducir a Aristóteles tienen que morir. La poética, de Aristóteles exalta la comedia por sobre la tragedia. La comedia, exclama George en el punto culminante de la novela o filme, ridiculiza al hombre. La risa mata la civilización, que está hecha de orden y disciplina. La risa es roturar el orden. La vieja escuela del deber. Donde no hay orden, ni consciencia del deber, las civilizaciones se derrumban. Por otro lado, la risa mata el temor y el hombre que no teme, deja de creer. La alegría fomenta la ligereza, y la ligereza aniquila la fe. Y cuando los dioses han huido de los hombres, comienza el derrumbe de toda civilización. La lucha del ciego es titánica, se ha erigido en el guardián de la civilización, pero su tarea es imposible. La risa es como un mal que se propaga. Y él está ciego. Y un ciego no puede ser el guía porque un ciego nos conduce a ninguna parte. Y en esto recae lo absurdo y lo trágico de la trama de la novela de Umberto Eco. Lo que ignora George, el bibliotecario, es que si la risa aniquila la fe, el absurdo pone en el rostro del hombre el rictus de lo dramático. La tragedia también pone en el rostro del hombre una máscara, de tal modo que reír y llorar son, igualmente, dos maneras distintas de ponerse una máscara.
Si la comedia exalta a la ligereza, la tragedia exalta a la pesadez; la comedia conduce a la suavidad, al relajamiento de lo que es concreto; la tragedia conduce a la máxima expresión de la dureza. Un hombre recio, curtido por las experiencias de la vida es fácilmente identificado como un hombre rudo, duro. ¿Qué formas pueden existir por largo tiempo después de que se han estratificado? Ninguna. Esa es la verdadera hecatombe de la civilización. Esa es la verdadera enseñanza de la novela de Umberto Eco, en la cual se ha basado el filme.
Sin embargo, hay una esperanza. Esta esperanza se llama dialéctica. Para la imagen de un hombre ciego, George, que quiere arrebatar, a toda costa, al hombre, la fuente del conocimiento, conduciéndolo a la muerte; surge, de entre las llamas, su antítesis, su paradoja, la figura de un hombre, William de Baskerville, con la Poética, de Aristóteles, evitando así que la humanidad se endurezca. Además del conocimiento, William de Baskerville rescata el humanismo y nos conduce a una vida con mucha mayor luminosidad. Porque si hay algo que la risa aporta a la existencia es luz. La luz de los que, como Adso, no quieren ser ciegos, de los que no quieren vivir, como George, en la más completa oscuridad.
Si bien es cierto que la novela, y sólo para los lectores más avezados, solamente soporta una sola sesión, la novela de Umberto Eco, vista como pastiche, sigue perteneciendo al ámbito del arte, de la literatura. Aunque el pastiche, que no es otra cosa que un palimpsesto de las influencias abstractas, en este caso en particular, tiene un grave defecto: Nos muestra a un autor sin ideas propias, sin imaginación. La idea de tomar otras ideas casi al pie de la letra, o de la frase, o del párrafo, indica, en quien escribe, que aún no ha soltado sus propios demonios.
Umberto Eco, con El nombre de la rosa, a la vez que ejercita el pastiche, se emparenta hondamente con el palimsesto. En una lectura atenta, descubrimos la huella de otros autores, la escritura ajena más que la propia. Umberto Eco no pudo resistir, en su tiempo, la tentación de este ejercicio de apropiación de ideas para desarrollar las propias. Quizás el autor no pudo sentirse bien después de que, irónicamente, lograra un éxito comercial tan grande con la publicación de la novela. Por eso escribe las famosas Apostillas a El nombre de la rosa :
"Al comienzo, mis monjes tenían que vivir en un convento contemporáneo (pensaba en un monje detective que leía Il Manifesto). Pero como un convento, o una abadía, aún viven de muchos recuerdos medievales, me puse a rebuscar en mis archivos de medievalista en hibernación (un libro sobre la estética medieval en 1956, otras cien páginas sobre el mismo tema en 1969, algún ensayo por el camino, varios retornos a la tradición medieval en 1962 -para preparar mi estudio sobre Joyce- y luego, en 1972, el extenso trabajo sobre el Apocalipsis y las miniaturas del comentario de Beato de Liébana: o sea que el Medioevo estaba bien ejercitado). Me encontré con un vasto material (fichas, fotocopias, cuadernos) que se había ido acumulando desde 1952, y que estaba destinado a otros fines muy poco definidos: una historia de los monstruos, un análisis de las enciclopedias medievales, una teoría del catálogo... En determinado momento me dije que, puesto que el Medioevo era mi imaginario cotidiano, más valía escribir una novela que se desarrollase directamente en ese Medioevo".
No sólo se decidió a narrar sobre el Medievo. Hace hablar a los personajes del Medievo. Umberto Eco también aporta su apreciación de la escultura medieval para apoyarse en la estructura de la novela, he aquí unos ejemplos:

h. Tímpano del portal de la iglesia abacial de Moissac (Gascuña),
principios del s. XII, que ilustra el Apocalipsis 4, 1-11.
«Vi un trono colocado en medio del cielo, y sobre el trono uno sentado. El rostro del Sentado era
severo e impasible, los ojos, muy abiertos, lanzaban rayos sobre una humanidad cuya vida terrenal
ya había concluido, el cabello y la barba caían majestuosos sobre el rostro y el pecho, como las
aguas de un río, formando regueros todos del mismo caudal y divididos en dos partes simétricas.»
(Adso de Melk en El nombre de la rosa, p. 54).

Columna central del portal de la iglesia abacial de Moissac
«¿Qué representaban y qué mensaje simbólico comunicaban aquellas tres parejas de leones
entrelazados en forma de cruz dispuesta transversalmente, rampantes y arqueados, las zarpas
posteriores afirmadas en el suelo y las anteriores apoyadas en el lomo del compañero?» (Adso de
Melk en El nombre de la rosa, p. 57).

Tímpano del portal principal de la basílica de Sainte-Madeleine
en Vezelay (Borgoña), h. mediados del s. XII
«Sobre la cabeza de Cristo, en un arco dividido en doce paneles, y bajo los pies de Cristo, en una
procesión ininterrumpida de figuras, estaban representados los pueblos del mundo, los que
recibirían la buena nueva. Reconocí por sus trajes a los hebreos, los capadocios, los árabes, los
indios, los frigios, los bizantinos, los armenios, los escitas y los romanos.» (Adso de Melk en El
nombre de la rosa, pp. 410-411)



Bajorrelieve del portal (lateral izquierdo) de la iglesia abacial de Moissac
«Vi una hembra lujuriosa, desnuda y descarnada, roída por sapos inmundos, chupada por
serpientes, que copulaba con un sátiro de vientre hinchado y piernas de grifo.» (Adso de Melk en
El nombre de la rosa, p. 57)
Las apostillas no son otra cosa que una anotación o glosa o explicación al margen de la novela, una especie de arte poética en la cual el novelista explica su proceso creativo al momento de elaborar la novela. Pero eso no lo salva de la crítica, que debe ser imparcial al momento de elevar el pensamiento a la categoría de juicio. El nombre de la rosa de Umberto Eco seguirá siendo arte, pero un arte no muy original. A pesar de ello, y casi al pie de su cuarta década de haber sido publicada, la novela se sigue leyendo con verdadera fruición. Quede pues, como testimonio de un lector, este ensayo.