REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 01 | 2018
   
01-08-2014 
Corceles de la memoria
Autor: jesus i. callejas
CORCELES DE LA MEMORIA



Por Jesús I. Callejas

Montevideo estaba demasiado calurosa aquel verano y Felisberto huyó de la sofocación que en su habitación de hotel se alojaba impúdica, para colmo, abanicándose frente al balcón que parecía dominar la ciudad y su movimiento, con la intención de recorrer inquieto, o con ligero desespero, parques citadinos. Se detuvo en la Plaza Independencia; cercano al Monumento a Artigas, oteó en pose de cazador discreto y respiró tratando de recuperar el aliento que la inquietud le arrebatara valiéndose de apuro; pero era innecesaria tal preocupación: si es cierto que nos bañamos siempre en el mismo río -contrario a lo que afirmara Heráclito-, también asumir debemos que respiramos al aliento único de la creación. Gustaba de la ciudad en ciertas ocasiones más que en otras, concluyó indeciso entre encaminar latidos hacia el mausoleo del prócer o danzar entre las palmeras extrañamente giratorias. Trató de plancharle rencores a su traje: ¿Por qué hoy la ciudad me alerta y traslada a Marruecos o Túnez? Era Felisberto hombre que siempre parecía estar a la búsqueda de algo, declaraban los vidrios empañados entre sus adoquinadas pupilas y calles andariegas; la incertidumbre de sus pasos, incluso estando fijos; las inesperadas pausas de la mano redactora que desparramaba cardiaca tinta y que resultara ser la delatora máquina de escribir escondida en el puño del saco. La única rival del piano en su acuario corazón.

El sol no daba tregua paseando refractarios dedos de oro sulfúrico a lo anchuroso de la bahía y el cerro, absorbido sensorial, desparramado a puntillismo entre los incontables peregrinos de la tarde joven en la llamada “Atenas del Plata”. Desesperó Felisberto, escuchando preludios y nocturnos de Chopin; sonatas de Mozart; fragmentos en persecución exacta dentro de su pirámide bioquímica, asumiendo que se moría anónimo en la mar de gentes y sonidos, pero la calma que no fallaba ciclos de regreso le amortiguó la prisa hacia una pequeña fuente que no supo recordar -Quizás vendría después… ¿Después de qué?- y en la que encontró asidero momentáneo. Fue entonces que el sol abanicóse dudas y se escurrió para dar paso al eléctrico galpón de nubes provocando deserción en plaza y avenidas, dejando solitario, cuasi adormilado a Felisberto y su reloj de ansias. Saltando aterrado vio lo que presentían los puentes oníricos de su laringe y su jauría de letras le alertaba.

Apareció ante su perpleja vista, en forma de navío, una gigantesca mujer acostada de espaldas, cabello perpendicular, fino barredor de escombros, que se desplazaba por sobre la bahía no tocando aguas y se detuvo en medio de la plaza mientras una dulce voz lo tranquilizaba: Nada temas, Felisberto. Acércate y sube a nuestro encuentro. Si Voltaire relató que San Dunstán viajó en una pequeña montaña a las costas de Francia y al desembarcar la bendijo de regresó a Irlanda, por qué no escalar los pabellones de viajera carne… Sí, pues la mujer-velero, o sea, la virgen-barca de cursos ancestrales, no portaba en su estructura maderas y metales. La escalerilla de abordaje partía desde su ombligo y los puntiagudos senos, que confundió con el cerro Catedral, donde se erigían dos figuras embozadas, le anunciaron la receta del mareo. ¿Dónde estoy?, reaccionó cuando la armazón puso proa en dirección al limpio océano. Viajas en Celina, tu profesora de piano… Celina, Celina, y Felisberto escudriñó en torno a la cubierta lapislázuli de cortinajes, klines o triclinios, ánforas, ciatos y escifos; hacia el mástil o rareza de grafito. Algo calmado, procedió, so pretexto de limpiar sus lentes cómplices, a sentarse lo más alejado posible de las siluetas que aparentaban síndrome de petrificación.

Descendieron o flotaron, sus velos expuestos a las caricias de la brisa atardecida, y se detuvieron frente al invitado sin moverse; se diría que enraizadas al suelo-plasma del navío, mientras el musical céfiro penetraba las coyunturas de seda: blanca cubriendo a la de superior estatura; negra a la de más delgada postura. ¿Quiénes son ustedes, qué desean de mí? Cayeron los velos y el espectáculo facial hizo palidecer aún más al incrédulo. A su curiosidad espantada, se mostraron dos horroríficas criaturas de amarfilados colmillos, garras de bronce, alas doradas y cabezas de serpientes enredadas. La feroz visión lo hizo retroceder, pero tan torpemente que cayó contra una mesa repleta de viandas y licores derribándola, lo que no impidió que persistiera en arrastrarse hacia el fondo de la nave-cuerpo. Calma, Felisberto; nada malo habrá de sucederte. Levántate, que tal posición no corresponde a un hombre de tus méritos. Y alzando su tenso brazo se presentó orgullosa. Soy Euríale… Ella, y señaló, en pose de sibila en trance, a su derecha: Ella es mi hermana menor, Esteno… ¡Oh, dios misericordioso!, imploró él. Perdido soy… Las gorgonas…

Así es, e iniciaron paseo alrededor del hombre. Eres afortunado; lo calmó Esteno mientras derramaba líquido ambarino en uno de los recipientes. Nuestra hermana Medusa, la mortal de las tres, cayó decapitada por la espada de Perseo. Hemos quedado solas, pero aliviadas; Medusa nos atraía amonestaciones de los dioses superiores y mala reputación. Y con este cargamento de serpientes, la tarea no es fácil, intervino Euríale posando su garra en el hombro del asombrado convidado. Acércate a la comodidad del sitio; ven, siéntate. Conducido por ambas, se arrinconó mirando por la borda las nubes que, cuales oleaje vaporoso, se desplazaban en vías contrarias y la lejanía solar enmascarada en fuego. ¿La nave no se mueve?, indagó en lo que se disponía a beber intentando olvidar el supremo desagrado, primo del vómito, que las nauseabundas criaturas le inspiraban. Euríale mostrando una seductora pierna a través de su túnica cortada en triángulo respondió, como quien adivina le pregunta, pero mantiene actitud prudente para no ofender al invitado: A veces lo hace, según majaderías aristotélicas en círculos perfectos y velocidad uniforme; otras, acorde a ptolemaicos pedantescos, en perfección circular pero a velocidad no uniforme. Expresado así, o mejor, citado “científicamente”, para que tu condición humana mejor lo entienda, pero en realidad nada de eso se aplica a nuestra cosmogonía. ¿Qué suena? El cabello-trapecio de Celina chorreando mares.

Felisberto apuró su trago y tendió el artefacto en espera: Mi condición humana dice que no entiende esas explicaciones. Verás, aseveró algo impaciente Esteno: Se mueve y no se mueve. Quieta y a la vez transcurre. Bueno, eso es absolutamente comprensible, y satisfecho por primera vez tamizó los detalles opulentos de la nave, cuando inquirió, rostro iluminado y lentes ajenos al sudor: Por cierto, ¿han visto ustedes a un anciano, tuerto o ya ciego del todo, desaseado y mal vestido? Sí, sí, Clemente Colling, tu viejo profesor de piano; está adentro en la recámara cubierto de mantas y cobijas; se niega a levantarse de la cama que le hemos preparado. Vaya descortesía no salir a saludarte. ¿A dónde se dirigen?, si es permitido preguntar? Todo es permitido para ti, querido Felisberto, pero todavía no lo sabrás, y al sentarse tomadas de las manos frente a su invitado se transformaron en hermosas “flappers” de melenas “bob cut” ónix, labios de pétalos sanguíneos, faldas hasta rodillas incitantes y zapatos de firme tacón acorreados en empeines que sugerían las curvaturas del Monte Athos. Ah, ¡maravilloso mimetismo! ¿Por qué no se mostraron así ante mí desde el inicio? Gentil Felisberto, los dioses nos mostramos según se nos antoja, pero tu conducta reservada nos halaga. Verás en nosotras todas las mujeres que desees. Seremos complacientes…

Me recuerdan… y un pestañeo de nostalgia le ablandó mejillas al invitado. No sé a quién me recuerdan… Te recordamos a las mujeres de tu tímida juventud, cuando acompañabas al piano muchos deliciosos filmes silentes. Sí, pero esa moda ocurrió después; yo comencé a tocar en los cines poco antes de finalizar la Primera Guerra Mundial. Como que la pantalla me expulsó hacia el piano para robarme sufrimiento… Agregó Euríale: No importa. Ves en nosotras a las de tu virilidad pujante. Porque bien sabemos cuánto amor todavía te inspiran las damas, ¿no es cierto? Sí, admitió él bajando la agobiada frente; aunque confieso que no he sido buen marido… Pero sí buen padre… Eso lo he tratado y creo que lo logré con cierto éxito; sin embargo, en ocasiones imagino que mi vida le sucedió a otro, que un impostor ocupa mi lugar. Es tal la causa de tu deambular cotidiano por Montevideo, aseveró excitada Esteno. Así es, señoras: Busco mi yo en desespero. Lo busco dentro y fuera de mí. Lo acecho y persigo sobre todo en las noches. Pero el cuerpo se niega a obedecer; como que no me pertenece. El cuerpo se considera el yo. Es intolerable… Y la mano que se me desprende en busca de otro dueño.

Conmovidas, las hermanas, ahora en ropaje de helénicas beldades, de trigales cabelleras e iridiscentes rostros, cuasi mosaicos parlantes frenando venas lujuriosas, lo levantaron por ambos brazos hasta conducirlo al camarote de dóricas ventiscas o verticales flotas. Lo depositaron sobre una inmensa cama ocupando entonces, testosterónicas custodias, oblicua posición en el rectángulo esponjoso. Necesitas dormir y reponer energías; confía en nosotras, susurró Euríale desde la esquina en que la cabeza masculina se acomodaba como auto al borde de altísima carretera alpina. Soy maternal y virtuosa, pese a la mala publicidad que me dedican. Yo, insipadora de las pitias, te ordeno: Reposa, Felisberto, y deja de preocuparte por tu mano: es la mano búdica que aplaude sola. ¿Qué…? Todo está bien; descansa. No entiendo nada… ¿Aquel bulto arropado es Clemente? Sí. ¿Por qué no están aquí mi profesor Guillermo Kolischer y las precavidas maestras francesas? No fueron incluidos en este periplo. ¿Por qué es Celina el barco? Ahora, descansa. Su última visión se licuó en la inmensurable mirada garza de la mujer quien voluptuosa le había permitido acomodar su brazo entre los generosos, protuberantes senos, mientras Esteno, masajeando los tortuosos pies elevaba sonriente los ojos de vegetal translúcido: Ha vagado sin descanso ignorando que recorre los mismos templos destechados.

Y antivampiras le ofrecieron sus costados derechos para que libase artería del Olimpo y revitalizara fuerzas. El blondo Hermes, o Mercurio, pues debemos atenernos a estrictas configuraciones culturales, se presentó durante el diluvio tormentoso que sacudió el Atlántico para entregar una misiva que decía: Carta en mano propia y, silencioso, despegó provisto de sandalias nuevas. No le demos esa carta, sugirió Esteno. ¿Por qué no? Ya de nada sirve, llega con retraso; se impuso la terca hermana. Rebasado el Trópico de Cáncer, despertó Felisberto en estado de renovación; cuasi optimista aseguró haber experimentado los más plácidos sueños, tras lo cual fue bañado, holgándose sin límites con las desnudas gorgonas en una cascada, milagrosamente seca, situada en el gran salón de la estancia o Vértice de Celina, y se dispuso para el convite que las hermanas tuvieran a bien organizar. Entre licores nunca imaginados y sutiles viandas la conversación dimanó de las giras efectuadas por Felisberto por incómodos puebluchos uruguayos con hoteles solitaries y tristes, de ajetreados recitales y conciertos entre su país y Argentina, de su amistad y colaboración profesional con el poeta Yamandú Rodríguez; hacia las existencias de tan prodigiosos seres.

Se adelantó con gestos aireados Esteno, la de hipnotizante alcance y doble rostro -viendo pasado y futuro supo enseguida de Felisberto ejecutando en La Giralda de Montevideo y en Mercedes, de sus presentaciones en el Teatro del Pueblo en Buenos Aires, y de su final-, que no mostró para evitarle sobresaltos al viajero: Somos hijas de Forcis, el nombrado jabalí, hijo de Poseidón, y de la ninfa Ceto. La cabeza de nuestra infeliz hermana Medusa adorna el escudo de Palas Atenea, la que en estas tierras es llamada Minerva. De pronto, Euríale lanzó despaciosa la carta que se mantuvo flotando, síntesis de fulgores, en el torbellino: Tómala, es para ti… ¿Por qué lo has hecho?, bramó Esteno, la que abría las puertas de la muerte. Tiene derecho a saberlo. La tardía carta provenía de Cortázar e insistía en desencuentros en Chivilcoy, Pehuajó, etc., pero Felisberto no recordaba a aquel joven escritor que mucha veneración le profesara… Perseveró Euríale: ¿No lo recuerdas? No, diosa, cuando escucho ese nombre sólo rememoro una cabeza gigantesca y bizca que portaba un ojo de vidrio y el otro un espejo. Yo veía con susto la mitad de un hombre colgar de éste y, como de una compuerta, dos piernas intentar reptar en busca del restante equipo. En el ojo del espejo no me reflejaba, pero sí recuerdo ver, tras la diáfana cortina, a un hombre maduro avanzar a lo rectilíneo del pasadizo apremiante hacia el final del túnel… Eras tú en dirección a la cabeza de Cortázar, aseguró vitriólica Esteno. No creo, no creo; discrepó nervioso Felisberto. Confundo quizás esa cabeza con la cabeza cortada del gigante ruso, que se encuentra Ruslán en una llanura y que oculta la espada mágica entre su cuello y la tierra… Pude haberlo leído narrado por Pushkin… La fatigante memoria no me permite discernir entre lo que he vivido y lo imaginado… Pero, intervino Euríale; Cortázar te buscaba y te buscaba… A lo que Felisberto respondió: Y yo escapa y escapaba…

A propósito, exquisitas señoras, repito: ¿Hacia dónde vamos? Abrió él una escotilla y empalideció. ¿Qué sucede? El barco es un barco y navega sobre aguas casi planas; el cielo se halla arriba y no debajo… Sí, ¿por qué te extraña? Pero, ¿dónde está Celina? En aquella esquina conversando con uno de tus pianos. Felisberto alumbró con una antorcha y, en efecto, pudo distinguir a su antigua maestra, momia de negro virtuoso, avivando las manos en mariposeo, mientras el piano sentado erecto en un triclinio, indicaba ritmos con sus patas posteriores sobre el suelo de la embarcación y su pata delantera izquierda colocaba un cigarrillo entre la dentadura de las teclas haciendo enrojecer a Celina, quien no pudo reprimir una sonrisa maliciosa. Las “polleras” de las sillas eran piernas de bailarina en frenesí por el cancán y los relojes brazeaban sonriente en enormes recipientes de licor añejo vociferando: ¡Somos libres del tirano tiempo! Colling gritaba que lo dejaran dormir en paz, que se respetase el epílogo de un viejo enfermo. Distrayendo la atención de Felisberto, Esteno indicó en la distancia una ciudad de acero: Allí no nos quieren, pero entramos y salimos a nuestro antojo, ya que nos reviste el poderío. ¿Qué parcela es aquélla donde el sol palidece y la aflicción levanta plegarias sísmicas en pos del hacedor? Donde nuestros rivales los arrogantes filósofos, que hipócritas nos niegan sin dejar de nutrirse de la savia que les otorgamos, se han unido a sus ruines pobladores. Observa bien. Allí se usan nuevos términos e imperan el camello de la burocracia y los filosofastros de cubículo; todos mezclados más horriblemente que el cuerpo infecto de la Quimera o de Caribdis, con la insaciable plaga que forman políticos y comerciantes. Una traidora de nuestras filas los anima para consumar la destrucción de tu especie. ¿Quién? Eris, la madre del trabajo, de las peleas y los combates, de los sufrimientos y del hambre. Suspira Felisberto: No me interesa la política. Nunca es libre el hombre… Así es: El hombre no es más libre que el carnero en su corral, concluyó Esteno.

Tus muñecas Las Hortensias aguardan en la próxima habitación para saludarte; querían darte la sorpresa… Hoy no deseo verlas pues mayores preocupaciones me ocupan. Sigo en busca de mi yo… La sensación de que algo dispersa y fracciona mi sistema es apremiante. Cambiemos el tema, buen amigo. Hablemos de tus mujeres, suena insistente Euríale. No, no, señora mía. Sí, habla de Ursula la vaca francesa; Ursule según tu historia; y de tus dos años en París… No, no. Aunque sea de la española… Cuál es su nombre… Africa de las Heras o María Luisa de las Heras -en fin, tuvo diversos seudónimos- espía de la KGB, con la que te casaste, pobre Felisberto. Cómo no pudiste darte cuenta de los líos en que te metías… Y ese sinfín de matrimonios. Señora, por favor, por favor no me injurie ni se ensañe usando palabras engañosas. Las palabras tienen muchas vidas. Soy hombre apacible pero mis sentimientos valen y su “compasión” ofende. Pero dejaste sola en el hospital a la desconcertada y magullada Reyna Reyes tras sufrir una terrible caída… ¡Basta, basta! Si esta invitación devenida acoso continua, abandono la nave… Tú sabrás cómo en medio del océano. Ya, ya, cálmate, eres un chico malcriado que sabes llegar a la ternura femenina y me he sobrepasado.

Alerta; se avistan nuestros dominios… ¿Es cierto que las misteriosas Hespérides se encuentran en las Canarias? No puedo decir más… Mi padre era canario. Lo sabemos… Aún no me han dicho si estoy vivo o muerto… Ni te lo diremos por tu propio bien, concluyó Esteno, harta de interrogaciones. Felisberto no podía creerlo: El navío desapareció y volaron acompasados hacia un jardín de floresta delicada y rebuscados manantiales. Imágenes de Lorraine o Poussin, pero más aburridas. Ya en tierra de encantos, las bellas gorgonas, ataviadas de atractivo insuperable, muy a principios de los ‘60, época mortal del escritor gastado, le invitaron a recorrer el camino de piedras nítidas en cuyo desenlace se alzaba una escalera marmórea y sobre ésta un palacio de columnatas cegadoras. Mientras paseaban Euríale comentó: Felisberto, me parece ridículo que se haya clasificado tu nombre bajo la vulgar categoría de literatura fantástica. Pues así ha sido, divina señora. Entiendo que se te vincule con Proust, Bergson y hasta con Kafka, pero más apela a mi gusto la definición de Italo Calvino, que te considera “inclasificable” y alaba tus “zarabandas mentales”. Eres un sublime impresionista; al enlazar palabras produces una música rara, novedosa… Metódico, preciso, podas y pules tus gemas con afán nervioso. ¿Cómo logras hacer de la neurosis arte? Sólo me limito a traducir lo que conozco, lo que vivo y me rodea… La verdad es que yo no entiendo a un escritor que no sea autobiográfico. Me afectó que no me publicaran en Francia. Creo que me han ignorado por considerarme localista y escueto. No digas eso; es que nunca se comprende a los visionarios crípticos. Errores de semejante corolario son el regalo que la imbecilidad brinda a los mal llamados intelectuales, que siempre sobran. Y, te lo aseguro, será peor…

Habló Esteno. Dinos, Felisberto: ¿No escribiste, y ve el libro entre mis manos luminosas: “Hechos que den lugar a la poesía, al misterio y que sobrepasen y confundan la explicación.”? No estoy seguro… ¿Lo dije? Lo dijiste; mira el volumen, y ahora atiende a la siguiente cita, de especial significado: “Estoy inventando algo que todavía no sé lo que es.”? Me parece que lo dije, pero… sigo sin saberlo… ¡Pero lo hiciste, Felisberto! ¡Lo inventaste! ¡Desde tu temeroso escondrijo de sótanos y torre creaste el realismo mágico latinoamericano! Eres el verdadero profeta del “Boom”… Olvidemos antífrasis y logomaquias, trincheras y barricadas urdidas por casi todos los farsantes que se atribuyen tus méritos. Se te hará justicia. No sé…, y se interrumpió extasiado ante un majestuoso caballo blanco. Es Pegaso; por él estás aquí, Felisberto. No comprendo… Hablaste del caballo perdido que encontraste en una calle cuando tu severa abuela te había recogido donde Celina… Sí, creo… La sangre derramada de Medusa hizo nacer a Pegaso, y diciendo acarició las crines plateadas; y al gigante Crisaor. El inmortal equino enloqueció a Nietzsche cuando éste noble hombre, que tanto nos amó, lo abrazó fatalmente en Turín y aquella lejana noche en camino a tu casa el travieso Pegaso te arrebató el yo, y, por ende, la memoria, pues la segunda no existe sin el otro, que fatigosamente -y uso tu palabra- buscas, pero hoy se te convoca en este edén pagano al que pocos han llegado, y menos permanecido, para que te sean devueltos.

Ah, señoras, alivio ofrece su generosidad, pero no hay tranquilidad para mí: el otro siempre acecha. Me vigila; emerge desde adentro y desde afuera, me insulta y censura acosándome en cuanto sitio frecuento. Me persigue solo o envía tras de mí su ejército animista. No me deja dormir y si sueño aparece trayendo consigo las congojas. No le concede tregua a mis neuronas drenadas. Si la memoria me regresa, temo que el pasado me atrape y encadene y yo deseo vaciar mis ojos de excesivo mobiliario, de objetos que me han perseguido y vigilado desde la infancia. Calma, calma, Felisberto, habló Euríale. Todos esos otros son tus emanaciones; tú y solamente tú manifestándose hasta la infinitud. No temas a la muerte; te sobran vidas multiplicadas por todo el orbe y de no hallarte en un sitio en otro saldremos a tu encuentro. Si ni siquiera esta explicación satisface tu precaria temporalidad pídenos la inmortalidad y te la concederemos. El padre de los dioses nos autoriza y gozamos de sus privilegios. Acepta tu memoria y el yo regresará. Puedes confiar en lo que digo. Abatido, Feliberto suspira y exclama: Siento cansancio grande y deseo regresar a Montevideo. Así se hará, pero espero que nos visites con frecuencia, habló compungida Esteno. Felisberto sonrió encaminándose a la playa de cuadrantes: Imposible negarse a una diosa… perdón, a dos diosas.

Relato tomado de Arenas residuales y demás partículas adversas

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