REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 01 | 2018
   
10-06-2013 
La casa del dentista
Autor: Alonso Narváez
En la empresa, varios colegas le hablaron a Robles sobre “la casa del dentista”, una suerte de leyenda urbana. Supuestamente, en una colonia clasemediera de la ciudad estaba el consultorio de un dentista, quien vivía “a solas” con su madre. Había que cruzar una reja para entrar en el domicilio; según la leyenda, los representantes médicos que acudían con el dentista eran recibidos por una anciana sonriente, de traje sastre raído y zapatos voluminosos; ella abría la reja y dejaba pasar a los visitantes. Lo cierto era que la mujer había muerto hacía quince años, pero se mantenía activa desde ultratumba para apoyar a su hijo, fuente de su orgullo y que jamás había tenido para pagar una secretaria.
Robles se enteró de que nadie se había atrevido a entrar en la casa, porque al ver a la madre caminando hacia la reja se horrorizaban y huían corriendo. Sentían que algo no andaba bien con la señora y no querían exponerse a algún destino funesto si aceptaban la invitación a pasar. La leyenda fue motivo de sobremesas en cantinas, donde Robles departió con colegas y se embriagó para no sentir miedo. Pero el asunto lo estuvo inquietando durante semanas; nunca había tenido experiencias paranormales, lo cual le chocaba porque en pláticas con amigos tenía que contar anécdotas ocurridas a otras personas.
Un día en que había visitado a varios médicos notó que andaba cerca de la famosa casa del dentista. Vio el reloj y descubrió que tenía tiempo de visitarla antes de su siguiente cita. Tragó saliva mientras se dirigió al domicilio, cuya ubicación había aprendido de memoria. Vio la reja y sintió que la sangre se le iba a los pies. Con tal de no quedar como cobarde ante sí mismo, resolvió limitarse a comprobar si la famosa anciana aparecía; de verla, se alejaría de inmediato, pero en caso contrario olvidaría el tema para siempre. Si el dentista salía en persona a recibirlo, lo impacientaría un rato recomendándole medicamentos y luego se marcharía.
No había timbre, sino una campana que se accionaba con una cuerda. Robles tocó durante menos de cinco segundos, y palideció al ver que una puerta se abría a lo lejos. De las sombras emergió una anciana sonriente, de traje sastre raído y zapatos voluminosos. Robles notó que no podía moverse. El terror le impedía ser dueño de sus actos. No dudó que protagonizaba su primera experiencia paranormal. La anciana lo miró dulcemente, sin dejar de sonreír y, sin decir palabra, abrió la reja y se apartó para que el visitante avanzara.
Antes de lo esperado, Robles pudo mover algunos músculos, pero como aún no podía coordinarlos se dejó llevar hacia delante. Advirtió que la vieja lo miraba de refilón. La reja quedó cerrada a sus espaldas. “El doctor lo espera”, afirmó la anciana, con voz que parecía venida de lejos. Comportándose como un autómata, Robles avanzó, temblando, sudando. El maletín que siempre llevaba estuvo a punto de resbalar de su mano húmeda.
Al cruzar el umbral de la casa lo distrajo una voz masculina. “¿Puedo ayudarlo?”, oyó. Miró hacia la derecha y vio a un hombre de mediana estatura, un tanto grueso, de pelo escaso, manos regordetas, cara redonda, bata blanca. “¿Doctor?”, logró articular. El otro asintió mientras se aproximaba con la diestra extendida. Robles estrechó una mano gélida.
El doctor se echó a reír mientras contemplaba al representante médico. “Ya sé por qué está tan asustado”, dijo. “Le abrió mi madre.” Robles reaccionó entonces, notando que había olvidado los movimientos de la anciana. La buscó visualmente a sus espaldas. “Ni se moleste”, dijo el dentista. “Ella murió hace años. Se ha quedado para ayudarme.” El representante médico se desplomó.
Volvió en sí y se encontró en otra parte, una abarrotería maloliente. Se hallaba echado en una especie de tumbona. Un puñado de curiosos lo observaba mitad con lástima mitad con desprecio. Robles se incorporó como pudo y, con la garganta seca, preguntó dónde estaba. Le respondieron, agregando que lo habían visto de pronto en plena calle, al pie de la casa del dentista. Lo levantaron y lo llevaron a la abarrotería, no fuera a ser que le ocurriera una desgracia a la intemperie.
Robles aceptó una cerveza fría; bebió la mitad y enseguida contó la experiencia aterradora que había tenido. Alguien confirmó que la anciana llevaba años muerta, y alguien más felicitó a Robles por haber llegado más lejos que nadie, al haber entrado en una casa abandonada y conocido a su ocupante, un dentista mediocre que se había suicidado en su consultorio, poco después de quedar huérfano.