REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 08 | 2018
   
03-03-2012 
Erenia
Autor: José Sabater de Montfort
Erenia










J.S. de Montfort
jsdemontfort@gmail.com
http://lasoledaddeldeseo.wordpress.com




Nada, en realidad, tenía ninguna importancia para Erenia. Pues no hay nada que no pudiese situar en una línea de la sucesión de cosas, inmotivadas o no, sentidas o no. Eso era todo. Antes.
Así, o sucedían las cosas o no sucederán nunca. Y entonces, se perciben o no. Nada más. Y ahora, por vez primera en tanto tiempo, tanto tiempo gastado en cosas conocidas, aparecía un dolor nuevo, una sensación; si Erenia no fuera tan modesta, hasta diría que era algo muy parecido a un principio de… sí, por qué no decirlo, un deleite desordenado -al menos era así como recordaba que fue una vez, algo bastante parecido (o eso cree Erenia)-.
Todo comenzó con un ligero corte, suave, involuntario: en el antebrazo; con uno de esos cuchillos de sierra.
Erenia se ocupaba en la cena para las pequeñas, quizá, estas cosas no se recuerdan exactamente. Estaba en la cocina, eso seguro, sola.
Salió un poco de sangre. Quedó una raya roja en el antebrazo, y al tiempo, aguardó en una marca, una exacta y perenne línea cicatrizada. Pero no le hizo daño, casi no le hizo daño, apenas.
Las niñas volvían siempre ahítas, hablando sin parar de las cosas hechas durante el día: de las clases de baile, de piano, de la escuela. No es que Erenia no quisiese escucharlas, es que resultaba agotador.
Siquiera hubieron de darse cuenta del corte, las niñas.
No es que Erenia no quiera a sus hijas, pero no necesita conocer todos los recovecos de su personalidad, toda la minuciosa y deliberada exposición de sus vidas.
Y entonces, con la mano, Erenia recuerda haber deslizado el jersey, estirándolo hasta casi el nacimiento de los dedos, con una vergüenza infantil, mientras Sandra (su hija mayor) exhibía un muestrario de frases inconexas, aceleradas, que se entorpecían por los lloros; lloraba, hablaba, reía, y quizá todo era inútil fruto de sus, pronto a venir, doce años.
El corte se quedó ahí, igual que mantenemos con nosotros el hígado o el
indeterminada ondulación del páncreas. Y a veces le picaba un poco, sobre todo al comenzar a cicatrizar. Y era, además, agradable.
Quizá, a veces, Erenia sea cruel con ellas con las niñas- (por esa indiferente o viva estupidez). Y siente -en ocasiones- que esa desestima con la que despacha sus asuntos es muy similar a la impiedad. Pero, la razón mayor -si es le que quedasen ya razones-, es la categórica reserva a ser niña nunca más; no volver a tener doce años. No había lugar, de ningún modo, para el retroceso.
Pues Erenia, mientras Sandra hablaba, lloraba, reía, no podía más que escuchar y atender con una mimosa pero impostada mueca de la boca, con los labios hacia delante, en señal de falsa atención. Pues no sabía -y no quería- hacer otra cosa.
Y entonces el corte en el antebrazo, que no era irreal pero tampoco algo que pudiese reconocer: se trataba de un signo propio -y nuevo-, lejano a lo esperable, fuera de la previsión. Y era, sin duda, una marca bella, distintiva. O así se lo parecía a Erenia.
Pero entonces los inexpertos ojos tristes de Sandra y Miriam (Miriam es la menor, y tiene diez años, dos menos que Sandra), que le demandan exactamente que sea una niña como ellas, que comprenda su incrédula exaltación, lo increíble de tener doce y diez años, que comprenda que “mi amiga Maribel es tonta porque ha dicho que el coche de su papá es el más bonito de todos” o “necesito un traje nuevo porque hay una fiesta de cumpleaños el sábado, y sí, tiene que ser azul, y unos zapatos, y sí, tienen que ser también azules”.
No, nosotras no es que no tengamos un coche bonito, ni siquiera tenemos coche, y no, no podemos comprar el traje. Y no, no podrás ir a la fiesta. Pero, cómo decirles esto a las niñas, asÌ tan a viva voz. No, no se puede.
Y ese es el problema: saber de qué hablan, y no querer saberlo, no querer volver a saberlo.
-Se lo diré a papá entonces…
Es un reproche justo, de todos modos, piensa Erenia. Pero es inmoral, pues la justicia no siempre juzga el bien sino la conveniencia. Pero, de nuevo, cómo explicarle eso a una niña de doce años, a una niña de diez.
Erenia piensa que el único problema de sus niñas, es la certeza de haber descubierto la finitud de las cosas, haberse dado cuenta de la imposibilidad. Y ella no iba a permitir ser anuente, no, no sería ella quien lo hiciese. Y no podía tampoco negarles el deseo, la ilusión a las niñas. Qué hacer entonces. No, no quería censurarlas, pero tampoco quería volver a tener diez y doce años, eso desde luego.
A pesar de todo, son buenas chicas, razonablemente buenas si es que hubiese que compararlas con esas repelentes amiguitas de ambas, o las hijas impertinentes de las amigas de Erenia.
De todos modos, Erenia ya no se relaciona mucho con sus amigas. No es que sólo le resulte indiferente, es que todo eso quedó ya no en el olvido, sino en algo más inevitable: en un intrépido y huidizo descontento, que es peor.
-Está bien, llamadle, llamadle si eso es lo que queréis.
Pero ambas saben -tan certeramente como Erenia- que su papá no se pondrá al teléfono. Que en el teléfono sonará la voz metálica de esa otra mujer, que dirá que “sí, vuestro papá está ocupado, pero no, no os preocupéis porque os llamará tan pronto como pueda”. Ya ellas, les parecerá reconocer en esos ruidos que se escuchan por detrás los talones de un hombre golpeando el suelo de madera, quizá yéndose a otra habitación, esperando a que la chica de voz inhumana despeje el terreno, esos ruidos en los que reconocen la figura de un hombre, de su padre, que nunca está disponible para ellas.
Y entonces el reguero de lágrimas será mucho peor. Las tres lo saben.
Pero ello no impide la descortesía -apenas velada- con la que sus hijas la miran entonces, como si le dijeran, sí es cierto, lo que tú digas, pero es vergonzoso, todo esto es vergonzoso, ¿sabes mamá?
O quizá solamente fuera cosa suya, y en realidad las niñas fuesen incapaces de entender exactamente las implicaciones de todas esas cosas del mundo adulto, y lo más que hacían era aguantarle la mirada, casi una mirada torrencial para esos ojos flacos instruidos en la natural y tácita benevolencia de las niñas de esa edad, de diez y doce años. Tal vez, sólo fuera eso, un signo mal entendido, una equivocación.
Erenia no lo sabía, Erenia no tenía doce ni diez años. Y tampoco quería redescubrirlo, ni aceptarlo.
Quizá, encima, lo peor estaba por venir, y esto era sólo un aviso.
Esto es lo que verdaderamente inquietaba a Erenia.
Las niñas se han ido pronto a dormir, como todos los días entre semana. Son las diez y media. La cena aguarda fría sobre el tapete rojo de la mesa de madera. Erenia no tiene hambre, y se sienta en el sofá.
Los programas en la televisión son estúpidos. Los programas de la radio son estúpidos. Mirar por la ventana es estúpido.
Afuera, en la calle Cordillera, cerca del Manzanares, un viento combate a las ramas viejas de los árboles de los chalets de enfrente, las obliga al movimiento, a saludar a una noche como tantas otras, siempre tan obstinada en parecer diferente a todas las demás. No pasan coches. Es una calle tranquila. Y entonces Erenia nota el picor de la herida, o acaso el recuerdo del picor, como los mancos recuerdan haber tenido alguna vez una mano, y accionan los músculos y estos funcionan; solo que, siguen sin tener la mano, pero les queda una proyección vívida, inútil y, a fin de cuentas, indefinible. Lo mismo Erenia. Lo mismo con la chispeante sensación que guarda la carne tras haber sido violada la epidermis. Esa frágil certidumbre por saberse débil, que no parece otra cosa más que una amonestación, pero también una amenaza de su poder reparador, de la autorregulación a la que se ve, inevitablemente, obligada.
Hay cierto placer también en el whisky, en escuchar cómo va incorporándose por los bordes, ocupando con porfía el vaso ancho. No beberlo, siquiera atender a su olor, simplemente el líquido color madera que cae y se va instaurando febrilmente, y se queda ahí, inmóvil y, para siempre.
Es igual de estúpido que mirar la televisión, que escuchar la radio o que contemplar una noche inerme tras la ventana. Así, por tanto, no tiene importancia, ninguna importancia.
Mientras abre el cajón de los cuchillos no piensa en nada más que en ir secando los cubiertos, con paciencia, y volver a guardarlos, pero aunque una se concentre en las cosas, o quizá justamente por eso -porque hace que su atención tome la iniciativa-, las imágenes vuelan solas, exagerándose, reclamando independencia, vida. Y todo surge, de nuevo, treinta y seis años, exactamente toda su vida: una vida de incuestionable regularidad. Treinta y seis años que se repliegan sobre sÌ mismos, en un instante, en una correcta concatenación que acaba conformando un solo punto, y desaparece, ¡zas!
Pero no hay respuesta. No hay ninguna respuesta. Ella, además, ya sabe que es inútil situar un punto de partida y trazar una línea, si acaso una línea de decadencia...
Si lo piensa, nunca hubo decadencia, nunca hubo caída, pues jamás se dio el ascenso. Entonces, a qué ese desencanto, desencanto acaso de qué. Y en verdad, ¿es cierto que exista -el desencanto-? Puede que no sea más que una excusa…
Hay que haber estado encantado con algo o por algo para esto. Y entonces, qué, por qué la atracción por ese filo plateado y gozoso. Por qué levantar la camisa (porque ahí seguro no lo verá nadie) y hacerse ese primer corte, sin apretar demasiado, probando la eficacia de la sangre, viendo hasta qué grado... E inmediatamente sentir el escozor paciente y longevo… ¡qué placidez!
Sentarse de nuevo a contemplar el vaso de whisky. Y unas pastillas que ha cogido del armarito; no pasa nada, son casi inocuas, lo ha hecho otras veces, cientos de veces en realidad, apenas se trata de unos calmantes comunes. Producen cierto agradable estado de somnolencia, que ya es suficiente para que ella se quede ahí, dormida en el sofá, mientras la televisión sigue en marcha, y en ella los hombres musculosos californianos de mediana edad, y las rubias californianas de edad inverosímil dictan milagro tras milagro una sucesión de provectas groserías; Erenia se aburre con toda esa milagrosa estupidez, y espera que la noche que hay en la calle se marche a algún sitio; al demonio podía marcharse por ejemplo.
Ocurrió que el cazo, al levantarse aún con la tontería del sueño, ya por la mañana -alguna mañana, tal vez-, -y con el recuerdo de hombres y mujeres californianos que sonreían con exacto e infantil parecido- el cazo donde el agua hervía para el earl grey, estaba, por supuesto caliente, y al cogerlo con los dedos, por supuesto, hubo de quemarse. Pero no saltó hacia atrás. No pegó un grito; no hubo queja. Lo que hubo, para su espanto, fue una de esas risas californianas, tan adecuadas como prescindibles, para sí misma, sin que nadie la viera, como si no hubiese ocurrido, como si nada hubiese ocurrido, tal que una cosa que sigue a la otra y a la otra y a la otra y una borra el recuerdo de la otra, y fuese interminable la sucesión de cosas, y nada, verdaderamente, fuera tangible o real. Y por ello, no quedase qué objetarle, pues nada era verdadero. Nada es lo que no se puede afirmar con severidad que suceda, que haya sucedido. Lo único inequívoco e indubitable eran esas marcas, primero en el antebrazo, luego más hacia arriba, ahora justo en la parte final del brazo, donde de niña le ponía el practicante los pinchazos. Pero, con todo, era esto tan parecido al placer idiota del sueño, tan -de algún modo- imbécil y neutro, que Erenia se negaba -era además incapaz- de sentirlo como molesto, hiriente, ofensivo, malo: de signo negativo. Y aún se descubrió acercando las manos cada vez más y más y más y más a ese cazo, hasta abrazar con las palmas abiertas el estruendo de ese metal enfebrecido, plateado, doloroso, que le provocaba, para su espanto, una de esas sonrisas californianas tan bellas como inútiles, tan vanamente acumulables, tan volátiles, tan efímeras.
-Sandraaaa… Miiiiiriammm, Sandraaaaa. Miriaaaam.
Le hacía gracia escuchar su propia voz, subiendo en carreras hacia el piso superior, rebotando, haciendo piruetas, podía ver el zizgzagueo en el aire de las grafías de cada una de sus palabras -igual que si viviera en los bocadillos de los cómics-, apoyándose unas sobre la barandilla, otras dando saltitos por los escalones, como ranas que se regocijasen en gráciles saltitos rítmicos. Todo tenía cierto orden en la mañana. Como siempre había sido, pues nada, a fin de cuentas, era distinto.
Era otra mañana.
-Sandraaa… Miriiiiiammm
¿O no?
Afuera el sol estaba radiante. En la Calle Cordillera, muy cerca del Manzanares, octubre resplandece en Madrid igual que debieran hacerlo las mujeres en el día de sus nupcias.
Ahora atender a las obligaciones, pues son cosas que han de hacerse: una detrás de otra, por orden.
Les ha preparado zumo, y tostadas y salchichas y huevos. A las niñas.
Ahora recuerda aquella vez que a Erenia la descubrió su madre, de bien niña, cuando le hizo notar aquellos cortes en las muñecas, paralelos, exactos, bellos, rigurosamente ordenados. Ellos no tenían rosales ni gato, pero todos, al saber de sus cortes, con delicadeza, le decían que tuviese cuidado con los rosales, con los gatos. Quizá, quizá de ahí su cauta modestia. Quizá de dicho olvido procediese también el pensamiento atrevido y, por tanto ignorante, de que lo de ahora era nuevo. Tal vez se le hubiese olvidado; también olvida el cuerpo, obstinado en rejuvenecerse, se dice Erenia, aún cuando decae, aún entonces está mandando avisos de que va a sobreponerse, de que es invencible y autónomo.
Así que, quizá ya eso hubiese estado antes, quizá siempre, quizá voluptuoso como la maternidad, la procreación, algo tan vulgar y repetitivo como todo lo demás, como los gritos y las quejas de Sandra y Miriam, como ese hombre mezquino que camina descalzo por suelos de madera mientras una mujer de voz inhumana contesta al teléfono y dice que siempre está ocupado en menesteres precisamente vulgares. En cortarse las uñas, probablemente, o redactando innobles contratos, tratados o dios sabe qué.
Las niñas no están en sus habitaciones.
Entonces, qué sentido perpetuarse en ello si ya ha sido redescubierto, para qué entonces.
Y la hora, qué hora es. El sol está radiante, tanto que es imposible que sea más pronto de las doce, o la una. ¿Y las niñas? Demasiado radiante. El sol. ¿Y las niñas?
Erenia está sentada en el sofá. Contempla las palmas rojas de la mano, bullentes: la piel quemada.
Las niñas siempre le dicen que eso es propio de mentirosas. Pero qué van a saber ellas, unas niñas de diez y doce años. “Las mentirosas tienen las manos rojas”.
El caso es que las niñas no están en las habitaciones.
Esto, como todo, ya ha ocurrido otras veces. Es todo siempre lo mismo, con menudas variaciones. Una sucesión de actos que se repiten, y nada puede hacerse, más que someterse a ellos, y olvidarlos.
Suena el teléfono.
-Azul, mamá, no te olvides, azul.
Es sábado, las niñas estarán con la abuela. Es lo que suele ocurrir, los sábados.
Pero, de todas formas, se siente bien, más bien que antes, más bien que nunca (mejor que ese nunca que, obvio, no recuerda exactamente y, por tanto, supone un claro olvido, tanto más negligente que deliberado).
Se pone debajo de la ducha. Se frota el cuerpo con paciencia. Toca una y otra vez las costras, sacándolas con las uñas, notando el efervescente impedimento que la epidermis pone a ser violada, temiendo que vuelva a ocurrir, avisando de su poder idiota.
Buscar motivos a las cosas es algo vano, pura fatuidad. Erenia no piensa hacerlo. Está decidida a seguir, del modo que sea. Pero hacia delante, hacia algún otro punto. Ya está harta, se dice, y de repente, este pensamiento la turba. Qué ha ocurrido.
Probablemente nada.
Para qué entonces habría de preocuparse, se dice. Eso es propio de necios. Para qué preocuparse. Hay que actuar, de una vez por todas. Introducir un cambio.
Este pensamiento la hace feliz, si esto fuera posible, pues ya nota que las palabras ya no definen lo que nombran, pues lo que ella ha convenido enllamar feliz durante tantos años no ha sido sino otra cosa que la normalidad, lo razonable, la apariencia de lo que “debe ser”, y todo lo demás ha quedado oculto bajo el jersey, bajo la moqueta de mentiras y modestias, oculto bajo la piel roja y quemada de sus manos. Sí, quizá sus niñas tengan razón: puede que Erenia sea una mentirosa. Pero, a quién pudiera importarle; a ella no le importa, por tanto, es irrelevante lo demás, lo que otros pudieran decir, lo que otros han dicho.
Cuando una encuentra placer en algo, asÌ sea un Ìnfimo placer, de un modo inopinado lo busca con desenfreno, sin atender a causas o consecuencias. Tiene razón Erenia cuando piensa en que no va a ser algo nuevo, de acuerdo, pero al menos es algo, y algo siempre es mejor que nada. O quizá eso sea también parte de todo el engaño. Sí, tal vez…
Erenia elige ese traje de fiesta. Lo deja sobre el vestidor, y busca los zapatos y las medias, con femenina delectación pero también con premura. Hay que hacerlo ya, rápido, antes de que regresen las niñas. Ella ya lo había visto una vez, de pequeña, había ocurrido con una de sus tías, la hermana menor de su madre. Y aunque a ella le resultó algo magnífico: ver a su tía Lourdes, estirada sobre la moqueta, tan blanca, los labios tan bermellones y luego rosados y luego azules, a los demás les parecía lo mismo que a una niña: una inmodesta acción que obligaba a no reprimir esas lágrimas; al modo de ver de Erenia, insolentes. Las mismas con las que se jactaban Sandra y Miriam, las mismas lágrimas torpes infantiles, de inaceptación del placer, del dolor, de la vida, de la muerte. No veía Erenia diferencias entre todo ello, más que un punto que, obligatoriamente, debía volverse un punto final. Es lo único que se le permite elegir a una, asÌ que un momento es tan bueno como cualquier otro. Al fin y al cabo nada tiene ninguna importancia, la vida de las personas es tan destacable, detestable y/o insulsa como la vida de un mosquito, una oruga, una lagartija, un taciturno camaleón. Al final de todo, somos criaturas de un dios colérico, cobarde, que ni siquiera tiene la desfachatez de presentarse cuando se le reclama.
Que se vaya al diablo, con la noche -él-, ahí es donde debiera estar ese malnacido de la barba gris, del rostro obtuso, de la mirada espúrea. O mejor, con las sonrisas californianas, Ése es su sitio, en realidad: en el territorio de lo inane, sólo que nadie quiere darse cuenta. Erenia, sí, sí quiere darse cuenta, sí, por una vez, sí. Qué se vaya al diablo, son demasiados años a la espera de una palabra, de una sola. Ya son cuantiosos los momentos que conforman un solo punto del espacio. Habrá que hacer lugar para los otros, desearles suerte, -¡eah!-o tratarlos acaso con modestia, como ha sido siempre; tampoco es demasiado importante. Nada lo es.

Los brazos de Erenia aguardan sobre el pecho.
Está tendida sobre el colchón enorme, los ojos apretados.
Su demanda aún no ha sido satisfecha -¿estás ahí?, ¡eh, tú!- y Erenia comienza a coger un poco de frío -¿es cosa tuya, desgraciado?-, por eso se quita los zapatos y se cubre con una manta, una manta horrible, con tonos verdes y amarillentos, con flores que parecen anémonas, pegajosos fideos de mar, pues es así como vulgarmente se conocen las tentaculares anémonas.
Todo acto necesita de cierto despropósito, para ser natural. De eso avisan los años. Erenia también es consciente de esto. Sí. Esperar porque ese tajante final, fulminante, se presente de una vez, por ello hay que permitirle cierta demora, lo otro sería un trámite, igual que todo lo otro, y así, todo hubiera sido inútil.
Está bien, tómate tu tiempo, pero dáte prisa, sé vehemente, por favor.
Erenia se ha maquillado, ha peinado con paciencia el cabello, y se ha puesto el magnífico traje de gasa, reluciente impactante excelente. El típico traje que una niña se pondría para una primera cita. No te molestes, Sandra, ya sé que tú eres una mentirosa, como tu madre. Ya sé lo que va a ocurrir, y lo siento, pero no pasaré otra vez por eso. No. Lo siento.
Y todo es tan… como hace veinticuatro años. Tan igual.



Lo siento, Sandra, cariño, tu mamá ya lo sabe, y no, no, no está dispuesta a revivirlo. Habrás que descubrirlo por ti misma; todas lo hemos hecho…
En la traquea, el dolor de tanto trajín, de tanta cápsula, se hace evidente, incluso la saliva es una molestia, el aire también, el cuerpo que determina la necesidad de surtirse de oxígeno.
Lo siento, piensa Erenia. Esta vez seré yo más fuerte. Por una vez, por una sola vez, la cosa será de verdad, nada de intentos, nada de pruebas, esta vez será un punto final, categórico.
-Azul, mamá, acuérdate, azul.
Ah, sí, ahora lo recuerda, perfectamente: azul.
La pared de la traquea debe estar enrojecida, por el ingente tránsito. Quizá se haya excedido.
Por si acaso se tapa la nariz y trata de rescatar algo grato: las mañanas de domingo, el olor de la leña quemada…
-Azul…, mam…
Y a la vida le sucede un momento, y luego otro. Y éste borra el anterior; y todo lo otro, no importa. Nada importa. Y, por fin, ese silencio deliberado; esta vez, con justicia sí podrá decirse que ha sido deliberado: adieu!.