REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
20 | 06 | 2018
   
21-09-2011 
FLOR DE ASFALTO
Autor: Juan Luis Nutte
FLOR DE ASFALTO

Por Juan Luis Nutte

Estaba tan ensimismada que no reparó cuando tomé asiento en la hilera de butacas paralela a la suya. Ella adelante. Yo atrás. Como río, el pasillo nos separaba.
Extraño, incómodo para cualquiera, no para ella su estilo de ir sentada, tan erguida. Inquietante su modo de fijar la vista a la rectangular transparencia del parabrisas; miraba como si no supiera a dónde iba: ojos fijos, sin parpadear, sin perder detalle de la recta autopista, como memorizando el camino, como si estuviera perdida. Miraba, sólo eso.
Flotaba en el ambiente del autobús un perfume floral. A nardos quizá. Un aliento. Como si alguien lo emanara en espaciados y densos bostezos.
El aire que entraba por la escotilla y por algunas ventanillas del camión, erizaba su piel. Leves calosfríos movían sus hombros y una coloración en su mejilla derecha afloraba en graciosa coquetería. Allí, próxima, dispuesta a mi tacto, a la conversación, yo no podía apartar mis ojos de su mejilla cubierta con sutil vello aduraznado perceptible a contra luz; algunos mechones rebeldes escapaban a la opresión de la liga que sujetaba su coleta, y estos formaban bucles justo en el inicio de su nuca; su nariz pequeña, aquilina y apenas sonrojada de la punta, se fruncía dilatando sus aletas como olisqueando algo; minúsculo gesto: indeleble barniz infantil que raras mujeres conservan a pesar de la madurez. Y me provocaba un deseo sensual y tierno. Una gana de protegerla y poseerla. Toda ella emanaba una atracción pura y animal. No podía desentenderme de su fascinante plenitud. Su piel erizaba con el viento, veía los poros, los vellos de su mejilla, nuca y brazos levantarse unos contra otros.
Y el perfume floral espesaba más. Escudriñé entre los pasajeros, acaso alguien cargara con un ramo de flores. Nada.
Movía sus labios. Parecía rezar. ¿Cuál podría ser su plegaria? Quizá movía los labios por el aire frío. Sí. Ofrecía tan sólo su recta actitud, la suspensión de su pensamiento. Si pensaba en su tarea escolar, en el próximo programa musical, en los gastos de la casa, en su novio que tal vez la esperaba… lo hacía dulcemente. Estaba bien. Y yo, atrás de ella, viéndola, deseándola, anhelando con obstinación que no existiera un novio que la aguardara. No. Yo debía hablarle, hurgar en mí todo el valor y comprimirlo y tomarlo para decirle que era una mujer hermosa, que me gustaría conocerla; quizá luego, si ella así lo deseaba podríamos tomar un café en algún lugar; quería saber su nombre, pero más que eso, lo que me aceleraba el deseo y cierto sentimiento parecido al afecto, era que mientras más la veía y desesperaba por mi torpeza y cobardía, crecía en mí una emoción parecida al amor. Ya estaba decidido. Hablarle. ¿Con qué pretexto? Preguntarle directamente el nombre. Táctica adolescente. Ya quisiera el arrojo de un puberto. Pero si me rechaza, qué puedo perder. Mejor no arriesgarme a un desaire. Mejor no hablarle. Sólo contemplarla. Además ni se ha percatado de mí, no, mejor le hablo o le escribo una nota diciéndole que es guapa, que disculpe el tímido atrevimiento para iniciar contacto con ella. Quizá funcione. ¿Pero, si no? Ojalá que baje en el mismo lugar que yo, sí, debe bajar. Lo hará. Debe. Ahí le hablaré, podré acompañarla. ¿Y si tiene novio? Mejor lo hago ahora, debo intentarlo. Que voltee, me vea de reojo… veme, veme.
Resbala de sus manos, tal vez de su bolso, un pequeño frasco de cristal. Un perfume. Antes que la joven se percate me apresuro a recogerlo, ella presiente mi movimiento y voltea. Está sorprendida de verme inclinado y cerca de ella.
Se te calló esto… toma; le sonrío franco. Di el primer paso para romper el hielo.
Ah, disculpa; murmura medrosa, casi triste; sonrojada, me arrebata el frasquito y vuelve a su posición de antes.
Dado el primer contacto visual, me resta iniciar una conversación. Pero es tan esquiva. Coraza impenetrable el mutismo que manifiesta. Ella, su cuerpo, tan próximo, comenzó desde ese instante a ser muy lejano. No volvería a verla, y ella no volvería a verme, ni recordarme. Debía probar algo mejor. Yo estaba por llegar a mi destino. ¿Ambos bajaremos en el mismo sitio? Seguro. Es la última parada, luego el camión se va sin interrupción a su base terminal.
Pero de pronto todo cambió. Ella se había vuelto hacia mí. Vi sus ojos. Uno podía ahogarse en ellos. No fue un sentimiento de embeleso lo que se apoderó de mí. Fue un sentimiento de compasión. Pues aquellos ojos líquidos estaban perdidos en el mundo. La muchacha era sólo ojos. Y esto era comprensible porque la joven estaba dañada de la otra mitad del rostro, su mejilla izquierda arrugada, derretida a medias por una quemadura; la piel lucía roja y extravagantemente seductiva, detalle que pasé por alto cuando la descubrí al abordar el camión. Lívido y arruinado aquel rostro, debido a su admirable construcción, parecía más sano que cualquier otro. A mis ojos al menos. Qué me importa un rostro rosado y perfecto, si, debajo hay amargura, frialdad. Y en ella había demasiado dolor, no físico; había en su mirada algo, profundidad, un familiar enternecimiento. Y entonces deseé tomarla dulcemente en mis brazos. Y me quedé indeciso, mi mirada iba de la carretera a su rostro. “Ya no”, me pareció que dijo en voz baja, y a continuación me sonrió con una bondad que jamás había visto en ningún rostro de mujer. Me quedé unos minutos hipnotizado por los gestos lentos de esa mujer. Un estado de felicidad, mezcla de dulzura desamparada y ternura amorosa.
Vi por las ventanillas la oscuridad indecisa del fin del atardecer. Pronto llegaría a mi parada. La joven me espiaba, giraba a penas su rostro para fingir que veía hacia las ventanillas opuestas a su lado. Movía sus pies haciéndolos taconear contra el piso. Yo admiraba la ligera plenitud de su cuerpo. Sí. Arriesgarme. Marchar a su encuentro. Dejar paso a lo desconocido, a lo humano…
Y se levantó. Volteó a verme franca; me miraba, hurgaba signos de mala intensión, pero también parecía suplicar que yo no insistiera. Sí, esto pensé durante los segundos en que conectamos las miradas. Luego esbozamos una sonrisa. Pero la melancolía reapareció en ella.
Aquí bajo, pero quiero ir sola… no podremos, no puedo platicar; su voz era pastosa por el desánimo. Encogí los hombros, me levanté de un salto preparándome para bajar. Me acerqué a ella muy lentamente y la envolví en mí con perfectas precauciones; lo que acababa de decirme no me alejaría; el deseo subía de las profundidades de mi ser, de las profundidades del espíritu. Ya no se trataba del corazón o los sentidos.
Y el autobús disminuyó su marcha. Alto total. Se abrió la puerta. Sólo ella y yo nos ubicamos para descender. No sé por qué pensé que había más pasajeros, algún efecto chinesco de las sombras me engañó. La joven, antes de bajar, corrobora que estoy cerca, más de lo permitido en una situación así.
Un segundo. Tal vez tres. No sé. Una luz intensa. Una presencia. Una mole rugiente y luminosa se aproxima a un extremo de nosotros. Y quiero atajar a la joven. Apresarla. Pero se aleja, como si huyera de mí. Y otro camión la embiste. Quedó tirada en el pavimento, como muñeca de trapo, torcida, deshilada. Grité al conductor. Pegué en el camión. Exigí que parara, que no siguiera. Así lo hizo. Pero sólo para calcular el remate exacto. Pasó encima de ella. Y no pude pararlo. Y no logré retenerla. Tronó como hojarasca.
Durante algunos minutos quedamos a oscuras. La noche que nos rodeaba era mate, mate la carretera, las orillas del asfalto, los árboles. Y entre las sombras vi correr por la autopista, con ritmo estroboscópico, faros de automóviles. En ese abrir y cerrar la obscuridad vislumbré un manchón bajo el vientre de la chica, espeso como aceite. . . La veo y tiemblo. La examino y la rodeo. Piso algo que se tritura bajo mi suela; un intenso olor embalsama la noche mate que nos rodea.