REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
20 | 11 | 2017
   

EDITORIAL

año 18, núm. 192 2017

Érase una vez y colorín colorado

El cuento muy corto, el que los españoles suelen llamar microrrelato y nosotros minificción, tal vez por el acelerado ritmo de la vida moderna y de la sobrepoblación literaria, tiene un éxito formidable. De la novela-río hemos pasado a un esmerado cultivo del texto breve que se admira en impresos y en Internet. De muchas maneras podríamos decir que éste, en México, proviene principalmente de Julio Torri y Juan José Arreola. Pero tendríamos que meditar en otras fuentes para apreciar su grandeza, en las fábulas de Esopo, Samaniego y Lafontaine, en Gracián (que ponderaba lo sintético) o en presencias como Poe, Maupassant, Villiers, Schwob, Kafka, Quiroga y Borges y en la importancia del haikú en manos de Tablada, 1871-1945: "Los gansos. Por nada los gansos/ Tocan alarma/ En sus trompetas de barro."
Edmundo Valadés popularizó las brevedades y las hizo célebres a través de su revista El Cuento. No siempre eran pequeños relatos sino frases memorables extraídas de una novela o un ensayo. Como Borges, Valadés en México destacó ideas hermosas de autores afamados que muchos aceptamos como cuentos. Sin embargo, para la mayoría de quienes los leen y escriben, todo pareciera provenir de Monterroso. No sólo ello, han hecho de "El dinosaurio" una leyenda. Hasta politólogos, periodistas y académicos recurren a esta línea magistral y hacen toda clase de paráfrasis. Me atrevo a decir que Efraín Huerta fue quien dio principio a las tediosas variantes al escribir uno de sus poemínimos. "Cuando desperté, la putosauria todavía estaba allí." Cuando aparecieron estos versos juguetones, Octavio Paz le advirtió a su compañero de generación: Parecen chistes. La reacción no deja de acercarnos a un hecho confuso: no saber precisar qué es un microrrelato o minificción. En alguna medida es terreno pantanoso, del que ni siquiera los especialistas nos han salvado. Cada autor de brevedades, tiene su propia definición o su peculiar manera de redactarlos. Julio Torri y Juan José Arreola prepararon el sinuoso camino, donde prevalece lo fantástico.
En lo personal hago novelas extensas, como El reino vencido, El gran solitario de Palacio o Réquiem por un suicida, pero me siento mejor navegando en las delicadas aguas del texto de extensiones comprimidas. A diferencia de Rivera, Siqueiros y Orozco, prefiero los cuadros de caballete, sobre las inmensas obras de Wagner, con frecuencia opto por las piezas de Chopin o de Satie. Ante la novela-río, me sumerjo en Borges. Me gustan las cajitas musicales o las miniaturas laqueadas chinas. Con cuentos cortos comencé mi carrera literaria alrededor de 1959.
Pero es evidente que son otros escritores, y muy anteriores, los que motivaron esa larga fila de autores que en nuestro continente se han inclinado por redactar textos brevísimos. La fábula o apólogo son influencias fundamentales, estén en verso o en prosa. Jamás he dejado de lado a Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), quien tuvo el acierto de inventar lo que conocemos como greguería, una frase aguda, breve, paradójica y metafórica. Una especie de aforismo resuelto con sentido del humor. Su hermano, Julio Gómez de la Serna, en un prólogo al respecto precisa: "Ramón es para mí, en sus greguerías, como un ilusionista que va extrayendo de su mágico sombrero de copa una serie de cosas heterogéneas: palomas, banderas, conejos, pañuelos. "Es cierto. Ramón escribió cientos de textos cortos que llamó greguerías y que tuvieron en el mundo una enorme influencia. No pasemos por alto frases, aforismos y epigramas eficaces de Jules Renard, Bernard Shaw, Óscar Wilde y Alfonso Reyes quienes las llevaron a la práctica en distintas variantes juguetonas.
En mis años de formación, en la librería de viejo de Polo Duarte, nos reuníamos un grupo de jóvenes a escuchar el ingenio del narrador hispano Otaola. A este hombre de implacable sentido del humor, le escuché las primeras greguerías. Las decía de memoria, una tras otra; así me acerqué al mundo de Ramón Gómez de la Serna, quien según sus propias palabras, las cosas eran tan simples como las fórmulas matemáticas. Decía que la greguería era “Humor + metáfora = greguería”. Cito cuatro: "Monólogo significa: el mono que habla." "Los tornillos son clavos peinados de raya en medio." "Soda: agua con hipo.” “La morcilla es un chorizo lúgubre."
Hoy el cuento breve vive un éxito descomunal. En Internet van y vienen, hay páginas y blogs dedicados a ellos. La gente del mundo moderno no tiene efectivamente tanto tiempo para leer una novela-río. Prefiere lo que denominan minificciones, ficción mínima, microrrelatos, nanorrelatos o brevicuentos. Hace todavía unas cuatro décadas, no había un nombre específico para este tipo de textos literarios. Experto en relatos cortos, Lauro Zavala, recordó que me correspondió, en 1967, hacer una de las primeras antologías de minificciones nacionales, a la que titulé Antología del breve cuento mexicano. El criterio utilizado fue que ninguno excediera la página y media. Hoy lo medimos en caracteres y las precisiones sobre sus características siguen siendo discutidas.
Desde que comencé a escribir, sin duda bajo la influencia de los fantásticos mitos religioso-culturales como La Iliada y La Odisea, insuperables obras de Homero, y las historias bíblicas, he sido un obstinado narrador de brevedades. Como señalé antes, tuve asimismo la presencia de los fabulistas clásicos. La inmensa mayoría de mis relatos son de muy reducidas proporciones. Si he de llamarlos de alguna forma, me atrae minificciones, que en rigor no siempre lo son. A veces son reflexiones muy ceñidas o aforismos o frases que me gustaron. Los he escrito con pasión y entusiasmo. Ignoro cuántos lleve publicados, pero son cientos. Pocas veces rebaso las veinte líneas y procuro que tengan un sólido arranque, un desarrollo y un final sorpresivo. Menciono uno: "Los fantasmas y yo", publicado alrededor de 1973 en La desaparición de Hollywood, obra que obtuvo uno de los premios de la antes festejada Casa de las Américas en Cuba: "Siempre estuve acosado por el temor a los fantasmas, hasta que distraídamente pasé de una habitación a otra sin utilizar los medios comunes." Unos muchachos lo adaptaron a minivideo de diez segundos.
Fernando Valls, especialista de altos vuelos en este tema, precisa en el ensayo El microrrelato como género literario: “Hasta no hace muchos años buena parte de los estudiosos del microrrelato ha venido considerando que se trataba de un género distinto del cuento, cuyas características (narratividad, concisión, intensidad y brevedad) no diferían en esencia de las del relato… "Concluye señalando que se trata de un género independiente, con características propias y distintas al relato que conocemos desde que Poe escribe sobre el tema y produce algunos de los más valiosos textos breves. El microrrelato o minificción no es pues el hermano menor del cuento habitual, es algo más y con virtudes peculiares.
Lo que no deja de asombrarme es la lentitud del avance del cuento. Siglos después de Las mil y una noches, el relato adquiere las características que hoy le conocemos y obtiene su independencia principalmente con Poe y una lista de asombrosos narradores europeos tales como Merimé, Villiers, Maupassant, Schwob, Apollinaire, Wilde, Renard… En el siglo XX Kafka es el nombre clave seguido por el de Borges, quien lleva a cabo una inmensa revolución literaria que no acabamos de descifrar. El chileno Volodia Teitelbom se acerca en su libro Los dos Borges. De diferente manera, y con mayor celeridad, ahora el cuento breve se desarrolla y goza de un enorme prestigio en España, Argentina y México, por citar tres países solamente. Sólo guiado por la idea de sugerir más que de darle al lector textos largos, mis cuentos breves comenzaron a aparecer alrededor de los veinte años de edad y fueron incluidos en multitud de antologías y revistas especializadas. Las primeras fueron dos del argentino Rodolfo Alonso: El humor más negro que hay y Primera antología de la Ciencia-Ficción Latinoamericana, cuyo subtítulo es “La narrativa más joven de todo un continente”. Allí estaba yo en 1970 y 1974, respectivamente con historias mínimas. La lista de otras antologías de cuentos breves donde me incluyen es amplia y ahora la descubro en Internet.
Leo los brillantes textos que teorizan sobre el asunto y con todos tengo afinidades. Pero me correspondió escribir relatos pensando sólo en hacer literatura de la literatura, en ordenar a mi gusto el universo y hacer posible lo imposible. ¿Por qué no dejarles a los críticos literarios la difícil tarea de averiguar qué son? Los teóricos (de Dolores Koch a Fernando Valls, Lauro Zavala, Ana Calvo Revilla, Rosa Fernández Urtasun, Clara Obligado…) distinguen no sólo por el número de palabras sino por la forma en que están escritas las minificciones o microrrelatos. Hay quienes escriben frases ingeniosas, una broma, alguna gracejada, aforismos y listo. Pero en tal sentido, los cuentos brevísimos deben tener una historia y personajes, una trama. No es fácil, pero hay que intentarlo para que no sean solamente el resultado de una expresión eficaz. Añado que el periodismo en mi vida y su transición hacia valores modernos, reducidos por excelencia, me hizo, de manera natural, sumar literatura y diarismo. Lo que los norteamericanos, luego del éxito de Tom Wolfe y su obra Nuevo periodismo, han sabido mezclar exitosamente creando una nueva estética comunicacional, gobernada por la capacidad de síntesis y la buena prosa, si ingeniosa y aguda, mucho mejor. Ahora no sólo vemos al periodismo como ética, también como estética y si cambio de escenario y me instalo en la academia, los textos de ciencias sociales ya saben que su perdurabilidad aumenta cuando la prosa es literaria y sobre todo precisa, justa, rotunda. Al menos es mi caso cuando paso de un campo a otro, siempre quedo atrapado en el relato ficcional o proveniente de la realidad, preciso, casi ausente de imágenes, porque el texto es la misma metáfora.
No importa cuántas novelas haya escrito, son los libros de microrrelatos los que me indican el camino. Los pienso ante una escultura, oyendo a Tchaikovski, leyendo a Swift y los escribo para un destino azaroso. Son libros anticipados en la mente, no una suma de anécdotas escritas en ratos de distracción o de ocio.
Veo en los buenos autores de minificciones a personas inteligentes y sensibles, que hacen del lector otro creador.
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