REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 01 | 2018
   

De nuestra portada

La vida a cuchilladas


Herminio Martínez

Todo comenzó un día lunes. ¿Por qué las tempestades tienen que llegar en lunes? En un amanecer deshilachado, anunciando minutos, horas, nubes en el reloj del cielo, enrojecido silencio de mi estrella. Aquí tiene mi mano, caballero. Mi nombre es Luis Enrique, pero no soy “emo” ni ando con los “darketos”. Mi banda es la verdad que se maquilla con sus colores pálidos por sentirse muerta, ¡muerta! Sí, o acaso como una camisa abandonada. El pantalón, la gabardina huérfana, toda la piel del duelo para enfrentar la muerte. Fue una infancia de dudas; mi papá, muy enérgico. Trabajador, sin una ventanita diferente a la que él y mi mamá se andaban asomando. Cuando llegué, los dos ya me esperaban con un: “¡Te vas!”… “Yo no quisiera”… “¡Aquí no te queremos!”. Mis papás. “¡Ya no queremos que sigas con nosotros dándole mal ejemplo a tus hermanos! Has desobedecido”. Aparte de la tunda con la que su estilo de ser padre se desahogaba en mí, dejó salir su ruido; el mismo de los temblores en la voz, ronco y largo como los minutos de su cólera.
-¡Vete al diablo!
-De acuerdo… -titubeé.
-¡Vicioso!
-Nooo…
-¡Tú cállate, Lucía!
-Noooo.
Su palabra me hizo volar al cementerio adonde solía ir a jugar con los amigos. Ya a los doce y trece años, nos brincábamos la barda para meternos en las tumbas a sacar huesos y realizar alguna ceremonia en luna llena. De allí vino esta manía de la ropa negra y los mares de ganas de no seguir viviendo. “¡Noooo!”, fue el último lamento de aquella mujer que agonizaba: Lucila Ríos Bernal y yo para ella Luis Enrique, ¿qué más da?
Desde entonces, sólo en contadas ocasiones voy a visitarlos: cuando hay alguna fiesta familiar o, de plano, necesito aunque sea cincuenta pesos.
Ser gótico te da la oportunidad de parecerte a todo. Con ojeras y labios que te besó el murciélago nadie te desconoce. Sin embargo, cuidado con algunos: te miran y suponen que hay ligas invisibles entre su baba negra y tu alma; ocasión de pecado, ¡perros!; un demonio en la tarde, fugado de la Biblia, es lo que son algunos. Vivo con una amiga, pero a veces nos enojamos y es cuando mi corazón jala hacia donde mi mamá sueña conmigo. Las primeras cinco cicatrices tienen tres años, cuando dejé la casa; las otras me da pena mostrarlas, están aquí y allá: bajo el cabello púbico, los glúteos; son fechas de ansiedad, horas de angustia y miedo. Al principio uno piensa que por ahí se va a escapar todo este sufrimiento revuelto con la mugre; pero no, la vida se defiende, aferrada a cada latido de las venas, a cada susto donde nos brinca el corazón, fluye por las muñecas y los dedos, gotea en cada yema y cae como las hojas desprendidas de un árbol que se muere. ¿Ha sentido la lluvia cuando azota las puertas o esas enormes hojas de los plátanos? Bueno, pues más o menos es así, nada más que cálida, semejante a una lengua de vaca pasando por la carne. O una serpiente con las escamas tibias. Cuando te dicen que su sabor es agradable, no les crees; cómo, ni que fuera rellena de la que mi mamá compraba en el mercado; ésa sí, no este goteo rojizo, zarandeándose al ritmo del movimiento y de los pasos o de la mano que sube y baja por el aire que te rodea mientras tú te enfrentas al “último estirón que no ha acabado”, ese momento. Son ganas de morir. De irse temprano a la hora del crepúsculo o al alba. De emigrar de la Tierra. De no mirar atrás donde eres pasto y te pervierte el alma la fe de quienes se imaginan ser la luz, ser llama. Hipocresía. La vestimenta engaña; sea blanca o negra, es independiente de lo que llevas dentro. Si te maquillas para que las tinieblas radiquen en tus pómulos ¿qué importa? Nosotros somos voz, murmullo y luto permanente. Quizá nos llaman góticos por parecer un libro; una de esas novelas donde las catedrales esconden sus secretos. ¡Qué misterio es el hombre! Nosotros somos hombres, no aves de ese color en que la mala vibra se recrea.
Al menos así lo entendía yo. Pensé que ésta era la mejor manera de no quedarme más entre quienes a todas horas te ven desde su púlpito y echan sus amenazas contra todo lo tuyo: sea el cuerpo o el espíritu. Yo me quería morir. Estar sin nadie es no existir en nada. Diecisiete años no cumplidos y ya toda una criatura de la infamia, que también está hecha de pelos, babas, dientes ¡mejor fuera de pétalos! Alguna vez leí o lo escuché en mis lobregueces, que a los seres humanos las religiones y las ideologías los separan, pero los sueños y el sufrimiento los acercan, y es verdad. Tal vez por eso me identifiqué con otros. Nos conocimos en esta oscuridad de ojos y cuervos echando a volar el nombre de Édgar Alan Poe, borracho de tanto grito y tantas imágenes en las botellas del asombro. Supe del misticismo del vampiro en su ataúd de nácares; de la fe y los ideales de otros góticos. Supe de las parvadas donde se surte el aire de agujas y de fémures para sus cantos tristes. Se siente en la lechuza. Gime en el rechinido de las puertas. Hoy salgo sin temor con mis veintiún años a cuestas a torear la vida. La sangre, digamos, ya halló una delicia en mí: me gusta y yo le gusto; nos probamos una o dos veces cada mes. Ahora han de ser ya unas treinta o cuarenta rayas en cada uno de mis brazos, sin contar las de quienes te proveen cuando las tuyas no se han cerrado y aún duelen o corres el riesgo de una anemia. Es bueno tener a alguien que te apoye en esto; mi chica lo hace. Ah, porque al principio, sólo la que escuchas correr como un pequeño arroyo debajo de tu piel, te gusta; hasta que encuentras agradable la que los demás te proporcionan: el dedo amigo que te ofrece su primer rubí en noche bajo tormenta de relámpagos, en un puente perdido o cualquier jacalón adonde se van a dormir los jóvenes que, como tú o yo, dejaron el hogar, su historia, aquellos trajes, una olla de costumbres. Cuando mi padre me corrió ni siquiera me imaginaba cuál era el verdadero tamaño de esta pena. Recuerdo que vagué por la ciudad, a la manera de una alita, de un mosco. No sé si había fumado, pero probablemente sí. Es lo que siempre hacíamos a la orilla del Laja, al que nosotros le decíamos el Río Nilo.
-Por… ¡Ni lo huelas!
-Ni lo pronuncies.
-Ni lo bebas.
-Ni lo toques, porque te salen costras.
Las madrugadas se volvieron sábanas, agujas frías. Las noches techos. Hasta que el sol a golpes me despertaba para avisar que el hambre estaba allí, patas abiertas, esperándote. Algún perro corría detrás de tu alma, arrastrando la suya: fulgores destrozados: la mía y la de él, sin importarle al mundo.
-¡Te vas!
-Me voy…
-¡Ay, hijo!
-Mamá…
Los policías son unos desgraciados. Trogloditas con hormigueros en los párpados sólo para mirar lo que, según ellos, te llevas. Y van detrás de ti, a macanazos y pedradas, porque el partido, el presidente, la fundación, las damas, los empresarios que comulgan, los clubes, las monjas, no te quieren y debes de soportar esa canción amarga en la que tú eres el villano, únicamente porque naciste en un lugar y en un instante al que en no pocas ocasiones llamaste equivocados.
A los dieciocho conocí el amor. Estaba hecho de hierbas y el cosmos resplandecía en cada una de sus hojas; fue una de esas chavitas de las abandonadas en la esquina. Precisamente en ella aprendí a conocer el dulce aroma de la sangre. Me la daba los viernes; nada más me ponía su dedo entre mis labios, con la promesa de volver a hacerlo la próxima semana:
-Es para que no te debilites; tómala de mí, no lo hagas ya de ti, si no, vas a quedar como muestrario de cortador de trajes.
Nos quisimos un año; tal vez un poco más. El hecho es que aquella sangre suya tenía sabor a menta; era de anís y a veces de durazno; sangre de amar el mar de los amantes. A Tania le agradezco lo gótico. Un día me comentó:
-Nos invitaron a una fiesta. Unos que hablan de Dios y creen en los poderes de la eternidad en cada sombra.
-Vamos -le dije-. Al fin que de todos modos nuestro destino es una barca rota.
Puros vampiros. A cual más maquillado y anarquista, sedientos de beberse el uno al otro. Había unas jarras con agua que todos veíamos y nos servíamos como si fuera sangre roja, tanto como la capa en la que Drácula envolvió su última siesta. Allí aprendí que la oración es canto y que la más tétrica herida sana cuando le pones besos en su boca.
-¿Tu nombre? -les dije diez.
-Ahí ustedes escojan.
-Todos están hechos de ti -me respondieron.
-Soy un libro de cuentos.
Respondí y me llamaron solamente Carlos.
-Vete haciendo a la idea pálida y salitrosa de la muerte… -alguno declamó.
Ésta fue únicamente la primera puerta de todas las que hay que abrir para llegar al fondo; de la memoria o del olvido; al centro de toda la capacidad de resistencia en un océano de colores íntimos.
Al paso de los días nos fuimos entendiendo, haciéndonos imagen, oprimida mejilla en la negrura del entorno. Primero fue Humberto Eco, difícil para quien sólo alcanzó la secundaria. El nombre de la rosa me sujetó del ánimo; el más verde tobillo que a la amistad le queda. Vino Édgar Alan Poe con su mastín y el gato negro, Melville, cuentos de Dumas, Lovecraft, Hawthorne… Y también Víctor Hugo con su frase: “En los ojos del joven arde la llama, en los del viejo brilla la luz”. La lumbre era de sangre; la sangre era de luz.
Hoy leemos y rezamos. Creemos en la perplejidad que es el asombro y de Dios no manejamos definiciones tendenciosas.
Un día nos agarraron. La toma de posesión del nuevo alcalde nos obligó a su catecismo. Nos encerraron a los seis.
-¡No corran!
No corrimos.
Nuestra consigna es no poner la otra mejilla, mas tampoco permitir que te rompan un diente.
Estuve preso una semana. Cuando salí, Tania decidió irse a Uriangato, tal vez con el propósito de ayudar en el negocio familiar.
Yo sigo aquí, viviendo de mí y de quien me ofrece aunque sea diez gotas. A veces me impresiono de la necesidad. Las cantidades son mayores. Sólo una vez lo hice… De milagro la chica no murió. Por eso, nunca más. Sólo en los dedos, en las rodillas y también los codos cuando en los brazos ya no queda de donde succionar, pero en el cuello, nunca.