REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 06 | 2018
   

Confabulario

Bitácora de una navegación efímera


Ulises Paniagua

De pieles y misterios
8 de noviembre, tierra firme

La mulata con la que dormí anoche tuvo un sueño extraño, inquietante: imaginó que entre su piel y su carne habitaba una energía, una especie de aura espiritual que impedía al interior del cuerpo contaminarse con la vulgaridad del mundo exterior, pero que servía de enlace para comprenderlo y contactarlo.
¿Qué media entre la cáscara y un fruto, entre el estirar una mano y rozar un jazmín?, me pregunto, influenciado por la mulata ¿Qué es ese umbral que impide que las aguas de dos o más mundos se encuentren, para intercambiar sus olas?
Comprobé la imposibilidad de llegar al centro de las cosas; a la esencia, por ejemplo, de un buen soneto; o a la perfección de un paradigma armónico ejecutado por un hábil trovador.
El hombre ya debería haber comprendido la necedad de perseguir sombras, de afanarse en la búsqueda de espejismos. Nos es imposible conseguir el corazón de lo que existe. Nos está negado, eso es todo. Por ello a esta mujer sólo le es revelado en una forma onírica, como un simple atisbo, un asomo. Con la luz de esa energía no se puede iluminar fuera del ser ni dentro del mismo. La luz se origina y se conserva sólo en el intercambio, en el puente; como una araña se mantiene viva gracias a los recorridos que, de manera perpetua, realiza de un lado a otro de su tela.
Sin embargo, en un arrebato de rebeldía mística, un cuestionamiento me viene a la mente: ¿y si fuera posible, por sólo unos momentos, dejar la telaraña y escalar una pared, un tronco? ¿Qué sucedería con la luz contenida entre nuestra piel y nuestra ánima? ¿Se marcharía; permanecería en su sitio?...
Como acontece de manera regular, esta bitácora presenta más dudas que respuestas. Y en evidencia, las situaciones que planteo no deben convertirse en una obsesión, a riesgo de perder la cordura uno de estos días. Los sueños nunca deben destaparse. Se pueden interpretar, sospechar, narrar. Mas no se debe intentar una expedición a sus abismos. El costo de ello podría resultar demasiado alto.
Levar anclas
9 de noviembre.

Al fin dejamos tierra firme. Nos desprendemos de disertaciones, angustias, alegrías, borracheras: diversión fácil y frágil. Retornamos al misterio al que siempre hemos pertenecido, el océano.
En tierra firme, mientras levamos anclas, se van quedando las pieles abandonadas de aquellos que fuimos en un pretérito cercano.
A navegar de nuevo. A la caza de una nueva vida.

El Estrecho de los espejos
Mares remotos; dos meses después
.
En el Estrecho que cruzamos vigilantes, atascados en un tráfago de embarcaciones (que igual que nosotros buscan franquearse paso de un hemisferio a otro), los espejos lo envuelven todo.
Se cuenta entre los navegantes que dicha muralla de azogue, donde los barcos se multiplican por centenas -y que hace al capitán más experimentado reconsiderar el rumbo cada trescientas varas- es producto del trabajo paciente de un hierofante retirado. Según el chismorreo de las sirenas pérfidas; el solitario sacerdote construyó el muro de espejos para protegerse de un Dios soñante. Según dicta el rumor, el propio Zeus le dio vida al mago a través de una angustia nocturna; un sueño inquietante lleno de espantosas Furias. El hierofante, usando conjuros y sacrificios de carneros barbudos fungía, en el episodio onírico, como un escudo protector del dios ante seres tan terribles.
Pero algo salió mal, hubo una ruptura entre el mundo posible y la dimensión alterna; y cual si se quebrara una esfera de cristal delicado, el mundo real quedó tan cercano al sacerdote, que éste no pudo evitar la tentación de salir a probar fortuna. El hombre saltó; cruzó el umbral del sueño para convertirse en un animal de carne y hueso. Las Furias, por supuesto, intentaron alertar a Júpiter. Pero éste, primitivo y rústico, no dejaba de roncar de manera estruendosa. Nuestro personaje, por su parte, subió a una pequeña barcaza y remó durante siete meses, sin detenerse a dormir, comer o descansar -se trataba sólo de un ente imaginado- para alejarse de la venganza que la deidad pudiera ejercer en cuanto despertara. Una vez que llegó al punto donde los dos hemisferios de la Tierra se interceptan; ideó construir este pasadizo de reflejos que, si se mira a la distancia, parece apenas una simple continuación del oleaje. Alguien, asegura Fado, le comentó una vez al hierofante que de nada valía esconderse; que una vez que Júpiter abriera los ojos de nuevo, para emprender una nueva jornada, ni siquiera este muro de imágenes cristalinas podría garantizarle la vida. El anacoreta se limitó a asentir, mansamente, reconociendo la sabiduría del comentario; pero dejando entrever que esa posibilidad ya le había rondado la mente muchas veces, tan innúmeras como los barcos que se multiplicaban a nuestro silencioso paso por el Estrecho.
La leyenda, por supuesto, resulta fantasiosa y poco confiable en principio; pero la posibilidad de que aquel viejo nos esté mirando por la ligera hendidura de cualquier espejo, esperanzado en ocultarse hasta el día de su muerte natural, no deja de ser tan inquietante como la posibilidad de que el propio Júpiter, en el segundo menos pensado, deje de soñar al hechicero.

La fronda de los Narcisos
Selvas del Caribe; víspera de Semana Santa.

Estas tierras han sembrado en mí la congoja. Apenas descendimos para tomar posesión de la ribera a nombre de sus Altezas, fuimos atacados por una horda de indios que se desprendían de las ramas retorcidas de los árboles, o emergían desde el fondo de pequeños pozos encubiertos por discretas hojarascas.
Por lo imprevisto del asalto, mis hombres huyeron en desbandada, cubriendo de manera inútil sus cuerpos de las copiosas flechas que les atravesaron, inmisericordes, pulmones y corazón. Uno a uno miré caer a los expedicionarios, entre gritos de triunfo de los salvajes caribes.
En un acto instintivo, presintiendo mi muerte; decidí arrojarme desde lo alto de una peña sin saber qué me reservaba el fondo; pues pensé que menos dolorosa resultaba la caída que una larga agonía entre los dientes de aquellos antropófagos. Corrí con suerte. Al final del salto, las aguas de un lago silencioso y solitario me acogieron. Durante segundos que parecieron eternos, me sumergí en la oscuridad; para salir, por gracia del empuje de las aguas, tragando bocanadas desesperadas de aire; hasta mantenerme a flote y nadar hasta la orilla.
Allí, en un claro solitario, ajena a la vecindad de cualquier otro árbol de la selva, reposaba una fronda enorme, cercana a los novecientos codos de diámetro. A sus pies descansaba un manso arroyo, cristalino y transparente, al que se antojaba asomarse. Por supuesto, no pude resistir el impulso. En el reflejo que devolvía la corriente cristalina, surgió de pronto un fenómeno curioso: no pude reconocer mi rostro. Podía distinguir mi sombra, el aura oscura y medio colorida que me devolvía el espejo del agua, pero las facciones y mi expresión eran imprecisas.
Me asaltó el pánico. Comencé a manotear sobre la superficie. Ante mis golpeteos sobre el arroyo, mi imagen se decodificaba, se multiplicaba en una infinidad de figuras atemorizantes que eran yo y no lo eran al mismo tiempo. Por un momento comprendí que es así como nos sucede a diario; que no somos sino las sombras múltiples de un mismo ser que pretende agradar a los demás o controlarlos: unas veces verdugo; otras, monje. Yo no era un Almirante; sino muchos Almirantes que conformaban la imagen etérea de uno solo, a quien me era imposible acceder.
Me senté al pie de la fronda, exhausto pero desesperado. Los hombres que me regresaron a la embarcación, dijeron que yo no dejaba de gimotear, de ocultarme de la mirada imaginaria de mis muchas sombras. La tripulación llegó a pensar que había perdido la razón. Afortunadamente, el remedio misterioso y profano de un hechicero judío que llevábamos a bordo; en el que pude reconocer, molidos con un mortero rústico, la presencia del opio, el sabor del trébol y la frescura del eucalipto miope, permitieron que la crisis se detuviera en una tercia de horas. De esta manera yo -quiero decir mis múltiples yo- continuaron surcando un océano -o debo decir muchos océanos- de una realidad inmensa y desconcertante. Aunque a estas alturas, ya no me ocupo de pensar en eso.

Historia de caballerías
“Escribo, por tanto, acerca de lo que ni vi, ni comprobé,
ni supe por otros y, es más, acerca de lo que
no existe en absoluto ni tiene fundamento para existir.”
Luciano de Samosata

Las sorpresas que nos brindan los puertos son infinitas. Hoy, día veintitrés de abril; poco después de un año de viaje, sucedió un encuentro inesperado: justo con la puntualidad del mediodía, un trozo de mundo por demás extraño apareció ante nosotros; una isla de marcada firmeza, que bien podría confundirse con la boca de algún continente.
Reconocimos, sobre una loma retorcida, el porte y desafío de un caballero que destacaba por los fulgores del sol en su armadura. Montaba un poderoso corcel, al que dosificaba el coraje mediante sutiles llamamientos de brida. Se trataba -según apuntó un viejo que hace funciones de cartógrafo en nuestro barco-, del mismísimo Amadís de Gaula, de quien tanto se rumoraba en libros y folletines de Occidente.
Por un momento nos incomodamos ante la presencia del personaje; pero poco a poco, conforme arrimábamos el esqueleto de la embarcación a la peña; nos dimos cuenta de que el Amadís no parecía notarnos siquiera. Por el contrario, se concentraba en vigilar una hilera de casas que descansaban en el valle; un pequeño villorrio de tejos remendados, de paredes humedecidas por los contenidos de bacín que los habitantes acostumbraban arrojar por las estrechas ventanas.
En el pueblo, mientras la fragata rozaba los abrojos secos e indiscretos de un terraplén; emergió de entre lo oscuro de las casuchas un desfile de personajes que no nos llevó mucho tiempo reconocer. Bajo el dintel de una sencilla biblioteca, -que disimulaba una fachada barroca- el malévolo encantador de Arcalús presumía el libro más reciente de la saga caballeresca. Mientras tanto, Urganda la Desconocida, hechicera y protectora de Amadís y su familia, cuyas profecías afectan las acciones de los demás; disfrutaba, a mitad de una plaza desierta, danzar sobre una pira de leña húmeda. Por Oriente, apostados como fortalezas incólumes, dos rudos gigantes dormitaban en espera de un desafío. Hacia el Sur, justo hacia donde se presume el fin del globo terráqueo; una curiosa cámara que sube y baja mediante un mecanismo semejante a una viga lagar, causaba el asombro de Tirante el blanco y Palmerín de Oliva. En el Norte de la villa, melancólico y lleno de angustia, Tristán cantaba, acompañado por un laúd plañidero, la terrible pérdida de su amada Isolda, y los inmensos trabajos que le esperaban al intentar recuperarla.
Nuestro navío pasó de largo. En un adormecimiento casi onírico, como si una escena del Teatro de los sueños desfilara ante nuestros ojos, vimos desaparecer al Amadís y su villorrio, entre la confusión de una niebla espesa…
Pensé entonces en un frágil caballero, de flaco rocín y adarga antigua, contemplando la escena bajo la mirada de un Alonso Quijano lleno de asombro. Seguramente un poco más allá, en los umbrales de la creatividad y en la ineludible presencia de una mazmorra triste y salitrosa, el manco de Lepanto se daba a la tarea de crear mundos posibles; justo a la sombra de una presencia, quién sabe si funesta o benevolente, quién sabe si de Cide Hamete Benengeli o de alguna existencia aún más misteriosa que las anteriores, que no dejaba de escribirlo, mientras llenaba con la tinta de su apremio y concentración, cientos y cientos y cientos de páginas inmortales.

Extraños grifos pueblan los campos
Puerto Deseo, primer día de mayo del año en curso
Levamos anclas, sin sobresaltos. En este lugar no encontramos cosa que despertara interés o exigiera entendimiento. Quizás llamara la atención un par de columnillas de humo escapando inocentes desde las chozas, entre decenas de árboles y palmeras; o los repentinos vuelos de parvadas de pericos salvajes. Aparte de dichos detalles, una calma tediosa dominaba el sitio.
Sin embargo, como es sabido por los marinos experimentados, las apariencias engañan. Nuestra sorpresa fue mayor una vez que Bo-lum, un indio sociable que capturamos tras una segunda batalla en la fronda de los Narcisos, nos reveló que estos territorios gozan de una fama, bien merecida, de impredecibles. Las montañas que delimitan el horizonte, según cuenta el joven en un castellano atropellado e impreciso, mantienen sus cimas níveas y relucientes, entre el verdor y la humedad de las tierras, gracias a un macabro secreto. No debe uno confundirse, según cuenta el indígena: la materia que domina la cima de las montañas, que cualquier extranjero juraría es hielo; funda su existencia en el apilamiento espantoso de osarios humanos. El motivo: una raza de Grifos, que acostumbran raptar nativos para triturarlos a sus anchas, con poderosas zarpas de más de tres cuartas de longitud.
Aun cuando los pobladores escapan a los ataques de los Grifos; deben protegerse de los relampagueantes y sanguinarios asaltos de los caníbales de islas vecinas, sedientos de episodios de guerra y sacrificios humanos.
Según Bo-lum; esta tierra perece ante la violencia engendrada, de manera sigilosa, en el precario transcurrir de su Historia. Yo, por mi parte, no dejo de paralizarme ante la posibilidad de ser arrebatado de cubierta, en un ataque furtivo, por una de esas criaturas que asolan caseríos y campos. Aunque (tal vez) guardo en el fondo el deseo de ser llevado por las garras de un Grifo justiciero, quien a través de su vuelo breve pueda conducirme, durante un instante, al acercamiento de una independencia absoluta, implícita en el planear el cielo. Es una idea suicida, absurda; pero cercana a la libertad.

La Séptima Maravilla del mundo
A estribor, entre la niebla de un día gélido, el nuevo gaviero descubrió un hecho horrendo: una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo había desaparecido. Fue un golpe terrible, pues apenas tres semanas antes habíamos navegado, justo a las plantas del Coloso de Rodas, atemorizados ante la posibilidad de que la gigantesca estatua despertara de su letargo, para contemplarnos con la compasión con que los dioses miran a los perros.
El sentimiento de desolación aquella mañana en Rodas fue grande; pero hoy el desconcierto abrió paso a la alarma cuando, después de múltiples vistazos, tuvimos que aceptar que el Faro de Alejandría no estaba en su puesto; y que la niebla que cubría su vista no era otra cosa que un humo espeso provocado por el incendio de la Gran Biblioteca. Imaginamos, indignados, el derrumbe de la torre de mármol albo, de más de ciento diez yardas, destrozándose piedra a piedra contra el suelo rocoso, ante la mirada impotente de Tolomeo Filadelfo. Imaginamos la crueldad de las teas y el crepitar del fuego sobre los pergaminos llenos de conocimiento; el ataque de un pueblo ignorante y poderoso sobre una urbe humanista. Nunca se había exhibido tanta brutalidad e ignorancia en una rabieta bélica; de eso doy testimonio.
Impresionados, decidimos emprender un viaje por nuestra cuenta y riesgo. Dimos inicio a la visita de las otras cinco maravillas, sólo para comprobar que aún seguían allí, que se trataba de realidades físicas y no de quimeras insulsas. Fue así como cedimos ante el embeleso de las Pirámides de Gizeh en Egipto; admiramos la belleza y proporción del Templo de Diana en Éfeso y la Estatua del Júpiter Olímpico en la Grecia Antigua. Fuimos testigos de la macabra fascinación que el Mausoleo del Halicarnaso ejerce sobre los extranjeros; y del esplendor sin límites de unos Jardines Colgantes de Babilonia suspendidos en el Tiempo.
Una vez que nos cercioramos, más serenos, de que el resto de las maravillas permanecía en pie; volvimos el velamen, para retornar al baldío donde alguna vez se asentara la ciudad de Alejandría. En un acto simbólico y amoroso, asentamos sobre las cenizas un libro grueso y pesado; un tratado excelso de Aristóteles sobre Ética y Arte, in memoriam de lo perdido. Después, aún con los ojos llorosos y la ira reprimida, partimos de la Mar Pretérita en la que nos internamos al perder la ruta de nuestro astrolabio; y de esta manera, dejando atrás la bruma, regresamos a los mares cotidianos de los hombres, para continuar la travesía.