REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 01 | 2018
   

De nuestra portada

La fiesta brava, el Cristianismo y el Islam


Ares Demertzis

(i) LA INQUIETUD
Hace tiempo, al iniciar mi residencia en México, mi compadre Cuitláhuac Rangel Alcaraz dedicó un número substancial de domingos invitándome a acompañarlo a las corridas de toros celebradas en la Ciudad de México. Él deseaba introducirme a su mundo de aficionado a este singular espectáculo actual de la cultura hispana.
La Fiesta Brava también cautivó a Ernest Hemingway, este vigoroso escritor, amante de toda contienda, quien la llevó a la atención mundial. “Pápa”, como Hemingway gozó de ser llamado familiarmente, interpretó la corrida como una exhibición heroica y de valor, a pesar de que muy probablemente se originó como una ceremonia provocada por el miedo: el miedo del hombre prehistórico a las fuerzas inexplicables de la naturaleza que lo rodeaban, y de su propia esencia espantosamente agresiva; el miedo primitivo hacia una energía cósmica misteriosa, la cual intentaba apaciguar con sacrificios, así subordinándola con una hechicería superior. Creo que la tauromaquia, como los griegos antiguos nombraban a esta competencia entre hombre y toro, fue concebida para serenar la inseguridad de la sobrevivencia, la cual irritó el subconsciente del hombre mucho antes del Minotauro de Cnosos.
La tauromaquia se originó como un sacrificio religioso, una misa de la consolación, una ceremonia para aplacar fuerzas hostiles y agresivas; una afirmación de que lo anónimo desconocido podría ser sometido. El hombre arriesgó su vida, y en ocasiones la perdió, en un combate ritual diseñado para conseguir la magia necesaria para la continuación de su propia existencia.
Las excursiones dominicales con Cuitláhuac resultaron ser inquietantes para mí. Al estar sentado en la Plaza de Toros, siempre tuve la insistente impresión que no observaba un evento calculado simplemente para entretener -me sentía testigo de un acto religioso-; algo que los animados espectadores que me rodeaban parecían no considerar en su aprecio vocal de la ocasión.
Al iniciar una indagación referente al origen y el significado de la tauromaquia contemporánea encontré un silencio histórico; únicamente acerté el consenso universal: la Fiesta Brava comenzó en España. Por lo tanto no tuve alternativa que asumir yo mismo la tarea, como una obligación auto asignada, de determinar su origen. Esa labor incluyó lógicamente una investigación escrupulosa de la historia de la península ibérica. Lo qué hallé era inesperado y abrumador. Si quisiera ser generoso, señalaría los textos actuales como inexactos, aunque para fines de una explícita honestidad, tendría que confesar que los considero predominantemente falsos; una historia revisionista.
Soy griego por nacimiento, y por lo tanto bien versado en la conquista islámica del Oriente Medio y de los Balcanes. La invasión musulmana y la supresión subsecuente de las poblaciones derrotadas eran consideradas, incluso por historiadores de aquel entonces, como inusualmente crueles y despiadadas, a pesar de que estas conquistas colonizadoras ocurrieron durante un período calificado entre lo más implacable y brutal de la historia humana. La ofensiva islámica militar/política/religiosa se expandió con sorprendente vigor, surgiendo desde las tierras inhóspitas beduinas de la península arábiga para imponer el imperio del Califato a nivel mundial.
Estoy también informado referente a la usurpación imperialista de África del norte, el Magreb, y la península ibérica en el nombre de Alá, y al tanto de las exigencias del Corán, esa revelación asumida perfecta y final de Dios por los mahometanos; la hagiografía islámica de una ideología totalitaria que motivó, y continúa inspirando, el medieval ardor musulmán en un mundo moderno en donde el pluralismo, la libertad civil y religiosa y los derechos humanos son aceptados como conceptos inviolables.
Durante mi investigación en los orígenes de la corrida actual, sorprendentemente descubrí que los historiadores de moda, quizás en su afán de ser políticamente correctos, niegan la realidad áspera de la conquista musulmana y de su acompañante esclavitud de las culturas subyugadas; una realidad histórica indiscutible. Esta insistencia enfática y coordinada de unos catedráticos, periodistas y políticos para encubrir los hechos históricos me estremeció.

(ii) LA HISTORIA CALLADA
La conquista de la península ibérica por el Islam comenzó con la invasión de Gibraltar, Yebel Tarik, el 27 de abril del año 711, a manera de un colonialismo basado en la creencia y la propagación de una fe sanguinaria y sin piedad, excepto por un breve período de relativo sosiego con la gente avasallada. El 2 de enero del año 1492, se realizó la concluyente expulsión musulmana del al-Andaluz, acompañada por el “último suspiro del moro” mientras miraba hacia una Granada perdida. Casi ochocientos años de humillación, exterminios, masacres y esclavitud concluyeron con la reconquista. La triunfante recuperación cristiana, continuando el ejemplo trazado anteriormente por el Islam, no ofreció ningún amparo a los mahometanos remanentes en las tierras restituidas.
Los Españoles, temiendo el tradicional y religiosamente sancionado engañó islámico, la taquiyya, y el kitman, sospechaban que algunos de los musulmanes convertidos al catolicismo profesaban falsamente su nueva fe, y a estos los consignaban a sufrir una violencia nutrida por la soñada venganza reunida tras siglos de resentimiento. La inquisición y el auto-da-fe se consideran actualmente como el ejemplo más legendario de la intolerancia inherente en la reconquista española cristiana, aunque con el fin de ser escrupulosamente honestos, éstas nunca llegaron a igualar el terror y las masacres impuestos por los devotos del Islam a los usurpados.
El engaño musulmán temido por los Españoles es dividido en dos partes distintas: taquiyya y kitman; las dos son tácticas gemelas de disimulo impuestos por el Corán, con una diferencia sutil entre sí:
Taquiyya es un engaño deliberado, una mentira completa, plenamente aprobada en el Corán para la promulgación del Islam, o para prevenir la denigración del Islam, o para protegerse de un adversario no-musulmán.
Kittman se define como decir solamente una parte de la verdad, omitiendo la parte que podría ser considerada ofensiva, o aprovechada por los no-creyentes para criticar la “religión de la paz”.
Muchos historiadores modernos revelan con sus escritos poseer una agenda política/religiosa; una ideología que insisten en propagar a sus lectores. Son manipuladores de los hechos, cuyas fantaseadas conclusiones son desmentidas por evidencia irrefutable. Propagan el mito idílico de un al-Andaluz islámico como una sociedad tolerante y pacífica, coexistiendo serenamente en un orden social multi-cultural, y multi-religioso; indulgente y caritativo, produciendo una Edad de Oro similar al Renacimiento Italiano. La realidad es que ese al-Andaluz islámico no era ni tolerante ni pacífico, incluso durante su apogeo; era una sociedad cruel en donde la intolerancia y la discriminación de los musulmanes humillaron permanentemente al conquistado y despojado conocido como dhimmi.
Los dhimmi fueron sujetos a una segregación atroz, con represalias sin compasión. A cambio de sus vidas y permiso para practicar muy discretamente su religión, se les demandaba el pago de la Yizia, un tributo monetario a veces tan severo que estaban obligados a solventarlo con el llamado “impuesto de sangre”, la entrega de sus hijos e hijas menores.

El filósofo judío Marimondas (el rabino Moisés ben Maimón), conocido por los árabes como Rambam, quien es actualmente hoy día ostentado por los musulmanes como un ejemplo de un Islam multi-cultural, inclusivo y tolerante, tuvo que huir con su familia de al-Andaluz por la persecución intolerable de Islam. Sus propias palabras traicionan la ficción: “… los árabes nos han perseguido seriamente, con su legislación discriminatoria contra nosotros… nunca una nación nos ha molestado, degradado, rebajado y odiado tanto como ellos…”
Como ocurrió en todos los países conquistados por Islam, en el al-Andaluz también ocurrieron levantamientos para quitar el yugo colonialista impuesto por una perversa teocracia malévola y totalitaria, cuyas herramientas eran el miedo, la humillación y la intimidación. Todas estas insurrecciones fueron vencidas por ejecuciones masivas.
Cito algunas de las más reconocidas en el al-Ándaluz:
-Toledo, colonizado en 712, se rebeló en 713, 761, y consecutivamente del año 784 al 786. Otra vez en 797, 806, y del año 811al 819. Centenares fueron descabezados y/o crucificados de acuerdo con ley islámica.
-Zaragoza se rebeló del 781 al 881.
-Córdoba se rebeló en 805, seguido por tres días de incesante masacre de los cristianos.
En 818, crucificaron a 300 no-musulmanes y 20,000 fueron exiliados.
-Mérida se rebeló a partir del año 805 hasta el año 813. Otra vez en 828, 829, y 868.
-Granada se rebeló en 1066, 5.000 no-musulmanes fueron ejecutados. A partir de 1130 y hasta 1232 fue masacrada constantemente la población de los no-musulmanes, incluyendo a los judíos. Fueron convertidos forzosamente los cristianos y los judíos, como ocurrió con frecuencia durante la historia colonizadora sangrienta del Islam.
Los habitantes de una sociedad tolerante y compasiva no arriesgarían su bienestar levantándose en armas para liberarse de la libertad, exponiéndose a la bestial represalia del genocidio; la crucifixión y decapitación que ello implicaría. No. Eso no es probable si los conquistados vivían en paz y tranquilidad. Necesitamos cuestionar el actualmente aceptado, políticamente correcto y consentido cuento de hadas de la tolerancia y compasión inherente en Islam.
Bernard Lewis, Profesor Emérito de Estudios del Medio Oriente en la Universidad de Princeton, con especialidad en la historia del Islam y la interacción entre Islam y el Occidente subrayó:
“Es solamente muy recientemente que algunos defensores del Islam han comenzado a afirmar que su sociedad en el pasado consentían a los no-musulmanes un estatus igualitario. Ningún representante del Islam renaciente hace esta afirmación, y no hay históricamente ninguna duda que están en lo correcto. Las sociedades islámicas tradicionales ni acordaban tal igualdad ni fingían que hacían tal. De hecho, en el viejo orden, esto habría sido visto no como un mérito sino como un abandono del deber. ¿Cómo podría uno acordar el mismo tratamiento a los que siguen la fe verdadera y a los que voluntariamente la rechazan? Esto sería una teológica, así como una lógica, absurda”.

(iii) LA FIESTA BRAVA
En el al-Andaluz, después de ocho siglos de la subyugación obligatoria impuesta a los infieles según el mandamiento inexorable del Corán divino, los musulmanes finalmente fueron expulsados, su Yihad por lo pronto terminado, y los Dhimmi emancipados. El catolicismo prevaleció, y las mudas campanas de las iglesias volvieron a tocar, llamando de nuevo al cristiano fiel.
Considero históricamente significativo el hecho que la tauromaquia prosperó repentinamente a través de la península ibérica al concluir la derrota de Islam en Granada en el año 1492. Postulo que sería improbable considerar este surgimiento inesperado de la corrida en esta precisa fecha como pura coincidencia. No creo que es una sugerencia descuidada proponer que lo que había sido un deporte rural, la caza de toros a caballo por los aristócratas españoles medievales, se hubiese transformado por los cristianos liberados en una celebración que afirmaba el derribo de la fuerza bruta que los tenía sometidos. Los moros, la bestia oscura, fueron vencidos.
Someto la siguiente polémica teoría: la Fiesta Brava tiene, desde su inicio, implicaciones religiosas en un simbólico encuentro bélico entre la Cristiandad y el Islam. Creo que las doctrinas de subyugación y humillación, obligatorias en todas las conquistas islámicas, fueron incorporadas a propósito como dos características indispensables e imprescindibles en la corrida como componentes fundamentales de la misa celebrada en el ruedo.
Postulo la existencia de procedimientos religiosos/históricos en la Fiesta Brava que tienen una relación directa e irrefutable en la confrontación del Islam con el cristianismo. Propongo que la Fiesta Brava es, en efecto, una alegoría cuyo significado va más allá de lo inmediatamente observable.
La Fiesta Brava es un acontecimiento que se realiza en un círculo sacrificial de arena dividido en tres. Su desarrollo contiene elementos altamente litúrgicos, conformado por tres partes distintas, conocidas como Tercios; tres eventos conduciendo a los participantes en una progresión ceremonial hacia su culminación en un sacrificio de sangre. Los participantes en cada tercio son tres: el Matador, el Banderillero y el Picador. El Matador desafía a tres toros. Tres Banderilleros tres veces insertan sus Banderillas. Los Picadores administran tres perforaciones al toro con sus lanzas. Tres. Un número cabalístico. Repetitivo. Tres. ¿Puede ser que el significado de esta competencia tenga alguna insinuación en relación a la trinidad cristiana?
Un eco de lamento emana desde una trompeta, el Clarín, y da inicio a la presentación; éste es el primer acto, el Tercio de Varas. El toro carga con furia desde la sombra tenebrosa que lo envuelve a la luz del sol brillante que ilumina la arena. Esta puerta, el Toril, es también conocida como “La Puerta del Miedo”, el miedo bestial sembrado por islam a los conquistados. El toro carga amenazantemente en una exhibición insolente de beligerancia desde la oscuridad hacia la luz, desde su mundo de sombra lúgubre a la iluminación. Los cuernos intimidantes de la bestia exhiben una luna creciente soberana -inequívocamente el símbolo explícito del Islam.
Esperando con confianza para enfrentarse al prieto adversario, el moro transfigurado, en lo que será una precisamente coreografiada danza con la muerte está el Matador/Torero, vestido impecablemente en lo que podría interpretarse como vestimenta religiosa. El Matador brinca y salta en una exhibición ostentosa, aunque simultáneamente solemne, manifestando su seguridad, cubierto en lentejuelas que arrojan centellas radiantes de luz. Este Traje de Luces que deslumbra con su resplandeciente brillantez todo a su alrededor está además bordado con hilo de oro. En la actualidad, durante sus ceremonias eclesiásticas solemnes, los sacerdotes cristianos ortodoxos exhiben una vestimenta similar.
Inicia el primer acto con “el engaño”. El matador cita a su contrincante utilizando un capote ancho, de color purpura y oro, colores relacionados con la iglesia Católica, en un gesto arrebatador llamado significativamente “Verónica”. El Matador/Torero inicia el Sacramentum pasando el capote sobre la cabeza del toro; el condenado a sufrir la última agonía en esta tarde.
El Tercio de Banderillas, el segundo acto, concierne a la convención formal milenaria, posiblemente prehistórica, de preparar a una víctima para el sacrificio.
Entran al ruedo los Picadores a caballo. Empujan sus lanzas tres veces en los tendones del cuello del toro para debilitar los músculos del cuello, obligándolo a bajar la cabeza en deshonra y sumisión durante el acto final, y asimismo facilitando la incisión mortal de la hoja de acero en la llamada “Hora de la Verdad”.
Subsecuentemente, el toro es adornado con coloridas banderillas, cuyas espinas agudas de metal penetran la carne, secretando corrientes líquidas oscuras de carmesí en imitación de la corona que perforó la cabeza del rey de los judíos. El que será sacrificado en este día debe ser adornado apropiadamente y sufrir indignaciones similares.
En el tercer y último acto, la Faena, también conocida como el Tercio de Muleta, el engañoso capote grande es substituido por un paño rojo pequeño, igual de tramposo, con el cual se inicia el calculado proceso de exigir una ignominia implacable. Este Tercio es el más anticipado, escrupulosamente examinado y discutido por los aficionados. Uno podría, sin ambigüedad, concluir que es el tercio más notable, más significativo, de la corrida. Su tema central es la humillación, concluyendo con la destrucción de la bestia.
Humillación. ¿Por qué humillación? En la historia milenaria del sacrificio, nunca se humilla la ofrenda que va a ser sacrificada; ningún dios aceptaría un homenaje degradado, sería considerado una ofensa.
Propongo que la respuesta reside en una represalia por la vergüenza centenaria sufrida por los derrotados españoles a manos de los musulmanes como parte inherente del dogma religioso establecido en el Corán. Asumo que como consecuencia de esas tribulaciones, los infieles que sufrieron la depravación islámica consideraron que era insuficiente utilizar como un instrumento de venganza la simple destrucción de la bestia oscura; existía un imperativo para despreciar y gozar de su desgracia.
El Matador/Torero incita a la bestia incesantemente, provocando su deshonra y obligándolo a que baje la cabeza en sumisión, como estaban obligados los conquistados ante los musulmanes. El Matador/Torero insiste que los cuernos de luna creciente del Islam sigan sus demandas caprichosas, el hocico del toro ignominiosamente raspando la arena en apretados círculos confusos.
Es preciso citar aquí las obligaciones y demandas divinas del Corán:
Sura IX 29: “La Yizya será quitado de ellos con vileza y humillación. El Dhimmi tendrá que llegar en persona, caminando, no montado. Cuando paga, debe estar parado, mientras el que recibe su tributo se mantiene sentado. El musulmán agarrara al Dhimmi por el cuello, y zarandeándolo, demandará “¡Paga la Yizya!” Y al pagar, recibirá golpes en el cuello”.
El Corán 9:29: “Lucha contra todos los que no creen en Alá, en el Último Día, quienes no consideran prohibido lo que Alá ha prohibido… y los que no profesan la verdadera religión. Haz guerra contra ellos hasta que paguen la Yizya con sumisión, y que se consideren resignados, en el reconocimiento de la superioridad musulmana, y que estén en un estado sometido”.
La humillación durante La Fiesta Brava está acompañada por los gritos exaltados y triunfantes de los fieles apasionados.
“¡Olé! ¡Olé!” Ésta es una expresión de júbilo sin asociación conocida.
¿Sera irrazonable considerar que esta exclamación hace siglos fue: ¡Alá! ¡Alá!?
El vocabulario hispano actual contiene muchas palabras árabes que se han integrado y han sido deformadas, entre ellas la expresión “¡ojala!” cuyo origen se considera ser una súplica, una imploración a la deidad islámica: “¡O, Alá!”
Hoy día, cuando el Matador/Torero cita al toro, lo llama con las palabras “¡Ála, Éy!” ¿Será inadmisible imaginar que en tiempos pasados era “¡Alá, Éy!”?
Si el Matador/Torero es particularmente diestro en su humillación de la bestia conquistada, su recompensa, en imitación de la práctica musulmana hacia los infieles sometidos, es el derecho de desfigurar al animal; amputando las orejas, el rabo, o ambos.
Sura 5:033: “El castigo para los que hacen guerra contra Alá y su Mensajero, e intentan corromper es ser matados o crucificados, o tener sus manos y pies cortados por los lados alternos de sus cuerpos”.
Corán 9:29: “Lanzaré miedo en los corazones de los infieles. Entonces golpeé violentamente los cuellos y daré el golpe violento a cada dedo”.
Corán 7:124: “El castigo es… el corte de manos y de pies de lados opuestos”.
Durante toda la corrida, el Matador/Torero parece una figura diminuta en el ruedo, tenazmente resuelto a sobrevivir y conquistar en un ambiente hostil, con astucia, venciendo con el engaño. Desconcertado por su inhabilidad de aislar al hombre detrás del paño insubstancial como una figura distinta, el bruto formidable sucumbe dócilmente a su aniquilación. El hombre ha desorientado la furia de una bestia indomable. Ha convertido en impotente a su adversario con un pedazo de tela apropiadamente llamado “el engaño”. El engaño, medio necesario e indispensable tanto para la conquista como para la supervivencia.
Sahih Bukhari, Volumen 4, libro 52, número 269: Narrado de 'Abdullah de Jabir: “El profeta dijo, la guerra es engaño”.
Sira 367: “Kab bin al Ashraf insultó al Apóstol de Dios. Mahoma preguntó ¿quién matará a Ibnul-Ashraf? Mahoma bin Maslama, el hermano de Ibnul-Ashraf dijo Yo lo mataré, ¡oh! Apóstol de dios. Mahoma dijo -hazlo si puedes. Mahoma bin Maslama dijo, ¡oh! Apóstol de dios, tendremos que mentir, y el Profeta contesto -está permitido que mienta”.
El hombre destruye la fuerza bruta a través de la astucia; aprovechando el propósito islámico del engaño: Taquiyya y Kitman.
Esta faena concluyente termina con una manifestación simbólica e insolente de supremacía: el Matador/Torero convoca al toro con su rostro virado, en una confianza sublime de su incipiente victoria; el “Pase de Desprecio”. La corrida logra su clímax cuando el Matador/Torero, en una exaltación final, se lanza por encima de la luna creciente del toro, sin ser lesionado, para conferir la estocada fatal al Islam; La Hora de la Verdad.
En conclusión, los orígenes históricos/simbólicos de este combate han sido sublimados por el paso del tiempo; la Fiesta Brava continúa un olvidado llamado masivo a millones de personas que desconocen en forma cognitiva que sus pasiones han sido metafóricamente despertadas debajo de un umbral de percepción inconsciente.