REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 01 | 2018
   

Letras, libros y revistas

Fábulas e historias de estrategas. Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2017


José Luis Velarde

Fábulas e historias de estrategas, obra de Renato Tinajero, transcurre entre escaques, incertidumbre y el azar liberado tras el primer movimiento del peón blanco. Peón a cuatro rey es posición de campo, hito primigenio donde la suerte se describe o se descubre contradictoria. Es “pulgar inesperado sobre el lomo de la pulga”, tanto como “lógica sumaria” o “exacta catástrofe de aviones”. El poeta, fabula, afila y expone las armas narrativas. Los recursos con los que perfila metáforas destinadas a destacar sobre los espacios cuadriculados y llano campo de combate. La suerte se alza como primer manifiesto conforme el poeta la cuenta y la desvela para multiplicar las opciones de los versos, tal como lo hiciera aquella vieja historia del astuto Sissa, inventor del ajedrez, quien pide como recompensa al rey Sheram, un grano de trigo en el primer cuadro, dos en el segundo, hasta convencer al monarca de que no bastarán las cosechas del reino para satisfacer tan singular demanda.
Un peón, un trazo, una circunstancia feliz o el primer anuncio de la derrota plantan la frontera inicial. Los límites que se expanden hasta volverse ilimitados en este juego indio, babilónico o chino, quizá himalayo por las alturas implícitas en las partidas pletóricas de abismos.
Hoy inicias y mañana secundas.
Poeta a cuatro rey inicia la partida.
Peón causa y consecuencia de cada movimiento.
Nota musical rompe silencio.
Peón, palabra aguda, peón de profundidades íntimas, humanidad que sobresale y se contrasta en el guerrero oscuro al marcar defensa y emprender ataques. Un ser, todos somos, expuesto al sacrificio como condicionante de la batalla apenas emprendida. Peón, al frente, es más que una palabra aguda, al acentuarse en el luchador exhibido ante miradas rivales. Sereno como si fuera más que simple monosílabo. Faz de triunfador, peón avanza.
Los adjetivos como sesgo alfil, imposible no recordar a Borges, esconden armas y disfraces. Quien no sigue líneas rectas extiende las formas donde suelen ocultarse los poemas. Un alfil persigue a un homónimo. El escritor sabe que van sobre líneas paralelas, pero los enemigos no dejan de pronunciar maldiciones y amenazas en cualquier diagonal donde supongan encontrarse. Desatan líneas de esdrújula apariencia bajo la mirada atenta del poeta, quien reflexiona equilibrios y sugiere distanciarse de intimidaciones y lecturas falsas conforme despliega ejércitos y estilo. Transforma la partida en un espejismo. Reflejo donde los enemigos miden cada paso y repiten rituales atestiguados por buitres. Cada rey es un peón al descubrirse solitario y cada figura es lo que sueña ser mientras dura la batalla. Surgen voluntades íntimas en los ejércitos desplegados en la memoria y la música de la partida va del pianísimo a notas delirantes de contrapuntos exactos.
Trepida la mesa y el corazón se agita. Resuenan espadas. Los espejos suelen ofrecer los enfrentamientos más fieros en la partida siempre dispuesta a jugarse consigo misma y el lector se topa con la muerte fastidiada de tanto repetirse.
El poema ya es un campo de batalla.
El poema refleja la naturaleza del juego. Esa suerte de saberse poderoso cuando se cree saberlo todo de tantas noticias repetidas hasta volverse contradictorias. Afirmaciones de singular mentira. Mentiras de certeza irrebatible. Al fin y al cabo los combates suelen ocurrir en paisajes remotos ubicados en cualquier confín del mundo. Increíbles hasta que una flecha de adjetivo temible se inserta tan próxima como para conjurar un enroque de palidez donde se pretende disimular el miedo. Algunos preparan mortajas por si los jaques de origen sombrío y mates fulminantes.
Tanta fragilidad espanta.
¿Es nuestro tablero más firme y los enemigos más o menos etéreos?
¿Enviamos peones a la lucha hasta que no queda otro remedio que incorporarnos al tablero de estabilidad en deterioro?
¿Son los peones Godots de inusitada espera en mundos de Beckett y cartón piedra extendidos alrededor de cada sueño?
¿Acaso siempre esperamos lo que el destino niega?
Renato aproxima las piezas talladas en mármol, ónix, madera y huesos insepultos. Habla de esperas. Narra la historia de los nombres y la humanidad resurge en cada uno de los miedos disimulados en la falsa seguridad de lo que somos o suponemos ser. Un peón avanza al frente. Es otro, pero poco se distingue de los predecesores. La casilla elegida es proscenio del teatro inserto en cada corazón que atestigua los avatares de la partida. El peón expone y confronta símbolos, mientras el poeta cuestiona la existencia al reiterar la futilidad de cada gesto considerado eterno.
El peón, el poeta, el insurrecto, el narrador, agitan la criba, el equilibrio se desgaja y las piezas cruzan límites antes imposibles. Los espectadores somos peones y, entre todos, se conjunta la aristocracia poderosa de alfiles, caballos, torres y monarcas. Cada quien es lo que puede, lo que sueña, o lo que lo dejan ser, mientras se adentra en la batalla donde de tiempo en tiempo se alebresta algún peón desorbitado. Ingmar Berman lo supo cuando dirigió El séptimo sello, su propia escritura del ajedrez como duelo donde se apuestan almas con la muerte, mientras dios permanece en silencio.
Un alfil blanco en línea descendente, enfermo de huida y embates punzantes nota la ausencia del enemigo mientras, muy cerca, su rival idéntico, excepto por el uniforme sombrío, sueña ser madera, tonel, péndulo y aserrín devastado por el tiempo que lo convierte en bufón quizá más asesino.
Turno de caballos, párrafos de cascos agudos, naipes de aspecto angelical. Hablan herraduras lenguajes de marcha zigzag y enfoque múltiple. Caballería de crines blancas y retos esparcidos por la cuadrícula. Renato calcula. Sopesa como buen ajedrecista los riesgos del lenguaje. Desencadena otra cabalgadura desde el adjetivo más oscuro. El lector se hunde en profundidades de íntimo espanto. Trote de fuga mientras las palabras, las espadas, hieren las patas que buscan alturas de refugios más fuertes. Entran las torres al combate, siempre después de los otros, fortalezas de movimientos previsibles. Fuerza brutal en las victorias y derrumbes cruentos como duele empedernida una “muela del juicio en la boca de la noche”.
Dama Blanca respira triunfo, es un sueño colectivo de grandeza, es la esperanza de cada ser humano que busca auxilio celestial en toda luna, mientras la figura de palidez maltrecha se pregunta si ganar es sólo asunto ventajista. ¿Quién pega primero pega dos veces?, se pregunta. En verdad no sé si lo dijo, pero puedo suponerlo. Más allá Dama Negra musita el descanse en paz de su reino sometido en sucesión de jaques, donde nuestra propia existencia se derrumba, porque ninguna partida es eterna, pero bien sabe Rey Negro que el ajedrez sobrevive, porque el universo entrevisto por Renato Tinajero, es marea incansable, donde los símbolos se reajustan conforme los jugadores enfrentan destinos siempre aleatorios como la misma condición humana.
Fábulas e historias de estrategas, provoca reflexiones surgidas del azar ajedrecístico expuesto con lenguaje certero de traducciones múltiples. Es peón blanco a 4 rey pronunciado por una voz nueva en las letras mexicanas.
Fábulas e historias de estrategas es libro publicado por el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, el Instituto Cultural de Aguascalientes y el Fondo de Cultura Económica; para avalar el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes obtenido por Renato Tinajero en 2017.
¡Mil felicitaciones!