REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 11 | 2017
   

De nuestra portada

El 68 explicado a los jóvenes Quinta parte


Gilberto Guevara Niebla

El sistema, a la ofensiva
Había expuesto a mis alumnos, con grandes trazos, el inicio del conflicto, marcado por la violencia policiaca, la (torpe y absurda) entrada en escena del ejército y la digna respuesta del rector de la UNAM, que encabezó una gran manifestación en el sur de la ciudad de México. Me pidieron que continuara.
–Los medios, dije, habían construido la imagen de un conflicto entre el gobierno y un puñado de comunistas o alborotadores, pero la manifestación del rector modificó rápidamente este cuadro: en realidad, se había atropellado la autonomía de la Universidad y la acción militar destruyó brutalmente el estado de derecho de México. El rector tenía razón, pero estaba desafiando al sistema político en su conjunto. La respuesta vino, directamente, del presidente de la República, Gustavo Díaz Ordaz, quién tomó la palabra desde Jalisco (donde se encontraba). El discurso de GDO fue una pieza maestra de oratoria que reunió –cosa usual en él– demagogia, solemnidad y cursilería pero que proyectó, diáfanamente, la furia delirante que se había apoderado del señor presidente por el desafío del rector y los universitarios. Pero fue también una maniobra política astuta para convocar a todas las fuerzas del sistema en torno a su persona y aplastar a la minoría disidente. “No quiero decir, dijo, que a nadie le han dolido más que a mí, porque nunca he pretendido ser el primero en nada, ni significarme frente a todos quienes son mis iguales, pero estoy entre los mexicanos a quienes más les haya herido y lacerado la pérdida transitoria de la tranquilidad en la capital de nuestro país, por algaradas en el fondo sin importancia. A mí me ha dolido en lo más intenso del alma que se hayan suscitado esos deplorables y bochornosos acontecimientos. Muchas cosas nos unen a los mexicanos, muchas y muy importantes; muy pocas nos separan. Cuando asome la discordia entre nosotros, acordémonos de lo que nos une, olvidémonos de lo que nos separa. Con la sangre y la vida de nuestros héroes, con el sacrificio abnegado de millones de mexicanos, a través de los años, hemos ido construyendo esta patria que tiene muchos y lacerantes problemas, muchas escaseces, pero que es nuestra patria y que, además, es dulce y acogedora, que ha sido nuestra cuna, que es nuestro hogar y será nuestra tumba. ¿No vale la pena que todo eso que con tanto esfuerzo, con tantas vidas, con tantos sacrificios hemos logrado reunir como acervo valioso para dejarlo a nuestros hijos y nuestros nietos, no vale la pena que lo defendamos y lo cuidemos? Una mano está tendida, la de un hombre que a través de la pequeña historia de su vida ha demostrado que sabe ser leal. Los mexicanos dirán si esa mano se queda tendida en el aire o bien esa mano, de acuerdo con la tradición del mexicano, con la verdadera tradición del verdadero, del genuino, del auténtico mexicano, se ve acompañada por millones de manos que, entre todos, quieren reestablecer la paz y la tranquilidad de las conciencias”.
–Al decir que extendía su mano, estaba invitando a dialogar a los universitarios. ¿No es cierto?
–No lo creo. Hay que analizarlo pues no usó un lenguaje llano, sino una retórica tortuosa, indirecta, pero, si observan bien, el discurso no invitaba a dialogar a los descontentos, sino que, por el contrario, criticaba los desórdenes (“los deplorables y bochornosos acontecimientos” que “a nadie le han dolido más que a mí” y que le dolieron en “lo más intenso del alma”) y, dado que ponían en peligro a la patria, llamaba, no a todos los mexicanos, sino sólo a los “verdaderos, genuinos, auténticos mexicanos”. Fue una trampa discursiva muy bien armada porque todos los mexicanos nos sentimos verdaderos, genuinos y auténticos, o sea que todos estábamos obligados a acudir a su llamado. Pero los universitarios no podían hacerlo por el simple hecho de que, al hacerlo, incurrirían en una incongruencia. Si te golpean, no puedes postrarte ante quien te golpea sin perder tu dignidad. Por otro lado, la ocupación militar de la preparatoria fue una violación a la autonomía y una ofensa a los universitarios. ¿Deberían los universitarios ahora atender al llamado presidencial que significaba un gesto incondicional de sometimiento? En realidad, lo que estaba en peligro no era “la patria” sino el sistema autoritario PRI-Gobierno. Estaba en peligro la unidad nacional como la entendía el PRI. Ante la emergencia de una discrepancia (manifiesta en la manifestación del rector), la solución del presidente fue pedir a los discrepantes que renunciaran a su opinión y en silencio se inclinaran ante él. Esta petición no podía tener eco en la UNAM por su autonomía, por su historia de libertad interna que contrastaba con el entorno autoritario. La Universidad nunca se humillaría ante la autoridad presidencial. Sin embargo, la fuerza retórica del discurso, y la proyección amplísima que tuvo fueron un reconocimiento tácito de la gravedad de la situación política que había surgido. Díaz Ordaz percibió que la protesta que se estaba gestando impactaba contra el principio de autoridad, la clave del régimen autoritario PRI-Gobierno. Al advertirlo, decidió usar todas sus cartas políticas en una jugada y el efecto que tuvo su discurso fue enorme. En el mismo acto en que lo pronunció (una reunión de empresarios) fue interpelado por gritos histéricos de “¡No, esa mano no quedará tendida en el aire!” “¡Nosotros tomamos su mano señor presidente!” y el gobernador de Jalisco declaró “Tres y medio millones de jaliscienses toman la mano del presidente para mantener la paz del país en el trabajo y la dignidad”. Al día siguiente, se desencadenó una campaña con tintes fanáticos donde centenas o millares de sindicatos, empresarios y grupos de distinto orden, en la prensa, la radio y la televisión recogían, solícitos, la mano presidencial, todo lo cual significaba un consenso a favor de la paz y en contra de los agitadores de la capital.
–¿Y cómo reaccionaron los estudiantes?
–Los estudiantes, en esos momentos, todavía eran presa de la fascinación que había despertado en ellos la manifestación del rector; estaban todavía experimentando el éxito de la marcha. Pero en ese momento comenzaron a darse simultáneamente en la UNAM y el IPN un conjunto de acciones dirigidas a crear una organización centralizada capaz de darle continuidad al movimiento que había comenzado con los actos políticos del rector Barros Sierra. El motor de la organización fueron realmente los estudiantes del Politécnico pues los de la UNAM estaban más desorganizados: las antiguas sociedades de alumnos habían desaparecido y en el ala de humanidades existía una lamentable división fomentada por las pugnas entre grupos y grupúsculos de la izquierda. La noche del día 29 (cuando intervino el ejército en la preparatoria) los líderes estudiantiles de la Facultad de Filosofía y Letras, de Ciencias políticas, de Economía, de Derecho y Ciencias se reunieron en un salón de Filosofía para discutir la posibilidad de una organización. (En estas escuelas y facultades se realizaron asambleas de alumnos, se acordaron paros indefinidos de actividades y se conformaron comités de huelga, aunque en algunos casos se denominaron “comités de lucha” que era una expresión más beligerante).
Pero este cónclave de líderes no fructificó pues, como era usual, en la política estudiantil de la UNAM, la reunión se perdió en disquisiciones ideológicas y descalificaciones mutuas. Sin embargo, los estudiantes ya habían tomado la iniciativa.

La autonomía universitaria
Estrada, siempre atento, me interpeló:
—Pero, maestro, ¡eso fue brutal!
—Es cierto, respondí, todo fue desorbitado, extra-lógico y absurdo. Lo que la ciudad vivía era un conflicto menor, un problema de policía, que podía haber sido resuelto con un diálogo entre las partes, pero la decisión de hacer intervenir a las fuerzas armadas catapultó el conflicto a una altura sin precedente: lo que se quiso dar a entender era que el Estado mexicano acudía al ejército para acabar con una conjura comunista que amenazaba la integridad nacional. Esa noche se dijo que el ejército quedaría a cargo de la vigilancia de la ciudad estableciéndose, de facto, un estado de sitio o una suspensión de garantías individuales. Lo que uno se pregunta es si esto fue el resultado de una cadena de torpezas o fue efecto de una acción deliberada para suscitar, precisamente, una crisis política (repito, se especulaba, y aún hoy se especula, si Luis Echeverría, secretario de gobernación, creó esta situación para aparecer, al final, como el héroe que resolvía la crisis, salvaba al país “del comunismo” y, con esta hazaña, ganar la candidatura a la presidencia de la república para el periodo 1970-1976).
Estrada me volvió a interrumpir:
—¿Cómo reaccionaron los estudiantes?
Hubo, entre los alumnos, mucha indignación, pero en ese momento no existían organizaciones estudiantiles con capacidad de respuesta organizada. El movimiento estudiantil tardó un poco en emerger.
Volvió a hablar Eliseo:
—¿Se volvió a clases?
De manera tácita, las clases en la UNAM se suspendieron desde el lunes 29. La efervescencia que produjo la ocupación militar de las escuelas preparatorias impidió que se volviera a la normalidad. En algunas escuelas y facultades (Ciencias, Economía y Filosofía y Letras) las asambleas estudiantiles decidieron declarar el paro de actividades, pero en el resto fueron las propias autoridades las que, de manera ordenada, suspendieron actividades. El martes 30 la Ciudad Universitaria parecía una caldera en ebullición: en todas partes se observaba una febril actividad, asambleas, corrillos, marchas por el circuito, etc. En este punto intervino el rector:
—¿Quién era el rector? –Me interrogó Bracamontes.
—El rector de la UNAM en 1968 era un ingeniero de trayectoria brillante, Javier Barros Sierra. Hombre culto, ponderado e inteligente que había sido funcionario público y conocía muy bien el carácter atrabiliario y despótico del presidente Gustavo Díaz Ordaz. Haciendo eco al malestar incendiario que bullía en la comunidad, ese día —martes 30—, en Ciudad Universitaria, el rector Barros Sierra izó la bandera nacional a media asta e hizo la siguiente declaración:
“Hoy es un día de luto para la Universidad, la autonomía está gravemente amenazada. Quiero expresar que la institución, a través de sus autoridades, manifiesta profunda pena por lo acontecido. La autonomía no es una idea abstracta, es un ejercicio responsable que debe ser respetable y respetado por todos. Defendamos, dentro y fuera de nuestra casa, las libertades de pensamiento, de reunión, de expresión y la más cara, la autonomía universitaria”.
—Esa declaración del rector fue una respuesta política al gobierno, ¿no es cierto, profe?
—Exactamente. Fue una respuesta política seria y contundente. Ese día hubo en la oficina del rector un desfile interminable de representaciones de maestros y estudiantes que querían expresar su descontento y pedirle al rector una respuesta todavía más enérgica. A tal punto fue la presión, que Barros Sierra decidió realizar al día siguiente un mitin frente al edificio de la Rectoría, un acto en el que —se anunció— participarían maestros y alumnos. Por su parte, esa misma tarde, el gobierno retiró las tropas de los edificios escolares.
—¿Cómo estuvo el mitin? —Preguntó Mónica.
—El mitin fue muy concurrido. Asistieron, creo, unas 30 mil personas, principalmente estudiantes. Los muchachos y las muchachas se sentaron en el pasto y se formó una espléndida alfombra humana que iba desde Rectoría hasta la explanada mayor. Al lado de Rectoría se había improvisado una tribuna de madera que miraba hacia la vasta superficie del campus. El día era magnífico: un sol esplendoroso y un cielo azul inmaculado. A las doce horas se inició el acto. El primer orador, profesor de Filosofía y Letras, dijo: “este acto es para defender el estado de derecho, venimos a pugnar porque en nuestro país se respete la ley, no podemos enseñar una regla en las aulas y practicar otra regla en la sociedad”. La multitud escuchaba guardando un silencio respetuoso y cuando el orador concluyó estalló en un aplauso con el cual se desahogó, en parte, la tensión que prevalecía en la multitud. Enseguida vino otro maestro, de Ciencias Políticas, quien dijo, “la autonomía universitaria es parte de las garantías individuales, violar la autonomía significa atropellar la Constitución”. Nuevo aplauso caluroso. Luego subió a la tribuna un profesor de la preparatoria que dijo, en tono enérgico: “venimos a protestar por la ocupación militar de los recintos universitarios y a exigir su desocupación; si ésta no ocurre, los profesores preparatorianos, en masa, renunciaremos a la cátedra”. Nueva ovación.
—¿Habló el rector? –Preguntó Mireia.
—Fue el último orador. La gente lo recibió con un aplauso que se hizo más nutrido a medida que subía a la tribuna. Comenzó a leer un documento que, dijo, los firmaron junto con él, los directores de escuelas, facultades e institutos y que, a la letra decía: “Varios planteles de la Universidad han sido ocupados por el ejército. Durante casi cuarenta años, la autonomía de la institución no se había visto tan seriamente amenazada como ahora. Culmina así una serie de hechos en los que la violencia de la fuerza pública coincidió con la acción de provocadores de dentro y de fuera de la Universidad. La autonomía de la Universidad es, esencialmente, la libertad de enseñar, investigar y difundir la cultura. Estas funciones deben respetarse. Los problemas académicos, administrativos y políticos internos deben ser resueltos exclusivamente por los universitarios. En ningún caso es admisible la intervención de agentes exteriores y, por otra parte, el cabal ejercicio de la autonomía requiere el respeto de los recintos universitarios. La educación requiere libertad. La libertad requiere educación. La comunidad universitaria debe darse cuenta de la importancia decisiva de mantener el régimen de legalidad en la Universidad y fuera de ella. Nada favorecería más a los enemigos de la autonomía que la acción irreflexiva. Hoy más que nunca es necesario mantener una enérgica prudencia y fortalecer la unidad de los universitarios. Dentro de la ley está el instrumento para hacer efectiva nuestra protesta. Hagámoslo sin ceder a la provocación”
Cuando llegué a este punto, Estrada exclamó:
—¡Muy buen discurso!
—Un excelente discurso, y tuvo un efecto clarificador para la mayoría de los asistentes. México vivía en ese momento una brutal afrenta al Estado de derecho y un atropello salvaje a la mayor institución de cultura del país. Se había pisoteado la ley y a las libertades fundamentales de la nación. Ante eso, no se podía, ni se debía guardar silencio sin faltar a la ética de la democracia. Había que protestar, pero al hacerlo, dijo el rector, era indispensable rehuir a los provocadores. ¿Quiénes eran los provocadores? Bueno, creo que el rector se refería a los estudiantes de las porras que habían tenido participación muy activa en el combate con la policía en torno a la preparatoria.

Publicado en el periódico La Crónica de Hoy.