REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 11 | 2017
   

De nuestra portada

La masacre de 1918, la vergüenza oculta o soslayada de la historiografía de la Revolución Rusa


Héctor Nezahualcóyotl Luna Ruiz

“La Rusia soviética debe vivir, aunque por ello tengamos que morir”.
Heinrich Lersch
Introducción.
Las grandes matanzas de población civil realizadas en el ámbito de las dos naciones que, antes de la Segunda Guerra Mundial, estaban gobernadas por sendos partidos doctrinarios y autoritarios, han servido de pretexto a los historiadores para suponer que el mundo se encontraba ante dos mellizos unidos por la sangre. Los historiadores de derechas llegan a afirmar que se trata de una dictadura común, puestas o no de acuerdo, que simplemente exterminaron a las oposiciones de sus respectivos países. De esta manera homologan el complicado proceso revolucionario ruso y la decadente situación financiera, social y política que embargó a Alemania tras la Primera Guerra Mundial, cuyo ascenso del fascismo equiparan al de la construcción bolchevique de la Unión Soviética. De ellos ya dio cuenta en su momento Eric Hobsbawm, historiador inglés que destacó a propósito la tremenda crisis del capitalismo de 1929, formadora y causante de la crisis europea y, por tanto, consecuencia directa del ascenso de Adolfo Hitler al poder. Este simple hecho aleja a Lenin, Trotsky y Stalin del canciller del Tercer Reich, pues su existencia, acciones y afanes también fueron pasto de la cólera del expintor fracasado y cabo del Ejército Alemán, y pretexto para su respectivo ministerio y misión en la vida. A su vez, los historiadores e intérpretes de la “gloriosa historia de la izquierda”, culpan de todo a Stalin (doctrina, represión, gulags y desviaciones), señalando simplemente que todo hubiera sido diferente si, como el danzón, Lenin no se hubiera muerto tan pronto (“Lenin no debió de morir, ay, de morir”). Pero la historia no es tan sencilla. Por ello suplico a los lectores no aúnen a esa corriente de derechas el contenido de esta ponencia, pues no tiene nada que ver ni pretende justificar estos parangones arbitrarios, sino destacar un suceso que, simplemente, la literatura histórica no había dado cuenta.
Desde antes de Iván el Terrible hasta el mismo Vladimir Putin, la historia rusa está impregnada de líderes no sólo carismáticos, sino que constituirían la clientela ideal de todo psiquiatra enamorado de casos clínicos graves. Un padre gobernante no sólo de Rusia sino de sus repúblicas vecinas, eslavas y musulmanas, que siempre tenía como cenit la preminencia de los eslavos en el control de la inmensa nación, sus recursos y sus habitantes. Éste es el “paneslavismo”, término acuñado y utilizado para definir cambios en la conducta del gobernante, desde Lenin hasta Putin, donde el gobernante supremo decide asumir su carácter de “Zar de todas las Rusias”, para gobernar a su pueblo indiferente, rebeco y propenso al alcoholismo. Ésta es la visión del gobernante, porque en realidad el pueblo ruso constituye uno de los más asombrosos de la humanidad: genios de la literatura, de la ciencia y de las artes más delicadas (música, danza, teatro) han nutrido el patrimonio cultural del mundo. Esto lo saben los paneslavistas y por ello Nicolás I y Alejandro II consentían a Tchaikovsky; Lenin a Gorki, a Shostakovich y a Chagall; y Stalin a la Ajmatova, a Bulgákov y a Pasternak. Otro rasgo del paneslavismo también es la creación de los servicios secretos, como los tuvieron los zares, para enterarse y deshacerse de conspiradores o saboteadores de los afanes gubernamentales, como fueron la Cheka, la OGPU, la NKVD y posteriormente la KGB, integradas tanto por Lenin como por Stalin. Como todo proceso histórico, y la Revolución rusa no es la excepción, se trata de comprenderla, antes que criticarla o rechazarla; hace treinta y cinco años esto era imposible, pues su estudio enamoraba o se repudiaba, pero no se podía ser indiferente, pues existía la URSS y la esperanza o el miedo de imitarla estaba latente. Cuando me entero de compañeros de la UACM que, a estas alturas del derrumbe del socialismo siguen hablando de la “vanguardia del proletariado”, de la “moral burguesa” que los impregna cuando asisten a tomarse un café en “Starbuck’s” y otras mojigangas, muchas veces descubro mucha desinformación. Tratándose de la carrera de Historia y Sociedad Contemporánea, escucho muchas veces a los más exaltados enamorarse y pontificar igual que lo hacíamos nosotros desde la gran ignorancia de hace treinta y cinco años, sin darse cuenta que se enamoran y despotrican igual, cuando actualmente existe mucha información sobre la verdad de los sucesos que nos ocupan. A partir de 1991, muchos archivos de la ex URSS se han abierto y se han sabido cosas que entonces nos hubieran parecido increíbles o que hasta hoy nos siguen pareciendo inverosímiles, como el suceso del que hoy damos cuenta. Es preciso apuntar que muchas veces creíamos neciamente que se trataba de simple propaganda anticomunista, que inventaba leyendas contra la sacrosanta “justicia del pueblo”, pero la realidad de los documentos nos golpea a los cien años. En este trabajo pretendo entonces, a partir de la revisión del libro La Revolución Rusa, la tragedia de un pueblo del historiador inglés Orlando Figes, abordar un dato inquietante y por demás enigmático: en 1918, cuando los bolcheviques habían controlado definitivamente los problemas políticos y militares más acuciantes, hubo una cruel matanza de manifestantes frente al Kremlin. El dato no sería tan escalofriante si no se afirmara que los soldados del Ejército Rojo que dispararon a la manifestación lo hicieron desde dentro de las rejas del Kremlin, esto es, de manera cobarde y sin dar la mínima oportunidad de que la gente se defendiera. El libro en cuestión cita cartas y otros documentos del escritor Máximo Gorki, quien también escribió del suceso. Ahora bien, si recordamos el tratamiento que otros historiadores han dado de los hechos, como el mismo León Trotski, observamos que habla de otros hechos también no muy difundidos, con un tono de autoexculpación que, historiográficamente hablando, no deja de ser por demás sospechoso. Figes insiste que hay muchos archivos que, durante la elaboración de su libro, pudo darse cuenta que fueron ocultos o soslayados por la autoridad soviética, como cartas de Lenin donde el líder rojo utilizaba lenguaje “políticamente incorrecto”, lo cual nos dará también pauta para señalar y analizar estos fenómenos de “ocultamiento”, deliberado o solapado de documentos. Comenzaremos señalando el rasgo primordial de las revoluciones, el terror, fenómeno cuasi sociológico y motivado por las clases afectadas por los acontecimientos revolucionarios. En su afán de acabar con los “obstáculos” de las revoluciones, los sistemas políticos o el nuevo estado en ciernes no duda en perseguir incluso a quienes simpatizan con el Gobierno, pues, se aduce, no hay tiempo de discernir entre los “burgueses” (típico sambenito zahiriente) y los “revolucionarios”. Obviamente esto da origen también a los delatores y a los sumisos, que con tal de congraciarse con el Poder no dudaban en convertirse en informantes de la policía o en silentes testigos de la represión. Asimismo, revisaremos otras fuentes donde se evidencie el escaso o nulo trato del suceso que se marca como histórico, y nos sirva para reflexionar sobre el hecho de que, incluso un acontecimiento tan reporteado como la Revolución Rusa, puede ocultarse o soslayarse y sigue mostrando aristas desconocidas. Por todo lo anteriormente expuesto, este acontecimiento extraordinario, único en la historia del mundo, que cumple su centenario de espantar o enamorar a los historiadores, debe seguir mostrando sus valiosas lecciones, aunque sea como una sorpresiva e inesperada matrioshka.

1. Terror: realidad de las revoluciones
Creo que sobre este tema no debería haber muchas discrepancias, pues sociológicamente hablando es lógico que se persigan las disidencias cuando, supuestamente, todos los procesos revolucionarios tienen los mismos enemigos: la Iglesia, la burguesía, los militares y la oligarquía derrocados, e incluso los simples ciudadanos que no entienden nada. Otras víctimas favoritas de los revolucionarios son los intelectuales: tienen la mala costumbre de pensar por sí mismos, concluir y tenderse del lado que se les antoja, sin tomar en cuenta los afanes gubernamentales. Sucedió en la Revolución francesa, donde los mismos que diseñaron los “tribunales populares”, como Dantón, fueron víctimas de su propia legislación, que dejaba la decisión en individuos ignorantes de los procedimientos jurídicos y mínimamente humanos. Sucedió en la Revolución mexicana, cuando Carranza decidió no cometer los errores de Madero y, una vez derrocado Huerta, declaró que iba contra los “contrarrevolucionarios” y provocó no sólo muchos fusilamientos, sino el exilio de muchos colaboradores y simples comparsas del “Indio de Colotlán”. Sucedió en la Revolución china, cuando los comunistas decidieron cortar de tajo muchas injusticias antiguas (esclavitud, machismo rampante, sumisión “tradicional” de la mujer, feudalismo, etc.) y mediante la “Revolución cultural” dieron cuenta de millones de sus paisanos campesinos. La Revolución cubana no fue la excepción y, a los miles y miles de “balseros” debemos agregar los “muertos necesarios” (policías, sicarios, agentes secretos, espías), o hacerle la vida imposible a los disidentes políticos (Huber Matos es un ejemplo) y a los intelectuales, como Reynaldo Arenas, Paquito de Rivera, Arturo Sandoval y José Lezama Lima. La causa del terror en las revoluciones la explica el historiador alemán Ernest Nolte:

“Un motivo de temor no es lo mismo que un espantajo. Un espantajo puede ser irreal, una mera ilusión; un motivo de temor, por el contrario, cuenta con un sólido fundamento en la realidad, aunque desde un principio encierra la tendencia a adoptar la forma extrema que asimismo es una de las principales características de toda ideología” 1.

Para el caso de la Rusia revolucionaria, las críticas al terror vinieron de la Iglesia ortodoxa en voz del patriarca Tijón; asimismo de los partidos de oposición desde sus periódicos clandestinos; de organizaciones independientes de trabajadores, como el Consejo Sindical Panucraniano; y hasta del famoso teórico anarquista el príncipe Kropotkin, que en 1918 escribió a Lenin:

“Sumergir al país en un Terror rojo, e incluso más, arrestar rehenes para proteger las vidas de sus dirigentes no es digno de un partido que se denomina a sí mismo socialista y es una desgracia para sus dirigentes” 2.

¿A qué se refería el teórico anarquista con “Terror rojo”? En la imposición del colectivismo estatal, en la transformación de la antigua sociedad zarista y feudal por un país socialista industrializado, donde lo menos que importaba era la vida privada, que debía ser dispuesta para la construcción gradual del comunismo. El cambio de la vida de los individuos comenzaba con la instauración del “comunismo de guerra”, consistente en intentar erradicar el comercio y la propiedad privada; continuaba con la confiscación de las cosechas de los campesinos para alimentar a las ciudades y al Ejército, y seguía la leva de millones para talar árboles, trazar caminos y construir rieles. La imposición del trabajo colectivo incluía construir viviendas para trabajadores cerca de los lugares de trabajo; también la persecución de la Iglesia y la cruzada contra la religión, erradicando a los sacerdotes como líderes de las comunidades. El Terror tenía especial dedicatoria para los burgueses, que no eran otros que exfuncionarios zaristas, terratenientes, campesinos kulaks, pequeños comerciantes y, claro, intelectuales de la intelligentsia 3. Pero también los más humildes eran su objetivo, sobre todo porque, al convertirse a la anarquía y dedicarse a robar y matar para hacerse justicia, eran incontrolables y se pensaba que sólo con la fuerza bruta se les podía amansar. Obviamente se trataba de provocar miedo y propiciar el escarmiento, lo cual se lograba con la aplicación de tortura psicológica y física a los eslavos remisos. Nos cuenta el historiador Orlando Figes que la Inquisición Española hubiera visto con beneplácito las “especialidades” de torturas de la Cheka, creada por Lenin en 1918, según las distintas regiones del inmenso territorio de todas las Rusias: en Tsaritsyn aserraban los huesos por la mitad; en Voronezh acostumbraban encerrarlos desnudos en barriles con clavos; en Arnavir coronaban con una cinta de cuero alrededor de la cabeza, misma que apretaban con cerrojo de hierro hasta destrozar el cráneo; en Kiev aplicaban la tortura conocida como “el escape de la rata”: colocar una jaula o un tubo con ratas en el torso del desdichado (a), mientras por el otro extremo calentaban a las ratas, que enfurecidas se abrían paso a dentelladas; en Odessa aplicaban el “horno”: amarraban a la víctima a una plancha de hierro, introduciéndola pausadamente al fuego o a tanques de agua hirviente; si era invierno, amarraban a la víctima, parada o acostada, derramando agua incesantemente sobre ella hasta que se convertía en una estatua de hielo; también las torturas psicológicas eran las favoritas de la Cheka; fingían fusilamientos; las enterraban vivas o las colocaban en ataúdes con cadáveres dentro; o simplemente obligaban al detenido a presenciar ejecuciones o violaciones de sus seres queridos; para asegurar cruel efectividad, empleaban a individuos de otras nacionalidades (polacos, letones, armenios o judíos), quienes obraban sin contemplaciones, como los rusos históricamente hacían con ellos desde la época de Iván el Terrible 4.
Citaremos también a Máximo Gorki, tremendo escritor, intelectual (de la inteligentsia), de tendencia claramente socialista-democrática y amigo de Lenin, que le enviaba cartas intercediendo por quienes le suplicaban ayuda, dada su popularidad, y éste a su vez le escribía al “Águila de Simbirsk” o a otros dirigentes, como Zinoviev en 1919, a quien refería:

“Desde mi punto de vista, tales arrestos no pueden ser justificados por ningún medio político (…) Los terribles crímenes que habéis perpetrado en San Petersburgo durante las últimas semanas han traído la vergüenza sobre el régimen y provocado un odio y un desprecio universales por su cobardía”.
En otra carta a Dzerzhinsky protestaba la detención del presidente de la Academia Médico-Militar zarista en estos términos:

“Todos estos arrestos los contemplo como un acto de barbarie, como la deliberada destrucción de los mejores cerebros del país, y declaro que mediante tales acciones el régimen soviético se ha convertido en mi enemigo” 5.

Se trataba de una Revolución, no de un paseo a una dacha. El mismo Lenin no tenía dudas al respecto; Figes refiere que, el 23 de octubre de 1917, Kamenev, aprovechando la ausencia del demiurgo ruso, propuso al Segundo Congreso de los Soviets la supresión de la pena de muerte, la cual fue aprobada. Al enterarse, Lenin “montó en cólera” y expresó:

¡Qué estupidez! ¿Cómo se puede hacer una revolución sin pelotones de ejecución? ¿Esperáis dominar a vuestros enemigos desarmándolos? ¿Qué otros medios de represión hay? ¿Cárceles? ¿A quién le importan durante una guerra civil? 6

En fin, que el parto del gigante socialista y la represión de su pueblo fue tan brutal, tan conocida y difundida en Alemania, que sirvió de poderoso aliciente al ascenso del nazismo y la consiguiente euforia que invadió al pueblo teutón por el triunfo del nacionalsocialismo. La presunta mascarada de los nazis quemando el Reichstag 7 para “convencer” a un pueblo tan informado y culto como el alemán, sólo los historiadores parciales la siguen sosteniendo, pues fue claro que la propaganda nazi se alimentaba de hechos de sobra conocidos y que ya constituían aversión en las clases dominantes alemanas. Había millones de trabajadores comunistas que constantemente ganaban ascendencia e influencia política para transformar al país originario de Marx en el cenit del movimiento proletario mundial, pero los nazis aprovecharon no sólo el tradicional “coco” del comunismo, sino la evidente realidad. En un escrito, el amigote de Hitler, Rudolph Hess, uno de los máximos ideólogos nazis, arengaba violentamente:

“La Revolución judeo-liberal de Francia nadó en la sangre de la guillotina. La Revolución judeo-bolchevique de Rusia resuena con los millones de gritos lanzados desde los sótanos de tortura de la checa. Ninguna revolución del mundo se ha llevado a cabo en forma tan disciplinada como la nacionalsocialista (…) Sepan todos que estamos lejos de tratar con indulgencia al enemigo. Sepan que cada asesinato de un nacionalsocialista cometido por comunistas o marxistas será vengado por nosotros en diez líderes comunistas o marxistas (…) Sin embargo, cada nacionalsocialista también debe estar consciente de que los maltratos de los adversarios corresponden a costumbres judeo-bolcheviques y que son indignos del nacionalsocialismo” 8.

Obviamente que se trataba del burro hablando de orejas, pero tanto el humillante fracaso de Alemania en la Primera Guerra Mundial, como los recuerdos de los combatientes en el Báltico, las memorias de los numerosos migrantes y fugitivos ruso-alemanes y los documentos consiguientes, hablaban con amplio conocimiento de causa. Tan es así y tan evidente fue el Terror ruso para el pueblo alemán, que el lema de la mayoría socialdemócrata alemana llegó a ser: “No el terror, sino la libertad; no la dictadura, sino la democracia”9. Si los nazis superaron o no a los comunistas rusos en sus afanes destructivos de sus respectivos pueblos, es materia de otros trabajos más detallados, pero es un hecho histórico que Alemania entera se entregó a Hitler y su banda de criminales esperanzados en que no se cometieran los errores de la URSS 10. Pocos alemanes imaginaban el terrible futuro que les esperaba.
2.- Nadie nace sabiendo reprimir
Hace como cinco años compré el libro anticomunista Stalin, instrumentos de terror de Rupert Butler, en una librería de viejo y a un precio verdaderamente regalado. ¿Que cómo sé que se trata de un libro anticomunista? Obvio, no reconoce el mínimo mérito al socialismo ruso; trata a Lenin igual que a Stalin; y está lleno de críticas y señalamientos parciales, muchos de ellos como el siguiente: en lugar de decir “León Trotsky al mando del Ejército Rojo expulsó del territorio soviético a la invasión militar multinacional y venció a los Ejércitos Blancos de Yudenich, Denikin y Koltchak”, dice “cuando terminó la guerra…”. Obviamente, nunca habló de los cientos de miles de muertos provocados por los Ejércitos blancos, muchos de ellos a través de pogromos o simples ataques y violaciones sin cuento a la población civil simpatizantes o colaboradores de los bolcheviques. En ese libro, se puede leer a propósito del fundador de la Cheka, Félix Dzerzhinsky:

“El principal grupo opositor, los social-revolucionarios, organizó contra él una manifestación en julio de 1918. La Cheka volvió sus armas contra el grupo y mató a 350 de sus miembros”11.

Pensé que cómo era posible que se mintiera de manera descarada: ¿cómo que “en julio de 1918”? ¿Qué día, a qué horas, donde, por qué a unos simples manifestantes? Supuse que se trataba de un nuevo infundio contra la Revolución rusa en general, basado el autor en el típico axioma: “calumnia, que algo queda” y olvidé el asunto, que volvió con el libro de Figes. Veamos: en el magnífico libro La guerra civil europea, 1917-1945, Nacionalismo y Bolchevismo, de Ernest Nolte, el asunto se refiere casi de idéntica manera, aunque es un poco más preciso en los datos; señala que el levantamiento de los eseristas (socialistas revolucionarios) fue en julio de 1918 12, en lo cual coincide con Ian Grey, biógrafo de Stalin 13, quien señala también julio como el mes del levantamiento eserista. Refiere Nolte:

“Al reunirse una manifestación de protesta al día siguiente de la disolución de la Asamblea Constituyente, la Guardia Roja disparó contra la multitud y unos veinte muertos quedaron sobre el asfalto. El informe oficial afirmó que se trataba de pequeñoburgueses” 14.

¿Y cuándo fue la disolución de la Asamblea Constituyente? El libro de N. Brian-Chaninov aclara que para el 11 de diciembre de 1917, los bolcheviques ya se habían deshecho de los “cadetes” (o sea los constitucionalistas democráticos, más proclives a la derecha y a los liberales), formando coalición con los eseristas, el partido mayoritario que integraba la Asamblea Constituyente o Duma (21 millones de votos). Fue cuando Lenin instruyó a los bolcheviques a proclamar:

“…que la Asamblea Constituyente no respondía al verdadero estado de opinión del país; la Asamblea fue estigmatizada como ‘una supervivencia del viejo régimen’, y el Comité Ejecutivo del Soviet convocó a un nuevo Congreso Panruso de los Soviets de toda Rusia. El III Congreso Panruso se reunió del 23 al 31 de enero de 1918. Su Comité Ejecutivo Central quedó compuesto por 163 bolcheviques y 125 socialrevolucionarios de izquierda…” 15

E inmediatamente señala:

“La Asamblea Constituyente fue desbancada por la presencia de unos cuantos fusileros bolcheviques, y con ello concluyó en Rusia aquel proyecto de Gobierno parlamentario”.
De esta manera, Butler, Nolte y Chaninov coinciden que hubo una masacre en las calles, mientras que Grey no la menciona; Butler y Nolte dicen que fue en julio, pero este último parece contradecirse, pues ubica la rebelión eserista en julio, pero coincide con Chaninov en que la masacre fue en enero “al día siguiente de la disolución de la Asamblea Constituyente”. Muy bien, pues: ¿enero o julio? El libro de Chaninov sale triunfante, pues aclara que habían tanto eseristas de izquierda, como eseristas de derecha: los primeros también utilizaban el terrorismo como método y se les atribuye tanto el atentado contra Lenin (por Fanny Kaplan) como el asesinato del Conde Mirbach, representante alemán. Luego aclara:

“El 6 de julio estallaron sublevaciones de essars en varias ciudades: el Ejército rojo las dominó con rapidez y el V Congreso de los Soviets aprobó inmediatamente una resolución por la cual se expulsó a los essars de todos los Soviets de Obreros y Campesinos. El camino para la dictadura de un solo Partido estaba ya asegurado” 16.

Queda claro que una cosa es la manifestación de eseristas de izquierda, reprimida en enero, y otra la rebelión de eseristas en general o de centro y derecha en julio 17, pero quedaría pendiente saber sus detalles, además el por qué hay tanta confusión sobre uno de los fenómenos sociales más conocidos y comentados del siglo XX. Habría primero que decir que el estalinismo guardó celosamente los archivos de lo sucedido hasta después de la Glasnost en 1989, siendo años después cuando se dio acceso a los mismos y los historiadores pudieron leerlos y cotejarlos con la información que ya tenían. Segundo, que muchos sucesos como el de la matanza que nos ocupa, si bien fueron conocidos, no se les dio relevancia o se perdieron los detalles por los testigos, que pudieron contar los hechos y, quizá, no acordarse con detalle de las fechas. Por eso Butler menciona y, como buen anticomunista, exagera los hechos tratando de hacer quedar mal todo lo que huela a comunismo, pero hace el ridículo con su afirmación “en julio”, confundiendo quizá la derrota que el Ejército rojo infligió a los “rusos blancos” con las “travesuras” chekistas. O puede que, en una mala traducción, haya confundido el episodio de la “Legión Checa”, un ejército checoslovaco de 35,000 hombres, atrapado en territorio ruso y que apoyaba al zarista, que al ser hostilizado por los bolcheviques inició una incursión tomando las ciudades de Novo-Nikolaesvk, Penza, Syzran, Tomsk, Omsk y Vladivostok 18. Pronto, los eseristas hicieron contacto con la Legión checa, quienes les ayudaron a tomar Samara el 8 de junio, y luego Ufa, Simbirsk y Kazán 19. En cuanto a Chaninov, siendo autor ruso y posiblemente exiliado, es más exacto en explicar los sucesos, pero también vacila en fechas concretas, pues ha de haber carecido de los archivos que le permitieran ubicar con exactitud los hechos. Por lo que hace a Nolte, como buena vaca sagrada, nos priva de la bibliografía y documentos utilizados aunque es preciso decir que lo que él quiso hacer fue comparar y distinguir el nacionalsocialismo y el bolchevismo, lo cual logra brillantemente y, quizá pensó, no era necesario ser tan preciso en fechas y detalles. Otra cosa que propició el desconocimiento pleno de la Revolución rusa es el idealismo de que la envolvió el régimen estalinista, haciéndola una historia de buenos y malos, a lo que se aúna el desconocimiento del ruso de los historiadores interesados (como el que escribe esto).
Fue hasta que leí el libro de Figes cuando se develó el misterio; escribió el historiador inglés, rusoparlante, que el 5 de enero de 1918 ya había un estado de sitio en Petrogrado, regido por una ley marcial que impulsó a los bolcheviques a traer a sus tropas más “fanáticas”: los marineros de Kronstadt, los fusileros letones y la Guardia roja. Que la “Unión para la Defensa de la Asamblea Constituyente”, formada por los opositores a los bolcheviques (cadetes, eseristas de todos lados, anarquistas y hasta exzaristas sin partido) tenían planes de sublevación, lo cual mutaron por una manifestación multitudinaria “…bajo el eslogan ‘Todo el poder para la Asamblea Constituyente’”20. Marchaban aproximadamente cincuenta mil manifestantes compuestos en su mayoría por estudiantes, funcionarios públicos y profesionistas, y al aproximarse a la perspectiva Liteiny (avenida):

“…fueron objetivo del fuego de las tropas bolcheviques que se ocultaban en los tejados con sus ametralladoras. Otras columnas de manifestantes, como una que incluía a obreros de la fábrica de municiones de Obujovsky, también fueron objetivos de los disparos. Al menos diez personas resultaron muertas y varias docenas heridas”.

Buscando bibliografía actual de apoyo, encontré el maravilloso libro La Revolución Rusa, del historiador polaco-norteamericano Richard Pipes, citado por Figes, quien también narra el hecho y sobre los muertos dice: “Las víctimas -según algunos recuentos, ocho en total, según otros, veintiuna personas- tuvieron un entierro solemne el 9 de enero, aniversario del Domingo Sangriento, y fueron inhumadas en el cementerio Preobrazhenski, cerca de las víctimas de aquella época” 21.
Figes transcribe también la opinión de Máximo Gorky sobre el siniestro, que el novelista de la intelligentsia describió así:

“…el 5 de enero, los obreros de Petrogrado fueron abatidos, desarmados (…) Fueron abatidos en una emboscada, a través de los huecos de las verjas, de una manera cobarde, como lo hubieran hecho auténticos asesinos. (…) Y al igual que el 9 de enero de 1905, la gente que no había perdido la conciencia ni la razón preguntó a aquellos que disparaban: ‘¿Qué hacéis, idiotas? ¿Acaso no se trata de vuestro mismo pueblo manifestándose? Podéis ver que hay banderas rojas por todas partes (…)’. Y al igual que el 9 de enero, estos asesinos, cumpliendo órdenes, contestaban: ‘Cumplimos órdenes. Tenemos órdenes de disparar’. (…) Yo pregunto a los comisarios del pueblo, entre los que debe de haber gente decente y sensible: ‘¿Comprendéis que (…) acabarán inevitablemente estrangulando a la democracia rusa y arruinando todas las conquistas de la revolución?’ (…) ¿Comprenden esto? ¿O piensan, por el contrario, que ‘o tenemos el poder, o todos y todo perecerá’?”22.

El 6 de enero en las últimas horas de la madrugada fue clausurada la Asamblea Constituyente, utilizando el método huertista de introducir y llenar con soldados y marinos borrachos las gradas del recinto, para terminar asaltando la tribuna y expulsar a los diputados 23 (menos mal que no los detuvieron, como sí hizo el “Chacal de Ocotlán”). Lenin y Victoriano Huerta utilizaron el mismo método, con la diferencia de que uno lo hizo en el nombre del pueblo trabajador, campesino y socialista, y el otro por su simple antojo. Para quienes crecimos condenando la borrachera e impotencia del asesino de Madero ante la palabra de los representantes del pueblo mexicano, no hay diferencia en el objetivo y sus alcances.
Conclusiones:
1.- A la Revolución rusa hay que comprenderla, no condenarla y no “defenderla” ocultando hechos históricos evidentes, analizando sus fenómenos con rigor e imparcialidad, como el denominado “Terror rojo”.
2.- Con la difusión del Terror ruso, los nacionalsocialistas alemanes enemizaron y señalaron al enemigo al que décadas más tarde enfrentarían y fracasarían en su intento de exterminarlo.
3.- En su germen, la Revolución rusa tuvo la impronta de reconocer sus errores y mirarse a sí misma para mejorar y responder al interés público, que la Guerra y el estalinismo hicieron olvidar.
4.- La versiones sobre la Revolución rusa siempre han sido parciales, dependiendo de la ideología del supuesto historiador; a esto se aúna la evidencia que se ocultaron datos y circunstancias de la misma (pecados bolcheviques, personalidad de Lenin) y se manejó siempre una imagen idealista del terrible y complicado periodo revolucionario.
5.- Hubo documentos, como las cartas de Máximo Gorky, que se mantuvieron ocultas o no divulgadas para no explicar con su imparcialidad un fenómeno social tan complejo.
6.- Uno de los hechos deplorables de la Revolución rusa es que se orquestó por parte de los bolcheviques una sangrienta represión de las bases de la Asamblea Constitucional y la destitución ilegal de los diputados de la misma, quiérase o no, expresiones necesarias de la sociedad.
7.- La represión del 5 de enero fue ocultada durante mucho tiempo, pues agravia el concepto de bondad del bolchevismo y su representación de la dignidad e hidalguía de los pueblos del mundo.
8.- Tanto la dictadura mexicana como la dictadura rusa utilizaron la supresión del aparato legislativo nacional para no tener oposición y legislar sin cortapisas.


NOTAS

Nolte, Ernest, La guerra civil europea, 1917-1945, Nacionalsocialismo y bolchevismo, FCE, México, 2001, p. 52.
2 Figes, Orlando, La Revolución rusa: (1891-1924), La tragedia de un pueblo, Editorial Edhasa, España, 2010, p. 707.
3 Figes, Orlando, Los que susurran, Editorial Edhasa, España, 2009, p. 50
4 Figes, Orlando, La Revolución rusa: (1891-1924), La tragedia de un pueblo, Editorial Edhasa, España, 2010, p. 706.
5 Figes, Orlando, La Revolución rusa: (1891-1924), La tragedia de un pueblo, Editorial Edhasa, España, 2010, p. 708.
6 Figes, Orlando, La Revolución rusa: (1891-1924), La tragedia de un pueblo, Editorial Edhasa, España, 2010, p. 690.
7 Nunca hubo pruebas contundentes de este hecho.
8 Nolte, Ernest, La guerra civil europea, 1917-1945, Nacionalsocialismo y bolchevismo, FCE, México, 2001, p. 64.
9 Nolte, Ernest, La guerra civil europea, 1917-1945, Nacionalsocialismo y bolchevismo, FCE, México, 2001, p. 108.
10Para los admiradores de Lenin, citaré sus palabras de arrepentimiento y autocrítica sobre estos hechos, expresadas antes de que la arterioesclerosis lo redujera a la demencia, muy útiles para quienes se dicen “leninistas”:
“…en las condiciones en que nos hemos encontrado hasta ahora no hemos tenido tiempo de examinar si rompíamos algo de más, si había demasiadas víctimas, porque las víctimas eran muchísimas… y es que la lucha que iniciamos entonces era una lucha a muerte contra el viejo régimen social, contra el que luchamos para conquistar nuestro derecho a la existencia, al desarrollo pacífico (…) discúlpennos, señores, hemos comenzado a estudiar de nuevo y estudiaremos de modo que logremos éxitos concretos y visibles para todos (…) nuestro aparato sigue siendo el viejo y nuestra tarea consiste ahora en transformarlo de manera nueva… es preciso que los comunistas dominen los aparatos a que han sido enviados, y no, como ocurre con frecuencia, que sean esos aparatos los que les dominen a ellos… necesitamos tomar una dirección acertada… necesitamos que todas las masas y toda la población comprueben nuestro camino y digan: ‘Sí, esto es mejor que el viejo régimen” .
Quizá si la vida le hubiera dado más tiempo, todo hubiera sido diferente, pero el “habría” no existe.
11 Butler, Rupert, Stalin, instrumentos de terror, Cheka-OGPU-NKVD-KGB de 1917 a 1991, Edit. LIBSA, España, 2009, pp. 33 y 34.
12 Nolte, Ernest, La guerra civil europea, 1917-1945, Nacionalsocialismo y bolchevismo, FCE, México, 2001, p. 87.
13 Grey, Ian, Stalin (dos tomos), Biblioteca Salvat de Grandes Biografías, España, 1986, p. 112 del tomo I.
14 Nolte, Ernest, La guerra civil europea, 1917-1945, Nacionalsocialismo y bolchevismo, FCE, México, 2001, p. 89.
15 N. Brian-Chaninov, Historia de Rusia, Editorial Latinoamericana, México, 1955, pp. 334 y 335.
16 N. Brian-Chaninov, Historia de Rusia, Editorial Latinoamericana, México, 1955, p. 335.
17 Uniéndose incluso muchos de estos últimos a los ejércitos Blancos
18 Figes culpa a Trotsky de este episodio, pues afirma que el Comisario rojo emitió un decreto donde ordenaba fusilar en el acto al soldado checo que fuera encontrado armado en la línea férrea, lo cual enfureció a los checos, quienes decidieron avanzar hacia el este desde Cheliabinsk, en los Urales. Figes, Orlando, La Revolución rusa: (1891-1924), La tragedia de un pueblo, Editorial Edhasa, España, 2010, p. 633 y 634.
19 La Legión checa se fue deshaciendo conforme avanzaban y se fortalecía la resistencia del Ejército rojo, diezmándose por las batallas o las deserciones de checos hacia las filas de quienes los perseguían.
20 Figes, Orlando, La Revolución rusa: (1891-1924), La tragedia de un pueblo, Editorial Edhasa, España, 2010, p. 569.
21 Pipes, Richard, La Revolución Rusa, Editorial Debate, España, 2016, pp. 596 y 597.
22 Figes, Orlando, La Revolución rusa: (1891-1924), La tragedia de un pueblo, Editorial Edhasa, España, 2010, p. 571.
23 Figes, Orlando, La Revolución rusa: (1891-1924), La tragedia de un pueblo, Editorial Edhasa, España, 2010, p. 571 y 572.