REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 11 | 2017
   

Confabulario

Cuentos


Leopoldo Sánchez Duarte

El caballo del diablo
El paraíso lo prefiero por el clima;
el infierno por la compañía.

 MarkTwain
-Mire "Compa" Tolín, las pisadas del caballo del Diablo... -dijo Lucio, "el Cuate", señalando el alto y grueso tronco de una enorme Ceiba a la vera del antiguo Camino Real, en las afueras del rancho El Vainillo, donde, efectivamente, sobre la corteza se apreciaban varias huellas bastante grandes, con forma de herradura las cuales lucían chamuscadas en los bordes, como selladas con fuego.
Cuentan los lugareños del rancho El Vainillo, y los poblados de La Mora Escarbada y El Quelite, Sinaloa, que mucho tiempo atrás, cuando los misioneros jesuitas que acompañaron a los conquistadores encabezados por el temible Nuño de Guzmán se hicieron presentes con su labor evangelizadora, los indios caítas, mayos y tepehuanos de la comarca, se resistieron a ambas conquistas: la terrena y la espiritual, a grado tal y con tanto ardor y decisión que para defenderse del español y de sus sacerdotes, los brujos y chamanes de las tribus no dudaron en invocar a los espíritus y los demonios del averno, los cuales acudieron, presurosos, a prestarles auxilio encabezados nada menos que por el Diablo mayor, montado en un enorme, impresionante, pavoroso caballo negro que arrojaba fuego y humo por los hollares, espuma verdosa y maloliente por el hocico, tenía los ojos rojos, llameantes, encendidos como brasas de carbón y galopaba rabioso por las noches serranas, con las crines y la cola flameantes ondeando al viento, relinchando furioso por los caminos y veredas de la región, causando enorme espanto y temor a los invasores y a la pobre gente. Y fue este caballo pavoroso, el que, en ocasión de una de sus intimidantes apariciones, dejó las huellas de sus cascos grabadas en el tronco desnudo de la gran Ceiba a la vera del Camino Real.
Por las noches, las personas, angustiadas, se encerraban a piedra y lodo en sus chozas desde donde escuchaban el horrible jadeo, los siniestros bufidos del caballo diabólico; el estridente golpeteo de sus formidables patas, las lúgubres, chillonas carcajadas de Lucifer, los gruñidos y ladridos de su inseparable Cancerbero y los pavorosos lamentos de las almas en pena que le acompañaban, ululantes, en su terrorífico deambular por los campos y poblados de la región. Nadie se atrevía a abandonar sus moradas antes del amanecer. Tal era su miedo.
En respuesta, don Procopio, el cura de El Quelite, celebraba misa tras misa, invocando la protección del Señor contra el Demonio quien desdeñosamente ignoraba sus esfuerzos para ahuyentarlo y, por el contrario, arreciaba, magnificaba su atemorizante presencia todas y cada una de las noches ahora solitarias de la región. De nada valieron las oraciones y los elaborados exorcismos de este y otros clérigos que vinieron a auxiliarle y, menos aún, las patrullas de supersticiosos soldados españoles que evitaban pasar por la gran Ceiba, albergue de las pisadas del caballo diabólico, quienes, a la menor provocación de Luzbel, huían despavoridos, muertos del susto, incapaces de enfrentar lo desconocido.
Y fue de esta manera que las correrías del Diablo y su siniestro corcel, se prolongaron durante mucho tiempo, tanto que nadie puede precisar con exactitud cuándo y porqué interrumpió sus excursiones para regresar a su hogar en los Infiernos. Algunos afirman que esto ocurrió cuando los jesuitas y las tropas españolas, cansadas del hostigamiento de Satán, se desplazaron hacia el norte y finalmente, aunque disminuidos por la matanza de los invasores, dejaron tranquilos a los indígenas caitas, mayos y tepehuanos, con sus dioses, costumbres y creencias paganas.
Pero, muy pronto, los españoles, criollos y colonos olvidaron lo acontecido y regresaron a finales del Siglo XVIII, esta vez en busca de oro y plata, siempre con la excusa de la conversión al catolicismo de los nada tranquilos y menos aún, pacíficos pobladores del Vainillo, La Mora Escarbada, El Quelite y sus alrededores -se decía de estos, que gustaban de sacrificar a sus prisioneros y comer de su carne- quienes, no obstante su inferioridad numérica y la pobreza de sus armas, siempre estaban dispuestos a la lucha en defensa de sus familias, sus tierras, sus hogares y sus creencias, por lo que nuevamente recurrieron a sus brujos y chamanes para invocar la ayuda de Lucifer.
Cuando el Diablo, que a esas alturas se aburría mortalmente, se enteró del retorno, desmanes y excesos de los forasteros, montó en su gigantesco caballo negro azabache, le clavó las espuelas en los ijares y reapareció, surgió a todo galope, imponente, majestuoso, soberbio, del tronco de la gran Ceiba del Camino Real, para retomar las terroríficas correrías nocturnas de las que daban cuenta las historias de espanto que contaban los ancianos del lugar a todos aquellos -chamacos y mujeres incluidas- que les escuchaban sin perder palabra alrededor de fogatas encendidas al calor de su curiosidad, de su avidez, de su apetito por lo desconocido, por lo misterioso; fascinados, intrigados, pintados de colores y pensamientos tétricos, lúgubres; muy juntos, muy cerca, apretados unos con otros, los niños abrazados a las madres, la miradas desorbitadas, conteniendo la respiración e imaginando a Lucifer montado en su negro corcel, con su tridente al ristre, arrojando humo y fuego, calcinando los campos y los bosques, fulminando a los indefensos hombres con su malévola mirada y descargando su furia en ellos. Funestos, fatídicos augurios y enormes desgracias ocupaban las mentes arrebatadas, delirantes de los lugareños.
La historia se repitió: de nueva cuenta, los pobladores de la región se encerraron en sus casas amedrentados por Luzbel, quien no se dio reposo hasta lograr que los mineros, sus aliados de la tropa y los sacerdotes, se retiraran con todo y armas, palas, picos, rosarios, crucifijos, catecismos y frustradas ambiciones de poder y de riqueza. Hecho lo cual, retornó a su morada en el Averno y la gente retomó su vida en paz, en armonía, sin mayores miedos ni sobresaltos, al menos por un tiempo. La certeza del mal confirmando el indispensable apoyo del demonio convertido en su benefactor.
Pero los humanos somos seres tozudos, empecinados, que nunca terminamos de aprender y fue así que en los inicios del siglo XIX, reaparecieron hombres armados y abusivos que se decían insurgentes, decididos a apoderarse de las tierras, los aperos y los animales de los descendientes de los indígenas, mestizos y criollos de la región, quienes de nueva cuenta acudieron a la gran Ceiba del Camino Real, que ahí continuaba viendo pasar los siglos y los hombres, majestuosa, impertérrita, inconmovible, para invocar la ayuda del Diablo, su aliado de antaño.
Y sin embargo, contra lo esperado, esta vez, el Maligno no acudió al llamado de los brujos y chamanes. Estaba muy ocupado, tenía cosas más importantes que hacer metiendo cizaña y malas ideas, azuzando sin descanso a los caudillos y jefes militares de todo tipo que se disputaban el poder en el país. Las pugnas, las disputas, las luchas, la efusión de sangre entre hermanos, se prolongaron por muchos años alimentadas por el egoísmo y la ambición de los protagonistas, para regocijo de Satán y de la legión de demonios que le acompañaba; así que la gente optó por defenderse y echando mano de machetes, azadones, garrotes y cuchillos, intentó proteger sus posesiones, pero sin mayor éxito por lo que se vio obligada a salir de su aislamiento y a recibir y soportar, sin comprender muy bien de qué se trataba, ahora a los centralistas, mañana a los federalistas, después a los seguidores de Iturbide y de Santa Anna, y desde luego a los conservadores para, más adelante, convertidos en liberales, volverse contra el Emperador Maximiliano impuesto por los franceses; derrotado y fusilado por uno de los suyos: el gran Juárez, para desencanto de los curas y de la aristocracia criolla.
Por su parte, el Diablo estaba encantado, feliz, regodeándose. La cantidad -dígase multitud-, la enormidad de almas condenadas que cada noche ingresaba a los infiernos no tenía precedente; nada que ver con la cada vez más escasa demanda de lugares en el Paraíso, cuyas nubes lucían tristes, semivacías, desangeladas, casi desiertas, para frustración y berrinche de Jehová, de San Pedro y de todos los santos, pálidos de envidia ante el éxito in crescendo del Ángel Caído.
Entre sus diabluras y llevado por el afán de prolongar el conflicto, el derramamiento de sangre y la cosecha de almas, a Luzbel se le ocurrió hablarle al oído al Presidente Juárez para que, a manera de desquite por lo acontecido con los franceses y su grosera, abusiva imposición del llamado Imperio Mexicano promovida y auspiciada por el alto Clero y sus aliados los conservadores, hiciera efectivas las Leyes de Reforma, la separación de la Iglesia y el Estado, y la Desamortización de los bienes del Clero.
Naturalmente la Iglesia y sus aliados pusieron el grito en el cielo, se levantaron en armas y fue así que la guerra se alargó hasta finales del Siglo XIX, cuando, muerto Juárez -su alma se fue derechito al cielo puesto que sirvió a su pueblo y a su patria como buen ciudadano y mejor cristiano que sus piadosos y muy católicos enemigos y opositores- su paisano Porfirio Díaz, también por la fuerza de las armas se hizo del poder para, en total desacuerdo con Satán, que tanto se había esforzado por perpetuar la matanza y engrosar sus ya interminables filas de condenados en el Averno, pasar a pacificar el país con mano de hierro, comprando, sometiendo o aniquilando "en caliente" a sus opositores en un genocidio que se prolongó durante los más de treinta años que permaneció en la Presidencia.
Mientras todo esto ocurría, los vecinos de El Vainillo, La Mora Escarbada y El Quelite, víctimas sempiternas del acoso y la rapiña de tantos forasteros voraces que al amparo de tales y cuales banderas y, con frecuencia, al cobijo mismo del gobierno en turno se aparecían para despojarlos, no les quedó más remedio que acudir nuevamente y en tropel ante la gran Ceiba del Camino Real para invocar a Luzbel como lo hicieran sus antepasados. Pero como éste, a pesar de su insistencia, no diera señales de vida -o de muerte- los lugareños, creyendo que los había olvidado, hartos de esperar, se cambiaron de bando: se acercaron al párroco de El Quelite quien los recibió de mil amores atraído por las jugosas limosnas y diezmos que su nueva y cuantiosa grey podrían depararle.
Cuando Luzbel se enteró, montó en cólera y a lomos de su pavoroso caballo negro reapareció, surgió de la gran Ceiba del Camino Real, envuelto en llamas, decidido a cobrarse la deslealtad, la grave ofensa, la ingratitud de los lugareños.
Pocos días le bastaron para aterrorizar a la comarca. Confirmados en sus hogares, los lugareños se santiguaban y rezaban de hinojos, mesándose los cabellos, dándose golpes de pecho, implorando al Señor para que se llevara al Maligno quien tenía asolada la región, calcinaba los campos, envenenaba los pozos y los aguajes, achicharraba a las bestias grandes y pequeñas al tiempo que desencadenaba terribles tormentas y vientos huracanados. Los días se tornaron oscuros y las noches negras, negras, prietas, prietas, como alas de cuervo.
Por su parte, el padre Manuelito, Párroco de El Quelite, hizo lo mejor que pudo: celebró misas en las que a grandes voces conminaba al Demonio para que regresara a sus dominios y dejara en paz a la pobre gente. Arrojaba agua bendita en todos los lugares donde éste se aparecía y pronunciaba oraciones en latín que nadie comprendía. Pero todo fue inútil, finalmente, también a él se le apareció en la Sacristía y aunque no le causó daño alguno, el pobre hombre salió despavorido, corriendo como alma que se lleva el Diablo, mientras éste se partía de risa a costa del pobre cura meado del miedo. Huelga decir que nunca regresó.
Temblando del susto, los pobladores encabezados por sus brujos y chamanes decidieron retomar a la Gran Ceiba en demanda de perdón. Ahí los estaba esperando Satán el Magnífico, con su espléndido penacho prehispánico ornado de plumas negras y grises de Zopilote, montado en su enorme y siniestro caballo azabache, bajo una rama de la Gran Ceiba a la vera del Camino real, taladrándolos con su mirada maligna, acompañado de un espeluznante ejército de demonios, almas en pena, y de su igualmente pavorosa mascota, Cancerbero cuyas dos horribles cabezas se balanceaban gruñendo amenazadoras. La sonrisa sardónica, tenebrosa de Satán y su lengua de serpiente que asomaba silbante entre sus aguzados colmillos, completaba la intimidante acogida que daba a sus afligidos visitantes.
Gimiendo lastimeramente, los hombres suplicaron en todos los tonos, se desgarraron las vestiduras, se tiznaron los rostros y cubrieron de ceniza los cabellos en muestra de arrepentimiento, de aflicción, de congoja. Hasta que, con un terrible bufido de satisfacción y diabólico contento que se escuchó hasta en los más recónditos parajes de la comarca, Luzbel decidió perdonarlos.
A partir de entonces, El Vainillo, La Mora Escarbada y El Quelite, se convirtieron en territorio exclusivo del Demonio. La parroquia y los curas decayeron y todavía hoy languidecen por la ausencia de fieles y de ingresos. El Diablo ha cumplido con su parte. Al gobierno de Porfirio Díaz derrocado en 1910 por una formidable rebelión campesina, siguieron otros y otros y otros levantamientos y conflictos que cobraron la vida de cientos de miles de personas; asolaron al país y lo hundieron en la más completa ruina, confusión, pobreza y desolación. Sin embargo, cada ocasión que los federales, los alzados, los revolucionarios en turno asomaban las narices por los rumbos del Vainillo, La Mora Escarbada y El Quelite, el Demonio reanudaba sus espeluznantes apariciones hasta ahuyentar a los intrusos. Lo mismo acontece hoy día: cuando el gobierno manda a sus inspectores, policías y empleados voraces con la pretensión de notificar, levantar actas, embargar, recabar impuestos o citar ante las autoridades a cualquiera de sus habitantes por el motivo que fuere, el Diablo acude en su rescate y el cielo es testigo de cuán terminante, cuán efectiva es su intervención pues hasta ahora, que se sepa, nadie se ha atrevido a regresar.
-¿Ya se fijó Compa Tolín?... Sale humo y huele a azufre... ¡Mire! ¡Las pisadas del caballo del Diablo se están prendiendo! ¡Mejor nos vamos compadre! -exclamó Lucio "El Cuate" emprendiendo la retirada, verdaderamente espantado, sin despegar la vista de la centenaria Gran Ceiba a la vera del antiguo Camino Real que empezaba a recortarse, siniestra, imponente, contra el cielo de un impresionante atardecer surcado por espectaculares lenguas de fuego que parecían devorar el firmamento.
Cuernavaca, 2014.

La supuesta infiel
Las infidelidades se perdonan pero no se olvidan jamás.
Marquesa de Sevigné

Cuando vio detenerse el taxi, Roberto se removió inquieto, nervioso, alargando el pescuezo para ver mejor. Suponía, casi tenía la certeza de que ese vehículo transportaba a su esposa al encuentro de su amante. El hombre transpiraba angustiado, expectante, esperando reconocer su inconfundible silueta al descender del auto. Deseaba estar equivocado, pero de manera subconsciente quería estar en lo cierto. No era la primera ocasión que hacía tiempo por largas y desesperantes horas, sentado tras el volante, aterido, muerto de ansiedad, loco de celos, fumando cigarrillo tras cigarrillo, apurando tragos de tequila, escudriñando a la distancia a través del parabrisas empañado de su auto; observando impaciente el portón y las ventanas de la casona donde vivía ese hombre, ese cabrón, ese hijo de puta, que le había robado la calma, la paz, la tranquilidad, la felicidad...
Para su fortuna y desazón, la persona que bajó del taxi -una linda joven de cintura breve y caminar sensual que entró en la casa vecina a la que Roberto vigilaba- no era Patricia, su mujer. Suspiró hondamente, se acomodó los lentes oscuros y se caló la boina con la que pretendía pasar inadvertido, encendió un nuevo cigarrillo, se arrellanó en su asiento, apuró otro tequila y se dispuso a esperar el tiempo que fuera necesario.
Mientras lo hacía, le gustaba recordar la forma en que se conocieron cinco años antes en una reunión de amigos que los presentaron. La atracción fue mutua. Ambos coincidían en tantas cosas. Gustaban de la lectura, el teatro, la buena música, los toros, el tenis y los deportes extremos como la caída libre en paracaídas, el motociclismo y la equitación, lo que les dio de qué hablar toda la noche. También compartían avanzados puntos de vista sobre la salvaguarda y cuidado del medio ambiente, la protección de los animales, la equidad de género, los matrimonios gay y la libertad sexual. El flechazo fue inmediato. Parecían hechos el uno para la otra. Intercambiaron números de sus celulares y teléfonos, así como sus correos electrónicos y, al despedirse ya tarde, convinieron encontrarse el siguiente sábado para cenar en un conocido restaurante francés de la colonia Condesa.

Y lo mejor: su sonrisa, su aroma de mujer bonita
La noche de la cita -recordó nostálgico- todo funcionó de maravilla. Cuando Patricia entró en el restaurante, no pudo menos que llamar la atención de la concurrencia. Lucía espectacular. Vestía un conjunto de seda en negro con la falda descubriendo sus bellas pantorrillas, su cintura estrecha y el escote que asomaba la redondez de unos senos perfectos. Un discreto collar, pendientes y pulsera de perlas y su rostro moruno enmarcado por una abundante cabellera cayendo como una cascada castaña oscura sobre los hombros la hacían ver todavía más bella. Y lo mejor: su sonrisa, su aroma de mujer bonita, el brillo de su mirada cuando lo saludó con un beso en la mejilla lo hicieron considerarse el más feliz de los mortales.
Roberto la recibió de pie, le ofreció una rosa que ella aceptó complacida, le acercó la silla, colocó la servilleta sobre su regazo, le agradeció el haber aceptado la invitación y le ofreció un aperitivo -ella ordenó un vodka con arándano y él un güisqui en las rocas- pidió el menú, la carta de vinos y un entremés de salmón ahumado para compartir en tanto ordenaban la cena.
La comunicación, el encanto, la atracción descubierta por ambos la noche en que se conocieron, se reanudó de inmediato. Retomaron la charla con el mismo entusiasmo, espontaneidad y frescura de entonces. Parecía que se hubieran visto apenas un día antes. Él la miraba fascinado, embobado, y ella, sonriendo halagada, correspondía de igual manera. Roberto ordenó un magnífico Rivera del Duero y pasaron a ordenar la cena: ensalada verde y costillas de cordero para ambos. Mientras les servían, pidieron un aperitivo más y otro y otro y otro, para continuar muy animados charlando, parloteando sin descanso. Patricia la estaba pasando muy bien; bromeaba, reía, festejaba las ocurrencias de Roberto y hacía lo propio. Fue una velada perfecta, como perfectos fueron los encuentros que le sucedieron.
A partir de esa noche -evocaba, con una sonrisa tristona- y durante los siguientes meses, la relación continuó viento en popa aderezada por espléndidos, apasionados encuentros en los cuales confirmaron la conexión, afinidad y enorme atracción que ambos experimentaban desde que se conocieron. Se reunían bajo cualquier pretexto: iban al cine, al teatro, a los toros, bares y restaurantes, a todos lados. Cada vez más, dormían y desayunaban juntos. No podían pasarlo el uno sin la otra -concluyeron-, de manera que decidieron dar el siguiente paso: se casaron.
Se instalaron en un departamento de la Colonia del Valle
La boda tuvo lugar en Cuernavaca. Fue una sencilla ceremonia a la que acudieron unos cuantos amigos y familiares, después de lo cual se fueron a Acapulco, donde la pasaron muy bien. Hicieron lo que todo el mundo cuando está de fiesta en el puerto: pasearon en yate por la bahía, practicaron el ski, visitaron la Roqueta, fueron a la disco, al Canta-Bar de la Escénica -Roberto era terriblemente desafinado, mientras que Patricia no lo hacía nada mal. Todos los días se ponían happies en diferentes bares y restaurantes de la Costera -bueno... hasta un porro que les ofreció un lanchero se fumaron en la playa- y todas las noches terminaban haciendo el amor, incansables, enfebrecidos, con ternura y frenesí inusitados. Cada mañana la resaca los sorprendía ajados, ojerosos, hambrientos y sedientos, de manera que acompañaban el desayuno con una copa de champaña y jugo de naranja, para, en seguida, bajar a la playa a asolearse, sudar como locos y continuar la farra tomando agua de coco con ginebra.
De regreso a la capital se instalaron en un departamento de la Colonia del Valle que habían preparado con antelación e iniciaron su vida de casados. Todo volvió a la normalidad.
El matrimonio se les dio bien. Los dos habían pasado por la poco grata experiencia de sus respectivos divorcios acaecidos tiempo atrás, de manera que convinieron las bases de su nueva experiencia marital entendida como una relación de respeto y confianza, mutua tolerancia, comprensión y aceptación del uno al otro con sus defectos y virtudes, procurando siempre suavizar, atemperar, corregir en lo posible sus limitaciones, diferencias y deficiencias mayores y menores, magnificando, al mismo tiempo, todo aquello que contribuyera a llevar la fiesta en paz.
Y si bien la pasión vino a menos, disfrutaban muchas cosas...
El acuerdo funcionó. Pasaron varios años y su vida en pareja -infortunadamente, ella no podía tener hijos- transcurrió en la mayor concordia y armonía. Como todos los matrimonios, tenían sus desacuerdos y pequeñas crisis, pero los resolvían respetuosa, educadamente, sin mayores problemas y si bien la pasión vino a menos, disfrutaban muchas cosas juntos: desde un concierto, una buena obra de teatro, la bohemia con los amigos en casa o en un bar, hasta un simple juego de cartas y un buen partido de tenis por televisión o bien una lectura amable en la comodidad de su hogar.
Todavía disfrutaban al hacer el amor, lo cual estaba muy bien, pero esto ocurría cada vez con menor frecuencia y aunque no decía nada, esto molestaba a Roberto en especial cuando Patricia se negaba a tener relaciones porque le "dolía la cabeza" o estaba "cansada", argumentaba. No lo podía evitar. El asunto se complicó cuando, en algunas ocasiones la mujer llegó tarde a casa sin causa aparente o justificada -al menos eso pensaba su marido- y caía rendida en la cama sin apenas dar las buenas noches. Muerto de celos, sospechando lo peor, el hombre decidió investigarla. Para ello contrató un detective privado que la siguió durante un par de semanas, pero lo único fuera de lo normal que éste reportó fue que la señora acudía los miércoles por la tarde al domicilio -el mismo donde Roberto ahora se encontraba esperando a bordo de su automóvil- de un célebre espiritista, chamán, brujo, adivino, sanador o lo que fuera, conocido como el "maestro Antonio". Pero no era la única que lo visitaba, nunca iba sola, siempre lo hacía acompañada de una amiga y jamás permanecía mucho tiempo en el lugar. El investigador le informó que el supuesto sanador no era tal; se trataba de un farsante, un embaucador que tenía muchos seguidores, mujeres en su mayoría, quienes acudían a verlo en busca de orientación, consejo y "sanación" a cambio de lo cual le pagaban, y muy bien. El hombre, de mediana edad, larga cabellera y buena planta, vivía con su pareja, una joven y guapa mujer, y en opinión del detective su relación con Patricia no tenía connotación amorosa alguna. No obstante, Roberto no le creyó, convencido como estaba de que su mujer lo engañaba, de manera que decidió cerciorarse por sí mismo.
Atormentado, adormilado, pasando frío, acechando... esperaba
Y así, dados los pobres resultados, en su opinión, obtenidos por el investigador privado, decidió vigilarla personalmente. Por eso se encontraba en ese sitio pasándola muy mal, confundido, angustiado, atormentado por la espera, adormilado, pasando frío, acechando el domicilio del tal Antonio, cuando unos bruscos golpes en el cristal lo despertaron.
-Señor, ¿sería tan amable de bajar la ventanilla y explicarnos que hace en este lugar? -le dijo con voz atiplada un hombre moreno, de rasgos indígenas, corpulento, bigote ralo de pulquero, ojillos porcinos, enfundado en una gabardina de trinchera con un sombrero de fieltro a la americana calado hasta las orejas, al tiempo que le restregaba en las narices su chapa de policía judicial.
Sorprendido, Roberto se puso sumamente nervioso, bajó la ventanilla, se aclaró la garganta y respondió inseguro, con voz temblorosa.
-Lo que pasa, oficial... es que me cité con un amigo y como llegué temprano, me estacioné para hacer tiempo y fumarme un cigarrillo, pero no hay problema, ya me cansé de esperarlo y no creo que venga, así que mejor me voy a mi casa...
-Por lo que se ve -el oficial se acercó olisqueando sin recato al conductor -además del cigarrillo usted está tomando tequila en espera de su amigo...
-Bueno, es verdad, pero solo una copa para el frío, usted sabe...
-Pues no... no sé, pero lo que sí sé y muy bien es que usted se ha citado durante varios días de la última semana con "su amigo" que nunca llega, según lo reportan los vecinos -respondió irónico el policía al tiempo que con brusquedad y mostrando como no queriendo, el arma que portaba en la cintura, abrió la portezuela del auto ante el azoro de Roberto- de manera que me va a acompañar a la comisaría para que nos aclare quién es la persona que usted espera, o bien, cuál es el verdadero motivo de su presencia en este lugar. ¡Salga del auto, levante las manos, colóquelas sobre el cofre, no haga ningún movimiento brusco y no se ponga difícil, porque le rompo la madre!
Temeroso, Roberto se puso muy pálido y, tartamudeando, intentó protestar.
-Pero... señor, yo le aseguro que...
-¡Cállese la boca y súbase ahora mismo a la patrulla, borracho infeliz, apestoso! -le ordenó el oficial con voz de trueno, empujándolo al interior de ésta, después de cachearlo y esposarlo con rudeza, sin la menor consideración.
Estaba espiando a su mujer y a su supuesto amante
Una vez en la comisaría, Roberto no tuvo más remedio que confesar que estaba espiando a su mujer y a su supuesto amante, el "maestro Antonio", eso era todo. Corroborada su ridícula historia por los policías y el agente del ministerio público que se partían de risa ante el azoro del detenido, a quien reprendieron severamente por hacerle al investigador privado sin contar con una licencia para ello, y molestar, preocupar innecesariamente al vecindario, no les quedó más remedio que dejarlo en libertad; en realidad no había delito que perseguir.
Enterada Patricia de lo acontecido y del vergonzoso desenlace -los detectives la llamaron para constatar la versión de su marido-, por primera vez en mucho tiempo montó en cólera:
-Pero... ¿en qué cabeza cabe? ¿Cómo se le fue a ocurrir a este pendejo?- se decía sorprendida a la vez que indignada- ¿Espiarme? ¿Dudar, desconfiar de mí que le he sido fiel toda la vida? ¿Pues qué tiene en la cabeza este baboso?
¿Mierda acaso?
Cuando Roberto llegó a su casa con la cola entre las patas, balbuceando torpes, increíbles disculpas, Patricia se limitó a mirarlo de arriba a abajo, con desdén, con desprecio, y guardó silencio. Bañado en lágrimas, gimoteando como un niño, muy afligido, genuinamente arrepentido, le pidió perdón reiteradamente.
Ella lo pensó dos veces. En su enojo, había considerado seriamente la posibilidad de divorciarse. Si bien comprendía perfectamente que los celos de su marido eran resultado de su amor por ella, también le quedaba claro que Roberto le había faltado al respeto, había desconfiado, dudado de ella, que nunca le faltó ni con el pensamiento, y en el colmo de su egoísmo, de su inseguridad, se había atrevido nada menos que a vigilarla, a espiarla como si se tratara de una vulgar suripanta, olvidando que no hay relación que perdure sin respeto y que cuando se pierde la confianza se pierde todo. Así pues, motivos no le faltaban para dejarlo, desde luego, pero... ¿valía la pena? Después de todo, habían pasado tantos años juntos durante los cuales fueron razonablemente felices y compartieron muchas cosas. Ella amaba a su marido y él a ella; de otra manera, ¿cómo entender su conducta, por absurda que fuera? Porque una cosa era explicar y otra bien distinta justificar su comportamiento, se decía todavía molesta y no muy convencida de perdonarlo.
Se declaró en abstinencia carnal, cruzó las piernas y se mudó de habitación
Transcurrieron varios días en los que Roberto deambulaba como perro sin dueño por el departamento haciendo lo indecible por agradar a su esposa, quien no parecía percatarse de sus esfuerzos, hasta que, finalmente, una vez atemperado su enojo y después de pensarlo muy bien, no obstante su enorme disgusto Patricia decidió perdonarlo, pero también darle un serio escarmiento: se declaró en abstinencia carnal, cruzó las piernas, se mudó de habitación y no le dirigió la palabra durante varias semanas. Había traicionado su confianza, había sido infiel a su cariño. Tenía que darle una lección.
Cuernavaca, primavera de 2016