REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 10 | 2017
   

Letras, libros y revistas

Mesita de noche


Patricia Zama

La pluma del corsario
Una de las cartas que escribió Emilio Salgari (agosto 21 de 1982-abril 25 de 1911) antes de suicidarse a los 49 años con la técnica del harakiri estaba dirigida a sus editores: “A ustedes, que se han enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, sólo les pido que, en compensación por las ganancias que les he proporcionado, se ocupen de los gastos de mis funerales. Los saludo rompiendo mi pluma. Emilio Salgari.” Uno de los más leídos del siglo XX, Salgari escribió 84 novelas con personajes que han poblado de heroicas aventuras las fantasías de los lectores juveniles. Aquí las primeras líneas de El corsario negro:
“De entre las tinieblas del mar, surgió una voz potente y metálica:
—¡Alto los de la canoa o los echo a pique!
...los dos hombres que tripulaban fatigosamente una barquilla apenas visible, soltaron los remos y miraron con inquietud el algodonoso seno del mar. Tenían unos cuarenta años, y sus facciones enérgicas y angulosas aún parecían más hoscas a causa de sus enmarañadas barbas. Llevaban sobre la cabeza sombreros amplios agujereados de balas, cuyas alas parecían rotas a dentelladas; sus camisas de franelas y sus calzones estaban desgarrados, y sus pies desnudos demostraban que habían caminado por lugares fangosos. Sin embargo, sostenían pesadas pistolas, de aquéllas que se usaban en los últimos años del siglo XVI...
—¿Quién vive?
—El diablo —murmuró el llamado Wan Stiller.
Su compañero, en cambio, gritó, con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡Si tiene tanta curiosidad, acérquese hasta nosotros y se lo diremos a pistoletazos!
La fanfarronada no pareció incomodar a la voz que interrogaba desde la cubierta del barco:
—¡Avancen, valientes —respondió—, y vengan a abrazar a los hermanos de la costa! Los hombres de la canoa lanzaron un grito de alegría.
—Que me trague el mar si no es una voz conocida —dijo Carmaux, y añadió—: Sólo un hombre, entre todos los valientes de las Tortugas, puede atreverse a venir hasta aquí, a ponerse a tiro de los cañones de los fuertes españoles: el Corsario Negro...
Un hombre descendió desde el puente de mando. Vestía completamente de negro, con una elegancia poco frecuente entre los filibusteros del Golfo de México. Llevaba una rica casaca de seda negra con encajes oscuros y vueltas de piel, calzones en el mismo tono negro e idéntica tela; calzaba botas largas y cubría su cabeza con un chambergo de fieltro, sobre el cual había una gran pluma que le caía hacia la espalda. Tal como en su vestimenta, en el aspecto del hombre había algo fúnebre. Su rostro era pálido, marmóreo. Sus cabellos tenían una extraña negrura y llevaba barba cortada en horquilla, como la de los nazarenos. Sus facciones eran hermosas y de gran regularidad; sus ojos, de perfecto diseño y negros como carbunclos, se animaban de una luz que muchas veces había asustado a los más intrépidos filibusteros de todo el Golfo...”

Los hechos, tal como ocurrieron
Andrea Camallieri cuenta la historia de los hermanos Sacco, obligados en los años veinte a defenderse de la mafia, de la policía, de sus vecinos e incluso de sus amigos, hasta convertirse en leyenda siciliana en La banda de los Sacco (Planeta). Aquí las primeras líneas:
“A mediados del siglo XIX Luis Sacco es tan sólo un muchacho espabilado y vivaz que trabaja como jornalero. Yendo de campo en campo, consigue pequeños contratos en las tierras cercanas a Raffadali, su pueblo natal. Éstas son sus riquezas: juventud, dos brazos fuertes y muchas ganas de trabajar. Por lo demás, le faltan hasta los zapatos.
Está muy enamorado de una bella muchacha, jornalera como él, llamada Antonia Randisi. Y ella también lo ama a él. A los dos les encantaría casarse y tener hijos, pero no tienen dinero...
La vida del jornalero es muy dura... no es un trabajo estable ni dura todo el año... durante tres meses trabajas y entonces puedes comer media hogaza con una sardina, y durante tres meses no trabajas y lo único que comes –y eso si la suerte te ayuda– es un mendrugo de pan seco con un poco de achicoria. Cuando llega la época de la cosecha (los momentos del año en que se recogen las almendras, las habas, las aceitunas, las uvas o el trigo), los jornaleros se reúnen a las siete de la mañana en un sitio establecido, que en general es una plaza del pueblo, y allí esperan a los capataces que, por encargo de los patrones, van a fari la chiurna, o sea, a reclutar a las personas, varones y mujeres, que se han congregado en el punto de encuentro para llevarlas a los campos.
La posibilidad de que te escojan depende totalmente del capataz, que no siempre elige a los jornaleros por lo bueno que son en su trabajo o por lo mucho que se esfuerzan en ganarse la escasa paga, sino que a menudo y de buena gana obedece las órdenes de un mafioso o el ruego de un amigo, o del amigo de un amigo. O, si no, muchas veces decide quién sí y quién no a su antojo, según si alguien le cae simpático o antipático...
Se comienza a trabajar con las primeras luces del día y se acaba cuando cae la tarde. Sólo está permitida una pausa de una hora, que debe bastar para que los trabajadores coman y hagan sus necesidades. Pero ¿qué comen los jornaleros? Una hogaza de pan de un kilo acompañada de una sardina salada o un huevo duro. Para que la comida sea soportable, primero se meten la sardina o el huevo duro a la boca, los giran con la lengua y luego se los sacan fuera intactos. A continuación, se comen los primeros tres cuartos de la hogaza acompañados por el sabor de la sardina o el huevo. Solo se comen la sardina o el huevo cuando queda el último cuarto de hogaza. Beben agua que mantienen fresca en un cántaro. En algunas ocasiones, muy raras veces, si el patrón es generoso, ofrece el condumio, que consiste en un poco de berenjenas o una escudilla de harina de habas cocinada en agua y reducida a papilla, con un chorrito de aceite encima, y que sirve para acompañar el pan. Si el trabajo debe continuar al día siguiente, los trabajadores duermen al raso...”

El hombre de Siena
De Federigo Tozzi (Siena 1883-Roma 1920) la UNAM prepara la edición de Bestias (colección Relato Licenciado Vidriera), una serie de relatos autobiográficos en prosa poética, que cantan a la luz de Siena y a la melancolía del artista. La traducción es de Rodrigo Jardón Herrera y Diego Antonio Mejía Estévez. Aquí un par de fragmentos:
“...Siempre que amaba a la misma persona, me gustaban los techos rojos y los geranios. En la primavera me obstinaba por convertirme en católico y en los inviernos soñaba con ser rico. ¡Ah, no olvidaré que ella se quitaba las medias para que yo le besara los pies; ni que me pedía que pelara su fruta; tampoco que me quemaba el rostro con su cigarro encendido! Y por qué, cuando ella me abrazaba, yo observaba nuestras figuras en el espejo, sin saber cuál de las dos imágenes era la verdadera. ¿Por qué olvidaba hasta mi nombre? Ella siempre me había engañado, pero yo estaba tan acostumbrado que de todas formas la amaba. Por la misma razón, mi amor era tan natural como el resplandor que animaba a la Osa durante la noche. Pensaba que mi boca sólo existía para besar la suya.
¡Ah, sí! ¡Me gustaban los techos rojos, los plátanos colmados de hojas, las acacias cuando florecían, los muros de las calles y las ventanas cerradas! Pero sobre todo, lo repito otra vez, me gusta la extensión de techos rojos que observaba desde mi ventana, porque era una fiesta durante la lluvia y en los claros de luna...
Poco después de la medianoche, cada paso en dirección a mi casa parecía quebrarme las piernas. ¡Y tenía que llegar a toda costa! Ya no amaba a la mujer que me aguardaba y, por esa razón, ocasionalmente miraba fijamente las estrellas. Sentía que enloquecía y que me volvía malvado. Y cuando distinguía el techo de la casa, a la sombra de los cipreses, sentía que ese hogar ya no me pertenecía. Sólo contaba con esa mujer, a la que no amaba. Cuando clareaba el día, ¿me habría gustado huir para que su pésimo amor no corrompiera el mío? Por fortuna, no estábamos casados. A pesar de que nunca me traicionó, no quería que su alma, falsa como dos de sus dientes, continuara buscando la mía en los momentos en los que soñaba con el amor capaz de devastar mi alma. Sentía que me agotaba atravesar el claro de luna, tan silencioso, entre las sombras de la hojarasca y los enrejados de las villas.
Cuando llegué al lado de un pino, escuché un ruiseñor. Le grité y le lancé una pedrada. ¡Hubiera querido tener un fusil!”

La alegría de saber que el muerto era él
Hace casi doscientos años que nació León Tolstoi un 9 de septiembre de 1828. Su relato “La muerte de Iván Ilich”, publicado por primera vez en 1886 sigue siendo una de las mejores visiones totalizadoras de la vida y de la muerte. Aquí las primeras líneas:
“Durante la suspensión de las audiencias del asunto de los Melvinsky, en el gran edificio del Palacio de Justicia, los jueces y el procurador se reunieron en el gabinete de Iván Yegórovich Shebek, y la conversación recayó sobre el célebre asunto Krasovsky. Fedor Vasilievich, se acaloraba demostrando la incompetencia de un tribunal, que Iván Yegórovich negaba; Piotr Ivánovich, sin haber tomado parte en la discusión, repasaba los periódicos que acababan de llevar.
—Señores —dijo súbitamente—. Ha muerto Iván Ilich.
—¿Es posible?
—Lea usted la noticia —agregó, tendiendo a Fedor Vasilievich el número recién impreso, que olía a tinta fresca...
Iván Ilich era el colega de aquellos señores, y todos le apreciaban mucho. Llevaba enfermo algunas semanas; se decía que su enfermedad era incurable. La muerte de aquel hombre dejaba una plaza vacante, y esto hizo que todos pensaran en posibles combinaciones: Alexéiev podía ser nombrado en su remplazo; el puesto de Alexéiev sería ocupado entonces por Vínnikov o por Shtabel. Por consiguiente, el pensamiento de todos, al recibir la noticia de la muerte de Iván Ilich, se fijaba especialmente en la importancia que podría tener aquella muerte para el ascenso de los interlocutores o de sus conocidos.
Con seguridad que ahora ocuparé el puesto de Shtabel o el de Vínnikov —pensaba Fedor Vasilievich...
Menester será solicitar el traslado de mi cuñado de Kaluga —pensó Piotr Ivánovich—, y mi mujer quedará satisfecha. No podrá decir que no hago nada por sus parientes.
—Con razón pensaba yo que no se levantaría —dijo en voz alta Piotr Ivánovich—. Es una lástima...
—¿Acaso tenía fortuna?
—Parece que tenía muy poca cosa, era la mujer la que tenía algo, pero insignificante.
—Será preciso ir...
Sin contar las reflexiones sobre nombramientos y cambios en el servicio que debía causar el fallecimiento de aquel hombre, el fenómeno de la muerte de un ser conocido provocó, según ocurre siempre, en cuantos recibieron la noticia en el Palacio, un sentimiento de alegría, la alegría que causa saber que “el muerto era él”, no ellos. “Bueno, hele muerto, mientras que yo vivo aún” —pensábase o se sentía. Los íntimos, los titulados amigos de Iván Ilich pensaban, además, que se verían obligados a cumplir fastidiosísimos deberes de conveniencia: asistir a la misa de réquiem, hacer una visita de pésame a la viuda, etcétera, etcétera.

Novedades en la mesa

Una decena de títulos de Rius (Eduardo Humberto del Río García), creador de Los supermachos, circulan hoy en las mesas de novedades, entre ellos, La trukulenta historia del kapitalismo (Debolsillo); Los presidentes dan pena (Grijalbo), y La panza es primero (Debolsillo)… Cuento para niños y adultos es el libro póstumo de Ignacio Padilla Miguel de Cervantes: caballero de las desdichas, editado por SM… El anuncio del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances concedido al francés Emmanuel Carrére (1957) no toma desprevenidos a los lectores mexicanos que empezaron a leerlo hace más de una década, Y en las mesas de novedades se pueden adquirir más de diez títulos suyos, casi todos editados por Anagrama, entre ellos: Una semana en la nieve (19995), El adversario (2000), Una novela rusa (2007), De vidas ajenas (2009), Limónov (2011) y El reino (2014)… El italiano Roberto Saviano vive amenazado por la camorra desde 2006, al publicarse su novela Gomorra acerca de la camorra italiana. A las mesas de novedades ha llegado la nueva novela de este autor, La banda de los niños (Anagrama), que denuncia la vida de quienes crecen en un entorno criminal.