REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 10 | 2017
   

De nuestra portada

Los tortuosos lunes


Benjamín Torres Uballe

No supe en qué momento empecé a odiar los lunes. El hecho es que se convirtieron en los días más detestables de la semana. Por el contrario, los viernes después del mediodía me parecían maravillosos, aunque fuera fin de quincena, lloviese de manera torrencial, incluso, si un terremoto se hubiera ensañado con Oaxaca, Chiapas, Tabasco y la Ciudad de México o en algún noticiario dieran a conocer que varios miserables políticos huyeron con el dinero de sus gobernados.
El primer día de cada semana me parecía infausto, tanto, que provocaba en mí un hastío indescriptible. Para intentar olvidarlo, solía enfrascarme en un desenfrenado golpeteo al teclado de mi computadora intentando escribir algún poema, un cuento breve, o ya de perdida alguna colaboración periodística. Era en vano, las letras me rehuían, es más, parecía que cuchicheaban entre sí para luego burlarse de mí. Resultaba alucinante el espectáculo.
Absorto en mis cavilaciones, con la pierna cruzada, una helada lata de cerveza en la mano derecha, gorra roja, y la mirada dirigida a la nada, un domingo por la noche, previo a la acostumbrada debacle anímica del lunes, de pronto creí encontrar la causa de mi dilema existencial.
La respuesta para nada era compleja, ahí estaba a la vista el origen de mis horas críticas, ésas de profundo fastidio y mal humor que me hacían usar malas palabras en contra de las cosas: “computadora idiota”, “almohada imbécil” “teléfono estúpido”, “tráfico hijo de la chi…”, y así la vulgar retahíla de exabruptos que desde hace tiempo se tornaron cotidianos.
Francamente era una sola cosa la que me ponía en situación irascible: que ella se marchara cada lunes al trabajo alrededor de las 10 de la mañana; caray, eso no es de cuates. Y no lo es porque las tardes del viernes eran una especie de oasis para nosotros. Comer en casa o en algún lugar cercano. Escucharla contarme sus peripecias del día laboral y ver sus ojos hermosos que luego de tantos años me siguen gustando enormidades. Un ron Zacapa era el pretexto ideal para continuar la charla en casa, muchas veces en el pequeño pero bien cuidado jardín. Buen trabajo del jardinero que lo cuida como si fuera de él… y al final espiritualmente sí es suyo.
Desde luego que el sábado era el gran día, mi favorito del fin de semana; despertar juntos, sin prisas, olvidarse de la fastidiosa rutina, quedarse hasta tarde en cama leyendo en las respectivas tablets las síntesis informativas, disfrutando un poco de fruta con yogurt. Después la narcotizante ducha, el exquisito desayuno preparado por sus hábiles manos y el gusto por la cocina. Unos espléndidos chilaquiles con salsa morita, toneladas de queso manchego, y la consabida ración de cebolla acompañados del obscenamente delicioso café gourmet producido en el bello Chiapas.
Si el ánimo y el tiempo nos daban, entonces ir al Centro Histórico a caminar, simplemente a caminar tomados de la mano y curiosear todo lo que se nos cruce en el camino. Irremediablemente las avenidas Madero, 5 de mayo, 16 de septiembre, Tacuba, Donceles, Independencia, Hidalgo y Juárez, la calle de Brasil, el Museo del Estanquillo, el ex Palacio de Iturbide, el Museo de la Ciudad de México, Palacio Nacional y Bellas Artes, aparecían mágicamente en nuestros afortunados y extenuantes periplos por la espléndida Ciudad de México.
Como buenos sibaritas, cuando de comida se trata, detenerse a mirar los menús de cuanto restaurante tiene la osadía de cruzarse ante nosotros. Unos buenos chiles rellenos de mariscos, en el establecimiento de la calle Bolívar, el exquisito helado de menta con chispas de chocolate, para luego extasiarnos con la panorámica que ofrece el imponente Templo Mayor y sus cuantiosos enigmas cósmicos incluso para los eruditos de la antropología y arqueología.
Y en la vuelta a casa, comentar el recorrido, desde temas verdaderamente apasionantes hasta las más absolutas boberías que nos provocaban catárticas carcajadas. Pero cuando abordamos el tema de los innecesarios –para la humanidad- y crueles sismos que azotaron a Chiapas y Oaxaca, la ciudad capital, Morelos y Puebla, entre otras entidades, ponernos serios y reflexivos, admirando por un lado la solidaria generosidad de los mexicanos, en especial de la gente que vive en la Ciudad de México, y por otra los acostumbrados desatinos gubernamentales con una tardanza y burocracia que exasperan aunadas a la miseria de la clase política ante tan profunda tragedia.
Como no tengo afanes de faquir y he fracasado reiteradamente cuando he intentado ser infeliz, decidí ponerle buena cara a los tortuosos lunes. Total, ella se va a las diez de la mañana, pero vuelve a la hora de la comida aproximadamente a las cuatro de la tarde. Ahora, en ese tiempo, redacto, leo, escucho música, llamo por teléfono a quienes debo hacerlo, y bromeo con mi amigo el viejillo.
Hoy trato de poner buena cara a las calamidades que pareciera se tornaron endémicas en este país maravilloso al que una y otra vez, y las veces que sean necesarias, los mexicanos están dispuestos a rescatar de la voracidad, ineptitud, y miseria de nuestros gobernantes y de la clase política en general.