REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 10 | 2017
   

De nuestra portada

Los jóvenes del 68


Gilberto Guevara Niebla

Tercera Parte
Estalla la revuelta

Todo comenzó el 23 de julio con un zafarrancho entre estudiantes que se originó a partir de un juego callejero: de un lado, alumnos politécnicos —vocacional 5—, del otro, alumnos de una escuela preparatoria privada incorporada a la UNAM, la Isaac Ochoterena. Esto ocurrió en el centro de la ciudad, cerca de la Ciudadela. El enfrentamiento suscitó la intervención de la policía (granaderos y agentes vestidos de civil) que, como siempre, actuó torpemente y adoptó actitudes abiertamente provocadoras. Los estudiantes rechazaron a los policías y se armó un pleito espectacular que se extendió por varias calles y que duró varias horas. En un momento dado, los granaderos, persiguiendo a los estudiantes, invadieron el recinto de la escuela vocacional No. 5 y, una vez dentro, golpearon indiscriminadamente a alumnos y maestros, sin importar sexo. Al menos una profesora fue lastimada seriamente. Consumada su fechoría, los granaderos se retiraron con aire triunfal, pero las cosas no iban a quedar así. Los acontecimientos despertaron indignación en el Politécnico y, los estudiantes de la escuela vocacional afectada rápidamente tomaron la iniciativa de realizar una asamblea y organizar una protesta pública por el atropello. Fue tal el escándalo que se armó, que la Federación de Estudiantes del IPN tomó cartas en el asunto y lanzó la idea (inusitada) de realizar una manifestación callejera para protestar contra la violencia policiaca el día 26 de julio.
—El 26 de julio, dijo Estrada, es el aniversario de la Revolución Cubana.
—En efecto, contesté, el día 26 de julio algunas organizaciones estudiantiles de izquierda, unas cercanas al Partido Comunista Mexicano y otras próximas a grupúsculos radicales, acostumbraban realizar una marcha conmemorativa que consistía en una procesión pacífica que se desenvolvía por Niño Perdido (eje Lázaro Cárdenas), del Salto del Agua hasta el Hemiciclo a Juárez (en avenida Juárez). El gobierno, aunque vigilaba de cerca, nunca molestaba a los manifestantes. Como ustedes pueden ver, la coincidencia en la realización de dos manifestaciones políticas el mismo día creó una situación inusitada en la Ciudad de México. Fue algo único. Anotemos de paso que ambas marchas fueron autorizadas formalmente por la dirección de gobernación del Distrito Federal.
—Bueno, dijo Bracamontes, pero la manifestación estudiantil era de politécnicos. ¿Qué hacían los estudiantes de la UNAM mientras tanto?
—Muy buen punto, Bracamontes. Hasta ese momento la Universidad no estaba involucrada directamente, pero hay que mencionar que muchos de los manifestantes pro-Cuba eran estudiantes universitarios. En cierta forma, el día 26, la UNAM comenzó a ser parte del conflicto.
—¿Por qué parte del conflicto? –Preguntó Mireia.
—Bueno, porque el conflicto estalló realmente el 26 de julio. Es decir, aunque a las manifestaciones se les habían asignado rutas distintas (la marcha politécnica iría de la Ciudadela al Casco y la marcha pro-Cuba tendría el trayecto antes mencionado, por Niño Perdido), se rompieron los esquemas cuando una masa importante de los manifestantes del Poli, una vez que culminaron su trayecto, optó por trasladarse en autobuses al centro y continuar la protesta caminando desde la Alameda hacia el Zócalo (esto se hizo contra la voluntad de los líderes de la federación estudiantil). Este grupo de politécnicos llegó a la Alameda haciendo gran escándalo cuando los marchistas pro-Cuba realizaban un mitin frente al Hemiciclo. Los gritos de ¡Zócalo! ¡Zócalo! ¡Zócalo! lanzados por los acelerados del poli sedujeron a los izquierdistas que, en grandes contingentes, dejaron el mitin y se unieron a los politécnicos. Este cortocircuito tendría efectos decisivos para magnificar el conflicto. Unidos de esta manera, politécnicos e izquierdistas (muchos de ellos, como dije, universitarios) se encaminaron desde la Alameda hacia el Zócalo por Madero en medio de un gran estruendo, lanzando consignas contra los granaderos, contra la violencia policiaca y contra el jefe de la policía. Eran unas dos mil personas. Al llegar a la calle de Palma (a una cuadra de distancia del Zócalo) los manifestantes toparon súbitamente con una muralla compacta de granaderos armados con escudos y macanas. La marcha se detuvo, pero casi de inmediato la policía inició un furioso ataque contra los jóvenes. En medio de gritos de pánico, alaridos e insultos, los manifestantes se dispersaron corriendo en todas direcciones. La policía no tuvo miramientos, los persiguió y, cuando los alcanzaba, los golpeaba sin piedad. Muchos jóvenes fueron encarcelados. Pronto el escenario mostraba los estragos de la represión: ambulancias y patrullas aullando, decenas de estudiantes sangrando, muchachas presas de la histeria, persecuciones por todos lados, etc.
Mis alumnos, guardaban un atento silencio, pero en ese instante Estrada tomó la palabra y me interrumpió.
—Maestro, pero ¿por qué atacó la policía si los estudiantes no habían hecho ningún desorden?
—No estoy seguro de la respuesta, pero pienso que la acción de la policía obedecía a la lógica represiva del régimen que no estaba dispuesto a permitir que una manifestación política independiente llegara frente a Palacio Nacional. El Zócalo era un espacio simbólico del poder autocrático y autoritario. Se pensaba que, al ser hollado por fuerzas disidentes, se estaría atropellando la figura del mismo presidente de la República. Ni más ni menos. Pero algo inesperado se produjo durante la represión del 26 de julio: aquí y allá, comenzaron a darse brotes de resistencia física de parte de grupos estudiantiles que contraatacan a la policía con piedras. Y lo que vino a complicar más las cosas fue que la policía, en su afán por perseguir a los manifestantes, comenzó a golpear a los pacíficos transeúntes que, para su mala suerte, transitaban por el centro a esas horas. La noche había caído y la oscuridad contribuyó a multiplicar el desorden. Hubo un incidente que fue determinante en ese momento: acababa de concluir un concierto de rock en la preparatoria número 2 (San Ildelfonso) al que habían asistido centenares de alumnos, entre ellos muchos jóvenes violentos, integrantes de las llamadas “porras universitarias” (las porras surgieron como grupos de animación deportiva, pero con el tiempo se degradaron a pandillas de golpeadores). Al salir del concierto, los estudiantes fueron atacados por la policía y reaccionaron de inmediato contraatacando, se posesionaron de la azotea de su escuela y de las azoteas de edificios vecinos y desde ahí dirigieron la “lucha de defensa”. Se instaló así, un frente de combate en forma.
—¿Ya no había clases a esa hora? –Preguntó Eliseo Bravo.
—Sí, sí había clases, aunque a esa hora (20.30 horas aproximadamente) no muchas. Si ustedes observan el desarrollo de estos eventos, se darán cuenta que el ataque contra los alumnos de la preparatoria podía ser interpretado, como lo fue, como un agravio a la misma Universidad Nacional. Éste fue el verdadero disparador del movimiento estudiantil de 1968. Los desórdenes no cesaron y se extendieron hasta altas horas de la noche. Al concluir el día se contabilizaban 2 estudiantes muertos, 300 personas heridas, centenares de personas encarceladas y una especie de “estado de excepción” instalado en el centro de la ciudad que era patrullada incesantemente por granaderos y por patrullas policiacas. La policía no se retiró y, al parecer, la presencia policiaca se justificó con el hecho de que los estudiantes preparatorianos se mantenían en “posición de combate” en las azoteas de los viejos edificios coloniales.







El Ejército entra en escena. Cuarta parte

El relato del estallido del conflicto despertó en mis alumnos gran interés y los animó a formular nuevas preguntas. Mónica preguntó:
—¿Entró la policía a la preparatoria?
—No, por el momento, al menos. Lo que la policía hizo fue establecer un cerco permanente alrededor del edificio en el que participaban varias centenas de agentes. Así transcurrió la noche. A la mañana siguiente, los periódicos informaron con grandes y escandalosos titulares de los hechos violentos del día anterior y, al unísono, repitieron la explicación que la Secretaría de Gobernación había dado. Se trataba de una “conspiración comunista” y se había comprobado que en los hechos de violencia habían tomado parte “agentes extranjeros”. Era usual, en aquellos años, que para explicar cualquier desorden se acusara a los comunistas. Recuérdese: eran tiempos de la Guerra Fría y el gobierno de México se había alineado con Estados Unidos en la lucha contra el comunismo. Pero las autoridades no se limitaron a denunciar en la prensa a los comunistas, sino que procedieron, al día siguiente, a encarcelar a un grupo importante de cabecillas del PCM. O sea que un problema mínimo, doméstico, de policía, se vio transformado de repente en un asunto político de primer relieve y, como ustedes pueden ver, la conducta del propio gobierno es lo que explica esa transformación.
Estrada intervino aquí:
—Pero supongo que no toda la prensa se subordinaba al gobierno, ¿no es cierto?
—Pues sí, en ese momento no existía un solo periódico nacional independiente. Si ustedes examinan los diarios del sábado 27 se van a sorprender de la unanimidad que van a encontrar en ellos. Ese día se desató una campaña histérica de anticomunismo.
—¿Y los estudiantes, maestro? ¿Qué hicieron ellos? –preguntó Bracamontes.
—Bueno, el 27 fue sábado. Casi no hubo clases, pero la reacción de indignación por los sucesos se registró desde el mismo viernes. Hubo estudiantes del Poli (Vocacional 5, Economía, Ciencias Biológicas) que regresaron a sus escuelas, después de desencadenarse la represión, y que convencieron a sus compañeros para declarar un paro de actividades en sus escuelas. En la Vocacional 5 se creó una situación similar a la de la preparatoria de la UNAM: estudiantes combatiendo desde las azoteas y cerco policiaco. Así comenzó propiamente la huelga estudiantil de 1968. En Ciudad Universitaria no hubo mucha actividad (excepto en Ciencias Políticas donde se desarrollaba un paro con la demanda “libertad de los presos políticos”). Donde sí hubo movimiento fue en el centro, en San Ildelfonso. Durante la noche, los estudiantes (quizá unos 200) colocaron autobuses para bloquear el acceso de la policía al edificio de la prepa al estilo de las barricadas que habían construido en Paris los estudiantes de mayo. Por la mañana, hubo una asamblea en la que los estudiantes se reunieron con dos funcionarios de la UNAM para discutir la posibilidad de detener las hostilidades. No se llegó a ningún acuerdo.
—¿Porqué los estudiantes no aceptaron retirarse? –Preguntó Eliseo.
—No tengo respuesta para eso, aunque la verdad es que la actitud beligerante de ese pequeño grupo explica en gran parte el desarrollo posterior de los acontecimientos.
—¿O sea, que las autoridades no hicieron ningún esfuerzo para solucionar el conflicto?
—Al contrario, parecía que las autoridades lo que buscaban era “incendiar la pradera”. Durante años se ha especulado que esta gigantesca provocación fue armada para promover a la presidencia a Luis Echeverría. Porque hubo provocación, por ejemplo, cuando los funcionarios de la UNAM se retiraron del edificio de la preparatoria, fueron detenidos por agentes de la policía judicial y conducidos a la Procuraduría, como si fueran delincuentes. El rector de la UNAM, ingeniero Javier Barros Sierra, tuvo que intervenir personalmente para lograr su liberación. Además, ocurrieron cosas muy extrañas. En la madrugada del sábado un grupo de facinerosos, enmascarados, entró a la preparatoria y vandalizó las oficinas de la dirección de la Escuela Nacional Preparatoria. Jamás se aclaró este extraño acontecimiento.
Estrada, me interrumpió para decir:
—Pero ¿qué podían ganar las autoridades al agravar la situación?
—No lo sé, el hecho es que el lunes 29, la policía, en vez de retirarse del centro, lo que hizo fue suspender el tráfico de vehículos en todo el centro de la ciudad. Esta acción contribuyó, no a disminuir el problema, sino a agravarlo. Ese mismo día, la policía impidió el acceso a Ciudad Universitaria y a Zacatenco de autobuses y obligó a los estudiantes a caminar uno o dos kilómetros para llegar a clases, lo cual, naturalmente, provocó mucha irritación entre el alumnado. No obstante, esa misma mañana se celebraron las primeras asambleas estudiantiles y varias facultades universitarias (ciencias, economía, ciencias políticas y filosofía) se declararon en huelga en protesta contra la violencia policiaca. Ese mismo lunes, varias escuelas de estudios superiores del IPN se incorporaron a la huelga y hubo hechos violentos en torno a la vocacional 7, en la vocacional 5 y frente a la preparatoria 7. En San Ildelfonso, los estudiantes declararon también la huelga y, por la noche, un grupo de 300 alumnos, aproximadamente, decidió realizar una manifestación del edificio de la preparatoria al Zócalo, pero al llegar a la explanada fueron salvajemente reprimidos por la policía. El fuego de la violencia volvió a encenderse en el centro de la ciudad y, como en ocasiones anteriores, se inició un juego de gatos y ratones donde la policía avanzaba, los estudiantes retrocedían, la policía volvía a atacar, los estudiantes escapaban, etc. (los estudiantes agredían con piedras y bombas molotov que eran botellas con gasolina y la policía contratacaba con gases y macanas). Pero todo permanecía en la incertidumbre, no estaba claro a dónde se iba a llegar.
—Pero tuvo que darse una solución, ¿no? –dijo Estrada.
—Sí, y la solución fue sorpresiva para todos. Después de las 12 horas los granaderos se retiraron. Hubo una pausa. Media hora después aparecieron numerosos contingentes de soldados con tanques, jeeps, ametralladoras y cañones que, sin miramientos, destruyeron el portón principal de la preparatoria (con un tiro de bazuca), se apoderaron del edificio y capturaron a un puñado de estudiantes que se encontraba en el interior –la mayoría heridos. Una operación semejante se realizó en la vocacional 5 y en la preparatoria 5 cuyos estudiantes, hasta ese momento, no habían tenido ninguna participación en los disturbios. La policía, por su parte, tendió un cerco en torno a Ciudad Universitaria y en torno a Zacatenco. Al día siguiente, la ciudad entera parecía estar en estado de sitio.
—Maestro, pero meter al ejército fue algo exagerado –dijo Mireia.
—Evidentemente, la intervención militar hacía pensar al público que algo grave, muy grave, estaba ocurriendo en la ciudad. Fue algo desproporcionado y absurdo. Cabe preguntarse: ¿quién tomó la decisión sobre esa intervención? No se puede movilizar al ejército sin autorización del Presidente de la República —Gustavo Díaz Ordaz—, pero el Presidente había salido el día anterior de viaje por Jalisco, de modo que la responsabilidad recayó en el segundo de abordo, es decir, el secretario de Gobernación, Luis Echeverría. No obstante, la Secretaría de la Defensa declaró esa misma madrugada que la tropa había intervenido a solicitud del regente de la ciudad, general Alfonso Corona del Rosal. Este militar dijo, horas más tarde, que los hechos de violencia eran parte de “un plan de agitación perfectamente planeado”. Por su parte, Luis Echeverría declaró que lo que se buscaba con la acción de la tropa era “preservar la autonomía universitaria” y, agregó, “México se esfuerza por preservar un régimen de libertades que difícilmente se encuentra en otro país”.

Continuará…