REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
12 | 12 | 2017
   

De nuestra portada

Michoacán, tan lejos de Dios y del Estado Entrevista con J. Jesús Lemus


Ariel Ruiz Mondragón

En las últimas décadas Michoacán ha sido escenario de la acción y de la devastación política, social y económica generada por los grupos del crimen organizado, que han encontrado allí tierra fértil para sus actividades delictivas debido, entre otros aspectos, a su notoria debilidad institucional. Esto dio origen a que, incluso, grupos de la sociedad tuvieran que organizarse para defenderse, incluso de forma armada y violenta, de aquellas bandas.
Acerca de ese proceso de degradación y de violencia, que hoy parece ya un poco atenuado, J. Jesús Lemus nos entrega una vasta y detallada crónica en su libro Tierra sin Dios. Crónica del desgobierno y la guerra en Michoacán (México, Grijalbo, 2015).
Sobre esa obra periodística conversamos con el autor, quien ya lleva más de dos décadas en el oficio, en el que se ha desempeñado como reportero, jefe de información, jefe de redacción y editor. Estuvo encarcelado durante tres años en el penal federal de Puente Grande acusado de delincuencia organizada y narcotráfico, cargos de los que resultó exonerado. Autor de seis libros, ganó el premio internacional Pluma a la Libertad de Expresión en 2011.

Ariel Ruiz (AR): ¿Por qué hoy escribir un libro como el suyo, acerca del que usted llama “el primer estado fallido en México”?

J. Jesús Lemus (JJL): Es una radiografía de lo que ha pasado en Michoacán con el desgobierno y todo lo que se derivó después del surgimiento de los grupos de autodefensa, lo que a mí me ha llevado a pensar que es un estado fallido porque, en primer lugar, no hay una entidad que tenga estas condiciones de violencia. En segundo lugar, no hay otro estado que la Federación haya intentado salvar tan vehementemente como lo hace con Michoacán.
En tercero, creo que las condiciones sociales que existen en la entidad no son particulares sino casi generales en muchos estados del país, donde se pueden replicar asuntos como el de Michoacán, en el que el gobierno dejó de serlo y el narcotráfico dejó de serlo para ser gobierno. Esto es lo que se me hace más difícil: es un estado donde el crimen organizado y el gobierno estatal fueron uno solo en un determinado momento, lo que a mí me hace pensar que realmente Michoacán fue un estado fallido.
Yo sé que el concepto de Estado fallido lo plantea el sociólogo Noam Chomsky cuando habla de un Estado nacional que no cumple con su función real, que, de acuerdo con el pacto social, es la creación de fuerzas de guardia o de vigilancia para garantizar la propiedad, la vida y la seguridad. Si el Estado no cumple con estos requisitos fundamentales está fallando, y en Michoacán falló. Lo vemos en el asunto de que esta entidad, en un periodo breve de menos de cuatro años, tuvo tres gobernadores, casi uno por año cuando debe ser un gobernador para seis años. Peor tantito: tuvimos uno que estaba enfermo (Fausto Vallejo), otro preso acusado de narcotráfico (Jesús Reyna) y uno tercero que no valía un cacahuate (Salvador Jara).

AR: Al principio del libro viene un resumen histórico del desarrollo del narcotráfico en Michoacán, que va desde la década de los cuarenta del siglo pasado con los Valencia, hasta los minicárteles y el gavillero Rogelio Reyes. ¿Cuál es el legado que existe hoy de aquella época “romántica” del narcotráfico en Michoacán?

JJL: Los elementos que perviven son los de la base social, cuando el narcotráfico no se ocupaba nada más por delinquir ni por hacerse rico sino que se preocupaba por su comunidad. Había narcotraficantes como Rogelio Reyes, quien fue gavillero y secuestrador, que asaltaba en los caminos además de narcotraficar; pero robaba para darle a la gente. Era una base social muy cabrona: él llegaba perseguido a Zumarán o a Zinaparo, y ¿dónde se metió? Llegaba el Ejército y no lo sabía porque todo el pueblo lo protegía.
Esa estrategia de crear base social a través del financiamiento a obras sociales con dinero del narco se quedó arraigada en Michoacán. La Familia lo logró hacer cuando hizo programas de becas, de salud, pavimentó calles, construyó canchas en las escuelas, perforó pozos, llevó tractores para algunos productores y hasta a algunos periodistas les llevó cámaras fotográficas. Eso es hacer base social, y la Familia y luego los Templarios lo hicieron.
Eso es lo que pervivió de aquel tiempo, y por ello nadie denunciaba quién era el jefe de plaza de una localidad. Pero luego vino, en contraparte, lo sanguinario de los grupos: la violencia y la voracidad, cuando ya no nada más se dedicaban al narcotráfico. En un principio la gente decía: “Si pasan por aquí con mariguana y cocaína, a mí me vale madre. Que se la lleven de aquí y que la vendan en otro lado”.
Pero luego el miope gobierno federal de Felipe Calderón cerró las fronteras y los pasos, y en una lucha tonta comenzó a perseguir y a matar gente. Cuando ya no hubo posibilidad de que los narcotraficantes trabajaran, entonces se volvieron asesinos a sueldo, secuestradores, extorsionadores, porque necesitaban dinero para sostener su empresa. Ellos tenían 100 o 200 gentes a su servicio, y cuando ya no tuvieron venta de drogas buscaron caminos alternativos. Ésa es una condición natural de cualquier grupo económico: si la empresa no me está redituando vendiendo libros, pues ahora voy a vender revistas.
Así lo hizo el narcotráfico porque era una cuestión de supervivencia natural, y así ocurrió con la Familia Michoacana y luego con los Caballeros Templarios: ya no se dedicaban al trasiego de drogas sino al crimen organizado: a secuestrar, extorsionar, cobrar derecho de piso, a cobrarle a los aguacateros. A toda la gente le comenzaron a exigir una cuota, hasta a los tortilleros. ¿Por qué? Porque aquellos cabrones tenían que vivir de alguna forma.
Esto no es una justificación sino una explicación. Y a esa parte mala agrégale la violencia cuando tuvieron que defender sus lugares.

AR: Quiero ir sobre esto de las defensas, que en buena medida es la historia de cómo las comunidades han buscado defenderse. Justamente en el libro, en el caso de Rogelio Reyes en los años ochenta, usted menciona que fue la primera vez que los empresarios michoacanos se organizaron para armar guardias blancas para evitar los secuestros. ¿Cómo fue esta primera organización de las autodefensas antes de Mireles? También están las experiencias de los mineros, e incluso en sus inicios la Familia Michoacana alegaba que los iba a defender de los otros cárteles al estado.

JJL: De hecho, en un momento determinado la Familia Michoacana fue autodefensa porque, finalmente, se convirtió en defensor de los intereses de los grupos económicos asentados en Michoacán, de los empresarios que no querían que los secuestraran, de los mineros que no querían que les robaran su producción. Entonces nació como un grupo de autodefensa; a lo mejor no alcanzaron a aterrizar bien el concepto y nomás dijeron “somos un grupo que protege”. Incluso defendía a la gente que prestaba dinero y a la que luego no le querían pagar; ellos iban y cobraban la deuda mediante un porcentaje, por supuesto. Si no les pagaban, a los deudores les ponían unos chingadazos, los desaparecían o los secuestraban y les cobraban a sus familias.
La Familia comenzó defendiendo esos intereses. Cuando las autodefensas se organizaron únicamente se abocaron a defender su territorio, su seguridad, su familia y su propiedad, que son los elementos para los que está hecho el Estado. Entonces la mejor prueba del Estado fallido es el surgimiento de estos grupos de autodefensa.
El primer antecedente de autodefensa en Michoacán es cuando los empresarios de la zona del Bajío crearon sus propios grupos de escoltas para defenderse de los secuestros de Rogelio Reyes. El Estado, la Presidencia de la República dio permiso a los empresarios de La Piedad para que tuvieran a cuanta gente pudieran pagar, armada con permisos de la Secretaría de la Defensa Nacional, a disposición del patrón. Eso era un grupo de autodefensa, y lo vemos actualmente: incluso los que traen escolta son grupos de autodefensa.
Creo que el término de autodefensa a veces está muy castigado, y pensamos en grupos revoltosos de la sociedad, pero las autodefensas que están en Michoacán se defienden como lo hace Carlos Slim. ¿Cómo anda él en la calle? Trae su grupo de autodefensa: le llaman escoltas, guaruras, como quieras. Estos van armados y van a reaccionar en caso de agresión, no van a esperar a que el Estado llegue y los proteja.
Creo que cambia el concepto y somos como una sociedad olvidadiza en ese sentido.

AR: Después de aquella época romántica llegaron los grandes grupos del narcotráfico, como los cárteles de Guadalajara, Sinaloa, el Golfo, Tijuana, Ciudad Juárez y los Zetas —con quienes fue la peor guerra— e incluso el de Medellín. ¿Qué cambió cuando estos grupos llegaron a Michoacán?

JJL: Cambió la paz. Yo creo que en Michoacán se empezó a perder la paz para entrar en un estado de guerra, de conflicto entre los propios michoacanos, porque las familias producían mariguana y la vendían a distintos grupos. Pero todos eran michoacanos e incluso se trataban como paisanos y no veían en la mariguana algo malo, y algunos lo hacían hasta con cierta inocencia.
Cuando llegaron aquellos grupos fue cuando iniciaron los enfrentamientos incluso entre familias, y es cuando se abrió esta gran brecha que no se puede cerrar hasta ahora por tanta sangre. Fue cuando unas familias se fueron con un cártel y otras con otro, todos buscando ganar el control del puerto de Lázaro Cárdenas, que es la joya de la corona, porque todos quieren una salida al Pacífico y con la frontera sur de Estados Unidos.
Creo que la situación cambió mucho cuando llegaron los grupos de narcotráfico a querer posesionarse del territorio michoacano y de los microcárteles que ya estaban allí.
Los grupos del narcotráfico vieron el estado de corrupción en el que se encontraba la entidad y comenzaron a comprar funcionarios: comprar un policía ministerial o un ministerio público es lo más fácil del mundo.
Entonces creo que cambió la tranquilidad de los michoacanos con la llegada de estos grupos del crimen organizado.

AR: Todas estas disputas tan sangrientas coinciden con la transición democrática en el país, que si en algún estado fue muy visible fue en Michoacán, de donde es Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. ¿Cambió la política michoacana con ese cambio democrático? Ha habido alternancia y apoyos del narcotráfico a campañas y candidatos.

JJL: Cuando Cuauhtémoc Cárdenas fue gobernador de Michoacán creó una figura y le abrió la puerta a la corrupción: los llamados Comités de Participación Ciudadana, que no fueron otra cosa más que un grupo de ricos de cada pueblo de los 113 municipios de Michoacán, quienes eran los encargados de bajar el chorro de recursos del estado. Los comités, que eran como un concejo de mayores en cada localidad, eran los que iban a ejecutar la obra que ellos consideraban que necesitaba el pueblo. Así se pasaron por alto las instancias municipales.
¿Sabes cuántos de esos comités hicieron obras? Ninguno, y todos los recursos que recibían fueron para que esos señores los invirtieran en sus propias empresas, granjas de puercos, aguacates, lo que tuvieran. Entonces Cuauhtémoc Cárdenas fomentó la corrupción y fue cuando la sociedad comenzó a ver que la política es un negocio.
Después los Comités de Participación Ciudadana se incrustaron en los gobiernos municipales; sus miembros sabían que los recursos eran para el beneficio del que los manejaba, y por eso no tuvieron empacho en aceptar la negociación con el crimen organizado cuando se les acercaron bandas de delincuencia común, de ladrones de coches y de casas. Éstas se acercaban a las policías municipales y les decían: “Dame chance de trabajar”, “Sí, por supuesto, pero me vas a dar una cuota”. Y comenzaban a robar.
Allí fue donde el crimen organizado tuvo su entradita; al principio eran dos mil pesos lo que le daban al inspector de policía, pero después, ya con el narcotráfico, eran dos millones de pesos, un negocio más rentable. Eso pasó a escala estatal en el periodo posterior al de Cuauhtémoc Cárdenas.
Así se fortaleció y avanzó el crimen organizado; después ya no sólo decía “dame chance de trabajar” sino “te vas de aquí y yo pongo a mi jefe de Seguridad Pública”.
Posteriormente no nada más fue eso, sino que escalaron: ponían regidores y alcaldes, y después diputados (hubo muchos locales y federales al servicio del narco).

AR: Incluso está el caso muy siniestro de Eduardo Villaseñor…

JJL: Muy siniestro y muy raro: cómo de la noche a la mañana lo desplazaron, lo quitaron y lo mataron en cuestión de días. Es la perversidad política.

AR: Otro fenómeno fue el de la Familia Michoacana con Nazario Moreno el Chayo, quien quiso darle un fundamento moral, ideológico y hasta religioso a esa banda y después a los Caballeros Templarios. ¿Cuáles fueron las características de este liderazgo y cuáles sus consecuencias?

JJL: Su principal característica fue crear un cártel de obediencia absoluta. Como buen patrón puedes contratar a trabajadores, y a través del buen trato hacerlos tus aliados; pero hay un método más efectivo para hacer que sean no sólo tus aliados, sino que te pertenezcan incondicionalmente: el manejo ideológico. Si tú les pagas nada más, estarán agradecidos, y el día que les dejes de pagar ya no hay nada. Pero si les siembras en su concepto que son parte de Dios y comienzas a trabajarlos mediante una religión o una ideología (vamos a llamarla así), son seres que te van a pertenecer absolutamente para toda la vida, aunque no les pagues y los maltrates.
Ésa es nuestra condición humana: tendemos a creer, y le tememos a aquello en lo que creemos. En ese temor se fincó Nazario Moreno para dominar a toda su gente; hacía ritos de iniciación para tener agarrados moral y emocionalmente a sus seguidores y no se le desbalagaran para ningún lado.
Nazario Moreno creó en México el primer cártel con ideología; todos los demás no la tenían, aunque sí intereses. Lo que hizo lo aproximó casi a la guerrilla porque convirtió a un grupo armado, que se autofinanciaba, con un pensamiento religioso, aunque político (que sería el de la guerrilla).
Ese manejo de la conciencia trajo como consecuencia el de matarse por Nazario, el enfrentamiento: “Allí vienen soldados por él; aquí los esperamos, aunque seamos dos, y hasta que nos maten”. Fue la inmolación de la persona por el líder.

AR: Otro aspecto interesante es el caso de Cherán, la primera rebelión contra ese estado de cosas, que, además, provino de una comunidad indígena y pobre que no quería ser esclavizada, como usted dice en el libro. ¿Cuáles son las características de autoprotección de ese pueblo? Después no se relacionaron con José Manuel Mireles, por ejemplo.

JJL: No se relacionaron porque la ideología de un pueblo indígena es muy distinta a la de los no indígenas de Michoacán. Ellos también crearon su grupo de autodefensa, hicieron sus barricadas y no dejaban entrar a nadie al pueblo. Fueron más allá: identificaron no nada más al enemigo en los cárteles sino al propio Estado.
Pero fueron hábiles y dijeron: “No nos vamos a pelear con el Estado, no queremos que el Ejército nos venga a matar”. Sólo se armaron con palos y machetes y no le dieron posibilidad al Estado de que los acusara de delincuencia organizada ni de portación de armas.
Se mantuvieron como un núcleo y demostraron que su intención no era negociar con ningún cártel ni explotar los bosques, sino vivir en paz. Y ahora tenemos que de los 113 municipios de Michoacán Cherán es el único que no tiene alcalde electo entre partidos, sino que allí se elige democráticamente en una asamblea popular. De entre toda la gente que acude el día de la elección sacan al candidato, y votan. Esos son los usos y costumbres de ese pueblo.
Cherán se alejó un poco de Mireles porque éste se armó con muchas balas, con muchos pertrechos y en consecuencia lo mandaron a la cárcel.

AR: Cherán logró reconocimiento de la Suprema Corte de Justicia…

JJL: La Corte les reconoció que tienen derecho a organizarse como ellos quieran; esto ha causado que en Michoacán haya otras comunidades que están siguiendo su ejemplo y se están organizando para renunciar a los partidos políticos y elegir entre sus miembros.

AR: Vamos sobre el caso de Mireles, que ocupa una buena parte del libro. ¿Cuál fue la participación del gobierno federal en esta, como usted le llama, “insurrección”? El libro dice que sus movilizaciones eran avaladas por Gobernación, apoyadas desde la Presidencia de la República por el asesor Óscar Naranjo.

JJL: El gobierno federal fue el que comenzó a armar a los grupos de autodefensa a través de Óscar Naranjo, quien quiso replicar lo que había hecho en Colombia con autodefensas contra el narcotráfico. Eso él lo armó en México mientras fue asesor de seguridad de Enrique Peña Nieto, cuando se ordenó el armamento para muchos grupos de civiles. Los armaron y los mandaron a pelear; éstos actuaron prácticamente como un grupo paramilitar de la Federación porque el gobierno federal no quería poner los muertos en esa guerra, sino que los pusieran las autodefensas. Éstas dijeron “le entramos”, y las financiaron.
El problema fue que Naranjo se fue; había enemigos a su política en el interior del grupo del presidente. Humberto Castillejos ganó la partida y por eso mandaron a Michoacán al comisionado Alfredo Castillo. Entonces a Mireles, quien era la estrella y el consentido del gobierno federal, lo desplazaron, lo quitaron, lo tacharon de delincuente y lo mandaron a la cárcel porque no se ajustaba a los planes de Castillo de negociar con el crimen organizado, que fue lo que finalmente terminó por hacer. A muchos de los miembros de la delincuencia los incorporó a las policías estatales. Ése fue el conflicto real: cuando Castillo hizo su propia policía y jaló a muchos Templarios para hacerlos policías, Mireles pegó el grito en el cielo.

AR: Pero también el grupo de Mireles había jalado a algunos, como “los perdonados”…

JJL: También, pero había algo muy claro: dentro del crimen organizado hay niveles de delincuentes. Algunos sólo son choferes, los que nada más arriman la torta, mandaderos, halcones que son parte de la estructura, y eso es grave, pero no han causado un daño directo. Pero hay otros que sí asesinaron, violaron, extorsionaron y secuestraron; a estos no los perdonaba Mireles.
El doctor sí perdonaba a los que por necesidad tenían que trabajar al servicio del cártel, a la señora que iba y les hacía de comer a los Templarios y se iba para su casa, y le pagaban bien, aunque sabía que estaba con un grupo delincuencial. Perdonaron al que se contrató de chofer, al halcón, al que les hacía la fiesta los domingos…
El requisito que Mireles puso para perdonar a los Templarios era que no hubieran matado, violado ni secuestrado. Incluso algunas extorsiones las perdonaron.
Pero el comisionado Alfredo Castillo perdonó parejo, incluso a delincuentazos: “Lo que hayas hecho me vale madre; vente, incorpórate”. Eso es lo que luego conflictúa: ¿por qué un autodefensa que estaba protegiéndose de esos cabrones, de repente tenía de compañero al que había violado a la hija? Por eso las autodefensas se comenzaron a matar y empezaron a sacar rencores: “Cuando tú eras narco me hiciste esto. Te la voy a cobrar”, y los grupos se comenzaron a dividir.

AR: Cuenta la intervención de la Federación como un golpe de Estado cuando Alfredo Castillo entró prácticamente a gobernar. ¿Cuál es su evaluación de esto?

JJL: Al principio ayudó cuando trató de negociar la desmovilización con las autodefensas y llevarlas hacia la paz, con el compromiso de acabar con los Caballeros Templarios. Hasta allí estaba bien. Pero luego los desmovilizó, les dijo que dejaran las armas, pero no fue contra los Caballeros Templarios; al contrario, las autodefensas dijeron: “Se sentó a negociar con ellos”, y fue cuando se sintieron traicionados.
Pienso que en ese momento fue cuando se dio al traste con el proyecto que traía el Presidente de la República para pacificar Michoacán. Esto no ocurrió, por supuesto, y el estado sigue siendo tan violento como cuando entró la Federación porque los grupos se reorganizaron.
Entonces hubo un saldo positivo en los primeros dos o tres meses; hasta allí iba todo bien. Pero luego se dio todo al traste cuando se negoció y pactó con el crimen organizado. Esto fue lo malo.

AR: De todos los personajes y situaciones que relata en su libro, ¿en dónde hay la esperanza de cambiar la condición de Michoacán?

JJL: Creo que en Mireles. Si sale de la cárcel** y reorganiza los grupos de autodefensa va a haber una guerra más tremenda (que ojalá nunca llegue y que me equivoque), pero después Michoacán va a poder estar más en paz porque Mireles va a terminar gobernándolo.
Él tiene mucha fuerza y popularidad. Su caso ha sido de una injusticia increíble. Te lo digo porque yo también estuve preso y también injustamente, por lo que me siento solidario con Mireles. Éste va a terminar siendo gobernador del estado porque puede dar la posibilidad de finalizar con los conflictos que hay detrás de la delincuencia.

AR: Termino con una pregunta que hago a los periodistas: durante la investigación para hacer este libro, ¿qué riesgos corrió?

JJL: Cuando escribí este libro no sufrí ninguna amenaza. Fue el riesgo de todos los reporteros que andan en la calle haciendo su talacha. Hasta allí.
Voy y hago mi trabajo, y las amenazas vienen posteriormente. Yo soy desplazado de Michoacán, donde no puedo estar porque estás diciendo una verdad que a todos los periodistas se les ordenó callar, y que yo platico.
Hay amenazas contra mí. ¿Tengo miedo? Sí, mucho. Todos los días tengo un chingo de miedo, pero también siento que es mi obligación contar lo que está pasando. Así como conté lo que me pasó en la cárcel, quiero sentirme de una forma solidaria conmigo mismo y decir: “Güey, pues cuéntalo porque hay gente a la que le puede interesar”. Con que un solo lector diga: “Qué chingón está saber esto porque los medios nunca me lo dijeron”, me doy por satisfecho.
Sí tengo miedo y sí es difícil vivirlo; hice un trabajo de investigación muy profundo, pero creo que todo se compensa con plantearle a la gente cómo está la verdad, aunque te ganes enemigos.