REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
12 | 12 | 2017
   

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Asignatura pendiente


Bernardo Ruiz

Para Rosario

Para quienes aún no lo saben: con gran gusto, año con año, venía René Avilés Fabila a Pachuca, a la FUL, a lo largo de este último decenio con el interés de compartir su gusto por la creación literaria, su amor por la literatura y por la vida; para hablar tanto de su obra como de la de otros autores y para comer pastes.
Para quienes aún no lo saben: RAF fue a lo largo de su vida no solo un autor prolífico y dedicado; notorio prosista que abordaba tanto la fantasía como la realidad, destacó en la novela y en el cuento, fue un ensayista cuidadoso y ejemplar que sabía subrayar un hallazgo en un libro de prosa, de poesía o de ciencia política y, también, aprovechar el relámpago de la ironía o el petardo de la sátira o la cuchillada del retruécano en sus ensayos y en sus críticas y reseñas. Quid pro quo.
Para quienes no lo saben: era motivo de asombro su gusto por la música, clásica, moderna y el rock; tenía asimismo una marcada pasión por el arte y le interesaba estar al tanto de todo tipo de creadores artísticos. En un país de ciudadanías dóciles o agachonas gustaba alzarse, retar, argumentar y atacar: procuraba con pasión el cambio, la civilidad, las grandes intensidades y las caricias sabrosas de la lucidez y de la libertad. Intuyó desde siempre que el conocimiento y el saber son una serie de destellos e iluminaciones; de manera que no dudaba en compartirlos con habilidad e inteligencia; y esos momentos -lo dice el Evangelio según RAF- eran motivo de regocijo en los corazones.
Porque algunos lo saben: René no ocultaba sus desprecios o el rechazo hacia aquellos que le daban la espalda a la razón y a la justicia; y utilizaba los más adecuados epítetos para referirse a tales miserables.
Porque debe saberse: incluso rebasados los 70 y más años, René pensaba joven, era rabiosamente joven, ya que tenía una distancia enorme respecto a la vejez -edad hecha para otros-; aunque al mismo tiempo cuidaba con cariño y veneración a las ancianas, a los ancianos y a la memoria de los grandes escritores, escritoras y talentos que en el mundo han sido.
Igualmente, porque era materia prima en René Avilés Fabila: debe tenerse en cuenta que la cultura según RAF implicaba un método riguroso de lectura, donde el amor a las letras, les belles lettres, como dicen los franceses -afirmaría mi amigo-, no debía desplazar el conocimiento empírico de la realidad, ni la filosofía de la historia al modo hegeliano, ni el Laberinto de la soledad; igualmente, debía dar cabida a la lectura de Marx, como de Wittgenstein o Voltaire e incluso obras de sus amigos, a quienes nunca daba la espalda.
En verdad, y lo comento a voz en cuello contra sus detractoras y detractores -que los tuvo-, Avilés Fabila era un hombre extremadamente culto: un intelectual y un excelente maestro. Y diré más con una breve parábola: hubo un domingo y un homenaje en Bellas Artes no hace muchos años, donde para comer con René nos citamos en un restaurante. Dionicio Morales, Virginia Abrín y yo nos adelantamos para apartar lugar; en tanto al "águila negra" -su apodo favorito número dos- se le acalambraba la mano firmando autógrafos en la sala Manuel M. Ponce del Palacio. (René era totalmente Palacio).
En medio de las eternas obras de reparación que nunca permiten moverse con libertad en las grandes o pequeñas ciudades, íbamos en fila india por algún borde de acera para dejarnos tragar por la boca de la estación del metro cuando oí a unas chicas, que no rebasaban los 20-22 años, conversar a mis espaldas respecto a sus impresiones. "No sabes -presumía una de ellas-, ésta es la sexta charla de René a la que asisto. No me gusta perdérmelas por nada. Si hubiera que ir al Foro Sol o al infierno, lo seguiría. Me emociona...". Y a mí me impresionó que, en frases tan usuales, una chica que se despedía de la adolescencia se sintiera tan identificada con mi amigo mucho más que con una estrella de la televisión.
Porque, efectivamente, como quienes aquí llegaron a verlo o a oírlo, aquellas chicas descubrían a un escritor que iba más allá que el común de los autores gracias a su peculiar energía y a su vertiginoso estilo para analizar al mundo.
Esos contrastes que enunciaba RAF con tanta lucidez definían la contrastante expresividad de sus conceptos y discurso. Hablo, sin lugar a dudas, de un dialéctico en el mejor de los sentidos; un maestro retórico de traza precisa, con la habilidad de Diógenes para iluminar su búsqueda; abierto al diálogo, agudo en la orientación de la senda de su línea discursiva y, en contraste, digno y de una sencillez monumental.
Debería reconocerse sin ambages que su creatividad era un ejemplo del movimiento perpetuo, con su constante flujo y energía, con nuevas variaciones a los temas (al modo de Johann Sebastian Bach), en busca de un distinto y armónico asombro. Porque, efectivamente, René era de fácil palabra y amplio concepto. Amigo de Bonifaz Nuño. Camarada de Alí Chumacero en el arte del Old Parr y discípulo de Arreola, de Rulfo, de Monterde, de Revueltas; así como compañero de armas de José Agustín, Gustavo Sainz, Jorge Arturo Ojeda, Juan Tovar, Elsa Cross, José Joaquín Blanco, entre otros; además de respetuoso entrevistador de grandes figuras y estudioso de obras que cubren un amplio espectro en sus latitudes y longitudes. René Avilés suma entre sus experiencias ensayísticas o periodísticas una biografía de compleja trama, donde convierte a la pluma, su aliada y testigo, en una gran cómplice.
Porque RAF, si bien no estuvo entre los invitados a las series biográficas de Giménez Siles, como lo fueron Gustavo Sainz o José Agustín; o más tarde no apareció entre los considerados en la larga lista que elaboraron Hernán Lara Zavala y Silvia Molina para la colección De cuerpo entero, (UNAM-Corunda); pudo prescindir de ellas en función de su capacidad de evocación y paciencia para rebasar cualquier límite que buscaran oponerle o imponerle. De tal modo que Recordanzas y Nuevas recordanzas son, junto con una serie de relatos, una cuidada serie biográfica que rebasa en su volumen el total de las colecciones de Corunda o de Giménez Siles.
Sin embargo, hay páginas y páginas que agregar para ayudar a comprender su obra en una perspectiva más completa. Digamos: pocos han de recordar el mayor encuentro nacional de talleristas que se hizo en Aguascalientes en el primer lustro de los ochenta, (cuando Margo Glantz, dirigía literatura del INBA), donde la frase más sensata respecto a la enseñanza del arte fue de René al evocar una epifanía contemplada en la noche hidrocálida, sucedida en la zona de tolerancia de aquella capital. A la pregunta de "cómo enseñan ustedes", mi amigo respondió con fuerza y claridad: "Con un poco más de pudor y calma que la bailarina que durante la previa velada decidió trapear con sus desnudeces el bar donde bebíamos".
En contraste, lo recuerdo disertando frente a Martha Robles y Carlos Montemayor respecto a los narradores más notables del siglo XIX francés en una camioneta que nos llevó de Manhattan a Yale para dar una serie de conferencias respecto a la narrativa mexicana de los nacidos entre 1939-1951. O bien explicando ante Luis Leal o ángel Flores quién era 'Juanita Banana'.
También lo escucho decirme en los corredores de la Unidad Xochimilco de la UAM, "ya es hora de la primera, sigamos el camino de Hemingway" para ir a terminar en un bar de Sanborns una discusión respecto a lo que sería la revista El Búho. Igualmente le explico que necesito un aval para una tarjeta de crédito y me dice "dónde firmo", sin pedir mayor explicación.
Gusto de recordar nuestras cenas o comidas rodeados de diversos personajes de su generación que le tuvieron siempre cariño o respeto. E incluso otros, que pudieran parecer demasiado aparte: Fernández Unsaín, Griselda álvarez, Dámaso Murúa, Marcela del Río.
Y es en verdad un caudal de nombres y de rostros, de días, semanas, años donde René Avilés me explica cómo puedo ayudarle a buscar poemas o notas de suicidas para la novela que prepara, o hablamos de computadoras o me comenta su evangelio o vamos a Campeche, o a Colima, a Pachuca o a Guadalajara y atestiguo entre momentos sorprendentes cómo por aquí y por allá lo reconocen y aplauden, como en Tabasco, como en Veracruz, como aquel delirante homenaje en Tampico, donde Griselda álvarez miraba como con deseo a Sebastián -mira, René, que manos más inmensas tiene-. A qué doña Gris, tan querendona, que siempre nos hablaba de su nieta, guapísima, con la foto en la mano -comentábamos. O a veces, cómo nos desconocían. O, al contrario, como sucedió en Tezontepec, Hidalgo, sólo a él conocían y ni a Rosario, ni a Cesitar, ni a mí, su comitiva, nada).
Es así que se suman libros, años, una reunión y varias con José Luis Cuevas o en casa de Jorge Ruiz Dueñas, una cita en el Rafaello, una comilona con Teodoro Villegas; una aventura etílica en Toluca, iniciada por Julio Bracho; las risas desmesuradas tras una tarde de hipódromo y las sucesivas presentaciones en la FIL de Minería o la de Guadalajara. ¿Recuerdas La canción de Odette, El libro de mi Madre, "Emma", ese magnífico cuento que seguro hoy prohibirían? ¿Recuerdas?, le digo a Consuelo Llorente, a Machila Armida... Y buscamos erratitas con Rosario en las pruebas de El evangelio según RAF o nos encontramos junto con Teodoro en UAMradio para irnos a las carnes o a la comida china del Paseo de Acoxpa.
El tiempo es todo simultáneo, a veces. Como en el País de las Maravillas de Alicia, vemos pasar por ahí a la Bonsai. Tan chiquita, ¡y cómo reía Bonifaz cuando le contabas cómo a esa linda muchachita sus papás le cortaban todos los días las patitas para que no creciera más, porque así -pequeñina- era muy linda su Bonsai. Que se despidió agitando de un lado para otro su manecita, como si fuera un petit abanico japonés... Uf. Cuántos años. Cómo podríamos seguir enumerando instantes. Como búhos. Como la historia de cada búho de la colección. La magia de tantos momentos de ayer, de hace poco, de hace más.
-Sólo era cosa de seguirle-le digo a David Gutiérrez. Aguantar un poco el hambre o esperar mientras, echando un trago duro en La Mansión Coapa. Porque íbamos a comer el 7 a las 3, aunque no a las 5; pero ¡ay!, tenías responsabilidades, y lo malo es que, por reflejo, ahí vas y las cumples. Así fue.
-No voy-. Y ahí fue, con su jefa. Y las voces entrambos, cuentan, llegaron hasta el periférico.
Sabíamos siempre que podíamos cancelar en cualquier momento. "El típico ya no llego. Disculpa mon chef, me encargaron un discurso". "Santa Madona, en la ídem, acaba pronto". Pero nunca reclamos, a veces alguna queja. 'Ya aparécete'.
La gente se encariña. En particular cuando se da la fraternidad. Y está añeja.

-Recuerda que no soy sólo ton chef, también soy el Capitán Lujuria, ése es mi nombre secreto, mi primer apodo.
-¿Por qué?
-Luego te cuento, estás muy chico.

Al grano. El caso, en resumen, es que no comeríamos aquel viernes, que habría sido cómodo, catártico. Caía al día siguiente de mi cumpleaños, de manera tal que sería un buen y feliz no cumpleaños, que no sucedió. Cosas de su chamba. Sólo un breve correo que leí a la mañana siguiente. Una muy encabronada disculpa, debo decir.
En la baraja de los días trataba de ordenar la agenda de la semana por venir. Mas no necesariamente este orden -u otro- existe.
Domingo. Teléfono. 10:30 a. m. Rosario. (Y como en la urdimbre de los sueños, ese golpe de adrenalina que dispara todo: a esta hora, domingo. ¡Rosario!, nunca: cronopio, catala, catala-catala: mal asunto). Y las frases breves concisas, consistentes de Rosario. Y yo no entiendo/ entiendo :/ no entiendo.

Quizá algo del dolor ha disminuido. Quizá, pero una desconcertante ausencia, descuadra: el orden del mundo, la sucesión de las cosas. Terrible pero eficiente el final. Terrible. Injusto. Porque nos rebasa. Porque quedamos en la impotencia. Con nuestra miseria.
Sólo queda la ilusión. Decir: está ocupado. Nos veremos luego. Hoy tiene mucho que hacer. Bueno, yo también. Y tú. Tú también.
Nos veremos luego.
Nos veremos luego.
*