REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 10 | 2017
   

De nuestra portada

De cómo empecé a leer y milité en la izquierda


Iris Santacruz

Asistí invariablemente a las presentaciones de la obra literaria de mi hermano René. Luego, conforme fue adquiriendo prestigio, a los diversos homenajes que instituciones culturales y educativas le organizaron. Siempre como espectadora, pensaba desde mi asiento entre el público: ¿por qué no me invitan a mí a disertar en estos eventos? Después de todo, me decía a mí misma, es algo relativamente fácil, todos hablan de sus aventuras amorosas, de sus borracheras y, eventualmente, hacen referencias cultas. Claro que había unos ponentes tan serios, como Bernardo Ruiz, que elaboraban verdaderos ensayos sobre el libro en cuestión o la trayectoria literaria de mi hermano y nunca sacaban a relucir sus andanzas amorosas o etílicas.
No pude hacerlo en vida de mi hermano, pero estuve decidida a pedirle el favor: que me incluyera en alguna mesa redonda o ceremonia, sólo para tener el placer de desmentir una que otra ficción que se fue construyendo con los años. Ahora le agradezco a la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo esta valiosa oportunidad.
Sin embargo, no me parece justo, en este momento en que él ya no puede tomar venganza, revelar la verdadera historia de El Águila Negra, también conocido como Capitán Lujuria. Eso será, tal vez, para cuando escriba mis memorias.
Hoy voy a hablar de lo importante que fue tenerlo como hermano. Hace poco tiempo, exactamente en julio, entregué un pequeño texto para el libro que se llamará Recordanzas de René Avilés Fabila y se presentará en la FIL de Monterrey de este año. Allí hice un breve repaso de nuestra vida en familia.
Escribí rememorando esos tiempos: “De manera especial recuerdo dos regalos con motivo de mi cumpleaños: un disco, de esos de vinilo, con la narración del cuento de Peter Pan; el otro, el maravillo libro Crónicas marcianas, de Ray Bradbury. De allí viene mi afición por la literatura fantástica y de ciencia ficción. Fue René el que me mostró uno a uno a los principales autores del género, igual con la música clásica y con el rock and roll”.
Sin duda, mi hermano fue la más poderosa influencia cultural y política en mi vida.
Gracias a sus regalos y a mi afán por imitarlo, puedo decir que tuve una aceptable formación literaria: Theodore Sturgeon, William Golding, Wells, Stevenson… Llegaba René a la casa y me decía: hermana, ¿ya sabes de dónde viene la palabra robot? Y yo descubría deslumbrada a Karel Capek. Luego, la literatura de horror clásica, de Bram Stoker a Lovecraft y sus discípulos del horror cósmico. Por supuesto, terminé siendo una buena lectora.
Mi hermano era un militante de izquierda y no iba a pasar por alto recetarme a los escritores soviéticos: Ostrovski, Makarenko y Máximo Gorki. Aunque entrar a su recámara era todo un reto, porque estaba prohibido tocar y desordenar sus cosas, se podían ver en una de las paredes banderines del Frente Guerrillero de las Fuerzas Armadas de Liberación de Venezuela que decían “¡Hacer la patria libre o morir por Venezuela!”, y otros rojinegros con el lema “¡Patria o muerte!”, que aludían a la revolución cubana. Hay que tener en cuenta que eran los años sesenta y la lucha guerrillera y el foquismo en América Latina estaban en pleno auge.
Lo acompañaba con frecuencia a la librería Independencia y comprábamos libros de la mítica Editorial Progreso, fundada en 1931, y aunque hacía unos años había muerto el Padre de todos los Pueblos, es decir, Stalin, la difusión de textos soviéticos aún estaba en boga. La calidad de las publicaciones era muy buena, los precios muy accesibles y comprar un libro de esos era un acto casi revolucionario.
En las pláticas de sobremesa y cuando venían sus amigos a tomar un trago a la casa hablaba sobre la epopeya de la Guerra Civil Española y el exilio, o sobre la marcha conmemorativa de la revolución cubana que invariablemente terminaba en desbandada a causa de los granaderos, lo escuchaba con atención referirse con vehemencia a Evtushenko cuando leyó sus poemas ante miles de gentes. No tengo ni la menor idea de cómo habrá sonado en ruso aquello de:
Adiós, Bandera Roja nuestra.
Fuiste nuestro hermano y nuestro enemigo.
Fuiste el camarada del soldado en las trincheras,
fuiste la esperanza de la Europa cautiva.

Pero lo cierto es que René quedó maravillado y yo también sólo de oír con qué pasión contaba aquella experiencia.
Sin entender cabalmente, sino más bien por imitar a René, y por acatar la máxima escrita por Evtushenko…:
A la izquierda, muchachos
siempre a la izquierda,
pero no más a la izquierda
de su corazón.

… terminé militando en una organización trotskista, y como sucede cuando se logra inculcar en el alumno el hábito por la lectura, luego siguió impulsándome para que escribiera.
Pasé en una ocasión por un terrible problema familiar que me agobiaba y hasta me provocaba pesadillas. Como de costumbre, lo platiqué con él y me alentó a escribir sobre mis más oscuros terrores. Al agradecerle, esto fue lo que me contestó:
Hermana: creo haberte dicho en alguna ocasión, pensando en Vargas Llosa y en Sábato, que la ventaja de los artistas o creadores es que dejan sus fantasmas en el papel o la tela, y entonces se sienten liberados. Eso te ocurrió seguramente y eso le pasa a todos los que intentan dicha terapia. Por allí tengo una mini ficción que señala a un tipo que sabe perfectamente cuáles son sus males, pero exige que no lo sanen: su obsesión son las mujeres. A cambio, no hay mejor cura para el espíritu que contar la historia, pero no a alguien en especial, a un médico o a un amigo, por más que puedan comprender la historia. Ver el papel con tus problemas y obsesiones, es bueno. Se queda en el libro o revista, en la mente de un posible lector y uno pone distancia con los fantasmas. Se alejan, los idiotas se quedan atrapados en el libro o la revista. Es algo parecido a la venganza, a una venganza creativa. Nada tienes qué agradecer, para eso están los hermanos. Besos, René.

Luego él escribiría un extraordinario relato, inspirado en la misma historia, al que tituló La cantante desafinada y me lo dedicó: “Cariñosamente a Iris, mi hermana, quien no siempre ha disfrutado las historias de horror”.
Fue, pues, maravilloso que el hermano que estuvo a mi lado haya sido justamente él, y que me ayudara a transformar un problema personal en un texto que pude publicar y que también forma parte de sus interminables cuentos. A él le debo el hecho de escribir con relativa propiedad, y no sólo porque seguí su ejemplo, sino porque en muchas ocasiones me invitó a participar de sus aventuras periodísticas y corregía con paciencia mis colaboraciones.
Cuando en 2004, el periódico Excélsior decidió relanzar Revista de Revistas, René fue nombrado director y me encargó la subdirección editorial. Apareció la nueva época de la revista con un número cuyo texto central era una entrevista a Cuauhtémoc Cárdenas, sobre el libro de autoría colectiva llamado Un México para todos, y la portada era una caricatura de Oswaldo, también de Cárdenas. Sólo estuvimos un año antes de que la revista desapareciera de manera definitiva.
Un proyecto periodístico que nos duró un poco más fue la página llamada “Políticamente incorrectoz”, escrito con z, que se publicó en el Excélsior por varios años, si no mal recuerdo de 2003 a 2005. En esa divertida experiencia nos acompañaron Felipe Gallardo, Silvia Fong (que estuvo poco tiempo) y mi buen amigo David Gutiérrez.
Eran tiempos, y lo siguen siendo, en que las tribus perredistas se habían constituido en corrientes: La nueva Izquierda, El Movimiento por la Refundación del PRD, Corriente de Izquierda Democrática, Coalición Obrero Campesina Estudiantil del Istmo, Grupo de Acción Popular y así hasta la náusea. Entonces decidimos crear La Mega Corriente del Búho para escribir en esa página, y desde allí parodiar a los autodenominados revolucionarios y criticar los excesos que cometían en nombre de la izquierda. A veces nos reuníamos en el restaurante de la librería francesa que estaba sobre la avenida Altavista, y otras veces en mi casa o algún otro café para ponernos de acuerdo en los temas y la línea editorial de nuestra página. Siempre eran experiencias divertidas en las que todos aprendíamos de él.
¿Quién tiene en su casa una influencia de este tipo? En realidad, aunque no gustaba de reconocerlo, estoy convencida de que fue un gran maestro.
En la sesión número 316 del Colegio Académico de la Universidad Autónoma Metropolitana, celebrada el 31 de julio de 2009, ese órgano colegiado le otorgó el importante reconocimiento de Profesor Distinguido. En su discurso de agradecimiento dijo, refiriéndose a sí mismo: Hijo de maestros normalistas, nieto de un discípulo de Enrique C. Rébsamen, yo mismo me dediqué a la docencia. Parecía no ser mi vocación inicial… (se reconocía luego como un tenaz profesor universitario y agradecía) porque he podido fusionar la literatura y el periodismo y ponerlo al servicio de la educación, del magisterio universitario.
Contra lo que dice en ese texto, estoy persuadida de que siempre tuvo una profunda vocación de maestro y por eso no sólo fue mi hermano, sino, en muchos sentidos, mi maestro.
Su partida me deja un vacío enorme. Perdí a mi hermano, a mi cómplice y compañero de andanzas y, sobre todo, al hombre culto, refinado, de profundas convicciones y compromiso social que compartió conmigo generosamente sus conocimientos y que fue el mejor hermano que alguien pudo tener.

1Texto leído en la FUL de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, Pachuca, 2 de septiembre 2017.