REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 10 | 2017
   

Confabulario

Transmutación


Rosa Martha Jasso

A René Avilés Fabila y a
Todas las víctimas del martes 19 de septiembre


La vida hasta hace poco fluía lenta y suavemente bajo la presencia omnipotente de los volcanes. La mañana límpida descorría el telón de bruma del islote mientras una brisa ligera revolvía algunas hojas secas en las escalinatas. El sol emergiendo tras el valle delineaba el contorno de las pirámides de humeantes crestas al tiempo que del inmenso lago se levantaban unas olas pequeñas con penachos dorados. Pero de pronto todo había cambiado. Azolados por constantes calamidades y terribles terremotos, los mexica ya no se daban tregua. Acostumbrados a la manifestación telúrica de sus dioses, cumplían con pulcritud sus rituales, ofrendaban sacrificios en las fechas precisas y las víctimas se ataviaban con esmero, pero el Dios no estaba satisfecho. Los terremotos se volvieron cotidianos. Las sacudidas feroces interrumpían las ceremonias, impedían los sacrificios, asustaban a los niños y hacían gritar a las mujeres. Las aguas del lago se agitaban y bañaban la ciudad destruyendo las casas. Los bramidos de la tierra partían en dos los templos. Se reunieron los viejos y los sacerdotes. Invocaron a los ancestros. Se pusieron en juego las artes de la magia. La sabiduría toda hurgó en la oscuridad de su pasado para encontrar la forma, el conjuro, el rezo, la plegaria que calmara la furia divina. Centenares de príncipes y doncellas fueron entregados al Dios. La sangre de sus corazones formaba torrentes que escurrían de lo alto del recinto sagrado y al mediodía la ennegrecía el sol recalcitrante. Los guerreros cautivos se ofrecían voluntariamente al sacrificio pero ya no eran suficientes. Pronto había que echar mano de los niños. El Monarca suplicó de rodillas al sacerdote supremo. Algo detendría al Dios. El sacerdote anciano había agotado su conocimiento. No había servido toda una vida de enseñanza. Era de noche. La pirámide agrietada sostenía en la oscuridad al pueblo congregado alrededor de ella. De pronto, el viejo sacerdote desliza la mirada hacia la muchedumbre expectante y cavila unos segundos. Levanta de las manos al Monarca a quien un destello en los ojos humedecidos del viejo le indica que algo ha cruzado por su mente. El viejo ordena que todos se retiren. Que se limpie y purifique el altar en el templo. Se atiza el fuego con incienso a los pies del Dios. Se hará un sacrificio. Se entregará una víctima especial. Un doncel casi niño. Se le hace llegar. Se le unge y purifica y se le viste como el Dios. Se hacen los rezos. El dios niño comienza a subir la escalinata. Lo recibe el sacerdote y lo tiende sobre la piedra de sacrificio. Una luz macilenta ilumina el altar. El dios niño y el dios de piedra son idénticos. Ambos ahora son el mismo. Visten igual y sus rostros se muestran inmutables. El sacerdote porta todos los amuletos y objetos sagrados. Los atabales y los cantos llegan hasta ellos. El sacerdote empuña un cuchillo de pedernal cuyo filo cortaría la tierra en dos. Eleva el brazo. En sus ojos hay una maligna luz. Descarga con fuerza su brazo sobre el pecho palpitante. Atabales y cantos suben de intensidad. El fuego se intensifica. Brota la sangre y asoma el corazón. Es el momento cumbre. El Dios de piedra se transmuta en el dios niño. Son uno solo. Ahora de piedra, ahora mortal. El sagaz viejo bañado en sudor modifica el rezo. Justo en el momento. Justo cuando el Dios se hace carne. Justo cuando es una mezcla de sangre y piedra. Es solo una palabra. Un giro insignificante. Pero certero. El viejo con mano temblorosa extrae el corazón en el instante mismo en que el mortal es Dios. Es Huitzilopochtli. El Dios ruge. Se estremece la tierra. Los cantos y los tambores ahogan el templo. El cielo se deshace en estruendos. Todo gira. Todo es torbellino. Un rayo lacerante cae a los pies del sacerdote cegándolo. Cesan los cantos. Los tambores callan. Los viejos se mecen abajo tomados de la mano con los ojos en blanco. El sacerdote viejo vuelve en sí. La paz regresa. La tierra se ha aquietado. Se reaviva el fuego. Al fondo, sobre el altar, rodeado de colibríes y bajo una luz tenue, yace un cuerpo pétreo cuyo corazón, todavía palpitante, humedece con su sangre una enorme hendidura que le cruza el pecho.