REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
12 | 12 | 2017
   

Confabulario

Los hombres que se convierten en lobos


José Luis Velarde

      El polvo se estrella con fuerza en el hombre muerto y     comienza a desfigurarlo
       El Libro de las Desapariciones

El salón de convenciones de Mazatlán se encontraba repleto. Los aparatos de aire acondicionado traqueteaban ante la canícula empeñada en calcinar el agosto mexicano. El profesor Anaxágoras Lante quiso retirarse antes del inicio de la plática, pero la gente apretujada en los pasillos le impidió adelantar más de unos pasos y volvió a sentarse antes de perder la butaca. El calor se hizo más intenso cuando un aplauso dio la bienvenida a Ricardo Ramos Valderrama; el expositor invitado por la Asociación de Promotores de la Observación Astronómica. Un grupo que nunca había logrado reunir más de veinte personas en las charlas desdeñadas por los medios de comunicación y por los posibles espectadores, pero ahora las condiciones eran distintas. El auditorio lucía lleno como todos los recintos visitados por el conferencista durante las últimas semanas en Latinoamérica.
Las cámaras y las miradas se enfocaban en Ramos Valderrama quien aseguraba ser un hombre lobo.
—Los efectos especiales cinematográficos acostumbran mostrar las transformaciones de los que padecen o disfrutan la condición de los licántropos. Algunos directores, ávidos de espectacularidad, han procurado exponer una metamorfosis insoportable para cualquier ser vivo. De ser verdadera tal suposición, no quedaríamos muchos practicantes. Las renuncias y los suicidios ya superarían el número de miembros de nuestra hermandad. Nadie sería capaz de experimentar tal crisis corporal sin enloquecer. Es desagradable observar la manera en que las mandíbulas se alargan y distorsionan, mientras los ojos se botan de las cuencas. Cambian de color entre las convulsiones del cuerpo sometido a un trance perverso alumbrado por las noches de luna llena. Las articulaciones se ven sometidas a cambios descomunales para cualquier ser viviente, aunque las razones dolorosas que podría argüir un científico pasan desapercibidas ante el atractivo que representa el fenómeno transformador. Los cambios no son tan espectaculares en la verdadera licantropía. Un hombre lobo podría confundirse con un ser humano y vivir una vida casi normal. Una existencia apacible, enmarcada de tiempo en tiempo con desapariciones y muertes que acostumbro llamar “razonables”. No somos proclives a cometer los excesos de los sicópatas que tanto abundan entre ustedes. Somos discretos. No matamos por gusto. Los peores encuentros suelen propiciarlos ustedes, los humanos, aunque luego se quejen como si fueran inocentes y no gustaran de la sangre. A los de mi raza nos gustaría ser invisibles. Solemos ocultarnos desde que nuestro padre Licaón huyó al bosque para escapar de la ira de Zeus que lo visitó disfrazado de mendigo para probar la crueldad que achacaban a mis ancestros. Al dios no le gustó comer las entrañas de Níctimo, un hijo de Licaón, servido como alimento por sus propios hermanos. Dicen que Zeus fulminó a muchos con rayos y que a otros los destinó a convertirse en lobos sin necesidad de intervenciones lunares. Desde entonces los descendientes de Licaón matamos por necesidad y sin alardes. Aún tememos la ira de Zeus. Hoy vine aquí, porque deseo perdón, si no de dios, por lo menos de los humanos. Desde hace algunos años voy alrededor del mundo para contar nuestros misterios.
Un suspiro surgió de la muchedumbre cuando una falla en el suministro eléctrico incrementó el ruido de los acondicionadores de aire e hizo parpadear las luces del recinto. Ricardo Ramos Valderrama pidió calma. Con un gesto imperceptible ordenó a uno de sus acompañantes restablecer el voltaje a condiciones normales y activar los efectos de sonido que complementaban cada presentación.
Los ruidos de una tormenta estremecieron a la audiencia.
El conferencista reanudó su monólogo con voz profunda.
Un guiño de ojos ordenó que la temperatura ambiental comenzara a descender.
Cada frase finalizaba con un trueno.
—No abandonen sus sitios. No sin saber que Gervase de Tilbury introdujo a la luna llena como factor que desata la transformación de un hombre lobo. Lo afirmó en la Edad Media cuando toda Europa hablaba de lobizones y licántropos. No sé las razones exactas del origen de tan desaforada metamorfosis, pero no hace mucho, un aficionado a la licantropía declaró que en la antigüedad hubo asesinos seriales que coincidieron en su afición por los lobos. Los consideraban superiores a la raza humana. Estos seres desquiciados fabricaron todo tipo de cuentos para alimentar el miedo entre la gente, a la vez que utilizaban disfraces que los convertían en lobos durante sus rachas criminales. El autor de la disparatada propuesta añadía que las instituciones religiosas eran las más interesadas en mantener vivos los temores de sus fieles, pues juzgaban que el miedo es otra forma de lealtad que aumenta el número de creyentes. De acuerdo con esos razonamientos retorcidos inventaron otras historias igual de espantosas para propiciar el apoyo incondicional de sus fieles. No discutiré ahora las características de esta última suposición que, de ser más difundida, desquiciaría el funcionamiento de algunas religiones y podría conducir mi discurso hacia polémicas sin duda infinitas. Mi divagación finaliza con un comentario que algunos juzgarán innecesario, pero debió ser delicioso salir de caza en los tiempos primigenios de los hombres lobo. La oscuridad era intensa y el cerebro de los seres humanos era una materia más dúctil. Me gustaría retroceder a esos años y desplazarme sobre un mundo sombrío, aunque la modernidad también ofrece beneficios cuando emprendo mis cacerías.
El público se comportaba como un organismo unificado. Un ente lleno de horror que lanzaba exclamaciones primitivas. El crepitar de los insectos atrapados por el reflector añadía acordes brevísimos como contrapunto de la voz con que la multitud expresaba sus miedos elementales. Era la voz debilitada de la presa que huye antes de afrontar los riesgos del combate, pues se sabe indefensa ante un enemigo que adivina invencible.
Los pensamientos del profesor Anaxágoras Lante se remontaron a los días en que las sombras eran cotidianas. Desde su punto de vista era absurdo referirse al pasado sin poder demostrar tantas suposiciones. Sabía que el interior del cerebro humano es igual de frágil en cualquier época. De nada sirve el desarrollo tecnológico y poco alivio ofrece la cultura cuando se advierte el combate desigual. Siempre resulta imposible huir de un hombre lobo. Se preguntó qué deseaba demostrar Ramos con aquel discurso repleto de inexactitudes.
El orador continuó su plática. Lucía satisfecho con las reacciones nerviosas de los espectadores.
—Hubo quienes se empeñaron en disfrazarse con pieles de lobos auténticos, yo lo considero una aberración, otros encontraron plausible cubrirse con vestimentas sucias. Me atrevo a suponer que la sangre y los restos de las víctimas anteriores jamás eran lavados para acrecentar el horror. Surgieron consejas que hablaban de asesinos omnipresentes. Algunos mencionaron los nombres de hechiceros que sancionaban con la licantropía a quienes deseaban ser inmortales. En otras ocasiones no existía castigo alguno y ser hombre lobo era característica de unos cuantos elegidos que podían transformarse a voluntad, aunque siempre ha predominado la suposición que otorga a los plenilunios toda posibilidad de cambio. Las historias se diversificaron para explicar el origen y las características de nuestro género. En tiempos remotos se dijo que un hombre lobo sometido a una fuerte emoción podía abandonar el estado humano sin que importaran las fases de la luna. Incluso hubo quienes describieron métodos ingeniosos, algunos muy divertidos, para luchar en contra de nuestros poderes nocturnos. No sé quién fue el primero en afirmar que las balas de plata eran capaces de aniquilarnos, ni quién fue el primero en suponer que la luz del sol era capaz de disminuirnos como si nuestros poderes hubieran nacido en Transilvania con las condiciones malditas de los vampiros.
Ramos Valderrama alzó las dos manos y un electricista supo que era momento de elevar la temperatura de la sala a treinta y cinco grados centígrados.
—Mírenme aquí sin miedo a iluminación alguna. Mírenme aquí presentándome como el primer hombre lobo decidido a revelar los misterios de nuestra vida compartida con los hombres. Hablo porque deseo ser quien instaure una nueva época de convivencia entre dos razas primigenias sobre la faz de la Tierra. Imaginen un futuro donde puedan convivir humanos y licántropos para erguirse sobre castas infames como las representadas por vampiros, zombis, reptiles o seres acuáticos de perversidad inimaginable. No se diga invasores extraterrestres de aspecto que supongo horrorosos, aun sin haberlos visto.
Anaxágoras Lante se dijo que los sistemas informativos habían convertido al Siglo XXI, en un noticiero perpetuo donde nadie se atrevía a refutar las afirmaciones procedentes de cualquiera que afirmara ser un vocero legítimo. Ricardo Ramos Valderrama exteriorizaba sus alegatos con el aplomo de los locutores más experimentados de la televisión interactiva. Lante se preguntó las razones que habían convertido a los presentes en simples testigos timoratos. ¿Nadie se atrevería a cuestionar la sarta de mentiras pronunciadas con rostro de político perfecto? Si de verdad era un asesino, ¿cómo lograba ir de país en país sin problemas legales? El profesor carraspeó para contener las palabras y la ira.
Los ojos de Ricardo Ramos Valderrama parecieron enfocarlo antes de reanudar la charla. Era un mago. Hipnotizaba con las palabras suaves que suelen esconder las personalidades poderosas, era difícil no creerle, pero sólo era un oportunista llegado para desprestigiar a la familia de los licántropos. La raza surgida en las sombras de las tormentas antiguas. Entonces los hermanos de la luna infinita eran más que una simple nota en los noticieros vespertinos, o un expediente de rarezas olvidadas en los departamentos parasicológicos de incontables universidades y gobiernos.
Anaxágoras deformó el rostro al incorporarse en la antepenúltima fila del congestionado recinto.
—¿Cómo es un hombre lobo verdadero? —preguntó sin reflejar la ironía imaginada. La voz surgió rugiente confundida con el estertor de una fiera.
Un reflector dispuesto en el escenario iluminó al profesor Anaxágoras. Al mismo tiempo fueron apagadas todas las luces del recinto. Una luna llena surgió en los ojos del tipo inmerso entre la multitud que iba en todas direcciones. La transformación era incontenible. Las mandíbulas crecían como tantas otras veces. Los huesos se alargaron y de los poros alterados surgió pelaje grisáceo. Anaxágoras aceptó la metamorfosis al saborear la sangre de las personas cercanas. El monstruo aullaba con intensidad doliente. Pocos pudieron advertir los movimientos precisos de Ricardo Ramos Valderrama. De una caja de madera, hasta entonces inadvertida, extrajo un fusil de mira telescópica cargado con balas de plata.
El primer proyectil se introdujo en el cráneo de un hombre que decía padecer mala suerte congénita.
El hombre lobo ya se dirigía al escenario.
Ricardo Ramos Valderrama apuntó al corazón de la víctima imaginada muchos años atrás, cuando Santos Ibarra Godínez, de oficio cazador y experto en el arte de matar, comenzó a urdir la emboscada que lo llevaría a cambiarse de nombre y de aspecto para obtener una presa de inmejorables características; una vez aprendidos los misterios y las debilidades de los hombres que se transforman en lobos.