REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 10 | 2017
   

Arca de Noé

Frente a mí: una calle volando en pedazos


Luis Uribe

Alejandro Aguilar es ingeniero mecánico, egresado de la Universidad de Guadalajara y dueño de un pequeño negocio dedicado a la reparación de suspensiones de automóviles. Su taller está ubicado en la calle 20 de Noviembre, en el número 221, en el barrio de Analco. En la fachada del lugar, pintada de rojo carmín, cuelga un letrero con la leyenda: “Servicios Mecánicos”.
Antes de ser dueño de su propio negocio, Alejandro trabajó como empleado en la cervecería Moctezuma y también laboró en Aeroméxico, hasta que comenzó a trabajar en un taller de torno de un conocido suyo. Entonces tenía 33 años, vivía en el número 233 de la calle Antonio Bravo, en el barrio de Analco, junto a su padre. Su madre había muerto un año antes.
En 1995 emprendió su propio negocio. La mecánica fue siempre lo suyo, pero el terreno en el que edificó el taller no siempre lo fue; antes perteneció a su hermana, quien vivía allí con su esposo y sus dos hijas, hasta que el 22 de abril de 1992 la casa se desplomó.
Alejandro Aguilar es un sobreviviente de las explosiones que tuvieron lugar en el sector Reforma de Guadalajara. Su historia, al igual que la de cientos de sobrevivientes, es estremecedora. Resulta difícil de creer que saliera ileso de la explosión que aquella mañana, con sus propios ojos, vio venir directamente a donde él se encontraba.
Ésta es la historia de Alejandro, en sus propias palabras:

El vuelo
Días antes de las explosiones salía un tipo de vapor de las alcantarillas. Por las noches pasaban camiones de bomberos con las farolas prendidas, se estacionaban y cerraban algún cruce de la calle Gante; traían un aparato que metían en las alcantarillas. Por el día se veían cuadrillas del SIAPA (Sistema Intermunicipal de los Servicios de Agua Potable y Alcantarillado) en la colonia, pero nadie sabía bien lo que realmente sucedía.
El 22 de abril salí temprano a unos mandados en una moto que tenía. Regresé a casa, desayuné y dejé la moto. Tomé mi camioneta, iba manejando por la calle 20 de Noviembre y antes de dar vuelta en la esquina, en dirección a la calle 28 de Enero, sucedió la explosión. Yo alcancé a ver que la trayectoria de la explosión venía hacia mí; fue un instante, pero la vi. Cuando conduzco yo miro hacia adelante, y frente a mí venía una calle volando en pedazos.
No he podido encontrar en toda mi vida un ruido como el de aquel día. Fue ensordecedor. Uno está familiarizado con ciertos sonidos, los conoce, incluso, por las películas, pero nunca he escuchado nada parecido. No te puedo decir “sonó como dinamita o como un derrumbe”, fue un sonido que no se puede explicar.
Al momento del estallido yo me sujeté del volante. La camioneta salió disparada conmigo adentro. Sentí como cuando te toman entre varias personas y te avientan al aire; la misma sensación del ascenso y descenso, aquí, en el estómago. La camioneta voló y cayó entre el boquete de calle.
Después de la explosión no sentía nada, pero tampoco sentía dolor alguno. De hecho, con mis rodillas rompí el tablero de la camioneta. Eso sí, tenía los ojos cerrados, estaba tenso. Cuando abrí los ojos se veía todo café. Creí que estaba sepultado. Inmediatamente pensé: explotó el drenaje. Lo relacioné con otra explosión que había ocurrido en la calle Sierra Morena, un par de años antes.
A la vez que intentaba entender lo que sucedía, me preguntaba qué hacer. Lo primero que hice fue tomar mis cosas, traía una chamarra en el carro, amarré las mangas para usarla como bolsa y ahí puse todo lo que traía.
Las ventanas de la camioneta estaban cerradas. Tomé una herramienta que traía bajo el asiento y pensé en romper uno de los cristales de la camioneta para intentar salir; en eso estaba cuando de repente vi una línea café que venía descendiendo: era la nube de tierra. Cuando vi el cielo sentí un alivio; me dije: “No estoy sepultado”.
Cuando la nube de tierra se calmó quedé totalmente impactado. En un momento todo se veía bien y en segundos ya todo estaba destruido. Me di cuenta de que aquello estuvo duro.
Se empezó a escuchar el chiflido de las fugas de gas de los cilindros de las casas, algunos de los cuales salieron disparados. En ese momento sentí mucho miedo, además de que me di cuenta de que había unos cables de luz tirados a un lado de la camioneta. Me sentí peor. Me quedé tieso, como estatua. Seguía dentro de la camioneta.
Empecé a escuchar voces de la gente. En ese momento entré en razón de que la camioneta tenía una ventanilla corrediza en la parte trasera, y por ahí me salí. Me paré en la caja de la camioneta y es entonces cuando escuché personas que gritaban “Allá está otro, y por allá otro”. Esas personas estaban cerrando los cilindros de gas.
Cuando me bajé de la caja de la camioneta vi a un muchacho a escasos dos metros de distancia; la mitad de su cuerpo estaba sepultado entre los escombros y ensangrentado de la cara.
Llegó un señor y me preguntó: “¿Cómo estás?”; “Creo que bien”, le contesté.
El muchacho que estaba enterrado venía en una bicicleta, que ahora estaba partida en dos, a unos pasos de donde lo encontramos. Estaba inconsciente. Entre el señor y yo empezamos a quitarle los escombros que tenía encima. En eso estábamos cuando se empezaron a escuchar muchas sirenas. Yo pensé: mejor no lo movamos y esperemos a que lleguen las ambulancias.
Cuando estábamos desenterrando al muchacho me di cuenta que tenía un dedo totalmente hinchado, estaba quebrado. Llegó un bombero y dijo que el muchacho estaba respirando.

Desbaratados
Quería quedarme a ayudar pero también quería regresar a mi casa a buscar a mi padre. Me imaginaba que todo el barrio estaba desbaratado. Como pude caminé entre los escombros, entre cables, hasta llegar a la esquina de mi casa sobre la calle Antonio Bravo. Ahí me di cuenta de que esa calle no había explotado. Me descontroló, no ubicaba la realidad. Me quedé paralizado. La gente corría, había heridos por todos lados, era el caos total.
Me encontré a unos vecinos y me preguntaron: “¿Cómo estás?”, y yo les contesté “pues creo que bien”. “Ya te viste la cara”, me respondieron. Yo seguí caminando rumbo a mi casa hasta que me encontré a mi papá y me preguntó qué había pasado. “Explotó”, le contesté.
Mi papá inmediatamente me dijo: “Vamos a buscar a tu hermana”, quien vivía en la calle 20 de Noviembre, en el número 521, donde ahora tengo mi taller.
Cuando entré a mi casa y me vi en el espejo me di cuenta de que me escurría sangre de la cabeza. Como pude me lavé la cara, aunque yo estaba lleno de tierra. No miento: no me dolía nada.
Yo y mi padre nos fuimos a casa de mi hermana. Nos encontramos que la mitad de la casa estaba desbaratada, pero no se había caído por completo. Mi hermana estaba en la Ciudad de México en esos días. Dentro de la casa estaban una sobrina y mi cuñado. Los dos estaban muy nerviosos pero ilesos.
Mi cuñado sacó las cosas importantes, papeles y cosas de valor, y cerramos el tanque de gas. La losa de la casa cayó sobre el cancel de la entrada, por eso no se derrumbó por completo; lo aseguramos con alambre porque había mucha rapiña y nos fuimos a casa de mi padre.
Una hora después regresé a la casa de mi hermana para sacar ropa. En la esquina de la calle 20 de Noviembre había un hombre, que yo creo que era un judicial; el tipo no me quería dejar pasar y yo lo aventé porque ya andaba cargado de adrenalina. Le dije: “Ahí es casa de mi hermana, necesitamos sacar ropa para mis sobrinas”. Después de forcejear me dejaron entrar.
Después de tomar ropa para mis sobrinas fui a donde estaba mi camioneta. Estaba en medio del hoyo que quedó a media calle. Quería quitarle unos accesorios que tenía. Estaba intentando abrirla cuando un bombero llega y me pregunta: “¿Qué estás haciendo?”, “Quiero sacar las cosas de mi camioneta”. La abrí, saqué la tarjeta de circulación y mi licencia para comprobar que era mía.
El bombero me preguntó: “¿Tú venías aquí? ¿No te pasó nada?”, “Gracias a Dios aún estoy vivo”, le contesté. Se acercó un hombre de protección civil y me cuestiona: “¿Viste si venía más gente por aquí, caminando o manejando?”, “En esta calle yo soy el único que venía manejando, pero recuerdo que exactamente aquí había una señora vendiendo menudo y había otra mujer comiendo justo abajo de la banqueta”.
Los parientes de la señora que vendía menudo estaban buscándola. Me preguntaban una y otra vez si estaba seguro. Yo les decía que estaba seguro, que ahí las vi antes de la explosión.
Días después me enteré de que a la señora que vendía menudo la encontraron bajo los escombros. La señora estaba quemada. Le cayó la hoya del menudo encima, pero viva. A la otra señora la sacaron muerta.
Había mucha gente buscando cuerpos. En esta calle vivían muchas personas adultas, y sus familiares estaban buscándolas. Para ese entonces a mí ya me dolía todo el cuerpo.
Regresé a mi casa y fue cuando me cayó el veinte de que no hay nada que pudiera hacer. Quise ir a ayudar pero ya no podía, mi cuerpo ya no daba para más. Mi padre me decía que fuera al hospital, pero yo decía: “Van a hacer falta doctores en la ciudad con tanto herido”.
Esa misma tarde comenzamos a ver que llenaban camionetas de cadáveres; los tapaban con plásticos negros y se los llevaban.
Una vecina tuvo que ir a identificar los cuerpos de su esposo y sus hijos; los tenían en el CODE, recostados en el piso, desnudos. Ella misma cuenta que se veían cientos y cientos de muertos ahí.
El gobierno dijo que habían muerto 200 personas. Los que vimos con nuestros ojos lo que sucedió sabemos de la mentira de ello.
Cuatro años después de las explosiones Alejandro se casó. Tiene tres hijos, el mayor de ellos de 21 años. Su padre falleció años después y él se quedó viviendo en la misma casa de su infancia, ahora junto a su familia.
Abrió su taller mecánico donde antes fue la casa de su hermana. Por algunos años un sobrino trabajó ahí. Hoy, él lo administra y repara los carros que llegan.
Después de las explosiones, por meses Alejandro se despertaba en mitad de la noche, temblando, empapado en sudor y se decía para sus adentros: “Calmado, calmado, esto ya pasó”.