REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 10 | 2017
   

Para la memoria histórica - Encarte

Héctor Xavier 2/2


Héctor Xavier

Desde adentro, desde afuera
Gilberto Aceves Navarro


No nos veíamos muy a menudo pero Héctor Xavier siempre fue muy cordial. Lo conocí en la Galería de Arte Mexicano, en la calle de Milán; ahí vi por primera vez sus dibujos. Nos conocimos porque en ese entonces éramos menos en la ciudad y se ubicaba más a la gente: “¡Conocí al maestro!”. Yo era estudiante y Héctor una persona muy agradable, simpática, inteligente y con cierto humor perverso. Estaba en una generación donde los que estudiábamos dibujo pasamos por las manos de Carlos Orozco Romero, quien hablaba sobre muchas cosas, sobre los dibujantes mexicanos y mencionaba a Héctor Xavier, a Julio Castellanos. Eran grandes dibujantes, tal vez más académicos o cerca de la academia.
Voy a contar un poco la historia del dibujo en la época del Renacimiento. Los pintores trabajaban en los talleres de los maestros. Ellos ponían a los aprendices a copiar sus dibujos y veían cómo trabajaban. Ése es el gran secreto: se perdió la academia. El maestro decía: “Éste es el método, pon esto y lo otro”. Ahí está. Pero él no lo hacía, no dibujaba y no había chance de ver cómo construía ese paradigma a seguir.
Por todo eso, yo dibujo dando mis clases porque es así como aprenden los alumnos. Ahora hay que aprender desde adentro, desde afuera, desde los cambios de proporción, de una relación propositiva, es decir, qué pasa si le pido a un alumno que se convierta en hormiga. El dibujo va a ser desde adentro hacia afuera. Y hay que inventar muchas formas para entender esto: acercarse, sufrir la transformación, cambiar la relación e idea de las proporciones, pero, sobre todo, estar dibujando en la oscuridad; ahí donde no hay nada. Hay que dibujar exclusivamente con el tacto, pero además hay que ir reflexionando seriamente, sin aventurarse a los golpes geniales, sino a entender muy bien cómo se construye.
Eso es lo que hace Héctor Xavier con la punta de plata. Muchos de los dibujos son muy gestuales y usa pequeños trazos, casi como puntos. Va haciendo todo un léxico motivado por su descubrimiento del material, de la técnica. Pero ¿qué es lo que hace? Una traslación. Alguna vez le pregunté por la composición del papel para trabajar la punta de plata; qué tipo de composición usaba. Seguramente lo hacía con alguna preparación clásica. Hay muchas maneras de lograrlo.
Los pintores del Renacimiento, y antes de esa época, que dibujaban con punta de plata eran casi verdaderas esculturas. Tenían formas de plata, pues era todo el estilete, no un simple lapicero.
Resulta que Cennino Cennini explicó la manera de preparar una tablita de una higuera para dibujar a la punta de plata. Se conseguía una tablilla de madera que abarcara la palma de la mano. Posteriormente se cubría con una masa de ceniza y saliva. La ceniza se obtenía de los huesos que se tiraban de las comidas y que los perros limpiaban antes de ser calcinados. Hacían una masita, y con el pulgar la iban extendiendo en la tablilla hasta conseguir un espesor considerable. Cuando ya tenían una tabletita, se mojaban la palma de la mano y la pasaban hasta que quedara liso, como espejo. Era cuando cogían su puntita de plata y se ponían a dibujar sobre la preparación; si tenías que borrar, lo hacías con saliva. Desde luego debían tener una gran delicadeza para no profundizar demasiado con la punta de plata, es decir, no hacer surcos en lugar de líneas, como si estuvieras grabando en madera.
Hay diversas puntas, no solamente de plata sino de oro, plomo, bronce, latón y mezclas extrañas que dan diferentes óxidos, porque el chiste de esto es cómo se oxida. Al paso de los años, la punta de plata sigue manteniendo la textura, no se modifica, pero sí se oxida y cambia de color. Por ejemplo, el dibujo de las manos de Leonardo son maravillosas puntas de plata que nada más han modificado su color.
Ahora, lo que yo no sé es en qué momento se le ocurrió a Héctor Xavier rescatar una técnica que en ese tiempo no se usaba. Lo que conocí aquí fueron los grandes animales. Bellísimos en su manera madurísima de hacerlo. No era el trabajo de principiante o de aprendiz de la técnica, sino de un dominio pleno. Otra cualidad: el tamaño, pues él hace unas puntotas, cuando tradicionalmente eran de pequeño formato.
En los dibujos de Héctor Xavier hay una enorme seriedad. En los de tinta hay otros elementos, como las salpicaduras, pero también da razones de texturas. En la serie Señales de vida, el giro de los 360°, hay una búsqueda espacial, los cambios de proporción. Lograr ese movimiento es parte de los secretos del pintor: la imaginación. Aquí entra lo que se llama tocar, que es otra manera de sentir y ver la realidad, es decir, veo más cosas paralelas hacia arriba, abajo, derecha e izquierda. Son los modos de ver el mundo, pero con la exigencia de que no se vea sistemáticamente. La obligación de quien ve no es que lo desmenuce, es el contraste, la posibilidad de una unidad diferente como logró hacerlo Héctor Xavier.

Un artista impecable
René Avilés Fabila

En casa de Juan José Arreola conocí a Héctor Xavier. Por lo que platicaban, no hacía mucho tiempo que habían publicado Punta de plata, pero no entablamos mayor relación entonces. Después hubo un salto grande, y aunque yo llegué a verlo en reuniones con José Revueltas y Jaime Labastida, lo perdí de vista durante muchos años. De pronto Antonio Castañeda, un poeta al que aprecié y fue compañero mío de escuela, me dijo que era amigo de Héctor Xavier.
Cuando ya dirigía el suplemento El Búho, le dije que sería un honor que fuera colaborador nuestro. Y en efecto, un día llegó muy elegante, muy distinguido, y no sé si Antonio se había retirado del alcohol pero también nos acompañó a una cantina a tomar una copa, a platicar. Allí Héctor Xavier hizo alarde de ingenio, simpatía y cordialidad.
Él no iba mucho a Excélsior, más bien llegaba Ivar; de él llegué a ser realmente amigo porque iba todos los miércoles, llevaba el material, salvo algunas veces que de pronto Héctor iba porque quería saludarme o pedir alguna publicación en particular. Claro, más que el pedir era dar porque recuerdo el texto que escribió José Revueltas sobre el dibujo de Héctor Xavier, y lo publicamos en el suplemento El Búho. Algún día se lo regresé porque me había entregado el texto escrito a máquina, con algunas correcciones a mano de Revueltas, y prefirió dármelo. Dijo: “Quédatelo, guárdalo tú”.
La verdad es que le tenía aprecio y sigo admirando su obra, me gusta muchísimo, y le compré algunos dibujos. Para ese momento yo empezaba a ganar algún dinero, y cuando obtuve el Premio Nacional de Periodismo en 1991, el dinero me lo gasté en dos hermosísimos dibujos de Héctor Xavier. Fue muy generoso siempre. “Págamelo como puedas”, me dijo, y yo le respondí que le daba parte del premio al contado y luego el resto. Así se los pagué. Después vi que uno de esos bellos cuadros, una pareja que se convierte en uno de los más espléndidamente eróticos que he visto en mi vida, lo publicó Jaime Labastida en uno de sus libros de poesía: Dominio de la tarde. A él le hice entonces un reclamo cordial en el sentido de que me debía dinero porque ese cuadro reproducido era mío. Jaime me respondió que no sabía que era mío.
A veces íbamos a tomar helados a Chiandoni al tiempo que platicábamos de Arreola, Rulfo y de otros escritores y pintores. Me llamaba la atención que nunca hablaba mal de nadie. Alguna vez me expresé con dureza de algunos y él volvía las cosas a su cauce. No le recuerdo haber visto o escuchado alguna expresión dura, violenta o agresiva.
Mis recuerdos con Pepe Revueltas, por ejemplo, tan amigo de él, eran de trago, cantina y bar o de estar en su casa, bebiendo hasta caer; con Héctor Xavier no. La verdad es que yo le tuve una gran admiración primero y luego le sumé el cariño, el amor que sentía por su persona. La amistad realmente sí fue muy profunda. Me acuerdo que cuando le compré un dibujo en punta de plata, un unicornio hermoso, me conmovió porque me dijo: “Es una obra que aprecio mucho, René. No me gustaría venderla”. ¡Pues si todo mundo quería vender! También me asombraba el orden en su casa de Holbein. Me mostraba dibujos que tenían que ser ya exhibidos o mostrados o algo porque eran ejemplos del Héctor Xavier menos conocido: fracciones y cosas de color, cuando lo que uno conocía era al dibujante notable, revolucionario; sin duda un artista extraordinario. Pero llamaba la atención encontrar esa obra diferente, más difícil.
En una época gloriosa, de mucho dinero en el Excélsior, se organizó un coctel en un hotel de lujo. Héctor fue solo y al calor de los tragos le dije: “Oye, Héctor, tú no sabes, pero yo tengo el retrato de Borges y el de Carpentier”. Respiró aliviado y me comentó: “¿Tú los tienes? Qué tranquilidad que los tengas tú porque además son dos escritores y tú eres escritor, tú los vas a valorar”. Me llamó la atención el hecho de que hubiera respirado tranquilidad: “¿Cómo…? ¿Tú los tienes?”. Él les había perdido la pista.
El unicornio me lo vendió y me regaló dos búhos, por razones obvias. Yo los coleccionaba, y en algún momento me habló por teléfono y me dijo: “¡Oye! Le pedí a Ivar que te lleve esto”. Y le dije: “Pues no dejo salir al cabrón si no lo trae”. “No te preocupes”. Sí, Ivar cumplía con su deber. Llegó y me dijo: “¿Qué hacemos?”. Le dije: “Mira, para que no haya duda de que los he recibido, vamos a publicarlos en el suplemento”, y así lo hicimos. Luego me los llevé a mi casa. Ahora forman parte de la colección “Los Búhos del Búho”, en donde hay 160 o 180 ejemplares.
Alguna vez planeé algo derivado de lo de Arreola y Héctor Xavier. Un día le dije a Héctor que hiciéramos un libro semejante y él me dijo que lo trabajara. Yo le decía que si bien él había ilustrado un bestiario real, realista, con la cebra, la jirafa, el rinoceronte, yo quería que trabajáramos un libro de seres fantásticos, fabulosos, mitológicos. Esa idea le gustaba mucho pero pasó mucho tiempo y cuando tenía apenas dos o tres animales, Héctor Xavier murió. No sé si no me apuré o él se anticipó. El proyecto apareció mucho tiempo después con ilustraciones de José Luis Cuevas. Después publiqué otro: El bosque de los prodigios, que terminó ilustrando Guillermo Ceniceros.
Héctor Xavier logró desarrollar o aumentar en mí ciertas ideas, como la de mezclar el texto literario con el dibujo. Él venía de una época donde era usual y participaban autores distinguidos en revistas afamadas. Estamos hablando de Siqueiros, Diego Rivera, Héctor Xavier y muchos otros. Eso me consolidó la idea de que en el periodismo cultural –a lo que me he dedicado–, la parte escrita tiene que estar muy íntimamente ligada con la parte del ilustrador. Héctor me recordaba entonces las épocas de Juan Rejano –como director del suplemento de El Nacional, México en la Cultura–, quien se rodeó de artistas plásticos. Eso fue siempre algo que consolidaba nuestras pláticas, pues él hablaba más de literatura que yo de pintura.
Si bien todos tenemos un exacerbado ego, él no tenía deseos de hacer notar su cultura cuando era un hombre muy sabio en artes plásticas. Todo lo que había viajado no lo decía de manera ostentosa, como suelen ser los artistas en general. Hablaba mucho más de escritores y de literatura que de artes plásticas.
La aportación estética de Héctor Xavier en El Búho fue fundamental: brilló cuando comenzó a colaborar. Por allí también estaban Cuevas, Sebastián, Luis de la Torre. Recuerdo que académicos del Instituto de Investigaciones Estéticas me felicitaban por el suplemento pues me decían que era una gran hazaña reunir a grandes historiadores, pintores y un montón de gente. A la llegada de Héctor Xavier todos conocían quién era y sabían de su importancia. Incluso alguna vez Rafael Solana me dijo que Siqueiros, Rivera o Cuevas debían parte de su fama al escándalo. En cambio, de Héctor afirmaba: “Es un hombre muy discreto que poco se sabe de su vida, no comete escándalos y es un artista impecable”. Para continuar con esa idea, Héctor tenía un enorme prestigio pero estuvo fuera del circuito del ruido, del escándalo. Es de los artistas que quizá la gente no recuerde el nombre pero sí tiene presente la obra.

Una raya de plata
María Luisa Mendoza

No puedo decir cuándo conocí a Héctor Xavier porque apenas me iniciaba en el periodismo. Entraba a formar parte del desarrapado gremio de los escritores que nos dedicamos al oficio en los periódicos para subsistir. Entonces lo conocí como reportera. Era la época en que Héctor Xavier iba a realizar, bueno él y Juan José Arreola, un bestiario. Y como adoro a los animales, ya para empezar, me llamó mucho la atención cada uno de ellos. Héctor Xavier por su finura, su angelical y diabólica belleza del trazo en su obra. Me impresionaba que estaba tratando a un ángel de los dibujos y a un demonio de la disección. Ellos tenían esa encomienda.
Me puse en contacto con Héctor Xavier. Entonces me dijo: “Oye, China, esto está de la fregada porque Arreola nomás no va, tengo que andarlo sombrereando para que vaya a Chapultepec”. Tardaron mucho tiempo haciendo ese libro. Es que Héctor Xavier es el autor verdadero del álbum. Él agarraba a Arreola, lo “encadenaba” frente a cada jaula. No veía que Héctor veía, y él escribía y el otro dibujaba. Era una pareja maravillosa, un par de inteligencias, pero ese milagro se daba muy de vez en cuando porque el otro se le escapaba mucho, y Héctor estaba entercado. Pero qué libro más maravilloso porque no tiene par. El texto no tiene comparación en la serie de la literatura en México. Aquel crucigrama que Arreola veía en los rinocerontes, junto con la perfección de Héctor Xavier, era muy importante, verdaderamente excelso; por eso digo que eran entre demonio y ángel, tenían esa dualidad de la gran creación. Eran dos cualidades en la escritura y en la pintura, de grandes relámpagos y de plácidos atardeceres.
A mí me interesó mucho, cuando lo entrevisté, que me contara cómo había llegado de Tuxpan. Yo me casé con un tuxpeño, Eduardo Deschamps; estoy tan aliada a ese lugar: tan lleno de mar, de aire y de comida tan exquisita. Xavier era coterráneo de mi esposo y esto me acercaba mucho más al artista. Y me acuerdo muy bien que me contó que había estudiado en La Esmeralda. Me impresionó mucho cuando leí acerca de su estancia en una bienal en São Paulo representando a México, en 1967. En esa época la bienal era así como representarse en lo más alto del arte, más que en París –pues claro, estaba en América Latina y demás–. Y Héctor tuvo éxito en Brasil. Toda la gente habló de él, muchísimo. Cosa que, de tanto habladero, se consagró en toda su vida siguiente; él nunca bajó su calidad. No era un aprendiz. No era un muchacho que iba “a ver qué logro, qué hago”. Así como dicen de otros que nacieron viejos, él nació artista, nació dibujante; tenía el trazo más perfecto que ha habido en México. Luego vinieron varios dibujantes que también causaron sensación, como José Bartolí, exiliado de la guerra civil de España: un dibujante espléndido; o la pintora española Elvira Gascón, que dibujaba en todos los suplementos de arte de Novedades… Una mujer muy triste, con unas lágrimas que se le escurrían, de una línea perfecta, muy nítida, pero ninguna tenía de pronto ese rasgo del dibujo de Héctor que era muy estremecedor, y los demás dibujaban nada más la pura alma. En Héctor no sólo era el trazo, sino también la carne, el espíritu y el coraje, la ira, el dolor, la ternura. Era sensacional.
Hay señores que hacen caricaturas, muy buenos, pero una trayectoria tan hecha, tan seria y tan original como la de Héctor, no se ha repetido. Fue una raya en el agua; una raya de plata en México.
Por eso tuvo tanta importancia también en Europa y en todos lados donde se presentó. No estoy segura de su cercanía con Brancusi, si fue una realidad o un encuentro inesperado. No creo que haya trabajado al alimón con Brancusi, aunque en aquel tiempo era absolutamente de necesidad para la evolución. Es muy probable que hayan hecho trabajos mancomunados, llamémosle así.
Eso sí, está el impacto que tuvo en Europa. No era cuestión de estar inventando un falso ídolo, sino que era un señor que si se presentaba en cualquier lado donde hubiera un artista, no hacía otra cosa más que recibir la admiración de todos sus colegas, por su gran trabajo. Héctor me contaba mucho de su experiencia en París, donde decoró una capilla en Longueil-Annel, cercana al bosque en Oise.
Héctor era un hombre que tenía un trazo tan verdaderamente excelente, que si le hubieran pedido que hiciera un mural blanco y negro, hubiera sido un éxito nunca visto en el mundo, además porque nadie lo hubiera podido hacer igual que él, ni siquiera el gran dibujante Bartolí, que era una denuncia, como una hoguera; claro, por su vida de excombatiente. Héctor Xavier era más bien como un retratador de la realidad, con todos sus dolores y sus alegrías. Siempre dual, bi, siempre ángel y demonio. Las dos cosas. Así lo definiría verdaderamente.
Alguna vez los acompañé al zoológico –de esto que estoy hablando es de hace cincuenta años; y sí me acuerdo, como entre sueños, o fue lo que me contaron, o lo viví en el sueño–: estoy viendo a Héctor Xavier dentro de las jaulas, junto a las alambradas que había entonces, viendo al animal y al espectador, Juan José Arreola, dictando –porque él dictaba lo que le venía en gana– lo que veía. Héctor dibujando, pero como endemoniado, observando a esos rinocerontes. Ambos describían, se comunicaban: la piel del animal como si trajera muchas rayas cruzaditas, como una libreta de cuadritos, así, de aquella piel rugosa y dura, como de fierro. Y cómo lograban los dos capturar esa realidad de las pieles, de los olores del animal, de los mugidos, de sus miradas tristísimas, de sus patéticas carreritas en un lugar muy corto; estos que habían nacido para dar grandes pasos en las llanuras, las sabanas, las estepas, ahí estaban metidos. Ellos sabían cuánto los estaba compadeciendo Héctor Xavier y cuánto los compadecía Arreola porque, comparados, eran dos creadores y esos animales eran hijos de Dios, la creación más amorosa era Dios, que había fallado tanto con nosotros los seres humanos, en que nos hizo tan imperfectos, tan crueles, tan estúpidos en todos los aspectos, tan ajenos a la bondad, pureza y la dignidad. Esos animales nos dan clases, y eso lo recibían Arreola y Héctor. Y los dos lo impactaban en aquella pareja, que fue escritura y dibujo, en un libro excepcional.
Sí fue una cosa muy importante en mi vida: esa experiencia la viví tan plenamente, y sin embargo tan lejanamente. No tuve una confidencia suya, no tuve una larga plática de horas, no fui a su casa. Conocí a Miriam y la admiré muchísimo simplemente por lo que hacía. Ella fue conmigo, qué bárbara, nunca dejó de darme el cariño que yo necesitaba, darme el abrazo que esperaba. Ser tan elegante. Y eso también como un reflejo de Héctor, que por lo visto ahorita estamos descubriendo cuánto se hace presente todavía en nuestras vidas. Primero en su mujer, que era la que nos daba los reflejos de él, y luego su hija, que estamos ahorita recordándolo tan amorosamente en esta tarde para mí de invierno porque dicen que todavía es otoño. Para mí el otoño no existe. Es como un jueves: no existe. A mí se me pierde entre los dedos el jueves; disfruto muchísimo más el miércoles y el viernes ni se diga. Así el otoño. No existe. Es de europeos. Somos indígenas que creemos en el invierno y en la primavera que empieza en abril más o menos, hasta que vuelve a caer el frío. Para nosotros no existe esta etapa, pero sí existió Héctor Xavier. Y sí existe Miriam. Y sí existimos quienes todavía nos acordamos tanto de Héctor. ¿Qué habrá sido de él? No sé adónde habrá ido. A lo mejor sigue todavía vivo y no lo sabemos.
La amistad que tuvimos fue formal, porque nos caíamos muy bien y nos hacíamos bromas, pero no éramos íntimos. En cambio, con Eduardo Deschamps sí. Tal vez por eso la amistad era entre ellos. Eran los cuatazones. Por eso yo amo tanto Tuxpan. Para mí fue una etapa joven de mi vida inolvidable. Yo iba con Eduardo y nos instalábamos en el mar donde siempre nos tocaban los nortes tremendos de Veracruz. Casi se llevaba el techo. Yo me abrazaba a mi perro, porque, claro, Eduardo siempre estaba con Xavier quién sabe en qué cantina del puerto. Yo me quedaba sola en aquellas casas, con aquellos aires, aquellos rugidos, ¡abrazada a mi perro!

Plenitud de dones *
José Emilio Pacheco


En la obra de casi todos los artistas se ve la lucha por alcanzar la maestría; en la de Héctor Xavier, la pugna contra su seguridad, su perfección casi renacentista. Hay en el mundo pocos dibujantes que son capaces como él de rehacer un fragmento de la creación mediante unos cuantos trazos del lápiz o la punta de plata.
Héctor Xavier pudo quedarse allí –lo cual no es ciertamente poca cosa– disfrutando de la incontestable plenitud de sus dones. Prefirió el movimiento, la aventura, el color, los nuevos temas que, al ponerlos a prueba, desarrollan sus facultades.
Durante años he seguido su evolución y, al margen de muchas piezas admirables, ninguna serie me había impresionado tanto como ésta, aún sin título, que acabo de ver en su estudio.
No basta decir que su tema es el amor. Es la materia misma de que está hecho el amor. Es su fisiología, su mecánica, su mística, su alquimia y su metafísica. Es el cuerpo humano, o algunas zonas del cuerpo humano, con su infinita variedad. Es el encuentro de los cuerpos que incesantemente rehacen en todas partes y a toda hora la primera pareja o el ser único, anterior a la historia, a la caída en el tiempo y en la dualidad que construye el mundo a medida que lo destruye.
Los amantes se funden con la tierra. Recrean la explosión orgásmica que hizo la luz y dividió las aguas. Héctor Xavier los humaniza, animaliza, mimetiza, petrifica. Tan pronto piedras en el desierto del amor como formas marinas acariciándose en los abismos del océano o en las playas del comienzo del universo, uniéndose para salir del reino de los peces y fundar la vida en la superficie.
Sus personajes son hombres, plantas, helechos, lianas, caracoles, cangrejos, medusas. Es como si quisiera recordarnos que todos somos todo. Somos parte de una sola materia. El planeta continúa, no cede a las fuerzas destructivas, porque en la tierra, el aire, el agua, y tal vez en el fuego hay cada instante una inmensa unánime cópula de la cual el amor humano es sólo una parte, acaso la central, pero sólo una parte.
Líneas, trazos, colores, sombras, blancos, reflejos, texturas, oquedades cohabitan en una sintaxis que es también un sistema amoroso. La mano que los guía sabe su oficio, ama su oficio.
En esta serie, Héctor Xavier que ha sido tantas cosas, se vuelve de una vez y para siempre un pintor del amor. Si recordamos la historia de las artes plásticas veremos que pocos se han hecho de este título.

*Texto original escrito a máquina por José Emilio Pacheco, sin fecha, con correcciones escritas con tinta en el original, forma parte del acervo de la familia Xavier Kaiser. Se transcribe y publica por primera vez con la autorización previa de su autor.
La festiva
Tamari Xavier

Aparte de ser mi padre, Héctor Xavier es un gran dibujante al que admiro muchísimo. Recuerdo que cuando estábamos juntos y caminábamos por Reforma, a veces encontraba a algún amigo que le reclamaba no haber mandado obra para publicarla en el periódico. Entonces nos íbamos corriendo a la casa, en cosa de cinco minutos hacía un dibujo y me decía: “Tamari, esto es secreto, aquí se queda”. Me daba el dibujo y me mandaba al Excélsior a entregarlo. Yo iba temblando de miedo, pero hoy se lo agradezco porque me hizo adquirir más seguridad y confianza en mí misma.
Fundamentalmente lo recuerdo ya grande porque era de las personas que decía: “Me voy un fin de semana” y se quedaba uno o dos años a vivir en Guadalajara, por ejemplo. En una ocasión viajé con él allá por dos semanas y fue cuando lo empecé a conocer más. La convivencia para mí era fácil: llegar al estudio, lavarme las manos –porque era su prioridad–, verlo trabajar en silencio absoluto y luego salir a comer. En la nevería Chiandoni me tocó una época muy divertida pues se encontraba haciendo la serie llamada La festiva, para la cual le serví yo de modelo. Mis manos, mis brazos se acomodaban a sugerencia de él y yo me divertía mucho. Eso sí, cuando trabajaba en el estudio era de una concentración total. No podías interrumpirlo, aunque sí verlo de lejitos, sin hablar. Al final siempre me preguntaba qué sentía después de ver el dibujo terminado. Le daba mi opinión de “Me gusta o no me gusta” y creo que siempre se sintió cómodo con lo que le comentaba. Era cariñoso conmigo. Me agarraba el cachete y me decía: “Calientito, calientito, calientitoooo”, como su manera de demostrarme su amor.
Era un buen conversador sobre arte. Con su amigo el filósofo Joaquín Sánchez MacGregor platicaban de arte y de libros. Pero lo mejor era ir con mi papá al museo. Recuerdo en especial la exposición de Henry Moore en el Museo de Arte Moderno (octubre de 1983). Me enseñó a que sintiera las esculturas, a que viera y tocara el movimiento en ellas. Por lo demás, en otras exhibiciones le encantaba hablar de la técnica, del movimiento de la obra que veíamos. Y si no le gustaba algo omitía su opinión; no recuerdo que hablara mal de un cuadro o de un artista.
Para mí no fue un padre ausente. Como en casa teníamos mucho amor y cariño de la nana Carolina, no sentí tanto su ausencia. Mamá trabajaba mucho pero siempre estaba al pendiente de nosotros, de nuestras tareas. Tal vez hubo algún momento en que pensé: “¿Por qué no está él con nosotros?”. Pero luego me desprendí de eso para no sufrir. Incluso mi mamá siempre fue insistente en que visitáramos a mi papá, que le habláramos, sobre todo cuando se empezó a enfermar y vivió una época tan dura para él y también para sus hijos.
Además de esa visita a la exposición de Henry Moore, me acuerdo de su buen sentido del humor. Siempre que me veía, iba muy planchadito, de traje impecable, guapísimo. Un domingo en el Chiandoni, con mucha gente, se subió a la barra para que lo atendieran. Me decía: “Ahora vino el hermano malo”. Porque cuando no era así, venía el hermano bueno, bien portadito. Así era su chispa, que cuando menos te lo esperabas hacía alguna gracia.
Como espectadora de su trabajo, veo una gran sensibilidad, el movimiento o la mirada en los retratos. A lo mejor aprendí a visualizarlo así porque él me enseñó a sentir la obra. En general, cuando observo sus series vivo una gran alegría y paz, salvo con mi retrato con boina, en donde me veo triste y de más edad. Porque algo que hacía mi papá era retratarte a futuro, es decir, te dibujaba no como eras en ese instante, sino como te verías después.
En general era impresionante verlo trabajar, su rapidez y seguridad en los trazos. Eso lo viví tanto en la serie de Las azules como en el trabajo frente a Nureyev o Pilar Rioja, que tuve la suerte de atestiguar. De las primeras, tengo en la memoria que observaba a esas mujeres descalzas, desde lejos, y se ponía a dibujarlas así nada más. Y cuando estuvo con el bailarín, la dificultad de hacerlo porque él no quería mirones en los ensayos y mi papá lo logró a pesar de algún altercado, o la gran afinidad con su amiga y modelo Pilar Rioja.
La historia se vuelve triste con el caso de mi hermano Ivar. No quisiera hablar mucho de eso pues mi papá siempre nos habló de su obra como nuestro patrimonio. Y los hermanos siempre pensamos en que la gente tuviera la oportunidad de conocer a un gran artista. En 2006 mi mamá organizó una gran exposición en la Casa Principal, en el puerto de Veracruz. Se consiguieron las obras con los amigos y coleccionistas, así como con la familia, pero ha sido imposible conseguir la totalidad de la obra. ¿Cómo es posible que siendo un gran artista no se conozca, o se conozca poco? De por sí el temperamento de papá no ayudaba mucho, pues era un hombre solitario y celoso de sus cosas. Cuando Ivar secuestró la obra, hubo un rompimiento total con los cuatro hermanos y un rompimiento total con la obra. Siento que ha sido un asunto difícil de superar, pero con los años, lo logras.

Un espíritu marino*
Marco Antonio Campos

Retraído y tímido y a la vez explosivo, tomando la vida a carcajadas y mandándola mexicanamente al carajo, habitando sombras que se oscurecen y lo oscurecen, Héctor Xavier ha sido desesperadamente fiel a sus contradicciones y ha querido y ha llegado a ser el dibujante mexicano que ha hablado más consigo mismo que con los otros. Pasando por prolongados silencios, pero con una constancia calculada, donde no se halla excluido un desprecio valeroso de quien se sabe un notable artista, ha hecho una obra y la obra lo ha hecho. Para que el leve dibujo sea más leve en el pico y el vuelo de los pájaros, es uno de nuestros grandes artistas marginales. Con la edición del bestiario Punta de plata, Héctor Xavier y Juan José Arreola alcanzaron el momento más exacto y hermoso de la unión en libro de dibujo y texto en la literatura mexicana.

Inevitablemente la primera pregunta sería ¿cuáles fueron sus inicios?
Diré primero cómo empecé a sentir. Recuerdo cuando era pequeño y caminaba por la playa. El viento del mar empezó a despertar mi tacto, mi sensualidad. Avivó una serie de sensaciones sin forma que no trazaban en mi mente un muslo o una mano. Sentía sólo la caricia, acentuada en mi olfato, del olor marino. Ese viento estimulaba mi observación de las cosas.

¿Y luego?
Empecé a dibujar las huellas de mis pies pequeños en la humedad de la arena, y trataba de hacerlo con la rapidez de mis pasos, porque otra ola los borraba. Siento que ése es el inicio. En años anteriores, a los cuatro o cinco años, escuché música china. La tocaba un oriental que parecía estirado de abajo a arriba, sentado en una silla de respaldo alto y estrecho, y que siempre tenía sobre las piernas un instrumento de cuerdas. Esa extraña música me inquietaba. En la casa que alquilaba mi abuelo a un grupo de chinos, había un almanaque que mostraba el rostro de mujeres chinas extremadamente maquilladas. En ese almanaque me asomé por primera vez al color.
Trabajé en una ferretería de mi pueblo desde los once años, y para escapar del aburrimiento y de la crueldad del propietario, un tal Jorge B. Cruz, hice, con los clientes que llegaban, mis primeras caricaturas. Pero dibujar: sólo en la arena húmeda de la playa.

Usted es de la costa. ¿Por qué se vino a la Ciudad de México?
Nací en Tuxpan, Veracruz, frente a las arenas y las aguas del golfo, el último mes del año de 1921. A principios de 1938 abandoné las caminatas dominicales por la playa para recorrer las calles de la gran ciudad con los ojos vacíos y los bolsillos vacíos. Para sobrevivir hacía por las noches, en la calle San Juan de Letrán (hoy Eje Lázaro Cárdenas), caricaturas de los transeúntes que me lo pedían. Como comer era un hábito difícil, sólo vendiendo loza y perfumes falsos podía saturar algo de eso que llaman hambre. Realicé varios y variados trabajos, incluso el salto mortal del merolico.
Después de algunos estudios, ese dibujar mis pies en la arena me llevó a comprender y a sentir que podía decir algo de una manera gráfica. Y a pesar del hambre me impuse una disciplina para aprender a pintar y dibujar.

Usted empezó con la pintura. ¿Por qué la dejó?
Pese a mi espíritu marino y vagabundo logré exponer mi pintura en Bellas Artes en el año de 1945. Colgada la obra, advertí que había fallas, deformaciones causadas por falta de mano, por desconocimiento del dibujo. Con disciplina empecé entonces solamente a dibujar, y comprendí que el dibujo es el aire, la luz, la voz, el sonido. El dibujo es lo que dice todo y llena de significado la hoja en blanco. Inclusive me despojé del claroscuro para llegar a lo más significativo del dibujo, la justa línea de la forma.

Esa delicadeza y hondura del trazo en su obra, ¿de dónde le viene?
Necesité apoyarme en alguien y tuve un rápido enamoramiento del dibujo de Ingres, y después de Modigliani, quien me hacía sentir qué es el dibujo esencial. Unas conversaciones amistosas con Francisco de la Maza me llevaron a ver la cultura prehispánica de Colima, y tiempo más tarde, los frescos y estelas mayas de Bonampak, en los que descubrí toda la carga dibujística que contienen, tan afines al dibujo japonés. El arte de la cultura de Colima, por las formas y proporciones, me llevó al manejo del claroscuro. Pero insisto: el recuerdo de mis caminatas en las playas del Atlántico, su aire y su olor, me hicieron sentir de nuevo que la línea en sí –sensual, enérgica, rítmica–, es para mí la razón de toda forma.

Habló de la parte mexicana, pero quienes lo hemos tratado sabemos que hay una formación mucho más amplia.
Bueno, me influyó desde luego Picasso, sobre todo sus grabados y dibujos. Pero tal vez la influencia más determinante la representaron las formas esgrafiadas en las vasijas griegas y los dibujos que se encuentran al reverso de los espejos etruscos. Los vi en Roma. En el bronce se hallaba grabada una línea blanca que representaba desnudos bellamente dibujados. Desde entonces el dibujo se me contagió como un fuerte resfriado.

¿Cómo llegó a la punta de plata?
Buscando. Quería encontrar, con una técnica diferente, otras formas distintas de tratar la figura humana. Con una técnica que requiere de precisión y delicadeza, quise enfrentarme con los animales. Fue un desafío doble sentir y observar a un tigre o a un rinoceronte, por ejemplo, para dibujarlo de una manera directa. Quien no lo ha hecho no tiene idea de lo activos y nerviosos que son los animales. A veces tenía que esperar cuatro horas para que volvieran a la misma posición y continuar el dibujo. Por nada me matan un gran oso, una cebra y un rinoceronte.

¿Un dibujante admirable cómo hace un dibujo admirable?
Para hacer un dibujo requiero previamente tener en mente la imagen, la composición y el ritmo de las formas que van a representarse, y luego, con mano segura, trazar definitivamente lo que mi mente y mi sensibilidad van ordenándome. Me gusta dibujar con tinta. Para mí el lápiz es tramposo porque permite borrar, corregir, cambiar. Siento que el trazo de impulso definitivo, en tinta o en punta de plata, conlleva mayor sensualidad, sensibilidad y fuerza. Con la tinta se sabe y se siente que la voz del trazo es definitiva.

¿Con qué grandes artistas tuvo algún trato en Europa?
Conocí a Max Ernst en su estudio y viví en el mismo quartier que Brancusi, a quien conocí por medio del escultor alemán Ludwig Brume, quien más tarde, muerto Brancusi, rondaba por el barrio, con la barba blanca, diciéndose el espíritu del escultor rumano. Brancusi tuvo la deferencia de dejarme verlo trabajar. Durante ocho meses fui invitado a su estudio, donde veía girar en grandes mesas redondas de piedra, trece esculturas. Esto lo considero mi entrada a la escultura moderna. Un día me dijo: “Yo cerré la puerta a la escultura moderna”. Y sin pensarlo respondí: “Pero, maestro, Henry Moore la volvió a abrir”. Esto me valió recibir todos los insultos que Brancusi se sabía en francés. Tiempo más tarde, sentado sobre una de las grandes piedras que empleaba para su trabajo, me espetó: “¡Hijo de puta!”. Me puse a llorar. Tanto le había dolido mi comentario que había buscado insultarme en mi propio idioma.

¿A quiénes frecuentó en México?
Perseguí admirativamente a José Clemente Orozco cuando pintaba los murales de la Suprema Corte de Justicia y el espacio abierto de la Escuela Normal Superior. Lo vi pintar la cúpula del viejo Hospital de Jesús. La obra que he observado más desde hace cuarenta años es la suya, en especial los murales del ex Hospicio Cabañas y el tríptico, que domina Hidalgo, de las escaleras del Palacio de Gobierno de Guadalajara. Con la mayor angustia hice la cabeza de Orozco muerto, y sólo diré, con Octavio Paz, que Orozco fue el más libre y profundo de los tres grandes muralistas.

Usted tuvo muy buena amistad con escritores.
Sí. Con Juan Rulfo, callado, con una ambición de soledad que yo comprendía. Se enfadaba cuando accidentalmente aparecía un amigo mío y se sentaba a nuestra mesa en el café. Rulfo se masticaba los dientes y se marchaba furioso. Sentía que había caído en una trampa.
José Emilio Pacheco venía a verme a veces al muy famoso Hotel Rey, que con justicia menciono. Allí llegaban los “gusanos”, allí se fraguó la caída de Rómulo Gallegos, allí mataron a un desconocido del otro lado de la calle, y la trayectoria del tiro, según la policía, partía de la ventana de mi cuarto. José Emilio Pacheco me visitaba tres o cuatro veces por semana. Hablábamos mucho y caminábamos más. Sus alargados silencios y su manifiesta timidez hacían que me recordara mucho a Alfonso Reyes, quien llegó a visitarme algunas veces. De José Emilio Pacheco sé que es un gran poeta, un magnífico escritor y un amigo misterioso.
Uno de los personajes furtivos del hotel era Alfonso Camín (poeta asturiano), quien llegaba de chambergo y capa, con un gran puro en la boca. Traté con cierta timidez a los Contemporáneos, en especial a Xavier Villaurrutia y al doctor Elías Nandino. Debo a Alfonso Reyes su apoyo. En su biblioteca conocí a muchos hombres sobresalientes de la inmigración española y estuve muy cerca de León Felipe, Juan Rejano, Luis Rius, Arturo Souto, Julio Prieto y Ramón Gaya. Entre muchos escritores, fui amigo del estridentista Arqueles Vela, de Alejo Carpentier y de Juan José Arreola, con quien hice el bestiario en 1958.

José Revueltas es amigo aparte.
Con él tuve la primera liga amistosa, después entrañable. Lo conocí en la Casa de las Juventudes Socialistas Unificadas de México, fundada por Lázaro Cárdenas para ayudar a los estudiantes de provincia que venían a la capital. Yo ya conocía a su hermano Silvestre desde 1939, cuando ensayaba en la xeb, radiodifusora ubicada en la calle de Buen Tono.
José y yo nos frecuentábamos esporádicamente hasta que en 1962 fuimos vecinos en el edificio Asís (en la calle de Holbein). Conforme la escribía, viví y leí su obra Los errores, que José mecanografiaba en las noches sobre una almohada para no molestar a los vecinos. Casi todas las tardes le mostraba mi trabajo y lo discutíamos. Independientemente de nuestra sensibilidad, nos unía la afición al toro, y que tiempo atrás ambos habíamos determinado ser toreros. Revueltas me decía: “El toro nos sacará del hambre”. Entrenábamos en unos corralones de Mixcoac toreo de carretilla. En esa época José empezaba a desarrollar un buen vientre que no le ayudaba a dar la figura de torero. En efecto: el miedo y la falta de figura aniquilaron nuestra afición.
A Revueltas y a mí la realidad nos parecía demasiado violenta y tratábamos de escapar de ella a través de nuestra obra. Cuando no trabajábamos nos sentíamos muy mal, al extremo de sentir que no merecíamos la vida. Mucha de mi vida como hombre cambió gracias a él. Es el mejor ser humano que he conocido. Alternaba un gran sentido del humor con una apasionada depresión. Algo de esto sucede conmigo.

¿Qué busca al dibujar? ¿Cuál es el objetivo?
Más que cualquier pretensión, al dibujar tengo el compromiso conmigo mismo del trazo definitivo y que la composición de las formas tenga la mejor expresión. Gozo al dibujar y excluyo de ella ideas políticas o contenidos dogmáticos. Y no pretendo de antemano agradar al gusto colectivo. Nunca me he acomodado al gusto o los gustos de la gente.

¿Qué ha representado para usted el retrato?
Una verdadera obsesión. He hecho aun cabezas de mis amigos muertos. Pero siempre regreso al desnudo, a los animales, a los viejos. Trato siempre de captar la realidad en un latir de vida y darle el mayor movimiento.
Mi constante búsqueda de temas corresponde a una inquietud permanente y es originada básicamente por mi inestabilidad emocional: me siento arrojado siempre en la soledad y el vacío.

¿Cómo ve ahora su trabajo a más de cuarenta años de distancia?
Acabo de revisar y de firmar toda mi colección, de manera que es una pregunta muy directa. Hay épocas mías que sólo puedo ver con asombro. Ha sido un enfrentamiento muy duro: por lo logrado y por lo que no fui capaz de encontrar en su momento. Los hallazgos me dan sólo un respiro.
Haciendo un juicio general tomo la responsabilidad y el gran compromiso, adelantándome a mi muerte, para responderle que no en todo he desafinado.

*Extractos de la entrevista publicada en el suplemento Sábado, del diario unomásuno, en 1988.