REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
11 | 12 | 2017
   

Para la memoria histórica - Encarte

Héctor Xavier 1/2


Héctor Xavier

Acaba de aparecer el bello libro Héctor Xavier. El trazo de la línea y los silencios, publicado por la Universidad Veracruzana y el Instituto Veracruzano de la Cultura. Es una obra que cubre un vacío inexplicable frente a un dibujante de excelencia. Gracias al amor de su familia y concretamente de su hija Dabi, pudieron lograr, después de una amplia investigación, concretar esta obra que nos muestra diferentes facetas de Héctor Xavier. Por desafortunadamente se desconoce el paradero de mucha de la obra de este pintor. No obstante, este libro nos aproxima a su vida y obra, que debe ser conocida por su calidad y excelsitud. Por esta razón, El Búho retoma varios artículos de dicho libro que nos permiten aproximarnos a este extraordinario dibujante, cuyas obras en punta de plata son únicas. Leamos este apartado y comprobemos la magnitud de su trabajo. No obstante, invitamos a nuestros lectores a adquirir esta obra para conocer mayores detalles de Héctor Xavier, como persona y como dibujante.

El Búho

Biografía de Héctor Xavier

Nació en Tuxpan, Veracruz, en 1921. Llegó a la Ciudad de México en 1938, a los diecisiete años. Se ocupó primero como vendedor y merolico en el centro capitalino; posteriormente realizó caricaturas por “treinta centavos en blanco y negro; uno cincuenta las de color”, en la calle San Juan de Letrán (hoy Eje Central).
En 1945 ingresó a la Escuela de Pintura y Escultura La Esmeralda del Instituto Nacional de Bellas Artes, donde permaneció sólo tres meses pues no estuvo de acuerdo con el sistema de enseñanza. Se considera autodidacta. Junto con el pintor dominicano Darío Suro, instaló un taller de pintura en el Hotel Rey, ubicado en las calles de Nilo y Melchor Ocampo: “Allí me definí hacia el arte, principalmente en el dibujo. Opté por el camino del trabajo, la disciplina, la constancia. Desde entonces he luchado contra ese enemigo que nos arrastra a los mexicanos y que ha degradado todas las formas de la vida de este país: la improvisación”.
Tuvo su primera exposición individual en 1945, en el Museo de Arte Moderno (hoy Museo del Palacio de Bellas Artes) con una serie de dibujos que continuaban con la tradición de la Escuela Mexicana.
En 1952, junto con Vlady, y posteriormente con Enrique Echeverría y Alberto Gironella, Héctor Xavier fundó la Galería Prisse, en la colonia Cuauhtémoc de la Ciudad de México. Ese mismo año, y hasta 1955, viajó por Europa, el norte de África y Estados Unidos. En París decoró una capilla en Longueil-Annel, cercana al bosque de Contan en Oise, y estuvo en el taller litográfico de Gaston Dorfinant (a invitación expresa del maestro), cuyo padre había sido el litógrafo de Toulouse-Lautrec, donde por única vez realizó una serie de litografías basadas en los dibujos que ejecutó en Tánger. En su paso por Italia y su profundo interés por el dibujo descubre las obras realizadas por Durero, Filippino Lippi y Leonardo da Vinci, entre otros artistas, en la técnica de punta de plata. Se propuso investigar sobre esta técnica y a partir de ese momento comenzó a emplearla.
En Portugal expuso en el Palacio Foz de Lisboa. Dos años más tarde expuso en Nueva York, Pasadena y Los Ángeles, California. En 1955 regresó a México. Al siguiente año realiza escenografía y vestuario para una de las obras que se representaron en Poesía en Voz Alta, bajo los auspicios de la dirección de Difusión Cultural de la unam.
En 1958 realizó una serie de 24 dibujos de animales trabajados en el zoológico de Chapultepec, con la antigua técnica de punta de plata. El álbum Punta de plata fue publicado por la unam en 1961 acompañado por textos de Juan José Arreola.
A mediados de los años sesenta se unió al grupo de artistas denominados Los Interioristas, que luchaban contra el arte oficial, como Arnold Belkin, Francisco Icaza y Artemio Sepúlveda. Asimismo, fue invitado por Miguel Sabido, en 1965, a realizar el maquillaje para una obra titulada Voces en el templo, que se representó en la Iglesia de San Miguel, adyacente al Museo Nacional del Virreinato, en Tepozotlán.
En 1966 fue invitado a formar parte de la delegación mexicana que se presentaría en la Bienal de Blanco y Negro, en Lugano, Suiza; en 1967, en la XVII Bienal de São Paulo; en 1968 fue parte de la Exposición Solar en el Museo del Palacio de Bellas Artes, y en 1973 participó en la Bienal de Arte Gráfica en el Museo Coltejer de Cali, Colombia.
Realizó dibujos de una coreografía para Pilar Rioja con motivo de su presentación
en el Palacio de Bellas Artes, en 1972.
Fue invitado a formar parte del libro Dibujo en México dedicado a la creación de siete artistas (Gilberto Aceves Navarro, José Luis Cuevas, Pedro Friedeberg, Francisco Icaza, Naranjo, Vlady y Héctor Xavier), acompañado por un texto de Raquel Tibol y publicado por el ilce, en 1979.
Los temas más recurrentes de Héctor Xavier fueron la figura humana, los animales y el retrato. El dibujante siempre se interesó por el movimiento, aspecto que revela en su obra y que trabajó por series. En cuanto al retrato, comenta Miriam Kaiser: “Cuando terminaba una serie hacía o un autorretrato o un retrato para decir dónde estoy y para dónde voy. En ese momento se concentraba y de repente encontraba el siguiente tema”. Se autorretrataba una vez al año.
En su vida creativa ilustró numerosos libros, sobre todo de poesía, de la que era gran lector; los mismos poetas le solicitaban ilustrar sus poemas, como Jaime Labastida, Efraín Huerta, Raúl Renán, Marco Antonio Campos, Óscar Oliva, José Luis Ordóñez y Francisco Rojas, por mencionar algunos, así como antologías de poesía. Asimismo realizó dibujos para revistas como Universidad de México, Plural, Revista de la Cámara Nacional de Comercio, Diálogos, entre otras, y en diversos diarios como Excélsior, Novedades, unomásuno, en sus secciones culturales.
En la última etapa de su vida, Emilio Payán, director del Taller de Gráfica que lleva su nombre, incitó a Héctor Xavier a realizar una serie de pequeños grabados al aguafuerte.
En 1992 recibió la beca de creador del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, y en ese año el estado de Veracruz también le concedió una beca.
En 1994, unos meses antes de morir el dibujante, Julio Pliego realizó un documental titulado Héctor Xavier: el pintor de la vida y la forma en entrevista para Canal 22. Falleció en la Ciudad de México el 3 de julio de 1994.

Prólogo
Angélica Abelleyra y Dabi Xavier


Esta historia de vida comienza por lo menos hace noventa años. Es la de un gran dibujante durante la segunda mitad del siglo xx en México: Héctor Xavier. Un tuxpeño de alma, y con cuerpo hecho de líneas y claroscuros que ahora trazan sus amigos: artistas visuales, bailarines, escritores, periodistas, críticos de arte, promotores y algunos miembros de su familia que lo develan a través del recuerdo de una vivencia, de ciertos intercambios de palabras en pos de atisbos de belleza, de encuentros o desencuentros tras el conocimiento de una parte del mundo. Voces que con distintos matices y tonos han revelado el movimiento, la figura humana, los animales y el retrato como ejes fundamentales en la obra artística.
Distintas miradas conforman este sendero multiplicado donde los caminantes son no sólo el dibujante apasionado de la forma, sino también los jóvenes que construyeron el México de hace sesenta años. Pintores y escritores ávidos de conocer, relacionarse, emprender proyectos y encontrar un lugar en el cosmos, y que al mismo tiempo consolidan la vida cultural del país en todos los terrenos: Juan José Arreola, Efraín Huerta, José Revueltas, José Emilio Pacheco, Alberto Gironella, Vlady, Enrique Echeverría y muchos más, que convergen de manera directa tanto en el acontecer inmediato de Héctor Xavier como en el panorama social y artístico mexicano, rompiendo esquemas convencionales y expresando con propia voz sus inquietudes.
Héctor Xavier perteneció a una generación de artistas que logró romper con lo impuesto. Ante aquella premisa de “no hay más ruta que la nuestra”, lanzada por David Alfaro Siqueiros sobre las formas pictóricas del muralismo predominantes en la época, Xavier fundó en 1952 la Galería Prisse, junto con Vlady, Alberto Gironella y Enrique Echeverría, convirtiéndose en la cuna de la generación denominada Ruptura.
Junto con otras iniciativas, como su antecesora, la Galería de Arte Mexicano, en la Prisse dieron inicio propuestas pictóricas que revelaron nuevas formas de expresión y los artistas reflejaron su inquietud por construirse un lugar en la sociedad.
Además del vínculo que Xavier estableció con sus colegas en el universo plástico, fue importante el nexo que tejió con escritores, poetas y bailarines. Todos ellos constituyeron parte fundamental en su vida y en su obra.
Héctor Xavier: el trazo de la línea y los silencios intenta ofrecer las aristas de este creador de una manera cercana y afectiva. No sólo al trasladar al papel los testimonios de sus colegas y amigos, llenos de memoria, junto a fotografías, correspondencia y una selección de dibujos en libros de poesía, revistas y periódicos en los que asiduamente colaboró. De manera esencial, el libro reúne por primera vez los ejemplos de la obra que le darán a Héctor Xavier el lugar que le corresponde en la historia del arte mexicano como un extraordinario dibujante y el único que manejó con más constancia la técnica de la punta de plata en el México del siglo xx.
A partir de la amistad y el interés compartido, nos dimos a la tarea de reunir este material a fin de hacer presente a un personaje fundamental en el acontecer cultural y plástico de la segunda mitad de la centuria pasada. Quizá este esfuerzo sirva también para que las instituciones culturales de nuestro país revaloren su trayectoria creativa y que lo aquí reunido sea apenas el inicio para reconsiderar a Héctor Xavier en futuras investigaciones sobre arte, en proyectos académicos y de exposiciones, en ejercicios de crítica y de la posible recuperación integral de su obra.
Cabe señalar que aun cuando la familia Xavier Kaiser no cuenta físicamente con toda la obra del dibujante, existe un importante acervo con las obras que les fueron legadas en vida a Miriam Kaiser y a sus hijos, además del apoyo de los coleccionistas que nos facilitaron la reproducción de dibujos como parte del archivo visual de este volumen. Agradecemos a cada uno de ellos su participación para llevar a buen puerto esta iniciativa.
Una mención especial merece Helga Kaiser por su invaluable tarea de diseño editorial para presentar el anteproyecto al Instituto Veracruzano de la Cultura y a la Universidad Veracruzana, y las constantes reuniones con café y risas para darle forma a nuestras ideas. Por supuesto, este libro no hubiera sido posible sin la memoria de los escritores, artistas visuales, bailarines, promotores culturales, críticos de arte, historiadores y cronistas que otorgaron su tiempo y sus recuerdos para reconstruir una vida artística llena de líneas, sarcasmo, ideas, movimiento, anhelos, silencios y mucha rebeldía. Gracias a todos ellos y gracias a usted –lectora, lector– por compartir con Héctor Xavier este recorrido.

En esencia
Miriam Kaiser

Conocí a Héctor Xavier en 1958 cuando visitaba la Galería Proteo, donde se exhibían por primera vez los animales en punta de plata. Lo saludé de la manera más natural y normal.
De ahí comenzó una relación que duró varios años y produjo cinco hijos.
Era un artista del cual yo no tenía idea. En ese entonces sabía muy poco sobre el arte mexicano, pues había estado en Israel cuatro años.
Al iniciar una relación más estrecha, Héctor fue induciéndome a ese universo gracias a su paciencia y gusto por el arte mexicano e internacional. Recuerdo en especial la Librería Francesa que estaba junto a Excélsior, en Paseo de la Reforma 18. Una señora hermosísima, que se llamaba Juliette, ponía a disposición de la gente una mesa llena de libros de arte, nos sentábamos en unas butaquitas y veíamos los libros durante el tiempo que quisiéramos. Y ahí Héctor me fue introduciendo a los artistas importantes. Luego, de la mano me llevaba delante de los murales y me los explicaba.
A fines de 1959 leí que requerían guías para la universidad, porque se llevaría a cabo un congreso internacional de rectores de universidades. Buscaban guías jóvenes conocedoras de idiomas para atender a los visitantes. Entonces Héctor me llevó a la dirección de Difusión Cultural, y a través de él y sus amistades en esa dependencia –donde tenía una buena relación porque hacía dibujos para la Revista de la Universidad–, me presentaron al coordinador del congreso, Julio Ibarra, y cuando le hablé de lo que hacía, me dijo: “No, tú no vas a ser guía, vas a ser la jefa de todos los guías”. Fui nombrada y tuve la idea de ofrecer un recorrido por los murales pintados en algunos de los edificios de Ciudad Universitaria. Para ello tuve que estudiarlos y así me fui compenetrando con la historia del muralismo y los artistas.
Luego de trabajar para este congreso, el rector, doctor Nabor Carrillo, pidió a un grupo de jóvenes que nos quedáramos para configurar una de las bibliotecas universitarias. Pero el doctor Carrillo no se reeligió y fue nombrado el doctor Ignacio Chávez. Estando ya en rectoría, nombró como director de Difusión Cultural a Jaime García Terrés, y para Radio Universidad –donde limpiábamos y clasificábamos los libros– llegó Max Aub, escritor español de gran prestigio. Debido a los idiomas que yo sabía, me entrevistaron para que lo atendiera como su secretaria. Me quedé y así fue como empecé a entrar al universo de la cultura.
Todo mundo pasaba por Radio Universidad. Por ejemplo, conocí a Juan José Arreola, que debutó en Voz Viva de México –un proyecto que consolidó Max Aub– y cuyos discos fueron de los primeros en agotarse. Al repetir el disco, me impresionó porque recitó los poemas de Ramón López Velarde de memoria. Y existe la famosa anécdota de cómo Arreola fue invitado por Héctor Xavier para estar en el zoológico de Chapultepec. De ahí salieron textos espléndidos de Juan José acompañando los dibujos a la punta de plata del bestiario. Héctor me platicaba de cómo sobrellevaba la dificultad que tenía Juan José para salir de casa (tenía que ir acompañado de alguien, siempre) y cómo empezó a voltear a ver a los animales. Cómo paseaban, cómo conversaban en el zoológico y cómo seguramente Arreola se asaba porque iba vestido con su chaleco, saco de terciopelo y a veces bufanda. Claro que Héctor le hizo pasar varios ratos desagradables porque conocía el movimiento de los animales y Juan José no. Un día el rinoceronte orinó de arriba a abajo a Arreola y Héctor no lo previno.
Posteriormente el dibujante terminó la serie, porque hubo un acuerdo con la rectoría de la Universidad para tener el libro en la Navidad de 1960, pero Arreola nunca acababa los textos. Hubo una intervención de José Emilio Pacheco para terminarlos. Finalmente el libro quedó listo en 1961.
En ese marco conocí a los artistas. Después vino, al unísono, la Casa del Lago donde Héctor Xavier tuvo una exposición, que fue de las primeras muestras ahí. Tomás Segovia era el director, y recuerdo cuando vi a Héctor ayudando a Segovia a poner los sockets para los focos e instalar en ese espacio su muestra. Tiempo después, el espacio fue muy solicitado por los artistas. Posteriormente, la dirección la tomaron Juan José Arreola y Juan Vicente Melo, y la Casa del Lago se fue convirtiendo en un centro cultural de primer nivel para México, con las vanguardias en teatro y música.
En medio de toda esta ebullición, corría la vida personal. En sí, los amigos de Héctor no fueron los míos porque a mí me tenía un poco al margen. Además, yo trabajaba con bastante fuerza y no éramos una pareja de fiestas. Pero de que tuvo amigos, sí: Juan Soriano había sido su vecino; Pedro Coronel y Amparo Dávila, Enrique Echeverría y Ester, quien trabajaba en la Galería Proteo. Otros artistas a quienes conocí en esa época son José Emilio Pacheco, Carlos Valdés y Emilio Carballido; Luis Rius y Pilar Rioja.
Sobre la amistad, Héctor no fue un hombre de muchas amistades y las que existían se daban con cierta lejanía. Él nunca se entregó a nadie, llámese familia o amigos. No era de grupos, trató de moverse siempre por su lado. Trataba de estar solo. Tenía un miedo muy extraño de conservar cierta relación estrecha con alguien. Y eso significó no estar con nadie.
Respecto a su forma de trabajo, que fui descubriendo con el tiempo, era que le gustaba trabajar por series. Él no se diversificaba. De repente cortaba la serie para hacerse un autorretrato, o porque alguien le pedía hacer un retrato, pero cuando se clavaba en una serie, era realizarla de principio a fin, quizá con varias técnicas, pero en general trataba de no variar. Así, a partir de que lo conocí –no quisiera hablar de épocas anteriores– tenía un lugar muy especial en la Galería de Arte Mexicano, cada uno o dos años mostraba una selección pequeña. Bueno, es un decir “pequeña”, pues podían haber sido doscientas obras de un solo tema y se exhibían máximo cuarenta o cincuenta.
De las cosas más terribles que sucedían entre nosotros era cuando teníamos que seleccionar obra para una exposición. Era un autocrítico total. Yo le decía: “Éste va”. Él contestaba: “No, éste no va”. Eso causaba una explosión porque no era que rompiera las obras pero sí las dejaba a un lado, y finalmente destruía muchas.
Regresó a los animales y al zoológico en 1965 y con una exposición en la Galería de Arte Mexicano. Quedó muy cercano al zoológico e hizo una gran amistad con el director de entonces, Johnny, así como con todos los trabajadores de allí. Hasta a un león cachorro le pusieron “Héctor Xavier”. Un día, ya cuando había crecido, Héctor lo visitó, iba elegantísimo con un blazer y regresó sin botones. En fin, ahí se sentía muy contento con el grupo de trabajadores y con los animales.
Hay una anécdota muy linda. Un día llegó a la casa con la mano ensangrentada:
-¿Qué te pasó? —le pregunté.
-Nada.
-Ven, te lavo –y ahí estoy con el jabón.
-Y no me preguntes. Me cacheteó la foca. Te vas a reír.
-No, no me voy a reír.
Y empecé a reír. Traté de ponerme seria para que me contara, pero no pude. Luego ya me contó que se puso a dibujar adentro de la jaula de las focas y que el cuidador –que Johnny siempre le asignaba– había salido por algo. Héctor se quedó muy tranquilo y feliz cerca de la barda dibujando a determinada foca. Estaba en cuclillas, con su papel, y nunca vio a otra foca que venía del lado derecho. Mientras volteaba a ver el lado izquierdo, viene la foca del otro lado y cuando lo ve ahí, le da un manazo. Héctor suelta su block, su lapicero de la plata y se aferra a la barda de alambre, y al momento de ser aventado, queda totalmente lastimado del golpe con la barda de fierro. Por eso dijo: “Me cacheteó la foca”.
Fui su modelo para muchos dibujos que se exhibieron en 1961 en Bellas Artes. Ahí empecé a estar presente en la obra. Creo que le caía en gracia una mujer llena de vida y ganas de comerse el mundo, de conocer gente, de estar activa. Pero al mismo tiempo había cosas que le molestaban terriblemente pues era un hombre maduro (me llevaba dieciséis años) y yo era una joven que empezaba a ser mujer. Creo que le molestaba que tuviera esa buena relación con la gente. Y los actos de celos me causaban hilaridad. En vez de enojarme, me reía, y él se enojaba más.
Tenía graves problemas de alcoholismo. Pero fue algo que no quise o no supe aceptar. A veces se perdía por días, por meses. Y yo, como no conocía esa problemática, me costó mucho trabajo entenderla y manejarla. Él tenía entonces una gran relación con un psicoanalista, pero me di cuenta de que, las pocas ocasiones que hablé con él, le contaba lo que quería.
Así como hubo una gran divergencia, hubo un profundo cariño, un profundo amor, porque sí se lo tuve; y él, a pesar de todo, también me lo tuvo.
También estuvo mi necesidad, mi interés o mi voluntad de tener hijos, cosa que él nunca quiso. Me acusaba con todo mundo de que yo estaba embarazada otra vez. Me abandonaba. Y luego él buscaba la manera de estar con los hijos, pero sin poderse entregar a ellos; yo asumí la responsabilidad como trabajadora y mi actividad como mamá. Cada hijo le causaba problemas psíquicos, y decía que físicos también: yo era culpable de su asma; yo era culpable de que el aire era frío, el aire era caliente, olía feo, olía bonito. Pero los ratos en que él se abría, los ratos en que se entregaba, no podía haber un hombre más cariñoso, más afectuoso. Y eso está mostrado en múltiples dibujos, si no de todos los hijos, sí de varios, porque se fascinó con ellos a pesar de su dificultad de entregarse, de abrirse y aceptarlos. En lo que sí se entregaba al ciento por ciento era a su obra. Es más, tenía una forma de molestar muy especial. Decía: “Mis hijos, los únicos que reconozco, son los que llevan mi firma”.
Intenté comprender su naturaleza humana de artista, llena de dificultades. Afortunadamente el artista es difícil, y eso lo he entendido a través de los años, porque si no lo fuera, sería “aguado” y no tendría la sensibilidad de acometer su arte. Un artista tiene que ser por esencia una persona muy distinta a nosotros. No es una persona que tenga la capacidad ni de convivir ni de aceptar el mundo que lo rodea. Si he estado en el mundo del arte es porque los he comprendido, o he tratado de comprenderlos: no meterme donde no me llaman; respetar lo que haya que respetar; tratar de no cambiar lo que no se puede y no se debe cambiar.
Muchas veces, cuando estaba de humor, me daba una verdadera clase con la obra de los artistas. Héctor sabía ver y explicar mejor que cualquier libro. Fuera arte abstracto o figurativo, de manera despectiva o laudatoria. Siempre tuvo esa capacidad de comentar, por lo menos conmigo, y yo aprenderle, absorberle todas sus palabras. Puedo decir que él fue quien me introdujo al mundo del arte, y creo no haber sido mala alumna. Fue magnánimo al informarme y hacerme partícipe de lo que él sabía. Me regaló mucho con eso, del buen arte que le gustaba: los clásicos europeos, italianos y franceses. No veía a un solo artista, sino que sabía mirar el arte en general, las distintas tendencias, estilos, técnicas. Lo único que le importaba era lo bueno, o lo que no le funcionaba. Pero no tenía favoritos.
Lo que sí es interesante es cómo trabajaba sus series. Siempre empezó siendo realista: lo vemos en la serie de Vitrales, Los viejos y en los animales. Al principio era un realismo o naturalismo que iba sintetizando. Dibujaba detalles al máximo (me remito también a Las tentaciones, que se exhibieron en 1973 en Bellas Artes) y terminaba con tres líneas. Ese proceso le interesaba muchísimo: cómo ir del más al menos. Esto lo vemos también en desnudos, en la serie de punta de plata cuando hace figura. Un día lo conversé con él. Fue tema de discusión, pero finalmente lo aceptó porque era su proceso de trabajo: cómo requería de toda la información y cómo se iba desprendiendo de ciertos elementos a medida que iba avanzando.
Los años que pasó en Europa fueron los más influyentes en él. Los artistas italianos le impresionaron. Cuando hizo los animales, se siente influido por creadores como Filippino Lippi, Miguel Ángel, Leonardo, porque son los que utilizaron la punta de plata. Sin embargo, él siempre dijo que no había visto la obra de Pisanello, cuando éste fue de los autores que más dibujó animales y con quien podríamos ver una correlación con los dibujos de Héctor Xavier. En el momento en que algunas personas mencionaban que copiaba a Pisanello, confesó que no lo había conocido. De lo que sí hablaba era de su necesidad de dominar el dibujo. Ése era su principal objetivo, su meta. El dibujo para él significó todo. Ese dominio lo buscó desde varias fuentes importantes: las grafías, el paisaje y las figuras en éste, el movimiento de los animales y las aves, y en particular el arte erótico de los artistas japoneses y chinos. Mucha gente pensó que pasó años viviendo en Oriente. Nunca fue. Pero sí vio muchos libros cuando estuvimos en Estados Unidos. Allá visitamos los museos y veía toda la obra oriental, el uso del pincel, la acuarela, las tintas, que eran las técnicas en las que se proponía trabajar y quiso dominar.
Entre otras cosas, le importaba componer su obra sin necesidad de un dibujo previo. A veces lo “regañé” porque cuando aceptaba hacer un retrato, veía a la persona, la estudiaba y el retrato estaba listo en quince minutos. Le decía yo: “Hazte guaje para que puedas cobrar. Haz como si solamente estuvieras haciendo el boceto y al día siguiente lo vuelves a dibujar”. Pero él contestaba que si ya lo tenía resuelto en quince minutos no tenía por qué perder más tiempo. Nunca lo convencí. Él quería ya estar en otra cosa. Claro que llegó a romper dibujos. No voy a decir que buscaba la perfección, pero se enojaba muchísimo consigo mismo por echar a perder, así que ponía toda su atención para que su composición fuera casi perfecta. Y eso lo tuvo seguramente desde sus recónditos principios.
La serie Punta de plata surgió porque Héctor tuvo interés de plasmar el movimiento en sus dibujos. Siempre se proponía retos. Quería hacer algo más en el dibujo. Deseaba salirse de lo normal, del retratito fácil. Entonces empezó a ver a los bailarines y sus movimientos. Cuando regresó de Europa, estaba fascinado con la técnica de la punta de plata que estudió con mucho cuidado, pues representaba un reto terrible, por el hecho de no poder corregir. En su paso por Estados Unidos consiguió un papel ya preparado a manera de álbum para el dibujo en punta de plata, y en México consiguió una laminilla, un grafito para la plata, y logró hacer esos dibujos. Qué mejor que el animal nunca quieto. Además, se le presentó como una tarea distinta de lo que estaba haciendo: la figura humana y el paisaje.
Al zoológico iba con gran disciplina todas las mañanas. En un texto de la China Mendoza se relata cómo se fascinaba Héctor al ver el contacto directo de los trabajadores con los leones, tigres, changos y águilas. Cómo preparaban en la mañana la comida para los animales, como en un ritual; no era nada más aventar la cebada, las lechugas y las zanahorias a las carretillas y vámonos. No, estaba encantado al ver con qué amor y con qué gusto preparaban la comida, lavaban las jaulas, hablaban con los animales. Hubo afectos profundos ahí, no nada más con los animales, sino con todos los trabajadores y con el entorno.
El resultado fue el álbum Punta de plata, que es una hermosura desde el punto de vista de diseño, tipografía, aunque tiene una cubierta o tapa lamentable de cartulina, porque también quién sabe qué pasó con los recursos que le dieron a Arreola para la encuadernación. Otra cosa lamentable fue que se editaron solamente 500 ejemplares y muy pocos estuvieron a la venta. El libro pasó desapercibido.
Tiempo después, Arreola tuvo la suerte de que le publicaran el Bestiario. Éste entró a la literatura, cosa que no sucedió con los animales. Así, por muchos años hemos oído que Héctor Xavier ilustró los textos de Juan José Arreola mientras que, en estricto sentido, debe ser que Juan José Arreola escribió para los dibujos de Héctor Xavier.
Un día me dijo que teníamos que ir al zoológico porque le urgía ver el hocico de un guanaco. Y allá vamos. Estando ahí me dice que yo tenía que darle unas yerbitas para que él lo tuviera cerca. Y se las daba mientras él veía su labio leporino, su babita, los dientes y los ojitos... todos los detalles.
Con ese cariño que le tomó al zoológico, me platicaba que llevó a Remedios Varo, a Leonora Carrington y otros artistas. A varios les obsequió papel y el propio estilete de plata para que hicieran dibujos, porque les llamaba mucho la atención. Casi ningún artista dibujó en esa técnica por la dificultad que representa. Derivado de todo esto, en algún momento se hizo amigo del escultor Ernesto Paulsen, a finales de los años cincuenta. Él venía de hacer algunas representaciones religiosas más modernas y ambos empezaron a trabajar algunas obras esgrafiadas en láminas gruesas de plata, a manera de cuadro. Héctor hacía el dibujo y Ernesto Paulsen lo esgrafiaba o lo calaba. Pero de esos hay como cuatro o cinco ejemplos que sirvieron exclusivamente de experimento más relacionado a la plata.
Otra cosa que hizo Héctor con Ernesto Paulsen fue un biombo para la familia Moreno Sánchez. En el biombo están las caras de las hijas Moreno Toscano (Alejandra, Carmen, Diana, y si no mal recuerdo también de doña Carmen, la madre). El dibujo lo hacía Héctor Xavier y luego la realización era de Ernesto. Nunca se han expuesto las cuatro caras del biombo.
Un cambio interesante en él se dio en 1965, con la nueva exposición en la Galería de Arte Mexicano y donde al dibujo del animal lo interviene ya no con la pureza de la punta de plata, sino que incluye tinta, color y modifica la línea. Acuesta el estilete y lo trabaja de otra manera, ya no sólo con la punta sino con todo el estilete, para dar otras calidades. Me acuerdo muchísimo de un rinoceronte que dibujó así. Él decía que le había perdido el respeto a la punta de plata porque podía intervenirla con otros elementos. Eso fue lo interesante de esa exposición.
A fines de los sesenta, Héctor empezó a experimentar con punta de oro. El oro estaba carísimo, además de que el desgaste de la punta era mucho más rápido. Logró hacer varios dibujos en esta técnica y los firmaba como “Héctor Xavier. P. O.”, por ejemplo están algunos dibujos de la serie Las azules, aquellas indígenas de Tetelcingo, Morelos.
Su interés por la danza nunca lo perdió. Allí están los ejemplos del ballet de Gladiola Orozco, de Pilar Rioja y pidió permiso a Bellas Artes para dibujar el Ballet de Senegal. Con esta presencia se armó un lío divino en los años sesenta porque las señoritas llegaron despechugadas y entonces el director general del Instituto Nacional de Bellas Artes, José Luis Martínez, a petición o exigencia del público, les mandó a poner brasieres para que se presentaran en Bellas Artes. Pero Héctor pidió permiso y estuvo dibujando en los ensayos. Y cuando vino Rudolf Nureyev hizo varios dibujos. Esa vez fui invitada. Yo le cargaba la tinta para que pudiera trabajar. Él estaba dibujando a Nureyev y llegó el personal de Bellas Artes y de la comitiva del bailarín, porque nadie podía estar en la sala, al menos que fueran estrictamente necesarios. No permitía que nadie lo viera. Como yo trabajaba entonces en el Palacio, busqué la manera de que le abrieran un palco y ahí estuvo dibujando.
Le interesaba el retrato. Me explicó que significaba ver a través de él algo que resulta siempre un misterio: uno es lo que tú te imaginas de ti mismo, lo que tú te imaginas cuando te ves en el espejo, y lo otro, lo que el dibujante ve de ti. Por cierto, le chocaba hacer retratos que le pedían, pero podía perseguir a alguien semanas o meses cuando consideraba interesante dibujarlo.
Algunos retratados decían frente a la obra que le hacía Héctor: “¡No me parezco!”, “ése no soy yo”. “No te preocupes. Te irás pareciendo con el tiempo”, respondía él. Y así sucedía.
Fue en 1949. Héctor Xavier tenía 28 años cuando Jesús Reyes Ferreira lo buscó con desesperación. Le dijo: “Tú, Héctor, tienes que hacerle el retrato a José Clemente Orozco muerto”. Lo llevó a donde estaba Orozco y Héctor preguntó la hora en que terminaban las guardias para que lo pudiera dibujar. Muchos no querían que fuera él sino un artista con más renombre. Jesús insistió. Le abrieron el féretro como a la una de la mañana, vio a Orozco y casi se desmayó, quedó agarrado del féretro. Como pudo, había comprado dos cartulinas, porque estaba casi en la miseria, y empezó a trazar la primera línea. Le falló terriblemente y dos o tres personas en la sala se indignaron: “¡Esto es un escándalo!”. “¡Este señor no tiene idea de lo que es el dibujo!”. Héctor se molestó mucho con los gritos,
tomó la otra cartulina y realizó ese magistral dibujo que conocemos, colocándole la siguiente leyenda, a insistencia de Jesús: “Este retrato se inició a la una de la mañana, habiéndolo terminado a la una veinte”. O sea, que lo hizo en veinte minutos después de que la gente dijo que quién era él para hacer el retrato del gran artista fallecido.
Un día lo visitó el director del Museo de Arte Moderno de Nueva York, René D’Harnoncourt, y le dijo que quería comprar el retrato de José Clemente Orozco muerto. Entonces Héctor sacó su banderita nacionalista y dijo: “No. Este retrato no sale de México”. No se lo vendió. Y hoy no sé dónde está porque fue robado, pero afortunadamente está publicado en varios libros.
Otros retratos de gente relevante fueron el de José Revueltas, su gran amigo. Con él convivió muchos años en el mismo edificio, allí donde tuvieron sus talleres. Cuando Héctor se enteró de la muerte de Revueltas, pidió hacerle varios retratos, que fueron impactantes. Algunos están publicados, pero tampoco sé dónde están los originales. Además, de Frida Kahlo, por ejemplo, realizó varios retratos de memoria, a los cuales les llamó Evocaciones.
En otro asunto, recuerdo que Felipe Ehrenberg un día le dijo: “Vamos a intercambiar: yo te poso y tú me enseñas a usar la punta de plata”. Entonces, creo que le hizo unos desnudos, aunque no los conozco, y Héctor le enseñó a dibujar con la punta de plata. En cuanto a esta técnica creo que Leonora Carrington hizo algunos retratos y hasta un biombo. Raúl Anguiano también.
Hablando de la crítica y la recepción del trabajo de Héctor fue muy buena. Al grado que cuando empezó a hacer las tintas en 1961, Justino Fernández decía: “Pues sí están interesantes los dibujos de Héctor Xavier, pero las puntas de plata, qué maravilla, la línea más limpia”. Siempre iba de un tema a otro, de una serie a otra. Regularmente, una a color, la otra en blanco y negro, y lo que yo misma fui descubriendo con el tiempo, de que su eje era el retrato y después el paso de una serie a otra, se convirtió en su asidero. De repente decía: “A ver, fíjate en un lugar”. “Deja tu mirada en equis lugar”. Para él era una necesidad.
No estudié historia del arte, pero aprendí en la escuela de la vida. Trabajar con Max Aub en Radio Universidad, conocer a León Felipe, en la época de Jaime García Terrés y los jóvenes escritores que trabajaban en la Revista de la Universidad. Posteriormente, trabajar en la Galería de Arte Mexicano por diez años y conocer a los grandes artistas de México y otros países, con quienes me compenetré a pesar de no mezclarme demasiado en las fiestas. Pretendí ser mamá y llevar la vida con optimismo, y esa condición era divergente de la de Héctor. En él su alegría se transmitía a través de su obra. Aunque sí podía ser muy alegre, con un sentido del humor sarcástico y hermoso, no era cotidiano que se lo permitiera.

En 1992 cuando era coordinadora del Colegio de San Ildefonso, en los inicios como museo y para la exposición Esplendor de treinta siglos, solicité a Gonzalo Celorio, entonces director de Difusión Cultural de la unam, la reimpresión de Punta de plata. Me preguntó sobre los derechos y le dije que Héctor había conservado las planchas de las placas fotográficas. Celorio estimó conducente la publicación del libro y se hizo una nueva edición facsimilar para los obsequios de fin de año del rector José Sarukhán. Nuevamente el libro fue un regalo y nunca se puso a la venta. Es una lástima que un libro tan hermoso no haya tenido nunca una mayor distribución. En 1995 se publicó Bestiario de Juan José Arreola con los dibujos de Héctor Xavier en la colección Alianza Cien.