REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
11 | 12 | 2017
   

Letras, libros y revistas

Mesita de noche


Patricia Zama

El Emperador de M. Yourcenar
Habla el emperador Adriano, en la pluma de la escritora de origen belga, Marguerite Yourcenar (junio de 1903-diciembre de 1987), en la edición de Editorial Hermes:
“Querido Marco:
He ido esta mañana a ver a mi médico Hermógenes, que acaba de regresar a la Villa después de un largo viaje por Asia. El examen debía hacerse en ayunas; habíamos convenido encontrarnos en las primeras horas del día. Me tendí sobre un lecho luego de despojarme del manto y la túnica. Te evito detalles que te resultarían tan desagradables como a mí mismo, y la descripción del cuerpo de un hombre que envejece y se prepara a morir de una hidropesía del corazón. Digamos solamente que tosí, respiré y contuve el aliento conforme a las indicaciones de Hermógenes, alarmado a pesar suyo por el rápido progreso de la enfermedad, y pronto a descargar el peso de la culpa en el joven Iollas, que me atendió durante su ausencia. Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre. El ojo de Hermógenes sólo veía en mí un saco de humores, una triste amalgama de linfa y de sangre. Esa mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que un monstruo solapado que acabará por devorar a su amo. Haya paz… Amo mi cuerpo, me ha servido bien, y de todos modos no le escatimo los cuidados necesarios. Pero ya no cuento, como Hermógenes finge contar, con las virtudes maravillosas de las plantas y el dosaje exacto de las sales minerales que ha ido a buscar a Oriente. Este hombre, tan sutil sin embargo, abundó en vagas fórmulas de aliento, demasiado triviales para engañar a nadie. Sabe muy bien cuánto detesto esta clase de impostura, pero no en vano se ha ejercido la medicina durante más de treinta años. Perdono a este buen servidor su esfuerzo por disimularme la muerte. Hermógenes es sabio y tiene también la sabiduría de la prudencia; su probidad excede con mucho a la de un vulgar médico de palacio. Tendré la suerte de ser el mejor atendido de los enfermos. Pero nada puede exceder de los límites prescritos; mis piernas hinchadas ya no me sostienen durante las largas ceremonias romanas; me sofoco y tengo sesenta años.
No te llames sin embargo a engaño: aún no estoy tan débil como para ceder a las imaginaciones del miedo, casi tan absurdas como las de la esperanza, y sin duda mucho más penosas. De engañarme, preferiría el camino de la confianza; no perdería más por ello, y sufriría menos”.

Gato macho
Una artista guatemalteca llamó a José Luis Cuevas “gato macho” por tener los ojos verdes y el pelo rubio. Al publicar una selección de sus textos autobiográficos (728 páginas) en el Fondo de Cultura Económica, él les dio ese título, Gato macho, como lo explica en el prólogo firmado justamente en julio de 1994. Aquí las primeras líneas de ese río de recuerdos del artista plástico fallecido el pasado 3 de julio:
“Todavía faltaban algunos años para que cumpliera la treintena y ya empezaba a ser famoso. Mi influencia pronto se dejaría sentir por toda América Latina. Dibujaba incesantemente. Dormía poco y desde entonces adquirí la costumbre de trabajar en donde estuviera. En cualquier hotel o casa de pensión organizaba un estudio. Siempre tenía obra para responder a la demanda. Leía, tomaba notas, me preparaba para nuevos viajes. Se me llamaba de América Latina para que diera conferencias. Frente a un espejo practicaba la oratoria. Había estudiado algún libro infame de Dale Carnegie, para aprender a hablar en público. Pretendía ser un ciudadano del mundo, pero me atormentaba mi incapacidad para dominar idiomas. Memorizaba palabras en inglés y francés con la intención de dar tonos internacionales a mis futuros discursos. Las gramáticas de idiomas extranjeros constituían para mí potros indomables. Con el tiempo hablaría otras lenguas, disparando tan sólo palabras sin ordenamiento alguno. Nunca aprendería a dominar los verbos y el pasado y el futuro no existían: siempre me expresaría en presente, o peor aún, en infinitivo, como Tarzán. Algo más me sucedía: a pesar de que en plena juventud ya estaba muy viajado, no le perdía el miedo a los aviones ni podía reprimir la angustia que me producía la movilidad. Nunca dominé el arte de arreglar maletas… El Cuevas antes de Cuevas lo evoco con nostalgia y afecto… Pero me pregunto: ¿Fui un muchacho feliz? Me respondo: lo dudo…
En el Palacio de Cortés de Cuernavaca vi por primera vez la obra de Diego Rivera. Dicen que me quedé frente a los murales por mucho tiempo mientras mis hermanos corrían por las escaleras y corredores. Que durante la comida en el Casino de la Selva estuve malhumorado y me negué a comer. Que antes de regresar a México pedí volver al Palacio de Cortés para ver de nuevo los murales… no consintieron mi capricho y me metieron al Pontiac que era el auto que se empleaba para viajar por carretera. Durante el trayecto mi abuelo habló de Diego Rivera, a quien calificó de comunista y pésimo pintor. Se refirió en forma despectiva a los murales de Cuernavaca y observó que diego pintaba los dedos de los pies y de las manos como si fueran manojos de plátanos. Cuando llegamos a Topilejo ya estaba oscureciendo y nos detuvimos a tomar refrescos. Erguido, teniendo a mis pies una ciudad poco iluminada en esa época, anuncié a la familia que cuando fuera grande sería pintor como Diego Rivera.”

La Magdalena de Proust
En verano, el 10 de julio de 1871, nació Marcel Proust, el gran exponente del recuerdo interior. Aquí las primeras líneas de Por el camino de Swann, primera de las siete novelas que forman su obra mayor, En busca del tiempo perdido:
“Durante mucho tiempo, me acosté temprano. A veces, nada más apagar la vela, los ojos se me cerraban tan deprisa, que no tenía tiempo de decirme: “Me duermo”. Y, media hora después, al pensar que ya era hora de buscar el sueño, me despertaba; quería dejar el libro que creía tener aún en las manos y apagar de un soplo la luz; mientras dormía, no había cesado de reflexionar sobre lo que acababa de leer, pero esas reflexiones habían cobrado un cariz algo particular; me parecía que era yo mismo aquello de lo que hablaba la obra: una iglesia, un cuarteto, la rivalidad entre Francisco I y Carlos V. Esa impresión sobrevivía unos segundos a mi despertar; no repugnaba a mi razón, pero me pesaba como escamas sobre los ojos y les impedía advertir que la palmatoria ya no estaba encendida. Después empezaba a resultarme ininteligible, como tras la metempsicosis los pensamientos de una vida anterior; el asunto del libro se separaba de mí y me sentía libre para prestarle o no atención; en seguida recobraba la visión y me resultaba extrañísimo encontrar a mi alrededor una oscuridad suave y relajante para mis ojos, pero tal vez más aún para mi espíritu, al que parecía cosa sin motivo, incomprensible, algo en verdad velado. Me preguntaba qué hora podía ser; oía el pitido de los trenes, más o menos lejano, como el canto de un pájaro en un bosque, que, al indicar las distancias, me describía la extensión del campo desierto por el que se acercaba hacia la cercana estación el viajero, a quien –con la excitación procurada por lugares nuevos, actos inhabituales, la charla reciente y las despedidas bajo una lámpara ajena, que aún lo acompañan en el silencio de la noche, y la cercana dulzura del regreso– el caminito recorrido se le quedará grabado en la memoria…
Hacía ya muchos años que –de Combray– todo lo que no era el teatro y el drama de mi acostar había dejado de existir para mí, cuando un día de invierno, al regresar a casa, mi madre, viendo que tenía frío, me propuso que, contra mi costumbre, tomara un poco de té… Mandó ir a buscar uno de esos bizcochos, pequeños y rechonchos, llamados magdalenas… y, abrumado por aquel día sombrío y la perspectiva de una triste mañana, no tardé en llevarme maquinalmente a los labios una cucharada de té, en la que había dejado ablandarse un trozo de magdalena, pero en el preciso momento en que me tocó el paladar el sorbo mezclado con migas de bizcocho me estremecí…”

La familia Bennet
A doscientos años de la muerte de la inglesa Jane Austen (16 de diciembre de 1775-18 de julio de 1817), aquí las primeras líneas de Orgullo y prejuicio, su novela más celebrada.
“Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa.
Sin embargo, poco se sabe de los sentimientos u opiniones de un hombre de tales condiciones cuando entra a formar parte de un vecindario. Esta verdad está tan arraigada en las mentes de algunas de las familias que lo rodean, que algunas le consideran de su legítima propiedad y otras de la de sus hijas.
–Mi querido señor Bennet –le dijo un día su esposa–, ¿sabías que, por fin, se ha alquilado Notherfield Park?
El señor Bennet respondió que no.
–Pues así es –insistió ella–; la señora Long ha estado aquí hace un momento y me lo ha contado todo.
El señor Bennet no hizo ademán de contestar.
–¿No quieres saber quién lo ha alquilado? –se impacientó su esposa.
Notherfield Eres tú la que quieres contármelo y yo no tengo inconveniente en oírlo.
Esta sugerencia fue suficiente.
–Pues sabrás, querido, que la señora Long dice que Notherfield ha sido alquilado por un joven muy rico del norte de Inglaterra; que vino el lunes en un landó de cuatro caballos para ver el lugar, y que se quedó tan encantado con él que inmediatamente llegó a un acuerdo con el señor Morris; que antes de San Miguel vendrá a ocuparlo; y que algunos de sus criados estarán en la casa a finales de la semana que viene.
–¿Cómo se llama?
–Bingley.
–¿Está casado o soltero?
–¡Oh!, soltero, querido, por supuesto. Un hombre soltero y de gran fortuna; cuatro o cinco mil libras al año. ¡Qué buen partido para nuestras hijas!
–¿Y qué? ¿En qué puede afectarles?
–Mi querido señor Bennet –contestó su esposa– ¿cómo puedes ser tan ingenuo? Debes saber que estoy pensando casarlo con una de ellas.
–¿Es ese el motivo que le ha traído?
–¡Motivo! Tonterías, ¿cómo puedes decir eso? Es muy posible que se enamore de una de ellas, y por eso debes ir a visitarlo tan pronto como llegue.
–No veo la razón para ello. Puedes ir tú con las muchachas o mandarlas a ellas solas, que tal vez sea mejor, como tú eres tan guapa como cualquiera de ellas, a lo mejor el señor Bingley te prefiere a ti.
–Querido, me adulas. Es verdad que en un tiempo no estuve nada mal, pero ahora no puedo pretender ser nada fuera de lo común. Cuando una mujer tiene cinco hijas creciditas, debe dejar de pensar en su propia belleza.
–En tales casos, a la mayoría de las mujeres no les queda mucha belleza en qué pensar.
–Bueno, querido, de verdad, tienes que ir a visitar al señor Bingley en cuanto se instale en el vecindario.
–No te lo garantizo.
–Pero piensa en tus hijas. Date cuenta del partido que sería para una de ellas…”

Novedades en la mesa
En La pista de hielo (Debolsillo) de Roberto Bolaño, tres narradores, uno mexicano, otro chileno y uno español, cuentan cada uno su versión de un asesinato. Se trata de la segunda novela de Roberto Bolaño, que se reedita ahora en la colección Debolsillo... Mac y su contratiempo (Seix Barral) es el más reciente libro del rebelde de las letras, el catalán Enrique Vila-Matas... Peter Ackroyd de la biografía de uno de los personajes más atractivos del siglo XX, el cineasta Charlie Chaplin, editada en español por Edhasa… En su nuevo libro, El fulgor de la noche (Océano), de Marta Lamas, reflexiona acerca del comercio sexual y distingue entre el trabajo sexual y la trata de personas. La autora apoya su análisis en entrevistas con sexoservidoras… Una librería en Berlín (Seix Barral), de Francois Frenkel, es una autobiografía de la mujer que abrió la primera librería francesa en Berlín, y su gran aventura paralela a la de los libros… En los fríos escenarios escandinavos se desarrolla Petirrojo (RBA libros), la más reciente novela de Jo Nesbo, una historia de intrigas por la que asoman los ecos de la segunda Guerra Mundial… Debo olvidar que existí. Retrato inédito de Elena Garro (Debate) de Rafael Cabrera Bonet es una nueva mirada a la vida y la obra de la escritora maldita del siglo XX, en la mirada de un acucioso periodista.