REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 10 | 2017
   

De nuestra portada

Ese breve espacio de la política


Hugo Enrique Sáez A.

Ser empresario de sí mismo -la miserable existencia en la que nos ha confinado el capitalismo- conlleva responsabilidades y riesgos, sobre todo si la mercancía que se ofrece es la palabra escrita o hablada, o bien la producción de una obra de arte. Se requiere, por una parte, disponer de un patrocinador o sponsor que financie las actividades del intelectual o artista; por otra, hay que contar con una clientela dedicada a consumir el producto o servicio. En ese contexto, organismos como el CONACYT en el área de la investigación, o el FONCA en materia artística, cada día se muestran más burocráticos en cuanto a las exigencias para las actividades que regulan, de manera que la espontaneidad, la iniciativa y la crítica son sometidas a una especie de cama de Procusto, el posadero bandido que a sus ingenuos huéspedes estiraba o mutilaba para ajustar su tamaño al lecho.
Por ende, la cultura padece el rigor del ajuste económico y las instituciones oficiales imponen a su producción criterios externos, que privilegian la centralización de recursos y extienden una compleja red de dictámenes por medio de certificaciones y pautas formales orientadas a favorecer la productividad. Respecto de las empresas editoriales, uno de los ítems que se considera junto a la calidad de un libro es el referido a la posibilidad de su mercantilización.
El resultado es que todos los pequeños productores en todos los rubros se alienan por el ritmo de trabajo encaminado a sobrevivir, y el tiempo para practicar la política se acorta o desaparece, a raíz de que la exigencia de entregar más resultados absorbe la subjetividad del individuo. Luego, las estadísticas de enfermedades mentales reflejan el incremento del número de sujetos atrapados en un sistema cada día más feroz en cuanto al rigor de dominación. Asimismo, la servidumbre voluntaria, desmenuzada por Étienne de la Boétie en el siglo XVI, se impone en millones de marionetas manejadas a voluntad por el sistema. Son analfabetos políticos, y pese a que sepan leer, no asimilan el contenido del texto.
Ahora bien, aquí es necesario entender la política en su sentido original: ocuparse de los asuntos de la ciudad, del conjunto social en el que me desarrollo como sujeto. El ser ahí es un ser con otros. En la década de 1960 los movimientos feministas remarcaron el significado de la responsabilidad con el otro al sostener que lo personal es político, y de esta manera se exhortaba a que cada individuo se hiciera cargo de encarar acciones para modificar el entorno cotidiano introduciendo nuevas normas de conducta acerca del género.
El giro de la política hacia la responsabilidad del individuo revolucionó inveteradas costumbres que sometían a la mujer como esclava del hogar, al tiempo que acompañó la detonación de movimientos diversos y ello se tradujo en una fragmentación de las luchas sociales en contra de la dominación centralizada: por aquí los indigenistas, por allá los ecologistas, más allá los sin tierra, acullá los que defienden derechos humanos. En general, se brega en estos frentes por el reconocimiento de los derechos y no por la toma del poder, posición que, por supuesto, merece un enorme reconocimiento por los logros obtenidos en la expansión de una conciencia de respeto a las diferencias, empezando por el examen del léxico con que nos referimos a nuestros semejantes.
Los partidos políticos y los sindicatos entraron en un cono de sombra como representantes de los intereses nacionales o de clase, en el primer caso, o bien de las reivindicaciones laborales, en el segundo. Precisamente, la acción política en representación de determinada ideología o determinado sector social abandonó la centralidad que anteriormente ejercía, y fue reemplazada por la acción partidaria que busca cuotas de poder, negociadas al margen de la población.
Este triple fenómeno (el individuo como protagonista de la política, la fragmentación del espectro social en sectores y la política como negociación de cuotas de poder) se plantea en un terreno en que predomina la sociedad del espectáculo como cultura regida por el consumismo. El efecto de estas transformaciones se palpa en el plano electoral, ya que la propaganda política se ha tornado en publicidad mediática de un producto (candidato o partido) que se propone apropiarse del apoyo de un espacio demoscópico manejando la posverdad con inusitado cinismo. A su vez, un amplio espectro del electorado en países con elevados niveles de pobreza estrictamente “vende” su voto al mejor postor; mientras que en los países “desarrollados” se estimula el odio racial o nacionalista como asunto fundamental de la publicidad partidaria. Más que un programa o plan de gobierno, lo que se difunde son “jingles” infames elaborados por expertos en el manejo de las emociones colectivas.
En definitiva, se ha generado una especie de blindaje en torno a las instituciones gubernamentales, cada vez más refractarias al cambio social y político, y más inclinadas a favorecer el crecimiento empresarial y financiero. El radio de acción de los ciudadanos se estrecha ante la falta de rendición de cuentas por parte de las mafias que controlan los resortes del Estado. La corrupción y la impunidad predominan en todos los ámbitos oficiales y amplios grupos de la sociedad civil se contagian de la conducta subalterna entendida como intercambio de protección por apoyo. Cuando ocurre una desgracia o un abuso, como el socavón en la carretera de Cuernavaca que arrojó la muerte de dos personas, se ametralla la información con vacías declaraciones solemnes y se apuesta al pronto olvido de esa manifestación de un poder político en estado de putrefacción.
¿Qué hacer?, se preguntaba Lenin al inicio del siglo XX, y su respuesta dio lugar tanto a la revolución como al centralismo democrático, que desembocaron en una nueva forma de barbarie con Stalin. Por ahora hay incertidumbre sobre los horizontes en que la práctica política pueda incidir en la restauración de los lazos sociales. Eso sí, es un imperativo operar sobre las células del sistema, a fin de combatir todas las técnicas de adaptación que las acosan. Es preciso que esas mónadas sin ventanas se abran al otro y generen energías sociales.
Ya no es necesario actuar en representación de nada ni de nadie. Se trata de intervenir en los procesos con una ética que se refleje en las acciones del cuerpo. Laclau reformuló el concepto de pueblo más allá del enfrentamiento “dialéctico” de clases sociales. Jorge Alemán, desde la izquierda lacaniana, introduce de nuevo la problemática del grupo y del análisis del inconsciente. La filosofía adquiere una inusitada vigencia y la aparición de escuelas al margen de las instituciones también plantea una ventana de aire nuevo para enfrentar el viciado ambiente de una sociedad sin rumbo frente a las diversas crisis que se ciernen a escala planetaria. Habrá que sugerir más formas de independencia a la subjetividad modelada desde el búnker cerrado de la minoría totalitaria. A romper la obediencia con el discurso del amo y a perseverar en la búsqueda del eslabón más débil del laberinto opresivo. A ese Goliat debe apuntar la honda de David.