REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 10 | 2017
   

De nuestra portada

Martha Chapa: cincuenta años de ejercer la pintura


Hernán Lara Zavala

Privilegiados aquellos que tienen una vocación porque en ella descubrirán el sentido de la vida. Martha Chapa, como tantos de nosotros, no fue de las que encontró su vocación de inmediato. Dotada de una fulgurante belleza regia heredada de su madre, con esa mirada tan suya entre desafiante y seductora, el destino la llevó al matrimonio a la tierna edad de quince años. Durante una fiesta donde la acompañaba su padre, el doctor Federico Ortiz Quesada recibió el flechazo de Cupido directo al corazón y se quedó prendado de la bella Martita (¿Lolita?). Pide su mano, misma que con cierta reticencia le es concedida pues la flamante pareja tenía que partir de inmediato a los Estados Unidos donde el futuro marido cursaría una especialidad en urología.
El matrimonio vuelve a México con dos hijos y Martha, muy joven aún, decide retomar sus estudios e ingresa a la preparatoria 6 para luego estudiar una carrera. Dado que su padre y su marido eran médicos ella también aspira a estudiar medicina. Pero la vida a veces nos encamina por rumbos desconocidos que nos conducirán a destinos ignotos. Martha contrae hepatitis y se ve en la necesidad de guardar cama y permanecer en reposo durante un tiempo prolongado. Es durante esa reclusión forzada que el llamado de la pintura llegará hasta ella primero como un mero divertimento para pasar el tiempo: empieza a dibujar, a fantasear con temas y colores, con lápices, carboncillo, pasteles, acuarelas hasta que se le plantea la remota posibilidad de tal vez convertirse en pintora profesional. Esta extraña experiencia de sacarle provecho a la adversidad y a la enfermedad es harto frecuente entre los artistas. Juan García Ponce comenta en su Autobiografía las circunstancias que lo llevaron a la literatura, a ser escritor. Lo relata así: “Estaba viviendo ya con mi abuela y alguna enfermedad me obligó a guardar cama. Ella me entregó un ejemplar de Tarzán de los monos… recomendándome que intentara leerlo para vencer el aburrimiento… Desde aquellas primeras lecturas, el valor de los libros se encontró en la posibilidad de abrir una nueva dimensión de la realidad. A través de ellos, la imaginación configuraba de una manera distinta lo que me rodeaba haciéndolo transformarse a mi antojo”. Imagino que algo semejante le ocurrió a Martha Chapa: dibujaba y pintaba por mero placer cuando de súbito le surgió la revelación de que su verdadero llamado no se encontraba en la medicina, como había supuesto, sino en la pintura. Azar y destino: maravilloso momento que también la debe haber puesto a temblar pues una cosa es el anhelo de ser pintora y otra muy distinta lograrlo.
Aunque el ensayista inglés William Hazlitt ha hecho la siguiente aclaración: “Existe un placer en la pintura que conocen sólo los pintores. Cuando escribes debes enfrentarte al mundo, pero cuando pintas, sólo tienes que sobrellevar una amistosa batalla con la Naturaleza. Te sientas a realizar tu trabajo y te sientes feliz. Desde el momento en que tomas un lápiz y miras la Naturaleza te encuentras en paz contigo mismo.” Sí, pero a pesar de ello el propio Hazlitt, que anhelaba ser pintor terminó por abandonar la pintura en aras de la escritura.
El camino pictórico de Martha Chapa como el de casi todos los artistas, debe haber sido arduo y difícil. Se dice que estudió pintura con varios maestros, pero la revelación divina seguramente le llegó en el momento en que observó que para ella el mundo y todos los sentimientos se hallaban relacionados con la naturaleza y, muy específicamente, para ella, con un símbolo, con un enigma. Seguramente influyó en su sensibilidad recordar que cuando niña, su padre, después de atender a sus pacientes y urgencias nocturnas volvía a casa en la madrugada, compraba unas bolsitas de manzanas y se las dejaba a cada uno de sus hijos junto a la cama a guisa de regalo, como una manifestación de amor.
La manzana se convertiría así en imagen, metáfora, símil, alegoría y a veces parábola de su mundo. Lo primero que incide al observar una manzana es su atractivo colorido, su redondez, su sensualidad, el brillo de su cáscara y luego lo apetecible y blanco de su pulpa. La referencia bíblica alude a ella como el fruto prohibido del árbol del bien y del mal con el que el demonio tentó a Eva y ella a su vez a Adán. Sufrieron así la expulsión del Paraíso para asumirse como humanos por rebelarse contra los designios divinos. Pero en un nivel menos alegórico la manzana representa sobre todo el desafío, la tentación, el peligro, la curiosidad, el placer, el veneno, en suma, el acto carnal con su consiguiente placer, que trae aparejada la culpa, la expulsión, el trabajo ejercido con esfuerzo, el parto, la reproducción y la mortalidad.
Las manzanas que Martha pinta no son siempre de color rojo ni se sirven de una sola técnica pictórica: las hay amarillas, rosas, naranja, verdes, azules y hasta negras, pero ni la sola manzana ni las diversas técnicas utilizadas para recrearlas podrían, por sí mismas, saciar la exuberante imaginación de Martha. Ella necesitaba reflejar un mundo más complejo en el que la manzana fuera su sello distintivo, sí, pero también necesitaba elementos complementarios. Así combinó sus manzanas con recuerdos, experiencias, fantasías, ensueños y anhelos y de ahí surgieron también sus magníficos autorretratos, con sus paisajes interiores, sus amados animales, su evanescente colorido, sus sugerentes texturas y sus aventuradas composiciones que le han permitido construir todo un mundo pictórico que le pertenece exclusivamente a Martha Chapa, dentro de su inconfundible universo al que siempre le ha guardado la más absoluta fidelidad.
Dentro de su largo y fructífero camino la artista se fue descubriendo a sí misma: la manzana representa el corazón de la naturaleza y en nuestro corazón late libidinosa la manzana dentro de nuestro cuerpo. Algunos de los cuadros de Martha son como bodegones o naturalezas muertas, pero siempre con un pequeño toque de perversidad, otros son casi abstractos o de franco carácter expresionista pero su sello particular se logra a través de insertar el elemento realista que puede ser, además de las manzanas, su propio y agraciado rostro o algún otro elemento como un insecto, un colibrí, una pirámide o la mismísima Virgen de Guadalupe. En otros lienzos Martha Chapa elige pintarse desde una perspectiva más juguetona, simbólica y a veces hasta surrealista: entonces pinta autorretratos donde se ve como una muñeca rota, como un juguete del destino con el que ella pueda divertirse y divertir, gozar y sufrir a través de sus manzanerías, sus juegos secretos y prohibidos donde la mordida del placer nos llena la boca de jugo.
No puedo sustraerme de mencionar otro tipo de cuadros en los que Martha Chapa se integra a la naturaleza: a veces reflejando su amor por los paisajes, las aves y los insectos: gallos, lechuzas, mariposas, panteras o gatos; otras situando sus manzanas junto a violentos volcanes en una suerte de homenaje a José María Velasco o al Dr. Atl o donde se ve a lo lejos el cerro de la Silla que marcó su infancia o bien un ensamble arbitrario como cuando sus manzanas juguetonas logran anidarse en el interior de un cactus o un maguey logrando un sorprendente efecto de extrañeza.
Un elemento de vital importancia en la personalidad artística de Martha Chapa lo representa su amor por la gastronomía y en particular por la cocina mexicana que ha estudiado y ejercido exhaustivamente desde hace muchos años y que forma parte importante de su acervo bibliográfico y cultural que la ha llevado a conducir, desde hace diez años, junto con Alejandro Ordorica, el programa televisivo “El Sabor del Saber”, gracias al cual surgió nuestra entrañable amistad.
Hoy nos hemos reunido aquí los amigos y admiradores de la pintora Martha Chapa para celebrar con ella sus cincuenta años de labor pictórica. Desde aquellos primeros bocetos que realizó cuando cayó enferma de hepatitis ha recorrido una larga, compleja e interesante evolución en donde se ha labrado un lugar en el mundo de las artes plásticas pues Martha forma ya parte de nuestras grandes pintoras. Sus maestros, O’Higgins, Siqueiros, Corzas, Fini, Frideberg, Cuevas todos pueden sentirse más que orgullosos de los logros de su talentosa y original colega. Felicitaciones a Martha Chapa, la pintora, la escritora, la autora de libros de cocina, la madre, la amiga, la jardinera, la amante de los animales, pareja de Alejandro, deseándole muchos, muchos años más de vida productiva.