REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 10 | 2017
   

Confabulario

La duda


Rosa Martha Jasso

Para René Avilés Fabila

Con un sobresalto abrió los ojos. Era de día, la luz traspasaba las persianas dibujando rayos simétricos en el piso. La mañana fresca ayudó a disminuir el sofoco y secar la frente perlada de sudor de Ema. Se tocó los pies y el cuerpo entero a palmos ascendentes hasta la cabeza. Estaban intactos, y su cuerpo lo cubría un camisón delgado. Debo cerciorarme: los pies. De un salto se puso frente al espejo, descorrió las persianas para verse a plena luz. Los pies: el rayo del sol los ilumina y se ofrecen rosados e impecables. Se agacha a tocarlos; sí, están perfectos. El sueño fue sobrecogedor. Ella tirada en un callejón sucio del Centro de la Ciudad. Rodeada de basura, su cabello castaño desordenado en pabilos hirsutos. La cara cubierta de mugre. Unas uñas negras en las manos deformes, rascando con furia la superficie de ese par de cosas repugnantes: sus pies. Dos bolsas de pus rojizas e hinchadas cubiertas por costras. Sin calzado alguno, se hallaban semi envueltas en sucios trozos de papel periódico, mal atados con unas cuerdas asquerosas, en un afán de cubrirlas del frío y la intemperie. Ahí estaba ella, se vio a sí misma, era verdad. La realidad trastocada le sembraba la duda, aguda como una aguja. Ella, una pintora exitosa, bella, con el mundo a sus pies, dudaba. Por alguna razón llegó hasta aquí. Pero no, todo fue un sueño. El espejo le devuelve su rostro de niña, la figura grácil, los ojos amielados, las manos delicadas y sus pies, pequeños y perfectos. Pasan los días. El ajetreo del mundo la distrae. Sin embargo, se inoculó en ella una sensación nueva: estar y no estar ahí. La imagen del callejón la persigue y agita su aliento. Por fin, después de mil ires y venires, logra conciliar el sueño. Llevaba tiempo sin lograrlo, asaltada siempre por ese pensamiento aterrador. Pero esta vez llegó la noche suavemente y el sueño como un bálsamo, también. Ema duerme y la feroz imagen se ha ido para siempre. Amanece de nuevo. El sol cumple su ritual pertinaz y se cuela por las hendiduras de las piedras, inundando el piso de luz. Ema abre los ojos estirando los brazos, pero algo tintinea bajo de ellos. Ema se extraña pues su camisón no tiene tiras. Saldrá a la terraza a respirar el aire fresco. Un ruido ensordecedor la asalta. Por fin despierta. El ruido de los autos es insoportable, el olor insufrible. Frente a ella, una cinta luminosa se extiende hacia la avenida. Altos edificios resguardan el callejón, oscureciéndolo como una negra boca de lobo. La estremece un pensamiento ominoso. Le duele la espalda y las manos le responden con torpeza. Se incorpora con dificultad, los cabellos sobre el rostro le impiden ver con claridad. Recorre con la mirada el espectáculo desde lo alto de las paredes carcomidas. Desciende lentamente entrecerrando los párpados. Las montañas de basura son su lecho. Unas tiras cuelgan de sus brazos de una especie de jersey raído. Y al final, sus ojos horrorizados se detienen en algo, lo último, lo que está al final, lo enloquecidamente temido: sus pies. Dos bolsas de costras purulentas, enrojecidas e hinchadas, y sus manos deformes, que negándose a obedecerla y actuando por ellas mismas, se dirigen hacia abajo, a sus pies, asestándoles rasquidos con sus uñas negras. Ema se cimbra como un sauce vencido por el viento, cierra rabiosamente los ojos anegados de lágrimas intentando dormir, para quizás, despertar de nuevo.