REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
11 | 12 | 2017
   

Confabulario

Fragmento de la novela La sangre del tequila


Félix Luis Viera

Lucero Araiza
Ese día de la primera cita, junto al templo de San Judas Tadeo a las cinco de la tarde, Lucero me llevó a un Sanborns: una mezcla relativamente suntuosa de todo, incluido un restaurante-cafetería. Es como un aire de primer mundo en medio de esta mugrienta bocanada del tercero. En los restaurantes de los Sanborns tanta gente parece posar para el prójimo, encapsulada en ese sitio que no se asemeja a otra cosa que a eso: una cápsula aséptica en medio de las cagazones exteriores en sucesión. Los locales suelen ser cerrados y se escuchan los dramas, anécdotas, estupideces de los que están en las mesas más cercanas (los mexicanos hablan alto, más que los cubanos, y cuando están en una conversación que merece risa se carcajean al unísono, con el consecuente estrépito —cuando digo “mexicanos” o “mexicanas” digo los de la ciudad de México, son los únicos y las únicas que conozco; cuando digo México, esta ciudad). Ella “me llevó” porque de ella era el carro en que fuimos, porque ella me invitó y porque estaría segura, sin que nadie se lo dijera, que yo no tenía para invitarla. Me paseó por todos los milagros del Sanborns: librería, joyería, pastelería, equipos eléctricos, electrónicos... A mí esto me importaba tres cojones. Comencé a impacientarme. Lucero Araiza estaba revisando una revista farandulera cuando me dijo “vamos”. Sentí que me había dado una orden. Recapitulé sobre el hecho de que era agente de una compañía de seguros. Por el camino había reparado en que tenía los ojos afilados, y castaños como el cabello ligeramente ondulado. Mientras yo saboreaba el café, el que le llaman exprés, el más fuerte, anunció alegrarse de que yo no fumara. Solo eso pedí, café, y ella una ensalada de pastas y una gaseosa. Pensé que más tarde, en su casa, podría yo comer algo. En cada movimiento de ella hacia delante para encontrarse con la cuchara, parecía que sus tetas aplastarían la mesa. Su boca resultaba demasiado grande para cada cucharadita de pasta y aun quizá para toda la ración servida en el platillo. Sus dientes, marfileños, tenían la rotundidad de las pirámides.
Ya de camino a su casa, anochecido, la colonia Roma se veía más sombría; me daba espanto cuando el carro, por la roja del semáforo o por una de esas entidades que llaman tope (un promontorio cementado que obliga al conductor a detenerse —cáncer tan necesario como los microbuses) miraba de reojo a Lucero Araiza y advertía que dudaba, como había dudado en el Sanborns cuando le propuse que fuéramos a su casa. Quítate los espejuelos, por favor, que te voy a besar, le pedí cuando detenía el carro ante un tope. Lo hizo y se volvió hacia mí, encimó su boca de valle mientras cruzaba su brazo derecho sobre mi nuca, y metió la lengua como si la estacara a toda profundidad contra la mía.
No me había hablado de estos detalles: tiene dos gatos (los animales más desagradecidos que puedan existir y que además lo llenan de pelos a uno y hasta son capaces de engendrar el asma en quienes los rodean), César y Micha; los odié a primera vista; y un canario, Emiliano, que al día siguiente escucharía anunciándose en la mañana desde su jaula en el comedor. Recapitulé: agente de seguros, dos gatos, un canario.

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Pasé algo más de un mes con ella, incluidos cuatro domingos, días en los que luego de un paseo vacuo se esmeraba en cocinar pozole (los demás días las comidas eran enviadas desde una cocina económica —una fonda—, guisos a la mexicana, cuya dueña, además, limpiaba la casa de Lucero toda la mañana y mediodía del sábado mientras ella y yo nos íbamos a la Alameda Central—, no a otro sitio, por decisión de ella), un plato cargante, como de fierro condimentado, que así como tal me punzonaba en el estómago; ella prácticamente me obligaba a comerlo aunque yo le reiterara el pánico que sentía solo de ver la cazuela venir hacia mí. Si yo le alababa su voz —el asunto de esa nasalidad leve que remite a los claveles—, me hacía tanto caso como una sorda: respondía incrustando conversaciones sobre la baja o el levante de la venta de seguros o por lo general con alguna alusión a César y Micha (dos tipos a los que empecé a aborrecer, como se aborrece a los tiranos, a los dos o tres días de vivir en su casa) o sobre Emiliano, cuyo canto no me incomodaba: durante el día llegaba hasta mí, plácido, hasta el estudio de Lucero Araiza —uno de los cuatro cuartos que tenía la casa— donde yo trabajaba apoyado por una espléndida máquina de escribir eléctrica.

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Aproximadamente a los veinte días de vivir en la casona, siempre un poco deprimido cuando constataba la tenebrosidad de la cuadra donde se hallaba, comprendí que a Lucero Araiza le importaban tanto los poemas en que yo trabajaba y los artículos que redactaba para ese periódico de Izquierda con que me había conectado Trejo, como creo que a un esquimal le puede gustar el helado. Nunca entendió el susurro de mis escritos, de las metáforas que yo creía más certeras y llegaba a comentar con ella, de mi conversación acerca de las tantas lunas existentes o sobre mis vagos presentimientos. Solo decía “fascinante” y seguía hablando de otro tema o haciendo otra cosa. Si le celebraba el color de su piel, sobre todo el de la piel del pecho, levemente morena, beige resplandeciente se podría decir, solo respondía “muy amable, gracias”. Estaba claro: su sueño en estos años de soledad se había restringido a tener otro plato, masculino, en la mesa, y tres calzoncillos en la tendedera, digamos.
Y darme órdenes. Creo que ni siquiera un recluta en su primer mes haya recibido tantas órdenes como yo en los últimos diez o doce días que estuvimos bajo la misma techumbre. Yo solo me había comprometido a costear la electricidad, barata, y el teléfono. Poco, pero no puedo más, Lucero, le había advertido cuando llegamos, en su Chevrolet Cruze de 1992, a la colonia Roma con mi mudada: la ropa y mis papeles. Con que pagues eso basta por el momento, amor, respondió con una sonrisa planetaria mientras me ayudaba a bajar mi patrimonio. Las colaboraciones en ese periódico de Izquierda solo me daban 250 pesos semanales.


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Hoy miércoles me fui. Huyendo más bien. En un taxi. Un taxi Escarabajo; uno de los ochenta mil doscientos que corren por la ciudad. Los Escarabajo tienen solo dos puertas y les falta el asiento del copiloto: hay que entrar como se entra en una cueva; en una cueva estrecha y en lo bajo, quiero decir. Los Escarabajo amarillos son los más baratos, porque contaminan más. Con mis bártulos a cuestas, en medio del vapor diurno del verano, esperé a que atendiera mis señas uno amarillo.
Lucero Araiza solo me juró amor en esos momentos en que yo la tenía penetrada hasta el cabo, mientras libaba sus senos —una obra en doce tomos— y se hacía el diluvio en su vagina. El domingo en la mañana me gritó “¡perro maldecido!” cuando le dije que en cualquier momento me iría. Antes, como si yo fuera el soldado de la teniente Lucero Araiza, me había dado cuatro órdenes. Que ahorita buscara la ropa en la lavandería. Estuviera presto para ayudarla a preparar el pozole nomás regresáramos del paseo. A cambiarle ahorita el agua a Emiliano. Y, la peor, ver ahorita si César y Micha habían evacuado detrás del sofá, como acostumbraban últimamente. “¡Yo no me he jodido tanto en la vida ni vine a este país como para recoger mierda de gato!”, le dije mirándola con rencor. Fue cuando me dijo perro maldecido y yo le repliqué que me iría.
Ayer y anteayer fueron días de reconciliación. Pero yo sabía que no era más que la regresión que impone el Deseo. De mi parte me raía cierta amargura porque había comprobado la aseveración de Mario Trejo: “Según dicen, mis compatriotas son de las que mejor la sorben en el mundo”. Debía ser cierto: con lengua y boca Lucero Araiza hizo de mi madero esa escultura de aire que aún tengo en el recuerdo. Asimismo, quedaría en mi memoria una insólita frase que ella —esa noche que me quedé en su casa por vez primera— ululó mirando al techo con los ojos entrecerrados y el mundo trancado en su vagina, mientras mi lengua barría sus senos jupiterianos: “¡Gracias, Lenin!”.


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Yo aún conservaba las llaves del apartamento de Mario Trejo. Ayer por la tarde lo llamé, desde uno de esos teléfonos públicos negros, que, si bien parecen cajones rectangulares sin garbo de teléfono, son gratuitos. “No hay problema, Caribe, ve para allá... Te lo avisé según lo que me comentaste: con esa vieja tu no la hacías?”, dijo Trejo entre carcajadas. Hice la llamada desde la calle, junto a un parque cercano adonde me había ido a reflexionar, y también a lagrimear.
Ella había llegado más temprano que de costumbre y en lugar de darme un beso de saludo me aplicó uno de cuchillo, de esos que resultan fulminantes para avisar al bálano. Tiró los espejuelos en el sofá y, zigzagueando levemente como siempre que andaba con sus afilados ojos castaños en limpio, me llevó casi corriendo hasta la cama y se desnudó a una velocidad que hasta entonces no le conocía. Estaba tibia del vapor del verano, olía a esmog, a hembra, a polvo, al fragor de las calles, a vagina insurrecta. Aplicó la felación de las divas. Su cabellera castaña y tenuemente enrizada cubría mi falo y un halo de sol se expandía más acá de los cristales y el velo de la cortina del cuarto, hasta irradiar en su cabeza, su cara, mi falo; se me ocurrió que esta imagen era para foto de gran premio. Ocurrencia de solo un instante: cuando alcancé con los dedos de una mano su vagina empozada y con los de la otra comencé a titilar en sus pezones y sus senos exorbitantes, el fustazo me subió por ambos brazos hasta ese punto en que no se sabe dónde está la vida y dónde la muerte o si alguna de las dos existe. La penetré ella de espaldas a todo lo largo y su boca obraba por tragarse la almohada mientras se escuchaban como en sordina sus baladros cortados por ayes más propios de un lamento multitudinario. Yo sabía que sería el último acople y sentí cierta pena porque ella seguramente no lo creía así. Ya drenados ambos, sonrió y sus dientes metieron cualquier otra lucecita en la habitación.
Cuarenta y ocho horas de reconciliación, de mi parte solo sensual. Cerca de las ocho yo me hallaba rumiando unas cuartillas y Lucero Araiza se acercó al escritorio. Le alcancé un par de cuartillas diciéndole a ver qué te parecen. Respondió que ya no le quedaba tiempo: tenía que ver a Alejandrito. Éste era el conductor de un noticiero de cagajón que pasan por el canal de televisión público más demandado; un noticiero desbordado de anuncios publicitarios, de crónica roja, de farandulerismo, de verdades a medias y por tanto mentiras a medias sobre el ambiente político. Recordé aquel mandamiento bíblico: “No echéis margaritas a los cerdos” y salí tras ella hacia la sala. Iba enrabiado porque se refirió a Alejandrito —un tipo que más bien gritaba cuando daba entrada a las noticias y que tenía esa pronunciación de cierto sector de por acá que más bien parece masticar las palabras con la boca llena de babas— como a un tipo que conociera. Pero lo que más me enfureció: al negarse a atender el par de cuartillas hizo un gesto de desdén con una mano, que rozó los papeles.
“¡Ni Freud te endereza el coco, Lucero!, ¡ni Freud!”.
“¡Perro maldecido!”.
“¡Y todo el picante que me has hecho comer en dos meses aquí encerrado!..., ¡burra azteca!”.
“¡Cubano culero!”.
Aproximadamente una hora después la escuché susurrarle trinitos a Emiliano, que ya tenía la jaula cubierta con el paño, y pasados unos minutos monologaba con César y Micha entre un besito y otro.

Este fue mi primer intento por dejarle libre el apartamento a Mario Trejo.