REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
11 | 12 | 2017
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

Tranco I
Llueve, llueve. Ríos que se desbordan, ciudades que se anegan, casas que se hunden, cultivos que desaparecen, árboles que caen, damnificados por doquier, autos “nadando”, cosechas perdidas: el caos.
Sí, hay caos. Pero después de la destrucción, después del “ataque” de la naturaleza, terminada la tormenta, la reconstrucción de lo caído en marcha, los voluntarios trabajando a todo vapor para la reparación de daños, resueltos los problemas, aliviados los males, viene la calma, reina el orden y se empieza a ver el beneficio que tales fenómenos traen como consecuencia. Y que, además, son ciclos que se presentan indefectiblemente cada estación del año en el que a tales sucesos la madre Natura les tiene asignados. No fallan nunca, se presentan puntuales, hacen su aparición terrenal y lo anuncian presentando en los cielos las formaciones de nubes negras y se hacen sentir más con truenos y relámpagos, que son como celestiales trompetas angélicas. Y nosotros, acá en esta tierra, corremos despavoridos a tratar de guarecernos, a ponernos el impermeable, a abrir el paraguas y a refugiarnos en el mejor lugar que encontremos. Luego, como digo, cuando ya el sol ha salido, cuando todo se ha compuesto. Vemos cómo se presentan los beneficios, cómo brotan flores por doquier, los árboles se ensanchan y nos ofrecen un catálogo de colores, los ríos vuelven a sus cauces y sus aguas son aprovechadas por labriegos para tener cosechas óptimas, las presas se recuperan y están listas para surtir del preciado líquido cuando alguna sequía se presente. Los pastos en donde el ganado rumia, están crecidos y son abundantes. Claro que es horrible sufrir los rigores y es duro perder cosas materiales, y más trágico todavía será el ver que han caído algunas personas, y más se siente en el alma cuando el desaparecido por alguna tromba es algún pequeño. Pero sin olvidar las tragedias, sin olvidar los malos momentos, debemos admitir que en general, los beneficios que reciben los campos, las selvas, los mantos acuíferos, los sembradíos, los bosques, son enormes y hacen que la Tierra no se muera que ésta siga vibrante que siga dándonos cobijo, eso nos dice que debemos tomar conciencia del cuidado y amor que la naturaleza merece.
Y aquí cabe hacer una pequeña reflexión: ya sabemos, pues, que los fenómenos naturales, más que afectarnos, nos traen beneficios, nos hacen ver el crecimiento de la Flora, que le dará más vida a los seres vivos de la Fauna, y habiendo abundancia en estos bastiones, los humanos tendremos con ello mayores posibilidades de mejorar nuestra vida. Eso está bien, es algo que acontece desde que la tierra es la tierra, y así sucederá por los siglos que vienen. Y la otra reflexión se me da cuando pienso en los golpes, en las malas políticas económicas, en los nefastos descuidos gubernamentales que debe observar para la atención ciudadana, para la sana convivencia. Es grave ver cómo los asaltos, los robos, los crímenes, los secuestros, el peculado, la cultura del fraude, los discursos dobles de los políticos, la pérdida de la soberanía nacional, la entrega del país a intereses contrarios a los postulados iniciales de la Revolución Mexicana. Esas “tormentas”, esas “trombas”, esas “inundaciones”, son males que pegan duro a la población, llegan para quedarse, o sea que pegan y no producen ningún beneficio, nos azotan y como dice el refrán: “Palo dado ni dios lo quita”. Esos “vendavales” políticos causan muertes, causan los enormes sinsabores que estamos padeciendo y que no tienen cura -las decenas de niñas y niños muertos en la guardería ABC, los muertos del 68, Acteal, Aguas blancas, los 43 estudiantes de Guerrero y la lista de crímenes del gobierno no cabrían en este espacio- acciones que no producen saldos favorables, no, ante esos desmanes no habrá paz y tranquilidad en el país porque no son actividades como las que traen las reales tormentas de la naturaleza que sí nos colman de hechos saludables. Y, ¿hasta cuándo el pueblo aguantará estos latrocinios gubernamentales? Parece que la gran mayoría de la clase dominada no responde, no protesta ante estos lamentables hechos. Entonces será cierto que: “¿El pueblo merece el gobierno que padece?”.
Como afuera de mi estudio los truenos se escuchan y retumban en los cuatro confines del horizonte, y veo cómo los relámpagos y las tormentas eléctricas anuncian que una tormenta está por caer, yo, ni tardo ni perezoso, pongo en mi escritorio una botella de mezcal Embajador, en una cazuelita habrá sal con chapulines y chile, un queso Oaxaca, y en una plato de la vajilla de barro estarán unos chilaquiles rojos, y en otra cazuela habrá unos frijoles recién salidos del brasero y a los que les tengo preparados una cebollita bien picada y otros jitomates, también picados, y a lo que te truje, Chencha, a lo que hay que darle importancia, a lo que me hace olvidar los muertos por el gobierno, a lo que me da un poco de alegría, a lo que me causa algo de sosiego: la bebida y la comida mexica que tanto me gusta. Ese rito, al menos, aunque sea por un rato, hará que piense que sí, que México se puede salvar, que tenemos el chance de hacerlo el próximo año. Pero mientras, compas, salud, y buen provecho. Vale.