REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
12 | 12 | 2017
   

Para la memoria histórica - Encarte

El Taller de Gráfica Popular


El Taller de Gráfica Popular

Era mediados de 1937, el tercer año de Lázaro Cárdenas en el gobierno, cuando menos de una docena de jóvenes entusiastas discutían sobre trabajo artístico y compromiso político en un local de una calle de prostitutas. Con dos prensas de mano y un viejo litógrafo dispuesto a compartir experiencias, hablaban de un colectivo de trabajo con una inscripción de 15 pesos.

Menos de un año después, el flamante Taller de Gráfica Popular (TGP) estrenaba estatutos, logotipos, una vieja pero útil prensa litográfica y un nuevo local en Belisario Domínguez, con tres cuartos: uno para imprimir, otro para grabar y el tercero para vender y hacer asambleas. De este humilde origen saldría una producción gráfica que dio al grabado mexicano una fisonomía propia y reconocida en el mundo.
Pero la generación espontánea no existe. Muchos de los miembros del TGP habían participado en la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, la LEAR, surgida a raíz de la campaña presidencial de Cárdenas. Por medio del trabajo en equipo, los miembros de la LEAR, muchos de ellos miembros del Partido Comunista, organizaron congresos, mesas redondas, conferencias ilustradas, obras de teatro, conciertos y talleres para obreros. En la Sección de Artes Plásticas, los pintores, escultores y grabadores publicaron Frente a frente, revista de propaganda; elaboraron carteles, volantes, murales transportables y otros en escuelas y mercados, así como enormes telones de papel (hasta 15 x 20 m) para las asambleas de organizaciones populares y sindicatos, que implicaban a veces sesiones ininterrumpidas de 20 horas de trabajo para el grupo responsable de tenerlos a tiempo.
La LEAR fue un espléndido espacio de aprendizaje y una valiosísima posibilidad de dar al arte un nuevo sentido por su contacto con las masas. Sin embargo, este espacio de compromiso cultural, sin duda el mejor de su tiempo en México, se diluyó hacia principios de 1937 por el burocratismo de muchos miembros que, de manera oportunista, se integraron sólo para obtener un trabajo pagado por el gobierno. En contraposición a tal postura los fundadores de TPG sí mantuvieron su militancia revolucionaria por medio del arte.
El primer cartel realizado en el Taller de Gráfica Popular fue para felicitar a la Confederación de Trabajadores de México; a éste siguieron otros en apoyo a la República española y contra el franquismo, con figuras caricaturizadas del generalísimo. Durante la expropiación petrolera llevada a cabo por Cárdenas (1938), hubo una generosa producción de carteles, llamando al pueblo a colaborar y criticando a los Estados Unidos mediante la emblemática figura del Tío Sam. Conforme la producción se incrementaba, los artistas fueron depurando sus formas, integrándolas cada vez con mayor eficacia y sin perder la creatividad.
En esta década de los treinta, todo México se sacudía con la política; por todos lados vibraba la necesidad de hacer cumplir las promesas que la Revolución había dejado pendientes y que Cárdenas se proponía concretar. Las organizaciones de masas apostaban, una vez más, a que su voz fuera escuchada. Pero el país no sólo miraba hacia adentro, sino que compartía la preocupación por una confrontación mundial que se veía venir irremediablemente.
Numerosas agrupaciones de artistas y escritores democráticos y de izquierda en diversas partes del mundo, unieron esfuerzos para enfrentar al nazifascismo haciendo del arte un arma más. En México, primero la LEAR y después el TGP, se unieron a la consigna de frente único establecida por la Unión Soviética, con lo que se dispusieron a combatir al imperialismo, al nazismo y a la guerra. Las obras del Taller abordaron esta doble vertiente que trataba, tanto temas nacionales como internacionales.
Otro encargo temprano, por ejemplo, fue precisamente una serie de carteles para Liga Pro Cultura Alemana, organización del exilio alemán que combatía al nazismo de su país. Los 18 carteles de esta serie son un magnífico ejemplo del tipo de trabajo que se proponía esta organización, y que mantuvo hasta principios de los años cincuenta, la representación realista en carteles, volantes, hojas volante, calaveras e ilustraciones, es decir, todo aquello que tuviera posibilidad de llegar a un público amplio. Los carteles realizados en blanco y negro se pegaban en las calles de ciudades como México o Guadalajara donde, a pesar de su pequeño formato competían por su calidad en forma ventajosa con los de los espectáculos como peleas de box y corridas de toros. El tema era siempre político, social o de denuncia, apoyando a los sindicatos y a organizaciones populares, agrarias o de obreros y maestros, gremios que la mayoría de las veces, tenían una escasísima capacidad de pago. El alma del TGP era llevar el arte a las masas, por lo que, a fin de cumplir con los encargos, se optó por el moderno linóleo -de fácil reproducción y menos caro que el zinc o la madera- material que supieron explotar al máximo; un miembro recuerda que con 10 pesos de linóleo podían hacer hasta ocho grabados. La forma de trabajo consistía en investigar el tema a fin de contar con los elementos esenciales. Después se hacía una propuesta colectiva o individual que se discutía en grupo y, por último, se realizaba el grabado. Parece sencillo, pero muchas veces se tenía el tiempo encima, a lo que debe agregarse que en el grabado hay poca posibilidad de corregir y la mano debe ser firme y decidida. Aun así, el gran oficio de Leopoldo Méndez (director y cabeza del taller desde su fundación hasta 1952), Luis Arenal, Pablo O'Higgins, José Chávez Morado, Alfredo Zalce, ángel Bracho, Francisco Dosamantes, Everardo Ramírez, Alberto Beltrán, Mariana Yampolski, y muchos otros que pasaron temporalmente por el TGP, evidencia la excelente calidad que alcanzaron, a pesar de que la producción en el taller no implicaba ganancias; había que mantener las máquinas, las gubias y buriles, y pagar el alquiler de los sucesivos locales. Si se hacían obras individuales, cada quien costeaba los gastos de los materiales y de la impresión, y a veces, no faltaba alguien a quien había que prestarle para el camión.
Si la obra estaba en función de un asunto concreto y se proponía llegar a amplias capas de la población, el lenguaje estético elegido era el del realismo para que las figuras y objetos representados fueran fácilmente identificables. Al referirse a esta forma de expresión Leopoldo Méndez expuso más de una vez que el gran maestro del TGP fue José Guadalupe Posada, ya que las formas plásticas de este precursor de la modernidad en México, de enorme simplicidad expresiva, siempre estuvieron entretejidas con las aspiraciones, alegrías y temores de las clases populares, vocación con la que se identificaban plenamente los miembros del taller. La llegada de artistas españoles exiliados introdujo algunas novedades en el viejo lenguaje soviético y alemán, que aunque enriquecieron el trabajo de los grabadores del taller no los apartó del desarrollo de un estilo propio y reconocible. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial en el otoño de 1939, el taller realizó varias series de carteles pro soviéticos, tanto en la capital como en provincia. Mientras duró el conflicto, alternaron la temática bélica -soldados, botas, bayonetas, pueblos masacrados, la amenaza de la bomba- con problemas mexicanos como el alza de precios, críticas al gobierno, etc., y al final de la conflagración, se hicieron carteles exaltando la victoria.
A muy poco de su inicio, la labor desarrollada en el creativo espacio del TGP atrajo a artistas extranjeros, hombres y mujeres como el boliviano Roberto Berdecio o el ecuatoriano Galo Galecio. Entre los estadunidenses destacaron Elizabeth Catlett y, sobre todo, Pablo O'Higgins, quien adoptaría a México como su patria. Mención especial merece Hannes Meyer, arquitecto de origen suizo y maestro de la Bauhaus quien al integrase al taller en 1942 dio un fructífero impulso a la editorial La Estampa Mexicana, encargada de publicar varios álbumes y libros del TGP que han perdurado, a diferencia de los carteles y volantes que muchas veces se perdieron. Los intercambios establecidos con estos visitantes también tuvieron eco fuera de México. En Los ángeles, por ejemplo, Gloria y Jules Heller crearon el Graphic Arts Workshop, que funcionó de manera semejante a su contraparte mexicana.
A través de estos contactos con otros países, además de exposiciones en México, la obra del TGP fue presentada en varias muestras en el extranjero, donde obtuvo amplio reconocimiento. Después de la de Posada, la gráfica realista del TGP fue la que consolidó una imagen del grabado mexicano, tanto en el país como fuera de sus fronteras, por su fuerza expresiva y el carácter pasional de su propaganda política y social.
El texto anterior fue tomado de la liga:
https://www.mexicodesconocido.com.mx/el-taller-de-grafica-popular1.html
A continuación reproducimos tres documentos que por su importancia deben ser conocidos. El primero es un Mensaje de DIEGO RIVERA al Taller de Gráfica Popular por su los 20 años de su fundación, el segundo es un texto de Humberto Musacchio a propósito de los 70 años del TGP y el último es un boletín del TGP de hace 10 años.

Mensaje de DIEGO RIVERA al Taller de Gráfica Popular

A 50 años de su muerte, nos enorgullece publicar el mensaje que nos dedicó con motivo del 20 aniversario del Taller. El vigésimo aniversario de la fundación del Taller de Gráfica Popular de México es una fecha que merece ser conmemorada con entusiasmo, no sólo por los artistas de México sino por todos los del mundo entero.
Por todos los artistas que no hayan perdido el entusiasmo por esforzarse en llegar a la identificación del arte con la vida del pueblo y hablarle a éste en su propio lenguaje y en ayuda de la lucha por sus derechos al pan, la libertad y la paz. La fundación del Taller de Gráfica Popular, no fue sólo la secuencia activa de una posición altamente tradicional y revolucionaria del artista mexicano José Guadalupe Posada, gran maestro. y héroe epónimo de ella, de cuyo alto ejemplo nació la del movimiento plástico muralista mexicano, comenzado hacia 1921 por los que habíamos tenido la suerte, desde antes de 1910, de haber recibido personalmente las enseñanzas del maestro Posada, sino que la fundación del Taller de Gráfica Popular en 1937 vino a ser también una espléndida reafirmación, por medio de una producción siempre en esfuerzo y superación, del propósito inicial ahora reavivado por sus libertades democráticas y contra el fascismo, por la experiencia de la lucha del pueblo español con la cual supo solidarizarse, un verdadero impulso patriótico del pueblo de México.
Hoy, el renombre y la fama del modesto Taller de Gráfica Popular de México se han afirmado como una compensación justa y cierta al esfuerzo de amor de talento realizado por los artistas que lo integran y que ha hecho que un genial Leopoldo Méndez, un Pablo O'higgins, un Alberto Beltrán y sus compañeros sean mirados como verdaderos artistas del pueblo. ¡Bien haya quienes así lo han sabido hacer! Fraternalmente desea, en su vigésimo aniversario, una vida muy larga y fecunda al Taller de Gráfica Popular de México, su viejo amigo y camarada.

Diego Rivera

En los setenta años del Taller de Gráfica Popular Humberto Musacchio

Hace setenta años se fundó el Taller de Gráfica Popular por un grupo de artistas que pusieron su obra al servicio de causas políticas. Lo hicieron pese a que los teóricos insisten en que el arte, para serlo verdaderamente, debe tener el fin en sí mismo y repiten que el utilitarismo implica la pérdida de valores estéticos. Lo cierto es que en todas las épocas hallamos arte al servicio de diversas causas, ya políticas, ya religiosas o amorosas y eso no ha impedido la producción de obras maestras.
Los ritos y los retos, los sueños y los ensueños son materia propia para la recreación artística y en ella no hay temas vedados. En todo caso, lo que puede exigirse al autor es que asuma esos temas de una manera genuinamente personal, que los regrese al mundo convertidos en nuevas verdades, en realidades destinadas a producir en el espectador una emoción estética. Si paralelamente esas nuevas realidades despiertan indignación, entusiasmo, odio o ternura; si alimentan nuestros rencores o fertilizan nuestra esperanza, habrán servido también para otros fines, pero eso no suprime los valores artísticos. Pero si hemos de referirnos al Taller de Gráfica hay que mencionar a su fundador y alma motriz: Leopoldo Méndez, de quien Francisco Díaz de León, patriarca de la gráfica mexicana, dijo que "ha sido el grabador más importante, más completo y más técnico de todos los tiempos en la historia del arte en México". Méndez, como apuntó el gran crítico Antonio Rodríguez, "hizo poemas con navajas, puntas y buriles e inventó metáforas, trazos, huecos, volúmenes, espacios, luces, oscuridades y resplandores". Fue -agrego ahora- un mago que dedicó su mejor esfuerzo a combinar recursos nuevos con los elementos tradicionales de la alquimia artística, un incansable explorador de nuevas formas expresivas que debían caber en un pequeño rectángulo de linóleo y someterse a las necesidades que planteaba aquella superficie.
Pero el Taller de Gráfica Popular fue mucho más que Méndez y Méndez mismo fue mejor porque estuvo rodeado de una pléyade de artistas de gran estatura, de varios de los grabadores y dibujantes más grandes de México. Imposible ignorar que después de años de trabajar juntos, las recias figuras de Méndez ganaron algo de la gracia que poseían las de Pablo O'Higgins, el vuelo que Fernando Castro Pacheco solía dar a sus imágenes o la ironía que está en las obras de José Chávez Morado; Méndez compartió con Alfredo Za1ce la grandiosa época del michoacano en la gráfica; seguramente se enriqueció con el sutil erotismo de Francisco Dosamantes y Raúl Anguiano, las representaciones dolorosas de Ignacio Aguirre, el perfecto conocimiento de Isidoro Ocampo y ángel Bracho sobre sus personajes y sus escenas, la honda percepción que hay en las composiciones de Francisco Mora, el poderoso dibujo de Alberto Beltrán, la evolución ascendente de Jesús Escobedo o la extraña luz que depositaba Everardo Ramírez en sus planchas.
Los años de mayor brillo del Taller corresponden al momento más alto de la gráfica mexicana, a su época de esplendor, pues nunca como entonces hubo, dentro y fuera del TGP, tantos y tan buenos grabadores, maestros en todas las técnicas y figuras internacionales como Koloman Sokol, Hannes Meyer y Jean Charlot, quienes residieron en México, crearon obra perdurable e influyeron en la producción artística general. Otro estímulo determinante para aquel auge fue el aporte de tres figuras de la crítica no nacidas en México, aunque plenamente aclimatadas aquí, como son Paul Westheim, Antonio Rodríguez y Raquel Tibol, quienes mostraron un relevante interés por la gráfica y la sometieron a su mirada profunda e implacable. En esa era luminosa la gráfica fue medio, y fin, apostolado y militancia, reconocimiento mutuo y, también, competencia feroz. La gente del Taller debió observar con toda atención lo que hacían artistas como los agrupados en la Sociedad Mexicana de Grabadores, creada en 1947, cuando el TGP cumplía sus primeros diez años y atravesaba por un periodo de intensa creatividad. La Sociedad se constituyó, entre otros, con algunos ex talleristas y, por eso mismo, para los artistas del TGP no podía ser ignorado el dominio sobre las maderas de veteranos como Francisco Díaz de León y Carlos Alvarado Lang o la maestría de Abelardo ávila y José Julio Rodríguez, talentos en su hora cenital.
No por mera coincidencia, los integrantes del taller y los presuntamente apolíticos miembros de la Sociedad Mexicana de Grabadores se movían dentro de los marcos del realismo, profesaban un culto casi religioso por la expresión figurativa y estaban sus temas profundamente enraizados en lo popular. Militantes o escépticos, pero lo cierto es que compartían concepciones formales que predicaban los grandes muralistas y eran poseedores --o más bien poseídos-- de la llamada ideología de la revolución mexicana, que a la manera de Hegel postulaba una especie de movimiento perpetuo hacia la perfección del Estado.
La militancia política de los talleristas, su deseo de servir socialmente, se interpretó como humildad y dio lugar a equívocos. Por la parte artesanal que conlleva y su función utilitaria, suele menospreciarse el valor estético del grabado, "argumento" que se ha empleado con el afán de subestimar la obra del Taller de Gráfica. Al respecto, no sobra recordar a Juan Marinello, quien decía que "gentes apresuradas" estiman "que el grabado es una forma subalterna del menester plástico, cuando supone en verdad, por la dura sobriedad de medios, una prueba de fuego para el artista. El grabado -sentenciaba aquel cubano de México- es la ascética de la pintura. El grabador es un hombre en pelea agónica con la luz y la sombra. Todo ha de darlo en el desfiladero de alusiones precisas y tajantes, sin estaciones de vuelta".
Para nuestros grabadores, el muralismo fue el llamado del arte, el despertar vocacional y la aceptación sin condiciones de sus propuestas. Los propios fundadores del Taller solían repetirlo a quien quisiera oír. Se sentían herederos de ese movimiento, pero sabían que ellos también habían hecho un aporte de importancia. Lo dijo Ignacio Aguirre en 1957 en palabras recogidas por Raquel Tibol: "el TGP ha sido el crisol de lo mejor que ha dado el movimiento plástico mexicano, ha sido una gran escuela y ha sido .también, con la pintura mural, el fundamento de nuestro arte contemporáneo". Luego, como para enfatizar la importancia del Taller, agregó: "Habría que medir en su justa extensión el prestigio internacional que le ha dado a nuestro país. Hasta China han llegado placas hechas por nosotros que los artistas de allí editaron con verdadera devoción". No se equivocaba. Las imágenes del Taller fueron indispensables durante décadas en periódicos, revistas y libros editados aquí, pero también en impresos de cualquier país que abordaran los temas del TGP.
Al comenzar el siglo XXI, el Taller de Gráfica Popular se mantiene como centro de enseñanza y producción de arte en el que sus integrantes han hecho aportaciones técnicas de alto mérito y sorprendentes resultados, como el- grabado en asfalto, el trabajo de ácidos sobre metales oxidados o la plastografia, que emplea un compuesto que se utiliza para limpiar carrocerías. Jesús álvarez Amaya, guía y animador del Taller de Gráfica Popular, desde los años sesenta incorporó a su trabajo el mototul, una adaptación de la fresa odontológica que permite trabajar enormes superficies de madera lo mismo que pequeñas áreas.
En medio de precariedades sin cuento, con ayuda oficial escasa, la organización ha sobrevivido pese a los virulentos pleitos de sus miembros y a la petulante incomprensión del medio artístico. De crisis en crisis, pasando de uno a otro domicilio y con notorios altibajos de orden estético, el Taller de Gráfica Popular sigue en pie y al cumplir sus primeros 70 años es la institución de su tipo más antigua del mundo, lo que no es poca cosa, pero es también la casa que bajo cualquier condición, con los antiguos miembros o con nuevos integrantes ha sabido hacerle honor a su segundo apellido y mantenerse como un centro de creadores que está orgullosa, decidida e irrenunciablemente al servicio de su pueblo.

17 abril 2007

Levantamos la voz en grabados contra la bomba atómica. Participamos en el movimiento estudiantil donando 700 carteles del "Che Guevara, además los estudiantes utilizaron obras creadas anteriormente afines con su Movimiento, ángel Bracho realizó el único grabado profesional. A fines de septiembre de 1968 cité a una junta para plantear que "si el movimiento no llega a un arreglo con el gobierno sufrirán una terrible represión". En la imposibilidad de convencerlos: el 99% estaban seguros de derrocar a Díaz Ordaz. La terrible masacre se dio. Nos quedamos cortos. Fuimos los únicos, ya que ni el partido Comunista Mexicano, ni los brillantes consejeros políticos, viejos luchadores sociales, lo previeron entre ellos José Revueltas y Heberto Castillo. Cerramos el taller y salimos huyendo hasta parar en Misantla, Veracruz.
Desde su fundación en el Taller la mayoría de los artistas eran miembros del Partido Comunista Mexicano, otros pertenecían al grupo del Licenciado Vicente Lombardo Toledano, después al de Enrique Ramírez y Ramírez. Siempre hasta la fecha hemos mantenido nuestra obra en la izquierda, actualmente proponemos formar una corriente de opinión la IZQUIERDA SENSATA en contra de la izquierda actual ridícula, sectaria, insultadora y mentirosa para alcanzar, ahora sí, el poder.
En 1972 fui nombrado Coordinador Vitalicio, hasta que la muerte nos separe de la vida seguiremos con el mismo entusiasmo de hace 40 años.
Para terminar repetiré lo que en otras ocasiones he dicho con buena fortuna, "no existe en el mundo, ni en el sistema solar, ni en constelaciones cercanas, ni menos en los hoyos negros, un grupo de artistas que haya perdurado durante 70 años como el Taller de Gráfica Popular. "

17 abril 2007

Como muestra del tipo de grabados que se hacían en el TGP en su primera etapa presentamos a ustedes una selección de los que nos parecieron más emblemáticos.