REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 10 | 2017
   

Confabulario

Una historia de tantas


Rosa Martha Jasso

      A la memoria de Alma Delia Fuentes

Los mimos de sus padres y la camaradería de sus hermanas era lo cotidiano para Alma Delia. Las mañanas doradas tenían olor a pan y los caireles desparramados sobre la mesa mitigaban el sonido de los sorbos de las tazas blancas. Las viandas coloridas colocadas con esmero sobre la mesa desaparecían una a una tras las pequeñas bocas que devoraban todo con fruición y saltaban de sus sillas a risotadas para irse a la escuela. Un día tras otro. Sentarse en un pequeño canapé almidonada como una mariposa y repasar con la mano las imágenes sorprendentes de un libro de criaturas fantásticas. Observar con deleite las tonalidades tibias de un atardecer esplendoroso sobre las cortinas y pellizcar incisivamente la carne verdosa de los helechos. Con los años, quedaron atrás la dulzura de la niña y el halo protector de un hogar dichoso, manteniendo solo intacto, el fulgor de sus ojos de musgo cristalino. Llegó el trabajo y la candorosa insipiencia de un romance. El matrimonio después y cuatro hijos. Sin el menor esfuerzo, como una impronta, se reprodujo el embrujo de la casa paterna. La espaciosa casa se inundó de cortinas vaporosas, candiles destellantes, alfombras turcas. Las terrazas se poblaron de un denso follaje. El sol recortaba figuras sobre los muros a través del ramaje de los árboles. Un viento delicioso mecía todo dentro y fuera de esa morada, cariñosa y perfecta. Como en los cuentos de hadas, un viento negro y sibilante llegó una noche a apoderarse de todo. Con odio feroz no dejó nada a su paso. Desgarró las cortinas, de tajo arrancó los árboles, hizo saltar en mil pedazos las gotas de cristal de los candiles, arrojó al suelo los objetos, los retratos, los cuadros; ululaba por los pasillos, corría por las escaleras, los helechos morían y un moho persistente lo cubría todo. Ella, delgada y sin aliento solo huía, de un cuarto a otro, de un piso a otro, despavorida, escuchando estallar todo a sus espaldas. Y decidió quedarse. Enfrentarse inerme a su destino necio, inexplicable. Los alaridos del viento dejaron de asustarla. Los añicos de sus preciados objetos le eran ajenos. Terminó en el desván, solo con un puñado de fotos en las manos y envuelta en un silencio lacerante, en una soledad pasmosa, en el absoluto olvido. Guardiana de sus recuerdos se acurrucó en un rincón, permaneciendo ahí años, inmóvil, hasta que la malignidad infame que la empujó donde estaba, llegó hasta ella y comenzó a devorarla, poco a poco, paso a paso y una noche, o una tarde, no se sabe, alcanzó su corazón. Lo atravesó una punzada helada y ella aflojó la mano que apretaba contra su pecho desparramando unas fotos amarillentas, de su marido, sus hijos, sus nietos; todos los que la mataron con su indiferencia, con su infinita crueldad. Lanzó una mirada al cielo, pero el techo ya no lucía derruido ni el entorno era insalubre; las grietas de las paredes se inundaron de luz y un resplandor celestial le devolvió la vida a todo. Los candiles estaban intactos, el jardín rebosante. Un viento tibio y suave mecía las cortinas blanquísimas. Las risas de sus hijos recorrían los pasillos. Intentó llevarse la mano a la boca sin lograrlo, y sonrió agradecida mientras el fulgor de sus ojos de musgo cristalino, se apagaba para siempre.