REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 11 | 2017
   

Para la memoria histórica - Encarte

Minificciones para leer en Semana Santa


René Avilés Fabila

A propósito de Semana Santa, realizamos una selección de minicuentos de René Avilés Fabila tomados de su libro El Evangelio según René Avilés Fabila. Que los disfruten.

Corrección bíblica
El término “creó”, citado en el Génesis, debe ser sustituido de inmediato por uno más preciso: “inventó”.

La gran mentira de la Iglesia
Luego de una vida completamente dedicada al pecado, Jorge Burton murió en completa tranquilidad, sin arrepentimientos de ninguna especie. Sin preocuparle su destino en el más allá. Ni siquiera fue creyente. Así que cuando despertó su espíritu, una fuerza sobrenatural lo sacó del ataúd y lo encaminó a un lugar por completo helado, atrozmente frío. Conforme se adentraba en aquel extraño sitio, más temblaba por la bajísima temperatura. Es un auténtico témpano y hace un frío de los mil demonios, pensó. Al fin fue recibido en una gran sala congelada; en el trono de hielo estaba el llamado Príncipe de las Tinieblas, Satanás. Una voz que parecía no salir de ningún sitio le explicó:
-Esto, querido pecador, es el Infierno.
-¿Y las llamas, dónde está el fuego?, titiritando preguntó el recién llegado.
-Ah, otro ingenuo que creyó las mentiras de la Iglesia -repuso la voz y de inmediato fue conducido a una suerte de inmenso iglú donde su espíritu desnudo quedaría para siempre, eternamente.
La eternidad sólo tiene una ventaja: la de reflexionar una y otra vez, sin fin, pasar de un argumento a otro en medio de dolores atroces. En este caso, Jorge Burton, que aparte de sumar pecados tenía lecturas, recordó una frase de Borges de El libro de los seres imaginarios, el texto “Haokah, Dios del trueno”: “Sentía el frío como calor y el calor como frío”. Posiblemente era el caso de Satanás y la interpretación que la Iglesia le había dado. Pero ya no era importante. Ambas cosas extremas son torturantes.

La verdadera libertad
Todos estamos condenados a morir, nadie puede evadir la muerte. Los grandes intentos por evitarla han terminado en sonoros fracasos. Quizá los únicos que han podido ofrecer la inmortalidad son los escritores con personajes imbatibles: Fausto, Dorian Gray, Frankenstein, Drácula… La ciencia, a lo sumo, puede extender un poco la vida. La misma muerte está expuesta a la muerte. De hecho, ya murió hace tiempo, lo mismo que las deidades. Nietzsche notificó la muerte de Dios, refiriéndose al Dios cristiano (“pues ha llegado a ser inaceptable”), Él y su corte celestial fallecieron a tiempo, sin embargo las personas creyentes se negaron a aceptarlo y en un empeñoso y vano esfuerzo siguieron rezándole y solicitándole favores. Nietzsche, al contrario de Kant, que veía a Dios “como creador omnipotente del cielo y de la tierra”, no mentía en su afirmación, donde se equivocó fue en el vaticinio del fin del cristianismo, “una religión de esclavos”, que impide la existencia del superhombre, aquél que debe vivir peligrosamente. Esta fe subsiste, mas no crece, se ha estancado y en algunos países decrece con lentitud, cede ante el poderío de otras religiones menos fantasiosas y más pasionales; a pesar de ello, es probable que sea capaz de subsistir otros dos mil años antes de que aparezca --como deseaba el pensador alemán-- un hombre con voluntad de poder, no sujeto a escrúpulos religiosos y morales, alguien plenamente libre.

¿Crimen o suicidio?
Nos guste o no, Jesús -que sabía perfectamente su destino- optó por el suicidio.

Literatura diabólica y crítica celestial
Ahora bien, el Diablo no es mal escritor: Max Aub

Supe de buena fuente eclesiástica que Satanás escribe, que ha ocupado su escaso tiempo libre en redactar novelas, poemas, obras de teatro, cuentos y que ahora justamente está empeñado en varios tomos de memorias. Sus libros han tenido una amplia difusión entre los habitantes del Infierno, se sabe que son sus lectores cautivos. Bueno, si alguien no los adquiere, su tormento puede ser mayor aún. Al parecer, Satanás quiere un enorme círculo de admiradores. Piensa que el planeta entero puede caer rendido ante su sólido talento literario. Ya un recién llegado al Averno dijo en cuanto leyó los primeros volúmenes que su estilo era francamente diabólico, su inteligencia infernal y las tramas endiabladas. Resuma fuego por todos lados, concluyó antes de pasar a una elegante sala de tortura, donde lo esperaban pequeños demonios con agudos tridentes.
Cuando los medios de comunicación den la noticia, la obra literaria de Satanás circulará por el mundo. En tanto, el director del suplemento cultural del New York Times se limitó a decir: Antes de leerla habrá que esperar la crítica de Dios, quien ya ha comenzado la lectura demoniaca. Trabamos contacto con él a través de su santidad el Papa y prometió enviarnos en exclusiva el análisis detenido de los textos diabólicos.
Por su parte, hay inquietud entre los lectores, ya hay millones de pedidos, saben que los libros podrán tener muchos defectos, menos el de ser aburridos.

Génesis
En el principio, el Hombre creó a los dioses.
Dijo: Sean, pues, hechos los dioses y los dioses quedaron hechos.
Después de seis días de intenso trabajo, el Hombre descansó.

Derrota cabal
El magnífico e inquietante politeísmo fue, por desgracia, vencido por el monoteísmo que un hombre de muchos dioses, Platón, le sugirió a la humanidad. Ésta, atolondrada como ha sido siempre, extravió la oportunidad de ser feliz, cobijada -como egipcios, griegos, romanos y aztecas- por una multitud de deidades, todas llenas de pasiones y sentimientos.

Propiedad privada, su origen
Para las grandes teorías políticas, para los mayores pensadores, la propiedad privada es el origen de todos los males del ser humano. La condenan Locke, Rousseau y Marx, para nada más citar a tres filósofos de distintas tendencias y épocas. También los utopistas, con Moro y Campanella al frente, la miran como algo terriblemente mortífero, pues, tal como resumiría de modo magistral Engels, con ella aparecen nada menos que la división de clases y el Estado. Aunque tal vez sean los anarquistas los que con más fuerza la detestan, no olvidemos que Proudhon la consideraba un robo.
La Iglesia cristiana, en cierto momento de su ya vetusta existencia, tampoco quiso quedarse atrás (ella era la que mejor conocía el problema) y señaló que en el principio no había propiedad privada. El Paraíso era de todos (bueno, todos eran Adán y Eva). Luego vino la serpiente y con una inofensiva manzana consiguió destruir aquella sociedad donde imperaba el comunismo primitivo y donde no había división del trabajo por sexos ni diferencias sociales. Adán y Eva tenían semejantes derechos y la igualdad prevalecía entre ambos.
Por ello, bien vistas las cosas, la actual Iglesia tendría que luchar con firmeza contra la propiedad privada: es anticristiana. Dios, al crear al hombre y a la mujer, no tuvo la idea de ponerlos en las peores circunstancias que hoy conocemos. La serpiente del cristianismo equivale al primer listo de la historia (Rousseau) que, cercando una porción de terreno, dijo: esto es mío. Si realmente queremos ser felices, tanto cristianos como laicos, tendríamos que luchar juntos para que la propiedad privada de nueva cuenta se largue al demonio, es una obra infernal.

Pregunta razonable
Si Zeus, convertido en cisne, hizo el amor con Leda, ¿por qué no aceptar la versión de que el Paraíso cerró sus puertas al descubrir Adán que Eva se había hecho amante de la serpiente?

Mito y religión
Ni toda la historia es cierta, ni toda la mitología es falsa.
Lo que hoy llamamos con cierto desprecio mitología -con el desdén impuesto por las nuevas religiones dominantes, todas monoteístas- ha encontrado acomodo dentro de la más hermosa literatura. Debo insistir una vez más: las mitologías primero fueron religiones respetables y serias, como hoy lo son el budismo, el islamismo y el cristianismo.
La Iliada y La Odisea de Homero son al mismo tiempo historia, religión y literatura.

La nueva religión
Las religiones, sin excepciones conocidas, insisten tercamente en que un dios supremo fue el creador de todas las cosas, de los animales y los seres humanos, de los vegetales y las aguas. Todo ello revela un evidente complejo de inferioridad en la humanidad: no importa la época ni el lugar ni la raza, siempre hay una fuerza que engendra la vida, le da forma y hasta modela los espíritus. Es necesario fundar una nueva religión, una donde el rey de la creación sea el ser humano y quien para no aburrirse decida moldear a su imagen y semejanza a uno o a varios dioses, según las necesidades de cada pueblo y cada cultura, y le conceda poderes sobrenaturales para que pueda decirnos que él nos ha creado o inventado.

Biblia y sexo
Que la Biblia está llena de alusiones eróticas y sexuales es algo muy claro y sólo a los curas aldeanos, a los beatos y a los santurrones no les acaba de convencer, pero si algún dibujante actual se decidiera a interpretarla como en otros tiempos lo hizo Doré, pintaría una tras otra, escenas eróticas. Sólo el Cantar de los cantares, escrito por el afamado rey Salomón, cuyas habilidades en la cama eran legendarias, contiene tanto material como para producir una fuente ilimitada de orgasmos. En su defensa supuestamente ética, la Iglesia ha dicho que es una parábola y que trata del amor entre Jesús y los fieles, o de Jesús con la Iglesia. La realidad es otra, es la minuciosa y espléndida relación amatoria de una pareja, hombre y mujer, y bien leído se trata, más que de una parábola, de un hermoso y cachondo poema que por sí mismo vale toda la existencia del Viejo Testamento. Total, la mismísima Biblia explica que “penetrará asimismo en las agudezas de las parábolas” (Eclesiástico, capítulo XXXIX).
Pero hay algo más, si dejamos de lado los simbolismos que pueblan a la Sagrada Biblia, a cada paso hallamos encuentros amorosos, hijos que nacen de hermosas esclavas y reinas, princesas y doncellas de inaudita belleza que con facilidad se entregan al placer. Es sospechoso, por otra parte, que cada vez que aparece Jesús, entre otros milagros, nacen hijos en parejas que ya no podían concebir.

Hágase la luz y también la oscuridad
No hay principio o mejor dicho, en el principio no había otra cosa que Dios reinando solo. El Génesis lo explica así: “En el principio Dios creó el cielo y la tierra. La tierra empero estaba informe y vacía, y las tinieblas cubrían la superficie del abismo: y el espíritu de Dios se movía sobre las aguas.” Naturalmente, no era suficiente para el Señor. Entonces “Dijo pues Dios: Sea hecha la luz. Y la luz quedó hecha.” Al cuarto día, redondeó su obra maestra al ordenar que se formase el Universo, una tarea colosal que algunos laicos denominan Big Bang. Sin embargo, son pocos los que tratan de imaginar el esfuerzo titánico que debió ser prenderle fuego al sol y poner en funcionamiento una perfecta e infinita maquinaria de estrellas y planetas. Lo demás, la creación de la vida animada, animales y humanos, fue algo fácil de llevar a cabo.
Antes de ello, aunque parezca contradictorio, había legiones de ángeles que servían a Dios. Uno, el más hermoso, Luzbel, de pronto encabezó una revuelta. Pero de qué podía rebelarse un ángel en un lugar inimaginable por su belleza y ausencia de problemas. Al parecer, Luzbel no estaba satisfecho con la tranquila y subordinada existencia del Cielo, pensaba que carecía de sentido y era necesaria la libertad, no estar sujeto a una voluntad única y férrea. De esta manera avanzó en una violenta insurrección. En esencia, Luzbel se había convertido en el primer revolucionario. La respuesta del Señor fue iracunda y todos los ángeles rebeldes cayeron convertidos en seres monstruosos. Milton lo narra de la siguiente forma: “Dominado aquel espíritu (Luzbel) por este ambicioso proyecto contra el trono y la monarquía de Dios, suscitó en el cielo una guerra impía y un combate temerario; mas sus esfuerzos fueron en vano. La potestad suprema le arrojó de cabeza, envuelto en llamas, desde la bóveda etérea; repugnante y ardiendo cayó en el abismo sin fondo de la perdición, para permanecer allí cargado de cadenas de diamantes, en el fuego que castiga; él, que había osado desafiar las armas del Todopoderoso, permaneció tendido y revolcándose en el abismo ardiente, juntamente con su banda infernal, nueve veces el espacio de tiempo que miden el día y la noche entre los mortales, conservando, empero, su inmortalidad.” Quiso Dios que antes de su total caída, se abriera un lugar de horror indescriptible para que lo habitaran: de esta manera fue creado el Infierno.
Convertido Luzbel en Satanás, dio rienda suelta a su odio y a su necesidad de llevar almas a su morada, pero no había dónde encontrarlas. Los demás ángeles, los leales, eran inquebrantables. Así que hubo que aguardar hasta que Dios creara al hombre y de su costilla extrajera a la primera mujer. El resto fue fácil, en cuanto el Demonio vio la fascinante belleza de Eva, se enamoró; y para seducirla se disfrazó de reptil y la hizo suya a través de una manzana.
De nuevo Dios reaccionó con dureza, como si no supiera lo que iba a ocurrir y lanzó a Adán y a Eva del Paraíso y les dijo que en lo sucesivo sufrirían y tendrían que trabajar y ganarse el pan con el sudor de su frente. Así comenzó de modo tan peculiar la humanidad y desde entonces Luzbel se enfrenta con éxito a su Creador en la tarea de arrastrar pecadores para su causa.

Injusticias celestiales
Si en el Cielo todo es armonía y perfección y en apariencia nada las turba, ¿por qué entonces se dio la rebelión de Luzbel, hoy mejor conocido como el Diablo o Satanás? ¿Significa esto que había injusticias o quizá que esa perfección era ficticia y controlada? ¿Quién puede garantizar que no habrá nuevamente otro ángel rebelde? Según Milton (citado por Daniel Defoe en su formidable trabajo Historia del diablo [1726], para mi gusto la mejor obra de la demonología universal, la más completa acerca de ese ser misterioso y para la mayoría temido y odioso), no se trató de la rebelión (¿sería más propio utilizar el término revolución por razones de mayor claridad?) de un sólo ángel, lo fue de toda una legión. Los datos hablan de “la mitad del Cuerpo Angelical, o del Ejército de Serafines”. No hay duda, pues, que el Paraíso prometido como recompensa a una vida virtuosa y plena de bondades y respeto hacia la Ley de Dios puede ser un sitio en donde el malestar sea latente, en el que las preferencias del Señor creen en algún momento resentimientos y de este modo aparezca otro amotinamiento o brote de rebeldía. La existencia del Diablo en sí misma ya es motivo de desconfianza celestial: ¿cómo es que allí donde reina la perfección haya aparecido una revolución? Hoy la historia de la humanidad nos prueba que las revoluciones, los grandes actos de rebeldía, únicamente aparecen en donde hay injusticias y diferencias graves, es decir, contradicciones. Lo curioso del caso es que en el Infierno sí hay uniformidad: todo mundo recibe el castigo que se merece sin distingos sociales ni preferencias. Nos queda, a manera de conclusión, el beneficio de la duda: a menos que haya modificaciones sustanciales en el Paraíso o Cielo, es muy probable que la rebeldía vuelva a surgir y que las filas demoníacas, esas legiones de diablos y diablillos, aumenten, mientras que en la Casa de Dios las almas buenas sean menos y que cada vez se cumpla puntualmente el viejo proverbio que dice: es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre al reino de los Cielos.

El revolucionario Jesús
Al reino de los cielos se llega por la ruta de la violencia. En ello hay coincidencias notables de Jesús con algunos revolucionarios quienes afirmaron que la violencia es la gran partera de la historia o que se podría acceder a una sociedad perfecta, sin clases sociales ni contradicciones, a través de la dictadura del proletariado y la guerra de guerrillas. Hablamos, por supuesto, del pensamiento de Marx, Engels, Lenin, Trostsky, Bakunin, Ernesto Guevara, Mao Tse-tung y Ho Chi Minh.
Esta aguerrida y aparentemente insólita precisión viene en Mateo, 24. Jesús estaba en el monte de los Olivos con sus discípulos cuando les dijo lo siguiente mientras con la mano derecha mostraba los edificios y templos: “De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada.”
Y siguió de largo en tono apocalíptico:
“Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será el principio de dolores. Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre. Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos; por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Mas el que persevere hasta el fin, éste estará a salvo.”
Luego de una larga y hermosa perorata encendida y llena de pasión revolucionaria, Jesús concluye: ‘‘Entonces llegará el reino de los cielos, donde está el Señor, mi padre’’.
No cabe duda, Jesucristo era un generoso revolucionario que predicó la violencia como fórmula ideal para conseguir la felicidad y la justicia entre los pobres de espíritu.

Los Apócrifos
Los Apócrifos tienen, en términos generales, el doble de páginas de la Biblia. Se trata de libros, en ocasiones, aún más hermosos que aquellos textos seleccionados por la Iglesia (ya oficializada y burocrática, jerarquizada como ejército y con una pesada estructura que le resta movilidad) y admitidos como los únicos válidos. No son libros ajenos a la historia sagrada, al contrario, en ocasiones resultan menos crípticos y sangrientos. Jorge Luis Borges los señala de la siguiente forma: leerlos “es regresar de un modo casi mágico a los primeros siglos de nuestra era cuando la religión era una pasión. Los dogmas de la Iglesia y los razonamientos del teólogo acontecerían mucho después; lo que importó al principio fue la nueva de que el Hijo de Dios había sido, durante treinta y tres años, un hombre flagelado y sacrificado cuya muerte había redimido a todas las generaciones de Adán. Entre los libros que anunciaban esa verdad estaban los Evangelios apócrifos. La palabra apócrifo ahora vale por falsificado o por falso; su primer sentido era oculto.” De tal suerte que no podemos considerarlos como falsos o contrarios a la fe de Cristo, sino textos realizados con fines pedagógicos y por completo místicos.
Sus autores eran hombres que se consideraban a sí mismos como pobres pecadores, seres humildes cuya única gran misión era esparcir la nueva gran fe y con la obligación de narrar los sucesos de la Pasión. No aspiraban a más, sólo a divulgar una hermosa historia que ha movido a gran parte de la humanidad por siglos y no siempre hacia las buenas causas. Lo hicieron con el maniqueísmo propio de toda idea que busca universalizarse.
Dentro de todos esos “apócrifos”, vale la pena destacar el Evangelio de Nicodemo, sin duda hecho o escrito más con fines didácticos que históricos. Al escribirlo, seguramente se pensaba en el “vulgo” y no tanto en los “doctos”. Es la misma historia de la llegada de Jesús al mundo en Belén, pero escrita con mayor sencillez y encantadora simplicidad: los buenos son buenos aunque tengan sus dudas y los malos son inalterablemente malos aunque tengan momentos para el arrepentimiento. De estas páginas, que en vano trataron de ocultar los concilios y la pesada burocracia eclesiástica, sale un Pilatos menos responsable y más convencido de la honestidad del héroe, de su plena inocencia. Si en la Biblia es presentado como un timorato o un hombre que fracasó miserablemente en salvar a Cristo (si lo salva, por cierto, se cancela el resto de la historia sagrada) no ocurre así en los textos sin valor oficial: en Los Apócrifos sale mejor librado. Imposible olvidar que Poncio Pilatos fue canonizado por la Iglesia de Etiopía y que su esposa, Procla o Claudia Prócula, es una de las santas de la Iglesia Ortodoxa. O nos brindan un Jesucristo más apasionado que a toda pregunta responde con parábolas y metáforas y a un pueblo judío aferrado a sacrificar al Hombre, al Hijo de Dios, que subvertía el orden establecido.
Hay algo que llama la atención. En la Historia corta de José el carpintero, se habla de la viudedad de José, el padre terrenal de Jesús. Escrito en primera persona como si Cristo hubiese sido el autor y narrara su vida (“Y escuchad ahora, que os contaré la historia de mi padre José, el viejo carpintero, bendito de Dios”) habla del primer matrimonio de José. El nombre de la mujer no aparece, a cambio están los de los seis hijos: “cuatro varones y dos hembras”.
Esta primera esposa fallece “según ley de todo nacido” y José queda viudo. Enseguida viene el segundo matrimonio, con María, madre de Jesús, a quien los reyes de Oriente adoraron en su nacimiento. Lo interesante de esta versión es no sólo el hecho de dar mayor dimensión humana a los personajes de la Historia Sagrada, sino que aquí descubrimos que Jesús tuvo seis medios hermanos y derivado de tal hecho debió tener sobrinos y una enorme parentela, según lo ordenado por Dios a Adán y Eva. ¿Qué se hizo toda esa familia? Es un enigma. ¿Se hicieron cristianos o conservaron alguna de las antiguas religiones? Es evidente que Jesucristo poseía tal fuerza y poder que no tenía amigos, tampoco parientes, ni los necesitaba, sólo discípulos que estaban destinados a predicar la nueva y verdadera religión.
Hay en Los Apócrifos una hondura que cala, las versiones pueden ser contradictorias, pero los personajes adquieren mayor grandeza, incluso los malvados como Herodes. Los errores, las debilidades y la fuerza de cada uno contribuyen a su engrandecimiento y a una mejor comprensión de la humildad de unos y la arrogancia de otros. Satán es un ser que acosa a los elegidos de Dios como una prueba constante de maldad sin titubeos, mientras que estos resisten. El que José concluya sus días debilitado y loco no es una falta de respeto, es una señal de que el cronista se ajustaba más a la verdad que en los textos elegidos por una iglesia burocratizada que ha buscado afianzar su poder en nombre de un Dios que -recuperado su hijo para el Reino de los Cielos luego del brutal Calvario- no volvió a posar sus ojos en los mortales ni a interesarse en enviar a su hijo, a lo sumo, nos dejó en manos del Demonio, del atroz Lucifer, cuyo reino está aquí, justamente en la tierra.

Por una Biblia divertida
De niño mis abuelos me leyeron la Biblia. Poco más adelante, tomé la lectura por mi cuenta. Debo confesar que no me gustó, era un libro intimidante de castigos y amenazas, de dificultades para perdonar y de un dramatismo excesivo, particularmente la Pasión, llevada a sus límites por el filme de Mel Gibson, La Pasión de Cristo.
En cambio la mitología griega, que leí al mismo tiempo, era una notable propuesta donde los dioses no cesan de mezclarse con los humanos y de cometer pecadillos eróticos.
En algún momento, ya convertido en escritor, a eso de los veinte años, comencé a “reescribir” la Biblia, a ponerla a mi gusto: salvar asesinos, traidores y rufianes en general y a despojar de sus vestiduras inmaculadas a una larga hilera de personajes epopéyicos.
Algún día pondré juntos todos esos textos y se convertirán en mi propia Biblia, una más divertida y humana, donde los milagros, las visiones y las profecías tengan un sentido y haya menos salvajismo y sangre.

Mi encuentro con Dios
Ayer me encontré con Dios. Estaba desolado, visiblemente conmovido. Le pregunté qué ocurría y sólo pudo decirme que su perfección lo abrumaba. Me hizo una petición: Dile a tus semejantes que rueguen por mí, antes de regresar entre sombras iluminadas a su eterna soledad.

El gran solitario del Cielo
La grandiosa soledad de Dios es evidente: pobre, ni remotamente tiene iguales. No tuvo ascendientes, ni padre, ni madre, su árbol genealógico comienza con Él, es el Creador de la vida, tal vez hecha para paliar su inmenso aislamiento que raya en una especie de desamparo, pues a nadie puede acudir en busca de compañía par, mucho menos casarse, todos son sus súbditos. Nadie sabe cómo surgió y se hizo Dios, nos dicen que siempre ha estado allí, y que de pronto se le ocurrió crear el Universo o al menos la tierra que al principio “estaba informe y vacía, y las tinieblas cubrían la superficie del abismo: y el espíritu de Dios se movía sobre las aguas” (Génesis, I, 1). Enseguida le entró un vigoroso afán constructor y creó la luz y separó el día de la noche y creó el sol para iluminar el día y a la luna para iluminar la noche y las estrellas y los mares y las plantas y los frutos y los animales y casi al final, notando un hueco, una imperfección en su descomunal trabajo, hizo al “hombre a imagen y semejanza suya” y a la mujer como simple complemento.
Dios es el Ser Supremo y en consecuencia nadie puede resistir a sus deseos o disposiciones. Como si ello fuese poco, no hay otro dios, Él es la única deidad. Tiene un hijo, mandado a la tierra para sufrir por la redención de los humanos. La tragedia es que se convirtió en religión y la religión se oficializó y se hizo política y quedó en manos de funcionarios y burócratas, no en las de personas espirituales. Es todo y no es poca cosa, la propia Biblia indica que los hijos deben respeto y obediencia total a sus padres. Entonces no tiene con quién hablar salvo consigo mismo. No dialoga, simplemente monologa. He allí su enorme problema: la soledad. Ya hemos dicho que si fuera escritor o científico exclusivamente, sería el mejor de todos, no habría crítico literario capaz de enfrentar su portentosa obra ni problema que mantuviera secretos.
Del lado extremo, Dios tiene un cierto equivalente, el de la maldad y se llama Demonio o Satanás. Pero al ser asimismo creación suya, queda subordinado a su poder absoluto y cuando cree que ha ganado la partida, aparece la mano piadosa y sabia de Dios y lo pone en su correcta dimensión, la de un lacayo perverso, castigado por siempre en los hornos infernales. Podría darse un diálogo o una polémica entre Dios y Lucifer, pero no tiene ningún caso: el segundo saldría como siempre derrotado ante la sabiduría del Señor. Nada tan falso como aquellas palabras que precisan que más sabe el Diablo por viejo que por Diablo. Al ser Dios eterno, es lógico que su sabiduría sea mayor que los conocimientos que encierra una mente mezquina y perversa como la de Satanás que tuvo un origen.
¿Qué hará Dios, entonces? Conformarse con su soledad, resistir apasionadamente, mostrar en cada momento su extrema superioridad y hacérsela sentir a sus criaturas más acabadas: los seres humanos. Aquellos que ya han tenido la dicha de llegar al Reino de los Cielos sin tener que aguardar a que se produzca el fin del mundo, el Apocalipsis, se han podido percatar de la iluminada tristeza del Señor: al saberse tan venerado (saturado del amor y la admiración de millones y millones de pedigüeños con quienes no puede dialogar, a lo sumo concederles sus peticiones, sus ruegos, sin apenas mirarlos), está imposibilitado para romper su trágica soledad. Un monarca absolutista es siempre un solitario.
¿No sería mejor la muerte que la soledad eterna? El problema es que Dios es inmortal.