REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 11 | 2017
   

Confabulario

Crápula y encantador


Benjamín Torres Uballe

Capítulo I
Permaneció absorto frente al espejo. Miraba una decrépita imagen y lo que observó le disgustaba. Eso lo vapuleó para luego colocarlo en un profundo dilema existencial. Ya nada le causaba encanto ni atractivo, había balbuceado. Cerró la llave del lavabo, entró a la regadera para sentir el agua helada, pues hacía una semana que no tenía gas LP. Los disparatados precios hacían imposible el suministro. “¡Ay, güey! Mugre chingadera, está re-fría”, exclamó. Entonces salió de inmediato y, al hacerlo, tropezó con el viejo ejemplar del Esto tirado en el piso. Se golpeó contra la desvencijada puerta, por donde salió proyectado hacia la sala, derrumbando el inservible televisor Philco. Lo detuvo la pared, de cuyo impacto se desprendió un pedazo de yeso sobre su cabeza. Quedó sentado en el sillón con el polvo sobre el cabello cano, y entonces Esteban ya no pudo contener el llanto. Aunque sollozaba, daba la impresión de estar burlándose de la tragicomedia que lo asolaba.

Capítulo II
Esteban sintió hambre y compró una concha de chocolate en la Maja Indecente, la vieja panadería ubicada en la calle de Mesones, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Cruzó la acera y en una tienda de conveniencia pagó siete pesos por un café de máquina. Le pareció de lo más horrible, pero concluyó que no había más recursos. Aún no le depositaban el apoyo que mensualmente le otorga un partido político a cambio de asistir a cuanto evento le ordenen. Disfrutaba del austero refrigerio, recargado en la fachada multicolor del establecimiento. Una anciana de aspecto distinguido y amable le dijo con voz suave —mientras le guiñaba un ojo y le coqueteaba abiertamente—: “Señor, no se malpase, no coma en la calle. En la esquina está el comedor de López Obrador, hágalo ahí”. “Muchas gracias. Lo haré”, respondió Esteban. Cuando se marchó la dama, quedó pensativo. “Carajo, definitivamente soy uno de los 55 millones de pobres que hay en México”, susurró, cuidando que nadie lo escuchara. Luego, devoró el pan lenta y obscenamente.

Capítulo III
Dudó si entraba o no a la iglesia de la Inmaculada Beata. Sospechaba que desde hacía algunos años su relación con los terrenales que “administran” el clero no era precisamente la mejor. Parado en el atrio, recordó cuando de niño perteneció a los acólitos que ayudaban en la celebración de la misa al mediodía. Había memorizado con facilidad las respuestas en latín. Su IQ era superior a la media. En compañía de los otros cinco chicos, luego de esconder las limosnas que hurtaban, bebían a escondidas pequeños sorbos del vino y comían las hostias, aun sin consagrar ambos. Los más osados fumaban en el patio trasero de la sacristía uno de los cigarros de mariguana del párroco Pánfilo Vidulfo.
Dejó de asistir luego de que el sacerdote le propuso volver la noche de un domingo, solo, sin que le avisara a nadie, para ver películas pornográficas, lo cual le dijo al oído. A cambio, le regalaría 50 pesos para que los gastara en lo que quisiera. Aunque a los 12 años la tentación es mucha, la propuesta le produjo gran miedo y decidió no acudir. El curita tenía muy mala fama. En la colonia se rumoraba que era gay y perversamente lujurioso, lo que, por cierto, no desagradaba a ciertas damas santurronas.
Respetaba sin condiciones a la Iglesia; no así a sus ministros. Alucinaba a los abundantes pederastas que hay en las filas del clero y las oscuras conductas de la jerarquía que acumula riquezas y vive inmersa en el fariseísmo de manera contraria a la filosofía del Jesús que pregonan. “Son viles hipócritas”, murmuró, y se alejó hacia la pulquería El Curro de Santa Cecilia, pues ya era el momento de la botana. En lunes servían chicharrón en salsa verde, frijoles y arroz blanco.

Capítulo IV
Los tres litros de pulque blanco lo marearon. Sólo había pagado uno. Tuvo suerte de impactar con su poderosa oratoria y cultura a unos juniors presumidos que jamás leyeron a Borges, Paz, Fuentes, Benedetti, Cortázar o Wilde, y mucho menos a Cervantes, como sí lo hizo Esteban. Únicamente presumieron con euforia desbordada tener la suscripción premium de la revista ¡Hola! y la de Quién —¡ah!, eso sí, mostraron el iPhone 8 y boletos VIP para el concierto de Justin Bieber. “O sea…, buena onda, ¿no?”—. Además de invitarle dos litros del cara blanca, le dijeron que si necesitaba algo, sus papis le podían ayudar en lo que fuera. Uno era ministro de la Suprema Corte de Justicia y el otro, consejero del Instituto Nacional Electoral: “¡Neta, güey!, tú nada más dinos y te resolvemos la vida. Y mira, para que veas que no es choro, toma estos mil pesos”. “Me ofenden, queridos e inexpertos amigos. Mi docta charla es desinteresada; además, su estímulo cultural es un tanto exiguo”, respondió. El par de lelos se miró uno al otro, ya medio ebrios, y dijeron: “Disculpa, en buena onda, no queremos ofenderte”. “Está bien, acepto su testimonio a mi vasta cultura”, dijo Esteban y guardó el dinero. Los mozalbetes insistieron en darle un “raid” al Metro Polanco. Él aceptó. Al llegar lo “obligaron” a aceptar otros dos mil pesos. Tomó el dinero ofrecido por el par de tetos ignorantes.

Capítulo V
Se despidió de los pirrurris y, en cuanto bajó de su BMW blindado, corrió a poner tiempo aire a su viejo Nokia. “Doscientos pesos, por favor”, dijo muy ufano, con una sonrisa, al sorprendido jovenzuelo empleado del mostrador. Cuando salió del local se acomodó bajo una marquesina y marcó el número desde su lista de contactos: Eufrosina Susana. Esperó ansioso. La emoción recorrió su cuerpo cuando escuchó: “Hola, ¿quién es?”. Impostó la voz y respondió: “Esteban del Roble Aguado, el más ferviente de tus admiradores, Susy”. “Perdón, ¿quién?”, dijo la dama. “Yo, Esteban. Nos conocimos el pasado viernes en el camión. Lo abordamos en el Auditorio Nacional y te acompañé hasta el Museo de la Ciudad de México, pues no sabías dónde se ubicaba”. “¡Ah!, ya recuerdo. A tus órdenes, Esteban”, manifestó Susana—. “Sólo quería saludarte y preguntar si aceptas una invitación a cenar esta noche”, propuso el caballero. “¡Caray!, me gustaría, pero me es imposible. Tengo un compromiso con mi novio, tal vez otra ocasión”, respondió ella. “Bueno, te llamo y nos ponemos de acuerdo. Muchas gracias, buenas tardes”, contestó Esteban con un enfado que no pudo disimular.
|Llamó a Lolita, Martha, Paty, Obdulia, Delfina, Adelina, Leticia, Jacinta… nadie podía y nadie quería. Simplemente le hacían el feo. Mera venganza y desdén femenino. Él había sido cruelmente gandalla. Lo mismo las dejaba plantadas que las ignoraba; las engañaba y les aplicaba el clásico chantaje psicológico, en el que era todo un experto. Abusaba, pues, cuando años antes era un galán bien plantado, cuasi un proxeneta de alta escuela, envidiado por los bravucones del barrio donde vivía y, además, ejemplo a seguir de las nuevas generaciones de cinturitas adolescentes que veían en Esteban el crápula, del que debían aprender. Eran otros tiempos. Hoy, simplemente era un divorciado maduro, algo decadente. Leído, eso sí, mucho, pero berrinchudo, que mal vivía de sus glorias pasadas, cuando solía presumir a los cuatro vientos que volvía locas a las féminas con sus vastas dotes amatorias. El tiempo y las circunstancias eran diferentes. Tanto que ni el arquitecto Charles Kacique, otrora admirador empedernido de sus oficios carnales, dudaba en colgarle el teléfono.
En su desordenado cuartucho de la colonia Doctores, en la Ciudad de México, volvió a mirarse largamente en el espejo. Sin contemplación alguna, soberbio como solía ser, se dijo a sí mismo señalando su destartalada figura: “Feo y caduco, por eso ya nadie te pela”. Acto seguido, se recostó en la vetusta cama y se puso a leer El Catrín de la Fachenda, de Joaquín Fernández de Lizardi, mientras de vez en vez sorbía con el popote de la jarra con té de gordolobo con menta, que había preparado en cantidad generosa.

Capítulo VI
Desde hacía años, merced a cierta confusión gubernamental, recibía todos los días en su correo electrónico la síntesis de los principales diarios nacionales. Al leer la sección cultural del diario Los Editores Times en su vieja computadora —a la que debía maltratar previamente con dos patadas en el CPU para que empezara a funcionar—, descubrió que había comenzado la Feria del Libro de la UNAM en el Palacio de Minería. De inmediato se puso en pie, se acicaló y llamó a su alcahuete de toda la vida, Julio César. Éste aceptó ir con él a condición de que fuese al mediodía.
Se encontraron en la taquilla, sobre la calle de Tacuba. Con sus credenciales del Inapam pagaron sólo 20 pesos para entrar y empezaron a recorrer el espléndido recinto. Cientos de editoriales se daban cita anualmente para exponer la oferta literaria. Y aunque en México no se lee mucho, el evento es, por sí mismo, imprescindible, comentaron los amigos. En la multitud se perdieron de vista. Julio César permaneció en uno de los stands, hojeando lo que anunciaban como una edición especial de Cien años de Soledad, de Gabriel García Márquez. Luego se detuvo en otro donde una exuberante edecán ofrecía, al “módico” precio de 50 pesos, ejemplares de El Principito, de Antoine De Saint Exupéry. Cruzando el pasillo, la promoción estaba centrada en El Perfume, de Patrick Süskind. En eso se encontraba absorto cuando sintió una mano que se posó en su trasero. Volteó rápidamente para encarar al pervertido, pero detrás de él estaba una dama entrada en años, muy elegante, fingiendo mirar hacia el techo del lugar. Julio César la observó fijamente. Entonces ella volteó, y después de enviarle un beso con la enjoyada mano, se marchó muy erguida. “Ya no las hacen como antes”, pensó él.

Capítulo VII
Buscó afanosamente a Esteban, en la planta baja y el piso superior. Entre tantos visitantes, donde predominaban los jóvenes, era una tarea titánica. Cansado, se dejó caer plácidamente en una de las escasas bancas disponibles y marcó el número del teléfono celular de su entrañable amigo, a quien había conocido en la preparatoria hacía ya varias décadas: “El número que usted marcó, se encuentra apagado o fuera del área de servicio. Por favor intente más tarde”. Repitió la operación varias veces sin éxito. Decidió seguir caminando, pero antes urgía una escala en el baño ubicado en la planta baja, en un rincón alejado. Bajó las amplias escaleras. Casi grita cuando descubrió a Esteban y a una mujer enfrascados en tremendo clinch carnal. Por unos instantes enmudeció ante la fogosidad con que la pareja se acariciaba lascivamente. Julio César tosió lo suficientemente fuerte para que Esteban lo escuchara. De inmediato, hombre y mujer separaron sus añosos cuerpos, al tiempo de acomodar sus ropas. Cuando volteó la dama en cuestión, la reconoció: era la cuasi anciana que lo había toqueteado minutos antes. “No lo regañes, es un crápula, sucio y cochinote, pero encantador”, le dijo con ternura la senil dama a Julio César.
“No manches, méndigo Esteban. Te pasas. ¿Venimos a ver los libros o a que te fajaras a una viejita?”, preguntó Julio César mientras caminaban rumbo a la salida de la feria. “Mi distinguido y docto amigo, me temo que tus conceptos al respecto son un tanto arcaicos”, respondió Esteban. “Es posible realizar ambas tareas con el propósito único de solventar mi precaria economía mediante una aristocrática burguesa que ansía satisfacer sus urgencias hormonales con mi vasta experiencia de caballero citadino. Ella aportó de manera anónima sus recursos monetarios a la causa de la que tú serás necesariamente beneficiario también”, dijo, mientras mostraba con discreción, al querido amigo, una cartera roja Hermes llena de billetes. “¡No supermanches, Esteban, le bajaste la cartera!”, exclamó Julio César. “Permíteme corregirte, fino y caro amigo”, reviró Esteban. “Sólo cobré mis honorarios”. Entonces, ambos soltaron una carcajada que se perdió en el ruido de la inmensa feria.

©Benjamín Torres Uballe
*Especial para El Búho*