REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 09 | 2017
   

Confabulario

Ignoramos demasiado, amigo, y sobrevivimos de cualquier manera


Rodrigo Garnica

¿Debía organizar su vida? ¿Sus papeles? ¿Quiénes somos? Una lista inacabable que utiliza el método binario: ¿Hombre? ¿Mujer? ¿Joven? ¿Casado? ¿Adulto? ¿Menor de edad? ¿Raza? ¿Blanca o negra? ¿Haría un viaje largo o no?
Mejor ordenarlo todo.
Llegó al Ministerio del Interior. Dejó la credencial -una de tantas- y miró el directorio para orientarse. Su pasaporte vigente, su credencial para votar. Veamos. ¿Una nueva identificación? Pensó preguntar al policía que lo detuvo a la entrada. Leyó bajo el nombre de su gafete: Doctor en Física. Partículas subatómicas. ¡Ya se sabe lo que son esos doctores! No importaba el uniforme. ¿No importaba? Ante el menor motivo soltaría una conferencia acerca de los quásares o el espín de una partícula cualquiera. Parecía un disparate: no lo era. El taxista que lo llevó allí era antropólogo con postgrado en Campesinología: Zapata, la Reforma Agraria y esas cosas, y le preguntó ―por hacer conversación― si comprendía el ensayo de Claude Lévi-Strauss El origen de las maneras de mesa; dudaba cómo aplicarlo a México en el contexto de la sociedad globalizada. José Gemebundo lo desconocía; no respondió. Con paciencia ―su rostro enmarcado por la barba hirsuta― el taxista explicó: ―Pertenece a la serie Mitológicas III. En él, Lévi-Strauss refiere los mitos que sirven de fundamento a los indios mandan para crear Las Reglas de la Buena Educación. En fin, no voy a repetir lo que el gran antropólogo francés apunta: la disputa de los astros -el Sol y la Luna- representados por los hermanos Remedio Negro y Remedio Perfumado, conocido también como Planta-que-crece-bajo-el-viento. Hermano Sol, hermana Luna, ya sabe; de cómo, a través del banquete que se pegan en la cabaña del bosque crean, de allí en adelante, un Breve Tratado de Etnología Culinaria. El ensayo trata de hacernos comprender por qué existe la civilización como la conocemos ahora. ¡Pinche vieja! ¿Cómo se atreve a salir así a la calle?
Lo obligó a mirar el auto que pasaba al lado: una mujer nerviosa ―el cigarro colgando de la boca, unos tubos gigantescos en su cabeza como si se tratara de una estructura de ingeniería― manejaba ausente.
―Pues es gracias al aprendizaje de los buenos modales. No tanto así, pero es mi interpretación, ¿me capta? La mejor parte es la que se ocupa del origen de la digestión. Espéreme.
Dio un giro al volante y un frenazo; Gemebundo debió estirar una mano para detenerse con el parabrisas.
El chofer descendió del auto, abrió la cajuela, la volvió a cerrar con un sacudimiento que estuvo a punto de voltear el auto, volvió a su asiento, abrió un libro.
―Escuche: En otros tiempos, ni los hombres ni los animales tenían ano y excretaban por la boca. Pu´iito, el ano, se paseaba lentamente entre ellos, les peía en la cara y escapaba. Los animales, furiosos, lo persiguieron, lo atraparon y lo despedazaron. Cada animal recibió su parte, más o menos grande según la dimensión del orificio que se les ve hoy día. Por eso, todos los seres vivos tienen ano, sin el cual tendrían que excretar por la boca. Eso dicen los Taulipang, habitantes de la Guayana. Pero eso no es todo.
Permanecían estacionados en una calle por la que circulaban autos en forma continua, el calor en aumento, el sudor por los rostros; Gemebundo atento, sin moverse.
―Los Tacana del Caribe creen que el oso hormiguero no tiene ano porque debieron tapárselo con tierra, aquí lo dice: ...para impedirle peer sin cesar. Mejor preste atención a lo siguiente. Perdón, fue sin querer: Entre los Tupí septentrionales la digestión tiene una función mediadora, comparable a la de la cocina: suspende un proceso natural conducente de la crudeza a la putrefacción. ¿No le parece un hallazgo? La cocción y la digestión se interponen entre lo crudo y lo putrefacto. ¿Conocerá el volumen de Mitológicas I: Lo Crudo y lo Cocido? Ignoramos demasiado, amigo, y sobrevivimos de cualquier manera.

Fragmento de la novela La pregunta, Premio José Rubén Romero 2003. 2ª. edición, 2016.