REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 09 | 2017
   

Confabulario

Íntimo abrazo


José Luis Velarde

Por la amplia oficina del psiquiatra iban y venían hologramas de aspecto tan sólido que hasta proyectaban sombras. Las imágenes exhalaban realismo. Eran reales de no saberlas producto de una ilusión tridimensional. Era imposible advertir distorsiones en los movimientos. Incluso se desenvolvían mejor que muchos actores prestigiosos. Me pregunté qué pasaría de chocar con cualquiera de ellas. Supuse la experiencia de descubrirme inmerso en un cuerpo irreal. De seguro resultaría tan desagradable como sentirme confinado en otra mente.
—Los hologramas representan cada personalidad radicada en la imaginación de un esquizofrénico. En casos extremos podría decirse que son manifestaciones independientes susceptibles de incluirse en un censo demográfico.
Pedro Escutia, como todos los médicos de aquel hospital y cualquier otro hospital psiquiátrico, hablaba con tanta seguridad que uno pasaría por un estúpido de intentar contradecirlo. Era uno de esos tipos capaces de afirmar que la Tierra es cuadrada sin producir réplica alguna. Durante un rato expuso distintas definiciones de esquizofrenia y justo cuando creí que hablaría de mis síntomas, se limitó a decir que mi caso era notable y atípico. Extrajo un martillo plateado de un cajón de su escritorio y lo agitó en silencio frente a su rostro una o dos veces como si fuera Thor espantándose los mosquitos. Nunca supe si lo utilizaba para enfatizar sus charlas o si solo quería presumirlo, porque ni siquiera lo mencionó en el resto de su exposición. Siempre he creído que los médicos que me atienden lucen más interesados en descubrir las características de un buen síndrome que en curarme, pero Escutia no expuso un planteamiento digno de llevar su apellido ni habló de mi Teoría del Abrazo Definitivo, por el contrario comenzó a referir las novedades aparecidas en los imágenes proyectadas. Era insoportable. Así que lo interrumpí.
—Uno puede perder la identidad tal como usted lo cuenta o por voluntad propia. No me hable de personalidades múltiples si no padezco esquizofrenia del modo en que la estudia y representa. Cuando digo individualidad quiero decir que soy la suma de todas las naturalezas manifestadas en cualquier instante de mi vida. Sólo pretendo mantenerlas unidas. Yo creo que a usted le interesa más obtener reconocimiento como pionero en el uso de hologramas siquiátricos que curarme.
Mis palabras lo dejaron perplejo. Era evidente que no solía ser interrumpido y menos con tanta energía. Pidió que reforzaran la vigilancia ejercida sobre mí con un ademán que pretendió ser discreto. No en vano mi historial revelaba diversos hechos de violencia donde era posible advertir algunos muertos y heridos de gravedad variable. Los tres camilleros responsables de mi traslado apretaron los puños y dos enfermeras revisaron sendas jeringas hipodérmicas.
¿A quién se le ocurre temer la reacción de un paciente si se encuentra atado en una camilla con bandas de plástico irrompible? ¿Cómo temer si los sensores bien distribuidos en el cuerpo miden lo visible y las reacciones que pretendemos ocultar? No dudo que algún día podrán meterse en los pensamientos del mismo modo en que descubren las inconsistencias de un cerebro maltratado. Un tomógrafo para visualizar ideas. Quizá les habría resultado más útil un simple telépata. Yo hubiera sido feliz con el martillo que aún se encontraba en la mano de Escutia.
Las paredes acolchadas amortiguaban mi voz.
—Atesoro los personajes que he sido. Siento por ellos el mismo aprecio que por los seres que soy, he sido y pude ser, pero no quiero perder a ninguno de ellos. Usted exhibió una serie de imágenes tridimensionales para explicar los trastornos provocados por el desdoblamiento de personalidades. Lucían tan verdaderas como sólo pueden serlo aquellas animaciones creadas para dar realismo a una película de horror o de ciencia ficción, pero nunca las creí posibles. Bien sé que entre mayor sea la fantasía deberá existir un mayor engaño para sustentarla. King Kong levantaba a Jessica Lange con la delicadeza proporcionada por un millón de cables, piel artificial, engranajes minuciosos, enfoques llenos de trucos y toda la gracia otorgada por los mecanismos de la ingeniería hidráulica. Sólo así el simio pudo inflar las mejillas y manifestar tanta tristeza como la que siento ahora al advertir que la individualidad es masacrada. Las computadoras interrumpieron el desarrollo de la imaginación y también obligaron a los dibujantes a manejar complejos sistemas de software. En la actualidad es posible recrear sin imperfecciones cualquier sueño o pesadilla concebida por un humano. Usted miente y de ninguna manera podrá convencerme de sufrir una enfermedad que no padezco. Soy el más sano de todos los que estamos aquí.
El psiquiatra se aproximó como si pudiera ver a través de la máscara que ocultaba mi rostro. Se trataba de la única concesión brindada por el hospital. La máscara lograba inhibir mis ataques de pánico y reducía las posibilidades de que alguna de mis naturalezas fuera secuestrada. El tipo parecía dispuesto a ir a través de la malla menos tupida sobre mis ojos, pero se detuvo cauteloso a un metro de distancia.
—¿Ya aplicaron la dosis de emergencia?
Una enfermera pelirroja vestida con uniforme terminado por encima de las rodillas y tacones altísimos asintió con una sonrisa. De ella emanaba una personalidad tan simple como inconstante. Era un ser ávido de personalidades ajenas para devorarlas hasta dejarlas vacías. Intuí que atesoraba romances y divorcios como otros acumulan colecciones de insectos. Pensaba en ella cuando me sonrió más encantadora que en el instante anterior. Sus ojos eran transparentes y capaces de atravesar cualquier barrera defensiva. Antes de bajar mis párpados para impedirle avanzar tuve un estremecimiento al sentir la curiosidad que le despertaban mis ataduras. A ella no le importaría relacionarse conmigo. Era sencillo enamorarse de alguien así.
—Te amo —exclamé.
Ella entrecerró los ojos como si analizara mi propuesta.
El dolor apareció en mis sienes y luego en mi antebrazo derecho donde otra aguja, tan punzante como aquella mirada, penetraba en mi cuerpo.
La descarga de un narcótico avanzó por mis venas. Perdí la conciencia durante unos segundos. Era extraño, porque la costumbre me hizo inmune a la mayor parte de las dosis aplicadas sin cansancio desde que cumplí doce años. De vez en cuando alguna sustancia lograba lo previsto por la farmacología. Temí desvanecerme, pero logré controlar la modorra inicial.
“Sobreviví otra vez”.
Me dije sin mover los labios.
Enseguida hablé con lucidez inexplicable para los que me rodeaban.
—Nadie escapa de mi interior para ir a parte alguna. Desde mi punto de vista todos deberíamos adentrarnos en nosotros mismos para rescatar las infinitas personalidades donde existimos.
El siquiatra pareció sonreír, quizá sólo frunció los labios ante mi terquedad.
—Médico infeliz debería atender mi Teoría del Abrazo Definitivo, porque existo en mí y en todos mis reflejos; disminuyo cada vez que uno de ellos se ausenta. Por eso propongo reunirme con ellos para abrazarlos hasta lograr una comunión perfecta donde se reúnan todos los seres que soy. Basta de mostrar proyecciones absurdas y de explicarlas como si fuéramos expertos en holografía. Le reitero que no quiero ser una sola persona.
El imbécil produjo ruidos extraños con la boca antes de ordenar más anestésicos.
Lo insulté cuantas veces pude hasta desencadenar la siguiente frase de Escutia.
—Apliquen la droga que impedirá el desdoblamiento de personalidad en lo futuro.
—¿Ya fue autorizado? —intervino un médico de rostro asiático.
—De seguro lo será en cuanto cure a mi paciente. Vamos. Aplíquela, qué espera.
Vi estrellas antes de cerrar los ojos para adentrarme en una dosis de medicamento que supuse tremebunda.

Durante más de dos años apenas pude pensar o moverme.
Recuerdo el taconeo incesante de la enfermera que no usaba zapatos silenciosos en una habitación repleta de luz y mis gritos amortiguados por la blandura de las paredes. Manos manipulándome con hartazgo más que con misericordia para atender las llagas de mi espalda. El tiempo sometido a la lentitud con que la muerte se aproxima en cada instante.
Lo eterno.
Las voces empeñadas en repetir que era incurable y que mi familia no tardaría en interrumpir los pagos del hospital. De vez en cuando lograba saber de mí y era terrible comprobar que las normas no se cumplían en aquella institución llena de personas hastiadas. Debo reconocer que me felicitaron el día que cumplí treinta y siete años. Me soñaba fragmentado en infinidad de seres y sufría descompensaciones que estuvieron a punto de matarme tanto como los que me cuidaban.
Dolor ratificación vital.
Vida ratificada por el dolor.
Al recordarme luchaba por mantener unidas mis existencias.
Supongo que un día, una noche o una semana extraviada en una pesadilla mi cuerpo pudo acostumbrarse a los experimentos a los que fue sometido tantas veces.
La realidad volvió despacio a pesar de las drogas recibidas. Mis sentidos ampliaron sus alcances y con ellos pude retomar el control de mis personalidades sin manifestar mejoría ante los empleados de la institución. Permanecí derrengado, como de costumbre, durante meses. Tantos que las visitas se volvieron menos frecuentes. Lo consideré lógico. Un enfermo deja de ser atractivo si después de muchos esfuerzos y gastos enormes no se consigue rehabilitación alguna en un plazo prudente. Quizá mis familiares habían suspendido los tratamientos extraordinarios. Entre tantas interrogantes sólo estaba seguro de que la literatura médica no iba a exhibir muchos volúmenes dedicados a mi caso al no producirse curación alguna.
Mi odio crecía. Crecía a la par de la desesperanza y tal mezcla sólo puede producir resultados inesperados.
Un día me vi a mí mismo tendido en un sofá destinado a las visitas. Creí que era una de las tantas alucinaciones padecidas en uno y otro momento, pero aquélla era una réplica perfecta. Fue extraño ver cómo se manifestaba el único miedo que me resultaba insoportable. Verme dividido era doloroso y pensé en un fraccionamiento que terminaría matándome, pues siempre creí que mis personalidades sólo deberían manifestarse en mi propio cuerpo, nunca en el de un extraño por más que fuera idéntico a mi propia persona.
Al cabo de unos días no surgieron nuevos clones y aprendí a tolerar a mi silencioso visitante. Nunca respondió una sola de mis preguntas. En diversas ocasiones le ordené que se reintegrara a mi cuerpo y no quiso hacerlo. Sólo desaparecía cuando entraba cualquier elemento perteneciente al hospital.
Una semana después seguí un impulso y le pedí que me liberara. Desprendió con movimientos erráticos las cuatro cintas que sujetaban mis manos y pies. No respondió ninguna de mis preguntas. Aparentaba estupidez. Quizá aún no terminaba de madurar para manifestarse independiente. De cualquier forma no se quejó cuando le pedí instalar en su cuerpo cada sensor, aguja y cable conforme los desprendía con minuciosidad de mi piel magullada. Rogué al cielo que nadie supervisara en esos minutos mis datos vitales.
Nuestros signos vitales.
Al apartarme no dejaba de creer que era una pesadilla y que seguía en mi cama de enfermo.
Me despedí con tristeza tras asearme en el baño y colocarle mi máscara con cuidados infinitos.
El desconocido pareció sonreír y me sentí feliz al advertir que mi odio había vencido a los medicamentos. Entendí que de alguna manera me había concedido el poder de crear cuerpos independientes construidos a mi entera semejanza.
Apreté la mano de mi réplica en silencio.
Fue doloroso perderme, confieso que en algún momento supuse que podría tratarse de un traidor y hablar de mi fuga, pero deseché tal estupidez. La intuición me decía que era tan confiable como yo mismo. ¿Además quién sería capaz de creer la enésima confesión de un enfermo mental?
Fue sencillo salir del pabellón siquiátrico tras ataviarme con la indumentaria de un médico. La tomé de un vestidor que alguien dejó sin llave. Unos cuantos pasos después me topé con la enfermera de la mirada punzante. En esta ocasión sonrió como si fuéramos viejos conocidos sin dejar de taconear hacia otro paciente moribundo. Agradecí que tuviera prisa y no me prestara atención. Podría haberme enamorado de ella una vez más y entorpecer mi escapatoria. Caminé con furia por los pasillos aprendidos de tanto recorrerlos en una camilla sin dejar de dispensar corteses saludos a quienes se topaban conmigo.
Nadie me miró con desconfianza.
Pedro Escutia daba la espalda a la puerta de su consultorio. El martillo de plata estaba sobre la mesa. Lo tomé con delicadeza para golpear al doctor en medio de los omóplatos. Sonó como si hubiera impactado un colchón. Bastó para aturdirlo y dejarlo mudo. Fui al refrigerador para extraer una jeringa y un buen anestésico. Quiso decir algo y apenas exhaló un balbuceo parecido al que hizo cuando lo interrumpí el día en que mostraba las maravillas de los hologramas. Lo tomé por los hombros para recargarlo en su propio escritorio.
—¿Y la máscara Orlando? —pudo preguntar más sorprendido por ver mi rostro descubierto que por el golpe que lo mantenía inutilizado.
Le inyecté una dosis apenas regular de morfina y no volvió a mover los labios. Usé la cuña del martillo para asegurarme de romperle las vértebras cervicales. Me detuve cuando pude ver la médula espinal. Lo hice con mucho cuidado, pues sólo deseaba condenarlo a la cuadriplejia.
El invierno aguardaba en pleno junio.
Gris como la mugre presente en el cielo y en las paredes de cada edificio.
El cambio climático eternizaba el frío en mi ciudad antes calurosa todo el año.
Me confundí entre los tantos seres que deambulan por las ciudades. Me alimenté con los desperdicios descubiertos en los basureros durante las noches inmensas. Poco a poco pude explorar mi capacidad de multiplicarme y logré salir bien librado en diversos combates callejeros. Fue interesante sorprender a mis rivales con mis clonaciones más perversas y acumular una fortuna en un par de años dedicados a cometer toda clase de actos criminales.
Mi pandilla particular sufrió dos bajas mortales. Compartí el dolor y experimenté la muerte.
Morir fue tan insoportable que decidí jubilarme.
En la actualidad contengo la manifestación de cualquiera de mis personalidades para ser quien soy sin dilapidarme en excesos. Ya bastantes imágenes particulares se desperdician cada vez que uno se aproxima a un espejo sin tomar las precauciones pertinentes. Cualquiera puede perderse en una mirada ajena o en el lente de una cámara fotográfica de avidez inimaginable. Ni hablar de los misterios ocultos en un tótem antiquísimo o en los pacientes que agonizan en un hospital lejos de sí mismos.
Por eso vivo distante del mundo.
A veces me pregunto si me gustaría ver al doctor Escutia para hablar de crímenes perfectos. Quisiera preguntarle si sus personalidades han comenzado a desdoblarse en alguna sala de cuidados intensivos o en una dimensión poblada por seres tan reales como los que solía manipular.
No sé si se cubre el rostro para evitar la vergüenza de estar vivo. Quizá podría decirle que padezco el peor caso de autismo jamás descrito.
Voy hacia mí como si me topara todo el tiempo con viejos amigos.
Cada vez mi abrazo es más fuerte y prolongado.